El óxido y la sangre 2 #3
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El local era un cuadro de tensión congelada.

Los camioneros bajaron la mirada a sus cervezas, estudiando las burbujas como si fueran mensajes del más allá.

Los marineros se hicieron los interesados en las vetas de la madera de la mesa, en las grietas de la formica.

Nadie quería saber nada. Nadie quería meterse.

Era la ley no escrita del puerto, grabada a fuego: no hables con la poli, no mires a la poli, no respires cerca de la poli. Y si respiras, que sea despacio.

Salinas se aclaró la garganta, un sonido de garganta seca y miedo.

—Aquí entra mucha gente, agente. Difícil de recordar... caras van, caras vienen. Como las olas.

—Pues inténtelo —cortó el alto, clavando los ojos en él, dos taladros—. Puede que esté relacionado con lo de San Bartolomé. Con las mujeres. Con lo de la playa.

Un murmullo recorrió el bar, un susurro de serpientes.

«San Bartolomé». La palabra se coló como un gas venenoso, invisible y letal.

Lorena sintió que las piernas le flaqueaban, que se convertían en gelatina.

Se agarró al borde del fregadero, los nudillos blancos.

«Relacionado. Han dicho relacionado. No sospechoso.

Ni testigo. Relacionado». Una palabra elástica, que puede estirarse hasta envolverte.

La semilla estaba plantada. Ahora solo faltaba que creciera y te ahogara.

—Él no ha hecho nada —dijo una voz. Su voz. Lorena ni siquiera fue consciente de haber abierto la boca hasta que las palabras ya estaban en el aire, colgando como un cadáver en la horca, balanceándose para que todos lo vieran.

Todos los ojos se volvieron hacia ella. Los dos policías, Salinas, los clientes, hasta el gato del bar pareció mirarla. Un coro de miradas que la desnudaban, la escrutaban, la juzgaban y ya la encontraban culpable. Culpable de conocerlo. Culpable de hablar.

El agente alto se acercó. Sus zapatos negros crujieron sobre el serrín del suelo, un sonido de insectos aplastados.

—¿Usted lo conoce? —preguntó, demasiado tranquilo, una calma de antes de la tormenta.

«Hostia. La has cagado, Lorena. Ahora sí que te has metido en la mierda hasta el cuello, y la mierda te llega a las orejas». Tragó saliva, que no pasaba. Asintió, una vez, secamente, un movimiento de robot.

—Ha venido alguna vez. Como muchos. Como cualquiera.

—¿Y usted habla con «muchos»? —insinuó el otro, con una sonrisa que no llegaba a los ojos, una sonrisa de hielo—. Debe de tener conversaciones muy interesantes.

—Es mi trabajo. Servir y sonreír. A veces solo servir.

El agente alto estudió su cara, su pelo recogido de cualquier manera, su ropa barata y gastada, su maquillaje corrido por el sudor y la grasa. Una evaluación rápida y despreciativa, como mirando un mueble roto.

—¿Y la última vez que lo vio? ¿Estuvo «con él» ?

La pregunta era un cuchillo. Afilado y frío. «Con él.» Dos palabras que podían significar todo y nada. Que en boca de ellos solo significaba una cosa: complicidad. Culpa por asociación. Mancha por contacto.

—Hace días —mintió, desviando la mirada, mirando una mancha en el suelo—. No me acuerdo. Los días se mezclan. Como la basura.

—Pues intente recordar —dijo el alto, dejando una tarjeta mugrienta sobre la barra, una tarjeta que destilaba sudor y amenaza—. Si lo ve, avise. Por su propio bien. Por el bien de todos.

Dieron media vuelta y salieron con la misma parsimonia con la que habían entrado, como si el tiempo no les afectara.

La puerta se cerró con un golpe seco. Pero la presión en la sala no se disipó.

Se hizo más densa, más pesada. Ahora todos la miraban a ella.

La chica que conocía al sospechoso. La chica que había hablado.

La chica que había roto la regla de oro.

Salinas se le acercó, con la sonrisa borrada y los ojos convertidos en dos rendijas de hielo, dos cuchillas.

—Te lo dije, Lorena. Te dije que no te juntaras con esa escoria.

—Su voz era un susurro venenoso, un hilo de ácido—.

Ahora me lo traes a mi bar. La poli. Hablando de asesinatos.

¿Sabes lo que eso le hace al negocio? ¿Sabes lo que eso le hace a mi reputación?

La gente quiere beber, no pensar en muertas.

Ella no respondió. No podía. Tenía la boca seca, el estómago convertido en un nudo de hielo, un puño congelado.

«Lo han visto conmigo. Saben que nos conocemos.

Y si lo buscan a él...» Las piezas empezaron a encajar con un chirrido siniestro, como una maquinaria oxidada.

La mujer de San Bartolomé, vista por última vez con un rubio flaco.

Marc, un rubio flaco. Y ella, la última que lo había visto.

La puta del puerto que se juntaba con el posible asesino.

La cómplice por asociación, por afecto, por estupidez.

Cogió la tarjeta. Inspector López. El nombre le quemaba los dedos, como si estuviera al rojo vivo. «Por su propio bien». La advertencia resonaba en sus oídos, un eco que no se iba. No era una sugerencia. Era una amenaza. Una promesa.

Se miró en el espejo de la barra, en ese cristal sucio y empañado.

Vio el miedo en sus ojos, un miedo antiguo y nuevo a la vez.

Y supo, con una certeza que le heló la sangre, que le paró el corazón un segundo, que esto ya no era solo la caza de Marc.

La red se estaba cerrando. Lenta, pero segura.

Y ella también estaba dentro. Atrapada. Esperando a que la apretaran.

El espejo le devolvió una cara que ya no reconocía. Miedo, sí. Pero también algo más: la seguridad asquerosa de que esto solo acababa de empezar. Y la red, esa red de mierda, ya la tenía a ella en el centro, mirando cómo se cerraba.