El óxido y la sangre 2 #2
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—A mí lo que me jode —intervino el Poli, limpiándose las manos con un trapo sucio que solo empeoraba las cosas— es que se creen sus películas. La policía, los periodistas... Todos actuando. Y mientras, los bares vacíos y nosotros, aquí, comiendo mierda con tenedor de plástico.

Marc asintió. Comiendo mierda. La dieta base del barrio. La única cosa que nunca escasea. Se ajustó la cazadora, una armadura de cuero sintético y desesperación.

—Bueno, me piro. Tengo un recado.

—¿Con la morena? —soltó el Poli, con una sonrisa burlona, una mueca de dientes amarillos—. La del Balandro. La que tiene un par de ovarios que se le ven desde aquí, como dos granadas sin seguro.

Marc se quedó quieto. «Lorena. Su nombre es Lorena. Y sus ovarios son lo único que le queda intacto en un cuerpo lleno de grietas. Lo único que no han podido robar, todavía».

—No es asunto tuyo.

—Cuidado con esa —dijo el Chino, serio, demasiado serio—. Esa atrae problemas como la mierda atrae moscas. La han visto con tipos raros. Y ahora con la que está cayendo.. .

«¿Tipos raros? ¿Como nosotros? ¿Como tú? ¿Como yo?» Marc apretó la mandíbula, sintiendo los músculos tensarse. La rabia, siempre ahí, hirviendo a fuego lento.

—Sé con quién me junto.

Salió del taller sin despedirse, sin mirar atrás. El aire frío de la noche le dio en la cara como una bofetada. Las calles estaban más vacías de lo normal, silenciosas, como si el miedo hubiera absorbido todos los sonidos. El miedo. El gran fantasma que lo encierra todo, que te ahoga sin tocarte.

Caminó rápido, con la cabeza baja, pero sintiendo el peso de las miradas imaginarias detrás de las persianas, ojos que te juzgan sin verte.

Un extranjero. Un rubio. Cualquiera. Mientras no sea uno de los suyos.

Mientras no sea el carnicero, o el panadero, o el vecino de al lado que te pide azúcar.

Se rio para sus adentros, un sonido seco y amargo, como un hueso rompiéndose.

La misma historia de siempre. Buscar un monstruo lejano para no tener que mirar al de al lado.

Y en medio de todo, la imagen de Lorena, con su mirada intensa y fatigada, cruzó su mente como un rayo.

«¿Y si el monstruo soy yo?» No, pero casi.

Casi era peor. Era el sospechoso. El chivo expiatorio perfecto. Y lo sabía. Lo sabía en los huesos.

El Balandro Oxidado respiraba con la pesadez de siempre, unos pulmones de humo de tabaco negro y el relente de la cerveza derramada, un olor a resignación y sueños rotos.

Lorena se movía entre las mesas con la bandeja pegada al pecho, una extensión más de su cuerpo cansado, un apéndice de servir y callar.

Esquivando culos de camioneros y manos de marinero con la precisión automática de quien ha hecho el mismo baile demasiadas veces, un tango de supervivencia .

—Otra ronda, morena —le espetó un tipo con la cara marcada por el viento y la sal, una cara de mapa de carreteras destruidas—. Y no me des esa mierda aguada de ayer, que tengo el estómago delicado.

Lorena asintió sin mirarle. «Claro, jefe.

Como si yo fabricara la cerveza. Como si controlara el grifo de la felicidad».

Cogió las monedas húmedas que dejó sobre la mesa, notando el tacto grasiento, el sudor de otro.

La falsa calma. Eso es. Como cuando el mar se queda plano, quieto, antes de que te trague la ola gigante que lleva tu nombre escrito.

En la barra, un par de tipos con chaquetas de sport que gritaban «Villa Humberta» a kilómetros de distancia, susurraban entre sorbos de whisky caro, whisky que no sabían saborear.

—... dicen que la estrangularon. Con una cuerda de pesca. De esas que usan los viejos.

—Yo oí que fue un cuchillo. De carnicero. Uno de esos que cortan hueso.

Lorena sirvió dos cañas. La espuma se desbordó y le manchó los dedos, una espuma blanca e inútil. Rumores. Como moscas sobre la misma porquería. Todos creen saber. Y nadie sabe nada. Pero lo dicen igual, porque hablar es gratis y el miedo necesita compañía.

—¿Lo sabes, Lore? —le soltó Ramón, el veterano del muelle, desde su taburete fijo, un trono de borracho profesional—. La chica de San Bartolomé. Dicen que era una cualquiera. De las que andan por ahí, ofreciendo mercancía.

Ella forcejeó con el grifo de la cerveza, un grifo que siempre se resistía. «Una cualquiera. Como yo. Solo que a ella ya no le duele nada. A mí me duele hasta el aire que respiro».

—No. No lo sé .

—Pues mi cuñado, el que trabaja en la comisaría, dice que la vieron hablando con un chaval —insistió Ramón, bajando la voz a un volumen que aún era un grito—.

Un tipo joven, rubio, flaco. Muy parecido a ese...

ya sabes, el Marc. El que a veces viene por aquí, con esa cara de no haber roto un plato en su vida.

El mundo se detuvo un latido. Solo uno. La botella que sostenía casi se le escapa de la mano, resbalando entre sus dedos como un pez. «No. No, joder. No». Un sudor frío le nació en la nuca y le corrió por la espalda, un río de hielo.

