El óxido y la sangre 2
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La noche apestaba a meado de perro y a marisma podrida, un cóctel inmundo que se metía por la nariz y se quedaba pegado en la garganta.

Lorena caminaba con la chaqueta de cuero sintético pegada al cuerpo como una segunda piel sudada.

El viento frío se colaba por las costuras, como un hurón buscando huesos.

Los tacones golpeaban los adoquines, clac, clac, clac , como latidos de un corazón de metal, un corazón que a ella ya le habían robado hace tiempo.

Aquel era el tour de los horrores. La ruta de la desesperanza.

Cada farola era un testigo medio ciego, escupiendo una luz amarillenta y enferma sobre la basura amontonada en las esquinas, como ofrendas a un dios de la basura.

Lorena ajustó el paso. No por prisa, sino para marcar ritmo. Sabía que caminar demasiado rápido delataba miedo. Demasiado lento, disponibilidad. Eligió un término medio que había aprendido a fuerza de noches iguales.

—Oye, morena, ¿tan tarde y tan sola? —gritó uno, el más alto, con voz de pito roto .

Lorena contó pasos. Tres detrás. Demasiado coordinados para ser casualidad. Pensó en gritar, descartó la idea. Pensó en correr, también. Todavía no.

Lorena apretó el paso. «No respondas. No mires. Sigue andando. Conviértete en un fantasma. Eso es. Un fantasma invisible». Pero los fantasmas no sudan, y a ella le corría un hilillo por la espalda.

—¿No nos hablas? ¡Qué mala educación, tía! —otro, voz más ronca, pastosa de cerveza barata o algo peor.

No contestar era una decisión, no una rendición. Si hablaba, les daba juego. Si corría, les daba poder. Siguió andando como si no existieran. A veces, eso era lo único que funcionaba.

Sintió sus pasos acelerarse. Un sudor frío, el sudor de antes del golpe, le recorrió la espalda.

«No. Por favor. Ahora no. Aquí no». La mano se le fue al bolsillo, buscando la llave.

La llave de la puerta y la llave de un ojo, si hacía falta.

Siempre lista, entre los dedos. Tres contra una.

Las matemáticas de la calle. Nunca salen. Siempre te toca perder.

—Mirad, parece asustada —dijo el tercero, riendo con un graznido.

Estaban ya casi a su altura. Podía olerlos: cerveza rebajada con pis, tabaco rubio y el vacío de un sábado sin futuro. Cerró los ojos un instante. Un segundo. «Si me tocan, les arranco los ojos. Juro que les arranco los ojos y me los como».

Pero entonces, algo cambió. Los pasos se detuvieron. La voz del primero, ahora aburrida:

—Bah, déjala. Ésta ya está demasiado usada.

Rieron. Unos pasos pesados se alejaron, arrastrando los pies hacia la luz falsa del bar de la esquina. El sonido se fue apagando hasta quedar solo el viento silbando entre los edificios, como riéndose de ella.

Cuando se alejaron, Lorena no respiró aliviada. El alivio venía después, en privado. Ahora solo anotó mentalmente el lugar, la hora, las caras. Información para otra noche.

Lorena se detuvo, jadeando. Se apoyó contra una pared fría y húmeda, la frente pegada a la piedra áspera.

«Demasiado usada. Como un coche con demasiados kilómetros.

Como un trapo de cocina que ya no limpia, solo extiende la grasa».

No era alivio lo que sentía. Era algo peor, algo más amargo en la boca del estómago.

Humillación. Alivio mezclado con vergüenza.

«Hasta los depredadores de poca monta te descartan.

Te dejan tirada en su propio desprecio».

Se obligó a seguir caminando. Las piernas le temblaban como un flan.

Pero ahora cada sombra parecía moverse. Cada portón cerrado escondía una respiración.

Cada ruido —un gato rebuscando en la basura, el chirrido de una persiana oxidada— era un mensaje en clave, un código para locos.

Cualquiera. Cualquiera puede ser él. El asesino.

El de las noticias. El de la playa de San Bartolomé.

—Podría ser el carnicero —murmuró para sí, viendo la luz encendida en la trastienda—.

O el panadero, ese que siempre me mira las tetas como si fueran bollos.

O el hijo de la señora Elvira, el que parece tan callado que da miedo.

O Salinas. O incluso Montesinos, el de la constructora, que siempre anda en un coche gris y nadie le pregunta nada.

Antes era juez, o eso dicen. Joder, cualquiera...

La paranoia le trepaba por la espina dorsal, un veneno lento y familiar, como un viejo amigo que vuelve para fastidiarte.

«Ésa es la genialidad. No hace falta que sea un monstruo con cuernos.

Puede ser el tipo que te vende el pan. El que te sonríe cada mañana.

El que te paga por un polvo rápido y ni se quita los calcetines».

Llegó a su portal, ese agujero con la pintura descascarada.

Introdujo la llave con prisas, los dedos torpes, patosos.

Al cerrar la puerta, echó el cerrojo. Uno, dos.

Tres vueltas a la llave. Como si eso pudiera detener lo que ya está dentro.

Como si una cerradura pudiera parar a los fantasmas que llevas en la cabeza.

