El óxido y la sangre
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Se encendió un cigarrillo con manos temblorosas. La colilla no era más que un electrocardiograma de sus nervios. La noche: cerveza barata, miradas pegajosas, manos en el culo. Y la coca, entrando y saliendo, dejándola vacía. Necesitaba un café. Algo caliente que le recordara que seguía viva.
Lorena pensó en volver atrás. Pedir otro turno.
Cerrar más tarde. No por dinero, sino por retrasar la noche.
Miró la puerta del bar, la luz amarilla derramándose en la acera.
No lo hizo. No porque no pudiera, sino porque sabía que quedarse también tenía precio.
Tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó con el tacón.
El Áncora, su parada habitual de regreso a su refugio.
—Dame uno —ronca, como tragando vidrios.
—Está más aguado que las sardinas de anoche —escupió Manolo, el de dientes amarillos.
—Me da igual. Todo me sabe a rayos.
Un latigazo en su mente: «Todo me sabe a él. A Salinas. A su aliento a anís y tabaco negro. A sus manos que siempre encuentran excusa».
El vaso de plástico ardía. Lo apuró. Sabía a mierda, pero era su mierda. Observó a dos marineros borrachos forcejeando. Gritos. Uno cayó de culo en un charco .
Un pensamiento: «Como animales en una jaula pequeña. Se pelean porque no saben hacer otra cosa». Seguido de una reflexión amarga: «Yo también estoy en una jaula. Pero la mía tiene forma de cuerpo. De pasado».
La ciudad apestaba. No solo a pescado podrido y gasoil. A algo más profundo. Como si los cimientos estuvieran podridos. Peñablanca. Una furcia con vestido caro, pero con la piel llena de costras.
Ajustó la chaqueta sintética que ya no abrigaba.
Veintidós años y el peso de cada uno era como una losa.
Un instante: Catorce años. Olor a galletas.
Radio en el coche. Sus padres riendo. Un golpe seco.
Cristales. Silencio. Antes del accidente.
Antes de su tía borracha y la calle a los diecisiete.
Antes de aprender que un favor siempre tiene precio, y ese precio se mide en piel y silencio.
Caminó hacia su pensión. En el aire: rumores. Susurros pegados a la niebla. Otra mujer. Encontrada en la playa de San Bartolomé. Destrozada. Tercera o cuarta. El miedo, metido en los huesos de todos. Como un gusano, royendo por dentro.
Lorena escuchó sin detenerse. No era la primera vez que una historia así corría por el barrio. Pero algo no encajaba. Siempre decían «la encontraron». Nunca decían quién la había visto por última vez. Apretó el paso. No por miedo. Por cálculo.
Un pensamiento visceral: «¿Y si la siguiente soy yo? ¿A quién le importaría? “Hallado el cadáver de una mujer en el puerto”. Mujer. Sin nombre. Sólo un cuerpo más para la pila».
Pasó junto a unos pescadores. Uno, de cicatriz en la mejilla, la miró de arriba abajo. Sonrisa torcida. Ella desvió la mirada. «Lo aprendí pronto: no mirar a los ojos. Los ojos te hacen persona. Aquí sólo quieren un agujero. Un servicio. Un trago rápido en la oscuridad».
Podría haber cogido la avenida iluminada. Tardaría más, pero habría gente. Eligió las calles estrechas. Si algo iba a pasar, prefería verlo venir. No era valentía. Era experiencia.
Apretó el paso. El café aguado le revolvía el estómago.
«En esta ciudad de mierda, nadie elige su suerte.
Sólo sobrevive un día más». Dobló la esquina hacia su calle.
Fachadas descascaradas. Un grafiti nuevo en su puerta: FUERA EXTRANJEROS.
«Siempre es más fácil culpar al de fuera. Nadie mira al monstruo de al lado».
Subió las escaleras. Cada escalón, un suplicio. En el descansillo, la puerta de la señora Elisa se entreabrió.
—Lorena, hija —susurró, ojos como platos—. Ten cuidado. Dicen que el que hace eso... es de por aquí. De los nuestros.
Ella asintió. «De los nuestros. Como si fuéramos una familia. Una familia de despojos».
Entró, cerró con llave, apoyó la frente en la madera fría.
El silencio fue peor que el ruido. Porque en el silencio oía su respiración.
Sentía el peso de todo lo hecho y lo que le habían hecho.
La mujer de San Bartolomé no era tan diferente.
Sólo que una ya estaba muerta, y la otra seguía esperando su turno.
Marc se apostó en la esquina de la Calle del Viento. El frío le calaba el cuero de la cazadora, robada como casi todo lo que llevaba. El viento cortante azotaba el flequillo rubio ceniza. Una cicatriz en la ceja era un recordatorio: cada pelea deja marca .
