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El viento soplaba frío y húmedo desde el mar, silbando entre los hierros oxidados del puente del Barranco Rojo como un borracho en un callejón.
Abajo, las olas machacaban las rocas. Un sonido sordo, repetitivo.
Latidos de un corazón podrido. Lorena, encogida dentro de su chaqueta de cuero sintético mugriento, esperaba.
Fumaba un cigarrillo tras otro. La mirada clavada en la boca negra del túnel que llevaba al barrio del Castillo. Al infierno.
«Tendría que haber venido. O ya lo han empapelado. En un cuarto frío, con un foco en la cara y esos cabrones haciéndole preguntas. ¿Qué hiciste, Marc? ¿Dónde estabas? ¿Con quién? La misma historia de siempre».
Finalmente, una silueta se despegó de las sombras. Caminaba con esa mezcla de desgana y alerta. Como un gato callejero. Marc. Se acercó y se apoyó en la barandilla, a medio metro. Ni se miraron. Miraron al agua negra. A la nada.
—Has tardado —escupió Lorena, tirando la colilla al vacío. Un puntito rojo que se apagó en la oscuridad.
—Estaba ocupado. Esquivando fantasmas.
«O esquivando policías». Encendió otro cigarrillo. Las manos le temblaban. Un temblor fino, eléctrico.
—Han estado en el bar. Dos maderos.
Él no se inmutó. Siguió mirando el agua. Como si esperara ver algo flotar.
—¿Y?
—Preguntaban por ti. Enseñaban una foto. Un «varón rubio, de complexión delgada». Buscan a Marc Montes. Por nombre y apellidos .
Por fin se volvió. Bajo la luz escasa de la luna, su cara era una máscara pálida. Los ojos, grises. Como dos pedazos de hielo sucio.
—¿Y les soltaste mi dirección? ¿Con besito en el carnet y todo?
Ella sintió una punzada de ira. Caliente, rápida.
—No me fastidies, Marc. Esto va en serio. Han dicho… han soltado que podrías estar relacionado con lo de San Bartolomé. Con las mujeres.
La palabra «mujeres» se quedó colgada entre ellos. Pesada. Venenosa. Como un hedor.
Marc soltó un bufido seco. Ni risa, ni tos. Un sonido de animal herido.
—Yo no he tocado a nadie. Yo no hago esa mierda. Robo, trapicheo, sí. Pero eso… eso es de otros.
—¡Yo lo sé! —estalló ella, y su voz sonó estrangulada, como si tuviera las manos al cuello—. Pero ellos no. Y la gente… la gente está cagada de miedo. Necesitan un culpable. Y tú encajas. Rubio, flaco, delincuente, sin familia… eres el cartel que buscan. El monstruo perfecto.
Él se giró de golpe. Ahora sí la miraba fijamente. Y en sus ojos no había enfado. Había algo peor: una decepción profunda. Como si le hubiera escupido.
—¿Tú también lo crees? ¿Crees que soy capaz de eso? ¿De rajar a una mujer? ¿De dejarla tirada en un contenedor?
Lorena sostuvo su mirada. Vio la cicatriz en su ceja.
La tensión en su mandíbula, apretando hueso contra piel.
Vio al chico que conocía las calles, que robaba y trapicheaba, pero que le había traído una mantita a aquella gata preñada que vivía en el muelle.
Vio la rabia. La frustración. La lealtad a prueba de bombas.
Pero también vio la oscuridad. La que todos llevaban dentro.
Su padre. El suyo. El panadero. El cura.
Todos con una sonrisa y una navaja en el bolsillo.
«¿Y si no lo sé? ¿Y si nadie sabe realmente de lo que es capaz otro? ¿Si todos somos monstruos potenciales, esperando un día malo?»
—No —susurró, y esta vez fue la verdad. O al menos, la necesidad de creerla—. No lo creo.
Él asintió. Lento. Como si le costara mover la cabeza. Volvió a mirar al agua. El alivio no llegó. Solo un silencio más pesado. Más espeso.
—Pero hay más —añadió Lorena, tragando un buche de saliva fría—. Alguien… alguien soltó que la última, la de San Bartolomé, fue vista con un tipo que se te parecía. Rubio. Flaco.
Marc se quedó quieto. Muy quieto. Solo el viento movía su flequillo rubio ceniza, sucio.
—¿Quién lo dice?
—Ramón, el del muelle. Lo oyó de su cuñado, el de la comisaría. El que limpia los retretes y oye todas las conversaciones.
—Chismes de mierda —escupió él, la palabra saliendo como un veneno—. Porquería que se tiran unos a otros para no mirarse al espejo. Para no ver sus propias vergüenzas.
—¡Pues esos chismes te pueden llevar al trullo! —la voz de Lorena se quebró, se hizo fina, de niña asustada—. O a algo peor. La gente está que mata. He visto grupos con palos, Marc. Con cadenas. Buscando a «alguien» a quien dar una paliza. Un desahogo. Y tú… tú eres el desahogo perfecto.
Él apretó los puños. Sus nudillos blanquearon. Huesos a punto de romper la piel.
—No tengo nada que ver con eso. Nada .
—¡Pues demuéstralo! —gritó ella, desesperada, los ojos brillando—. ¡Aléjate! ¡Lárgate de Peñablanca un tiempo! ¡Desaparece!
—¿Irme a dónde? —su voz era ahora un susurro ronco, cargado de una fatiga infinita, de años viviendo de los restos—.
¿A otra ciudad donde sea el mismo perro con distintas pulgas?
Esto es todo lo que hay, Lore. Este barrio.
Esta porquería pegada a las suelas. Es todo lo que tenemos.
