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Asintió. Sin poder articular palabra. Recogió los vasos vacíos de la mesa de Paco, evitando su mirada.
Las risas ya habían vuelto. Pero eran risas forzadas.
Nerviosas. Risas que no llegaban a los ojos.
El miedo se había instalado en el Balandro Oxidado.
Y Lorena lo sentía respirar a su lado. Un compañero de trabajo más tóxico que el humo.
Más pegajoso que la cerveza derramada. Un compañero que te susurraba al oído: «Cuidado.
El siguiente podrías ser tú. O él. O ese. O aquel».
Al salir al frío de la noche, el aire le dio una falsa sensación de alivio.
Un alivio que duró medio segundo. Lo justo para respirar hondo.
Luego, sus ojos se posaron en un coche gris aparcado al otro lado de la calle.
No era un Dodge. Era un SEAT viejo, normal.
Pero su mente, envenenada, ya había hecho la conexión.
«Gris. Como el Dodge». Cada vehículo se convertía en una amenaza.
Cada motor en marcha, en el rugido del monstruo. Cada faro, en un ojo que te vigilaba.
Caminó hacia su pensión más rápido de lo habitual.
Las piernas le respondían a medias. Sentía que las fachadas de los edificios se inclinaban sobre ella, expectantes.
Como gigantes de ladrillo y moho, observando.
La ciudad no solo respiraba sangre, como decían los periódicos.
Ahora también tenía ruedas, motor y un color: gris.
Un gris sucio, de lluvia y humo. Y ella, como todos, estaba atrapada en su paranoia.
Mirando a cada coche como si dentro, tras el volante, estuviera sentada la personificación de todos sus miedos.
Un hombre con guantes finos, oliendo a perfume caro, esperando su turno. Sonriendo.
La luna se escondía tras un manto de nubes bajas, sucias.
Tiñendo el descampado detrás del mercado de una penumbra movediza, enfermiza.
El Dodge Dart parecía un animal muerto. Un escarabajo de chapa gris con un faro reventado como un ojo cegado, vacío.
Marc se acercó con la sangre corriéndole demasiado deprisa.
Un zumbido en los oídos. Cada pisada en el barro, un latido de adrenalina.
Un golpe seco en el pecho. «Vamos, Marc, echa un vistazo y lárgate.
Esto es una trampa y lo sabes. Huele a trampa. A cebo. A mierda».
Se agachó junto al coche. Las manos le temblaban.
No por frío. Por nervios. El interior rezumaba polvo, humedad y algo más...
podrido. «Como todo en esta ciudad. Como yo».
Miró por la ventanilla del conductor, sucísima, cubierta de una capa de mugre.
En el asiento del copiloto, tal como había dicho el bocazas de Paco, brillaban débilmente unos pequeños objetos metálicos.
Casquillos. Como dientes de metal oxidados.
«Ahí están, hijos de puta. La prueba de un crimen. En bandeja».
Pero algo no cuadraba. Se inclinó más. Frotó el cristal con la manga de la cazadora, dejando un arco de relativa limpieza.
Para ver mejor. No eran simples casquillos.
Estaban cubiertos de una capa gruesa de óxido rojizo.
Deformados. Abollados por el tiempo. «Demasiado viejos».
Demasiado jodidamente viejos. Aquello no era de un tiroteo reciente.
Aquello era de otra guerra. De otra época.
De cuando en el puerto se oían otros disparos.
Alguien los había puesto ahí. Con cuidado.
Como una ofrenda envenenada. Como un cebo para ratas.
Para ratas como Paco. Como la policía. Como él.
«No es su coche. Esto es un montaje. Una obra de teatro para gilipollas.
Y yo soy el idiota que ha venido al estreno».
Un alivio agrio, a bilis, le subió por la garganta.
Seguido de inmediato por una rabia más profunda.
Más negra. No solo iban a por él. El asesino, quienquiera que fuese, era inteligente.
Frío. Jugaba sucio y con ventaja. Estaba sembrando pistas falsas.
Dirigiendo el rebaño de idiotas hacia donde le convenía.
Hacia él. Hacia el Dodge. Hacia la trampa.
Se enderezó. La mente acelerándose. Conectando cables sueltos.
«Perfume caro. Guantes. Un coche que no es de aquí.
Y ahora esto. Un coche-señuelo. Un cadáver de coche con pruebas de mentira».