—¿Marc? —logró decir, con una voz que no reconoció, una voz de extraña—. Hay mil rubios flacos por el puerto. Es el uniforme de los desesperados.

—Sí, pero éste... con una cazadora de cuero. Y una cicatriz aquí —se señaló la ceja con el dedo mugriento, un dedo que había tocado cosas que no quieres imaginar.

La suya. La cicatriz de la pelea de bar. La que le besa el párpado, un recuerdo en carne viva. Lorena sintió que el estómago se le encogía, se hacía un nudo pequeño y duro. Una náusea familiar, la náusea de la mala suerte ajena que te salpica. La ruleta rusa de la vida.

—No sé —musitó, apartando la mirada, mirando las manchas del suelo—. No sé nada.

Se giró y se encontró con la mirada gélida de Salinas, el dueño, desde el otro extremo de la barra.

Una mirada que lo veía todo, que lo escuchaba todo.

Como si hubiera escuchado cada sílaba, cada temblor en su voz.

Como si estuviera midiendo su reacción, pesándola en una balanza invisible.

«Él sabe. Sabe que nos conocemos. Sabe que me importa.

Y eso, aquí, es un punto débil. Una grieta por donde se cuela el frío y la desgracia» .

Fingió ocuparse de limpiar unos vasos. El trapo dejaba marcas turbias en el cristal, empeorando lo que debía limpiar. Intentó respirar hondo, pero el aire venía cargado de mentiras y miedo rancio, de tabaco y desesperación.

Un hombre con acento extranjero, probablemente de un carguero del Báltico, le agarró la muñeca al pasar, sus dedos fuertes como tenazas.

—Otra cerveza, guapa. Y una sonrisa, que no cuesta dinero. A menos que cobres por eso también.

Lorena liberó su brazo con un tirón seco, un movimiento practicado.

—La cerveza sí cuesta. La sonrisa está en huelga. Y la guapa se fue de vacaciones.

Se alejó, sintiendo la quemazón de la mirada del tipo en su espalda, una mirada que quería perforar la tela.

«Todos. Todos pueden ser. El de la cicatriz, el del acento, el camionero, el burgués del whisky...

o el que tengo al lado cada noche, el que ronca y sueña con algo mejor».

La paranoia le trepaba por la espina dorsal, un veneno de acción lenta pero segura.

Cada risa demasiado fuerte le sonaba a burla.

Cada susurro, a conjura. Cada mirada, una acusación.

En el espejo empañado detrás de la barra, su reflejo la observaba: una chica pálida, con el pelo recogido de cualquier manera, un paquete de malas decisiones, y los labios rojos ya cuarteados, como tierra seca.

«Y yo aquí, sirviendo alcohol a los que podrían ser monstruos.

Sonriendo a los que quizá me señalen con el dedo mañana, diciendo esa también sabía algo».

Aquella falsa calma no era más que el silencio cobarde que precede al estallido.

Y en el aire, ya se olía la pólvora. Solo faltaba la chispa .

El aire en el Balandro se espesó de golpe, como si alguien hubiera cortado el oxígeno con unas tijeras oxidadas.

La conversación murió en seco, ahogada por el chirrido de la puerta y el peso de dos siluetas oscuras recortadas contra la luz sucia de la calle.

No hacía falta verles las placas. Llevaban la autoridad tatuada en la postura, en el corte de las gabardinas baratas, en la manera de escrutar el local como si estuvieran mirando una alcantarilla llena de ratas. Y quizá no se equivocaban.

Lorena tenía las manos metidas en el agua caliente del fregadero, lavando el poso del miedo de un vaso tras otro. Se quedó inmóvil. «Hostias. Ya están aquí. Vienen a por alguien. Siempre vienen a por alguien, y hoy el alguien tiene nombre y cicatriz».

Uno de ellos, el más alto, con un bigote que gritaba «franquista de mierda» y unos ojos que no parpadeaban, se acercó a la barra. Salinas, el dueño, se puso tieso, la falsa sonrisa pegada a la cara como un cartel mal puesto, un anuncio de sumisión.

—Buenas tardes, agente —dijo, con una voz que no era la suya, una voz de siervo—. ¿Qué se le ofrece? ¿Una caña? Fría, recién servida.

El aludido ignoró la pregunta, la oferta, la existencia misma de Salinas.

Sacó una foto de la carpeta que llevaba bajo el brazo.

Una foto arrugada, en blanco y negro, de un hombre que parecía cansado de vivir.

La mostró, primero a Salinas, luego lentamente, haciéndola desfilar ante las caras pálidas de los parroquianos, como enseñando una reliquia de algún santo perverso.

—Buscamos a este individuo. Varón, rubio, complexión delgada. Responde al nombre de Marc Montes. Se le ha visto frecuentando la zona. Tiene antecedentes. Pequeños, pero los tiene.

Lorena no tuvo que ver la foto. La descripción le golpeó en el estómago con la fuerza de una patada bien dada. Rubio. Delgado. Marc. Las palabras le resonaron dentro del cráneo, cada una un martillazo en un clavo imaginario. «Joder. Joder. Joder». Tres joder, uno por cada palabra que lo condenaba.

—¿Lo ha visto? —preguntó el otro policía, más joven, con ojos de reptil, fríos y sin parpadeo—. Cualquier información es útil. Para él y para todos.