«Solo un bolso. Rápido y limpio». La turista alemana: alta, rubia, cámara al cuello, cartera suplicando que la robasen. Iba despistada, mirando el mapa. «La muy idiota».
Esperó a que doblara hacia el callejón del Horno. Un pasadizo estrecho, de paredes sudando humedad, con olor a orín y derrota. Se movió con desgana y alerta. Arrastrando el peso de veinticuatro años.
La alemana continuaba, absorta, tarareando. Marc se abalanzó. Mano rápida, tirón seco. Pero el bolso se enganchó. Un chillido en alemán. Y apareció él: un policía municipal, de bigote de escobilla y gorra grande.
—¡Eh, tú! ¡Quieto ahí, joven!
Joven. Como un crío pillado robando manzanas.
Marc soltó el bolso. Salió disparado. Corrió como si el diablo le pisara los talones. Resbalando en el pavimento húmedo. Conocía cada recoveco, cada atajo.
El guardia gritaba detrás.
—¡Alto! ¡Policía!
Marc giró, bajó una escalinata donde el pescado podrido y el vómito se pegaban a la garganta. El corazón le golpeaba como un tambor maldito. No era miedo. Era rabia sorda. La certeza de que siempre, siempre, la cagaba en el último momento.
«Mala suerte. O quizá es mi destino. Intentar salir del hoyo y que te tiren de vuelta».
Dobló otra esquina, se apoyó contra la pared, jadeando. Sudor. Silencio. El policía: perdido. Pero la humillación no. Esa siempre lo alcanzaba.
Se frotó la cara con manos ásperas. Recordó la primera vez que robó una moto. Quince años. Miedo y adrenalina, un cóctel que subía como espuma. Un padre que los abandonó, una madre fregando escaleras. Era robar o pudrirse en el barrio. Diez años después, lo mismo. El mismo perro, con más pulgas.
Caminó por la Calle de la Sal. Una pareja de borrachos salió de un bar. Uno lo miró con desprecio. Marc desvió la mirada. «Siempre desviando la mirada». Se sintió como un perro callejero, a un paso de la patada.
Un pensamiento: «Esa chica. La del pelo castaño y la mirada cansada.
La que trabaja en el Balandro». La había visto un par de veces.
Pasando rápido, con la cabeza baja. En ella reconocía algo.
La misma derrota en los hombros. La misma sombra en la mirada.
No la conocía, pero a veces imaginaba hablarle.
Con alguien así quizá se sentiría visto.
No como un delincuente. Sólo como Marc. Pero era una fantasía estúpida.
Sólo serviría para arrastrar a otra persona a su miseria.
Llegó a su guarida: un trastero abandonado de cerradura forzada. Encendió una vela. Luz temblorosa sobre un colchón sucio, una manta raída, latas vacías. Su palacio. Se dejó caer. El colchón crujió.
«Podría haberlo hecho mejor. Un movimiento más rápido. Elegir a otra». Pero no. Eligió a la alemana. Como si una parte de él quisiera ser pillado.
Se palpó el bolsillo. Sacó un mechero barato. Lo encendió y apagó, mirando la llama. «Siempre lo mismo. Correr. Esconderse. Sobrevivir un día más». No confiaba en la policía. Sólo eran otros perros en la misma jaula, con uniforme para morder.
Se recostó, mirando las telarañas en el techo. Afuera, la ciudad seguía: bares, peleas, rumores de otra mujer muerta. Y él aquí, preguntándose si alguna vez saldría de esta rutina, o si su destino era ser espectador de su propia derrota .
Pasaron tres días y allí estaba de nuevo, en El Áncora, con el eterno olor a cerveza rancia flotando en el ambiente. Lorena entró con la espalda dolorida después de ocho horas de sonrisas falsas. Necesitaba tabaco como un condenado su última oración. Se acercó a la máquina oxidada.
Solo que hoy estaba él.
Marc, con su piel pálida bajo la luz del neón parpadeante; y el flequillo sobre los ojos grises, como hielo sucio.
Lorena se detuvo. Un metro de distancia. Flotaba el olor a sudor viejo y calle. El perfume de los desesperados.
Él notó su presencia. Giró la cabeza. Las miradas se encontraron. Como dos animales heridos olfateándose en la oscuridad, reconociendo la misma sangre.
Ella vio el cansancio en él. No de una noche. De una vida. Una fatiga instalada en los huesos, un inquilino que no paga alquiler. Lo vio en sus dedos largos, marcados por cortes y moretones.
Lorena notó sus manos antes que su cara. Demasiado quietas. Demasiado tensas. Podría haber apartado la vista. No lo hizo. Lo sostuvo lo justo para que él entendiera que había sido visto. Luego volvió a la máquina.
Marc vio en Lorena el mismo desgaste. La belleza marchita de quien se vende por trozos. Rigidez en los hombros. Labios pintados de rojo cuarteado. Ojos intensos con ojeras moradas contando noches largas.