Esto no era el trabajo de un loco solitario.
De un enfermo con un cuchillo. Esto hablaba de premeditación, de inteligencia fría, de teatro.
Alguien que sabía cómo manipular a la masa.
Cómo usar su miedo, su estupidez, en su beneficio. Un director de orquesta.
«Tengo que irme. Ahora. Antes de que...»
Pero fue entonces cuando el haz de luz lo cegó.
Un blanco doloroso. Químico. Que le taladró los ojos y le heló la sangre en las venas.
El rugido del motor de la patrulla era un trueno en la noche silenciosa.
La furgoneta había aparecido como un fantasma.
Girando la esquina del mercado. Silenciosa hasta ese momento, luces apagadas.
Acechando. Ahora lo tenían bien iluminado.
Como un ciervo en la carretera. Como un bicho en una pecera .
«Cagada. Cagada monumental. Me han tendido la trampa y he picado como un pez».
Quedó paralizado. Una mano todavía en la fría chapa del Dodge.
Los ojos clavados en los faros que se acercaban.
Cegado. En su mente, una sucesión de imágenes a toda velocidad.
Un cortocircuito. La celda fría. Las preguntas.
Las miradas de desprecio de López. Lorena...
siempre Lorena. Con su mirada llena de una inquietud que ahora entendía demasiado bien.
Que tenía razón. «Te lo dije. Te lo dije, idiota».
«Huir. Correr. Pero las piernas no responden. Están hechas de plomo. De mierda congelada».
La patrulla se detuvo a veinte metros. Un chirrido de frenos. Las puertas se abrieron de golpe. Dos siluetas oscuras se recortaron contra la luz. Dos figuras sin cara. No hacía falta ver sus caras para sentir la amenaza. Para olerla. A autoridad. A violencia institucional.
—¡Quieto ahí! —rugió una voz. Una voz que cortó el aire como un cuchillo. Fría. Profesional—. ¡Lejos del vehículo y manos donde podamos verlas! ¡Ahora!
Marc finalmente reaccionó. Apartó la mano del coche como si le hubiera quemado.
Como si la chapa fuera lava. «El coche. Me han pillado junto al coche.
El coche del asesino. El coche-señuelo. La trampa».
La ironía era tan amarga, tan absurda, que casi pudo saborearla en la boca.
Mezclada con el miedo. Con el sabor a cobre de la adrenalina.
—¡He dicho que se aparte y levante las manos! ¡Arriba! —la voz era más cercana. Más urgente. Más peligrosa.
Sus ojos escudriñaron desesperadamente la oscuridad detrás de él.
Buscando una salida. Callejones. Escombros.
Una valla rota. Posibilidades de fuga que se desvanecían segundo a segundo.
Como arena entre los dedos. Sabía que, si lo cogían aquí, ahora, con esto, era el fin.
No saldría nunca. Se lo tragaría la maquinaria.
Convertido en el monstruo perfecto. En el chivo expiatorio ideal.
Para una ciudad que necesitaba uno. Que lo ansiaba.
«No. No voy a caer por esta mierda. No por esta trampa. No por este teatro».
Con un gruñido que salió de lo más profundo de su estómago.
Un sonido animal. De bestia acorralada. Marc se lanzó hacia atrás.
Hacia la sombra más densa que pudo encontrar.
Un espacio entre dos contenedores. No era un plan.
Era puro instinto. El instinto de la fuga.
El instinto de supervivencia. El último que te queda.
—¡Alto! ¡Policía!
El grito se perdió tras él. Mientras sus pies, ahora sí respondiendo, golpeaban el suelo embarrado.
Chapoteando. Corría. Corría como si su vida dependiera de ello.
Que era exactamente el caso. El sonido de sus propios jadeos, desgarrados, y los gritos a sus espaldas, las botas golpeando el suelo, se mezclaban en un crescendo de caos.
Un ruido ensordecedor. No miró atrás. No podía.
Solo corría. Hacia la boca oscura de un callejón.
Hacia la negrura. Con la imagen del Dodge Dart, de los casquillos oxidados y de las dos siluetas persiguiéndole grabada a fuego en la mente.
Como una fotografía instantánea del miedo.
La caza había comenzado. En serio. Y él, otra vez, era el animal. El perseguido. El que corre para vivir un minuto más. Un minuto más en esta ciudad de mierda.