El óxido y la sangre 3 #2
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—Oye, rubio —lo llamó la mujer mayor, su voz un hilo en la oscuridad—. Ten cuidado. El que pregunta… a veces encuentra respuestas que no quiere. A veces la respuesta te encuentra a ti. Y te mira a los ojos.

«Ya las estoy encontrando». Se alejó del círculo de luz del bidón, de ese pequeño infierno portátil, y se dirigió hacia la chatarrería de Román. Un viejo zorro que conocía todos los secretos que el puerto escupía por la noche. Los que flotaban y los que se hundían.

El local era un cáncer de chatarra y óxido.

Metal quemado, aceite y resignación supuraban de las paredes.

Román, un tipo macizo con una gorra sucia y una barba de tres días que le cubría media cara, estaba desguazando una nevera con un pie de cabra.

Los músculos de sus brazos se tensaban bajo una camiseta mugrienta .

—Marc. Qué milagro. ¿Vienes a comprar o a vender? ¿O a robar?

—A preguntar.

Román soltó una carcajada. Un sonido seco, como un ladrido.

—Coño, hoy todo el mundo hace preguntas. ¿Te has hecho periodista? ¿O detective barato?

—Lo de la mujer —cortó Marc, impaciente, la voz con un filo—. La del contenedor. ¿Has oído algo? Algo que no hayan dicho los maderos.

El chatarrero dejó el pie de cabra con un golpe seco. Se secó las manos en un trapo grasiento que antes fue una camiseta.

—Oigo muchas cosas. La mayoría, mentiras. Rumores. Basura que flota. Pero a veces, entre la basura, hay un diamante.

—Necesito uno de esos. Uno que no sea falso.

Román lo miró. Lo evaluó. Como si fuera un trozo de metal a pesar.

—Dicen que te anda buscando la poli. Que eres tú el rubio flaco. El de la foto.

—No soy yo.

—Eso lo diría cualquiera con la soga al cuello. ¿Por qué debería ayudarte? ¿Qué me das a cambio? ¿Más problemas?

Marc apretó la mandíbula. Sintió los dientes rechinar.

—Porque si no, el rubio flaco y culpable voy a seguir siendo yo. Y el de verdad, el que huele a perfume caro y se pasea como un rey, se va a seguir riendo de todos. De ti también. De este puerto de mierda. Y yo no pienso ser el payaso de nadie.

El chatarrero escupió al suelo. Un escupitajo marrón que aterrizó cerca de las botas de Marc .

—Solo sé una cosa. Esa noche, antes de que la encontraran, vi un coche. Un Dodge Dart. Gris. Viejo, pero no destartalado. Parado cerca del espigón, con el motor apagado. No es de por aquí. No huele a aquí.

«Un coche. Un Dodge. Y perfume caro». Las piezas empezaban a encajar, pero formaban una imagen rara. Una imagen que no entendía. ¿Qué hacía un tipo con dinero, o con un coche que no era de pobre, matando mujeres en el puerto? ¿Por qué aquí? ¿Por qué este muladar?

—¿Y el conductor?

—No lo vi. Solo el coche. Con un faro roto. El izquierdo. Como tuerto.

Marc asintió. Era más de lo que tenía hace media hora. Mucho más. Un coche. Un faro roto. Un olor a dinero. No era mucho. Pero era algo. Un hilo.

—Gracias, Román.

—No me des las gracias. Lárgate. Y no me menciones. Si preguntan, no te he visto. Eres un fantasma.

Marc se volvió para irse, las botas hundiéndose en el barro grasiento. Pero la voz del chatarrero, grave y cargada de algo que casi parecía advertencia, lo detuvo.

—Oye, chaval. Este asunto… huele a podrido. Pero no a la mierda de siempre. No. Huele a algo peor. A dinero y poder. Y eso… eso no se limpia con un trapo. Eso te tritura. Te convierte en polvo. Y luego sopla.

«Ya estoy triturado». Marc salió a la noche, sintiendo el peso de la nueva información como una losa en el estómago.

No era el monstruo del pueblo, el pobre diablo con un cuchillo y una sonrisa de dientes podridos.

Era algo más limpio. Más peligroso. Un fantasma con perfume caro, un Dodge Dart y el poder de no ser visto .

«Te voy a encontrar, cabrón. Quien quiera que seas.

Y cuando te encuentre, te voy a enseñar lo que es la carroña de verdad».

Por primera vez desde que empezó todo, sintió que no solo estaba corriendo para salvar su pellejo.

Estaba cazando. Y el rastro, por fin, olía a algo más que a su propia miseria: miedo ajeno. Y eso le daba fuerza.

La atmósfera en el Balandro Oxidado era espesa.

Una sopa de humo, alcohol barato que quemaba la garganta, y tensión sin digerir.

Lorena restregaba el mismo trozo de barra por décima vez, el trapo empapado en un olor agrio a lejía y cerveza rancia.

Los nervios le bailaban bajo la piel. Un hormigueo constante, eléctrico, que no la dejaba quieta.

Cada risotada de un cliente, cada portazo, era un latigazo.

Un recordatorio: el peligro está fuera. Y dentro. En todas partes.