Ninguno dijo nada. No hacía falta.
Él terminó de sacar su tabaco. Dio un paso atrás, cedió el espacio. En este barrio, donde nadie cede nada, eso era una declaración .
Lorena introdujo las monedas. Traqueteo metálico. Sintió su mirada en la nuca. No era de lujuria, desprecio, posesión. Era... un espejo.
Un pensamiento la asaltó: «Él también huele a mierda. A la misma mierda que yo».
Sacó una cajetilla de Fortuna. Al girarse sus brazos se rozaron. Un contacto breve, eléctrico. Como dos cables pelados chisporroteando un instante.
Miradas de nuevo. Un segundo largo. Reconocimiento mutuo. Pacto no verbal entre dos supervivientes de la misma guerra perdida. Él asintió levemente. Ella no devolvió el gesto, pero no apartó la mirada.
Marc se dio la vuelta, caminó hacia la salida. Como un gato callejero, siempre a punto de echar a correr.
Lorena lo siguió con la mirada hasta que la puerta se cerró. El aire frío se coló en el bar. Pensó mientras encendía un cigarrillo: «Ese. Ese sabe. Sabe lo que es vender pedazos de alma para llegar a fin de mes».
Fumó con avidez. El humo le rasgó la garganta, pero la calmó. Recordó los rumores. El asesino. Las mujeres. Y pensar en ese tipo de ojos grises le dio un punto de anclaje. No seguridad. No esperanza. Sólo... reconocimiento.
Marc, en la calle, también pensó: «Esa. Esa tiene los mismos ojos que yo. Vacíos por dentro. Como si alguien les hubiera robado la batería».
Caminó hacia su trastero, pero la imagen de Lorena se le quedó grabada. Ella también llevaba una cicatriz, sólo que la suya no se veía.
Aquella noche, en sus madrigueras, los dos se acostaron con el mismo pensamiento. En esta ciudad, donde todos se pudren por dentro, habían encontrado a alguien hecho de la misma podredumbre. Y eso era un consuelo triste.
Una semana después. El rumor llegó como un susurro asqueroso al Balandro Oxidado. El morbo floreciendo alrededor de la desgracia ajena. Después, más fuerte. Trepando por las fachadas como enredadera venenosa.
—Otra...
—En San Bartolomé...
—La han destrozado...
—El mismo de las otras...
Lorena fregaba el último vaso, con las manos arrugadas por el agua caliente, cuando el comentario llegó como puñetazo en el estómago. Dos camioneros en la barra:
—Sí, otra puta —escupió el más gordo—. Ya es la tercera, ¿o la cuarta? Las cuenta Dios.
«Puta». La palabra resonó como un disparo en un túnel. Miedo, frío y afilado, serpenteando por la columna. Dejó el vaso con dedos temblorosos.
Salinas, el dueño, apagó la radio de un golpe. Pero ya era tarde. La noticia, bestia invisible, ya respiraba en cada rincón.
—Cierra ya. Y vete a casa —le espetó, sin mirarla—. Esto se va a poner feo.
Ella asintió, mecánica. Colgó la chaqueta sintética, salió. El aire, de repente, sabía diferente. El pánico flotaba en cada bocanada. Histeria colectiva. Gente apretando el paso. Miradas cruzadas con desconfianza. Persianas bajándose.
Un escalofrío sucio le recorrió la espalda. Se ajustó la chaqueta, inútilmente. Se sintió observada. Marcada. Cada sombra parecía respirar. Cada farola parpadeante, un ojo que la seguía.
Cruzó con un grupo de vecinos.
—Es un loco, fijo —decía una mujer con pañuelo—. ¡Y la policía no hace nada!
La ciudad entera, Peñablanca, una mujer con nombre de señorita bien, mostraba sus costuras podridas. Y todos sentían que el monstruo no venía de fuera. Respiraba aquí, entre todos, compartiendo la misma suciedad bajo las uñas.
Lorena apretó el paso, deseando su asquerosa pensión. Pero incluso esas cuatro paredes le parecían refugio incierto. Porque el peligro ya no estaba solo en la calle. Estaba en el aire. En la mirada del de al lado. En el silencio cómplice de una ciudad que prefería un chivo expiatorio.
En medio del pánico, un último pensamiento, frío como cuchillo: El asesino no era una leyenda. Era un depredador. Y ella, lo sabía, no era más que una posible víctima.
En su trastero, Marc sentía el miedo nuevo vibrando en el aire. Encendió otro cigarrillo. La llama tembló en la oscuridad. Algo había cambiado. Y él, enterrado en su agujero, supo que la caza había comenzado. Para todos.
En sus madrigueras separadas, los dos supieron lo mismo: el monstruo no era una sombra lejana. Había salido a pasear. Y en una ciudad donde todos eran presas, sólo era cuestión de tiempo.