No hay fuera. Solo dentro. Y dentro está podrido.
Se volvieron a mirar. Dos fantasmas en un puente.
Con el sonido del mar y el peso de una ciudad entera apretando sus espaldas.
En los ojos de Lorena brillaba la inquietud.
El miedo a que estuviera equivocada. A que la lealtad la estuviera llevando al abismo, de la mano y con una sonrisa.
En los de Marc, la certeza de la condena.
La rabia de ser el chivo expiatorio perfecto. El que nadie echaría de menos.
—Solo te aviso —dijo ella, suavemente, como si le hablara a un animal asustado—. Para que tengas cuidado. Para que mires atrás.
Él asintió. Un gesto leve. Casi imperceptible. Luego, su mano encontró la de ella sobre la barandilla fría. Un contacto breve. Áspero. Con callos y mugre. Pero real. Un cable a tierra.
—Lo sé.
Sin decir nada más, Marc se dio la vuelta y se fundió de nuevo en las sombras de las que había salido.
Como un suspiro. Lorena se quedó allí, temblando, mirando el punto negro donde él había desaparecido.
El cigarrillo se consumía entre sus dedos sin que ella lo notara. Le quemó la piel. Ni pestañeó.
«Lo creo. O quiero creerlo. Pero en el fondo…
en el fondo siempre queda la duda. La asquerosa semilla de la duda.
Como una larva. Comiéndote por dentro». Y supo, con el co razón encogido, convertido en una piedra fría en el pecho, que esto solo acababa de empezar.
Para los dos. Y que iba a acabar mal. Siempre acababa mal.
San Bartolomé apestaba a algas podridas, gasolina y culo barato.
Como el perfume de la abuela de Satanás.
Una niebla baja se enroscaba como un fantasma perezoso y borracho alrededor de las farolas, difuminando los contornos de los almacenes abandonados y los cuerpos que se movían en la penumbra.
Mercancía humana. Marc caminaba con las manos en los bolsillos de la cazadora, la cabeza gacha pero los ojos escrutando cada sombra.
Observando. «El cazador cazado. Qué ironía. Deberían ponerlo en un chiste».
Se acercó a un grupo de mujeres apiñadas alrededor de un bidón con fuego dentro. Las llamas les lamían las caras cansadas, pintándoles máscaras de luz y mugre. Eran las reinas de esta frontera. Las que veían todo, sabían todo y no decían nada. Porque hablar era gratis, y nada aquí era gratis.
—Buenas —murmuró, deteniéndose a una distancia segura. Distancia de respeto. O de miedo.
Una de ellas, una rubia oxigenada con una chaqueta de piel sintética brillante y agrietada, lo miró con desconfianza. Sus ojos eran dos abismos de rímel corrido.
—¿Qué quieres, rubio? ¿Buscas compañía? Media hora, mil duros. Sin besos.
—Busco información.
Eso les hizo gracia. Una risa áspera, como vidrio roto siendo pisado, salió de la más joven. Una chavala con cara de niña y ojos de abuela. No podría tener más de diecisiete. Una vida entera ya vivida .
—Aquí la información se paga, corazón. Como todo. Como la compañía. Como el silencio.
Marc sacó un billete arrugado, sudado. No era mucho. Pero en San Bartolomé todo tenía precio. Hasta un suspiro.
—La mujer que encontraron. La del otro día. ¿Alguien vio algo? Algo raro.
La rubia oxigenada, que parecía ser la que mandaba, la matriarca del muladar, cogió el billete con dedos rápidos, con uñas mordidas y pintadas de un rojo casi negro.
—Los maderos ya preguntaron. Y les dijimos lo mismo: nada. Vimos, oímos y callamos. Es el lema.
—A los maderos se les miente —dijo Marc, frío, la voz plana—. A mí, no. Yo no soy autoridad. Solo soy otro pringao.
La chica se encogió de hombros. Un gesto de indiferencia total. La indiferencia como armadura.
—No vimos nada raro. Solo los clientes de siempre. Borrachos. Desesperados. Enfermos. Como tú.
«Clientes. Como yo. Sí, como yo». Pero él no estaba allí para eso.
—¿Nadie raro? ¿Ningún tipo que no encajara? Que oliera a… a limpio.
Otra mujer, más mayor, con el pelo teñido de un negro azulado barato y la piel surcada de arrugas profundas como cortes de cuchillo, habló desde el otro lado del bidón. Su voz era un susurro ronco. Como si llevara años tragándose el humo de la calle, los gritos, la desesperación.
—Había uno. Hace unas noches. No lo vi bien… pero olía raro.
Marc se acercó un paso. El calor del bidón le llegó a la cara.
—¿A qué olía? ¿A sangre? ¿A cloro ?
—A perfume. Perfume caro. De esos que hueles en Villa Humberta, en los escaparates. No era olor de por aquí. No era olor a pobre. Era olor a dinero. A distancia.
«Perfume caro». Las palabras se le clavaron en el cerebro como un clavo. No era lo que esperaba. Esperaba olor a vómito, a sudor, a puerto, a miseria. No a eso. A eso no.
—¿Y su cara?
—No la vi. Llevaba la gorra baja. Y las manos… creo que llevaba guantes. Guantes finos. Como de piel.
«Guantes. En una noche como ésta. Con este frío de cagarse. Qué detalle». Marc asintió. Era algo. Un hilo del que tirar. Un hilo con rastro de dinero, no de pobreza. Un hilo que no apuntaba a él. Pero que apuntaba a alguien. A algo.
—Gracias —dijo, y se dio la vuelta. El aire frío le golpeó la espalda.