Subió las escaleras corriendo, sintiendo cada peldaño como un obstáculo superado, una pequeña victoria en una guerra perdida. Al pasar por el descansillo del segundo, la puerta de la señora Elisa se entreabrió. La anciana asomó su rostro arrugado, una manzana vieja y olvidada.

—Lorena, hija, ten cuidado —susurró, con los ojos como platos, llenos de un miedo ajeno—. Andan diciendo por ahí que el que hace eso... es de los nuestros.

Siempre la misma frase. Eterna.

Entró en su habitación y cerró la puerta con llave. Se apoyó contra la madera, resbalando hasta el suelo.

El taller abandonado detrás de la nave de congelados apestaba a aceite quemado y humedad.

Un foco desnudo colgaba de un cable, pintando de amarillo sucio las paredes llenas de grafitis y las sombras alargadas de los tres hombres, como títeres torpes.

Marc, con las manos metidas en los bolsillos de su cazadora robada, observaba cómo el Poli desatornillaba la tapa del radiocasete con unos dedos gruesos y llenos de cicatrices, dedos que habían hecho de todo menos algo bueno.

—Tiene pinta de estar entero, Marc —dijo el Poli, sin levantar la vista, escupiendo las palabras—. ¿De dónde salió ?

—De un coche. En la zona de Villa Humberta —mintió Marc, encogiéndose de hombros, un gesto vacío—. Estaba abierto.

«Como mi vida. De par en par. Y todo el mundo metiendo las narices, robando trocitos», pensó.

El otro, el Chino —que no era chino, pero tenía los ojos un poco rasgados y el mote se le quedó, porque en este barrio te ponen un nombre y te lo graban a fuego—, dio una calada a un cigarrillo liado y soltó el humo lentamente, como saboreando la miseria.

—Se oyen cosas, ¿sabes? Dicen que los maderos están haciendo redadas a lo bestia. Que si no tienes papeles, te comes el marrón y te lo llevas a casa de postre.

—A mí que no me registren el piso —gruñó el Poli, sacando la placa base del aparato como si fuera un órgano—. Con la colección de VHS que tengo, me montan una película de terror y me la cobran.

Marc esbozó una sonrisa torcida. Colección de VHS.

Tres películas porno gastadas y un video de Bodas de Sangre que robó de la furgoneta de los reciclajes.

Todo un cineclub de la desesperación. Pero no dijo nada.

Solo vigilaba la calle a través de la ventana rota.

Siempre alerta. Siempre esperando la patada.

—Es por lo de las mujeres —dijo el Chino, bajando la voz a un susurro rasposo—. Lo de la playa. Ya van... ¿cuántas? Tres. O cuatro. Nadie se aclara, es un rumor con patas.

—Una mierda —escupió el Poli—. Es para joder a la gente. Para justificar la pasta que se gastan en gasolina. Y en bollos, que no se les olviden los bollos.

Marc notó un hormigueo en la nuca. «Ellas. Siempre ellas. Flotando en la conversación como fantasmas con los pies de plomo. Y nosotros aquí, vendiendo mierda robada para comprar más porquería. El ciclo de la vida, versión puerto».

—¿Y tú qué, Marc? —preguntó el Chino, clavándole sus ojos pequeños, como dos agujeros negros—. ¿No andas por San Bartolomé a veces?

La pregunta se quedó colgando en el aire, pesada, cargada de algo más que curiosidad. Una acusación disfrazada de conversación. Marc lo miró fijamente, sin parpadear.

—¿Qué quieres decir?

—Nada, hombre. Es que se dice cosas. Que el que lo hace es un extranjero. Uno de esos que llegan en los cargueros. De esos que no hablan ni palabra y miran raro.

«Claro. Siempre es el de fuera. El diferente. El que huele raro, habla raro, es raro. La solución más fácil para una ciudad que apesta a podrido por todos lados. Un chivo expiatorio con patas», pensó Marc.

—Mierda —cortó el Poli, dejando la placa sobre la mesa con un golpe seco—. Esto está frito. El circuito principal, jodido. Te doy cinco duros por él, por la carcasa.

—Veinte —dijo Marc, frío, vacío—. Funciona. Lo probé.

—Con mis auriculares no suena ni la canción del verano, Marc.

—Pues cómprate unos que sean buenos —replicó Marc, metiendo las manos en los bolsillos—. Diez. Y me estoy robando a mí mismo, así de mal está la cosa.

El Poli resopló, pero sacó un puñado de monedas, pegajosas. Mientras contaba, el Chino no apartaba la mirada de Marc. Una mirada de reptil, fría.

—En serio, tío. Ten cuidado. La gente está nerviosa. Cualquier rubio flaco y con cazadora... ya me entiendes .

«Lo entiendo. Lo entiendo perfectamente. Mi descripción. Mi suerte otra vez. La diana en la frente sin haber disparado un solo tiro». Marc cogió el dinero y lo guardó, sintiendo las monedas sucias contra los dedos.

—Yo no me meto en eso.

—Nadie se mete —dijo el Chino, acercándose con su aliento de tabaco y cerveza agria—. Pero el miedo es libre. Y ahora por la noche, te cagas de miedo hasta para ir a mear a la esquina. Te meas encima antes de llegar.