«Parecemos animales en una jaula. Esperando a que uno de los nuestros caiga para poder seguir viviendo un día más. Para poder respirar. Una rata menos, un poco más de aire. Así funciona».

Fue entonces cuando la conversación en la mesa del rincón, la de los habituales que siempre venían a emborracharse con el dinero del paro y la desesperación, subió de tono.

Se hizo más aguda. Más violenta. Paco, el más bocazas, el que siempre tenía una historia, golpeó la mesa con la jarra. La cerveza salpicó.

—¡Os lo digo yo, que es el coche! ¡El Dodge ese gris que está abandonado detrás del mercado! ¡El que parece un escarabajo muerto! —vociferó, con la cara congestionada por el alcohol y la excitación. La excitación del miedo convertido en espectáculo .

Lorena dejó de frotar. El trapo quedó pegado a la madera pegajosa. Sintió un vacío en el estómago.

—¿Qué Dodge? —preguntó otro, más joven, con una sudadera con capucha que nunca se quitaba. Su voz era un hilillo.

—¡El de los casquillos, coño! —escupió Paco, como si fuera obvio, como si todos fueran tontos menos él—.

Mi primo, el de la grúa, lo vio cuando lo iban a remolcar.

¡Dice que en el asiento del copiloto había casquillos de bala!

Viejos, oxidados, pero casquillos al fin y al cabo.

Ese coche es del asesino, fijo. Es su guarida. Su cueva.

La palabra «fijo» resonó en el local como un disparo.

Un sonido seco, imaginario, que todos oyeron.

Un silencio incómodo cayó sobre el grupo.

Un silencio grueso, pesado. Lorena sintió que el corazón le daba un vuelco y se le instalaba en la garganta, latiendo con fuerza contra su piel.

Un pájaro enjaulado. «Casquillos. Balas.

Peligro, no hay duda». No sabía si era verdad o solo otro rumor envenenado, otra semilla de pánico plantada en el barro de la ciudad.

Pero el efecto era el mismo: el miedo, ese virus, se propagaba más rápido que la gripe. Más rápido que la verdad.

—¿Y la policía? —preguntó alguien desde el fondo, una voz apagada.

—¡Qué van a hacer! —se burló Paco, hinchado por su momento de gloria—. Están perdíos . Comiéndose los mocos. Ese coche lleva ahí semanas. Es la guarida del cabrón, os lo juro por mi madre. Y él anda por aquí. Mirando. Esperando.

Lorena miró instintivamente hacia la puerta.

Como si el Dodge Dart fuera a aparecer allí, de repente, con sus faros ciegos y su pintura gris arañada, vomitando su secreto de violencia.

«Un coche. Un objeto normal. Podría ser el de cualquiera.

Podría ser el de Salinas, el de la ferretería.

O el del panadero, el que huele a levadura.

O el del inspector López, el que tiene cara de pocos amigos».

Su mente, intoxicada por la paranoia, empezó a fabricar conexiones absurdas y aterradoras. Conexiones de locos.

Cada hombre que entraba en el bar era ahora un sospechoso potencial.

El vendedor de seguros con su traje arrugado y su sonrisa de plástico: «Podría tener un coche gris.

Podría oler a colonia barata. Podría tener manos suaves».

El camionero que siempre pedía la misma cerveza, callado, mirando al vacío: «Lleva guantes de trabajo.

Igual que dijo esa mujer. Guantes que ocultan…

¿qué?». El tipo callado que leía el periódico en la esquina, siempre solo: «Huele a colonia…

¿será cara? ¿Será la misma? ¿Estará leyendo sobre él? ¿Disfrutando?».

«Cualquiera. Cualquiera puede ser él. El padre de familia. El abuelo. El santo. Y ahora tiene un coche. Un coche fantasma que todo el mundo puede señalar. Un chivo expiatorio de chapa y motor».

Se obligó a seguir trabajando. A servir cañas y wiskis con una sonrisa tensa pintada en la cara.

Una sonrisa de máscara. Pero por dentro, el pánico crecía.

Se enroscaba en sus entrañas, como una serpiente fría.

La ciudad entera estaba al borde de un ataque de nervios colectivo.

Un colapso. Lo veía en las miradas de las pocas mujeres que había en el bar, intercambiando miradas de complicidad y terror.

Miradas que decían «yo también tengo miedo».

Lo veía en los hombres, que bebían más rápido, más ansiosos, como si el alcohol pudiera lavar la sospecha que ahora flotaba en el aire y se posaba sobre todos por igual. Como una lluvia ácida .

—Oye, Lore —la sacó de su espiral el camionero de siempre, apoyado en la barra. Su aliento venía cargado de cerveza y tabaco negro—. ¿Tú no tienes un coche?

La pregunta, inocente, le sonó a acusación. A un dedo señalándola. «¿Lo sabe? ¿Me ha visto cerca de ese coche? ¿Sabe algo? ¿Sabe lo de Marc? ¿Sabe que lo conozco?»

—No —logró articular, la garganta seca—. No tengo. Nunca he tenido.

—Menos mal —dijo el camionero, como hablando consigo mismo—. Con la que está cayendo, mejor andar con cuidado. Aunque ahora hasta andar da miedo. Miras a todos los coches. A todos los grises. Parecen todos iguales. Todos sospechosos.