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Volvió a mirar el móvil. Elena seguía sin dar señal.
Tampoco le sorprendió demasiado. Probablemente seguiría con Rosalía.
Siempre ocurría lo mismo cuando quedaban: empezaban tomando un café después de comer y acababan enlazando la tarde con cualquier terraza o quedándose a cenar por allí.
Hasta hacía no mucho, ella solía avisarle, pero ahora también eso parecía haber cambiado.
Se guardó el teléfono en el bolsillo trasero del pantalón y volvió a levantarse casi de inmediato.
Llevaba todo el día incapaz de permanecer quieto más de unos minutos seguidos.
Del salón a la cocina. De la cocina al despacho.
Otra vez al salón. Como si moverse constantemente pudiera impedirle pensar.
Pero no funcionaba.
La plaza de los Cubos...
La idea regresaba una y otra vez, cada vez con más fuerza. Adela llegando allí. Esperando a ese hombre del que había hablado con tanta naturalidad y sobre el que, sin embargo, se había negado a darle la menor explicación. Mario no conseguía quitársela de la cabeza. Tampoco a él.
Habían quedado a las siete. Aún tenía tiempo de sobra para llegar a Madrid. Pero ¿para qué? Era algo absurdo. ¿Qué esperaba demostrar exactamente? Y, sin embargo, cuanto más trataba de apartar la idea, más insoportable se volvía permanecer dentro de casa.
Acabó cogiendo las llaves del coche para acabar de una vez con la zozobra.
El trayecto hasta Madrid le resultó más corto de lo habitual.
No porque hubiera conducido deprisa, sino porque apenas fue consciente del camino.
En varios momentos tuvo la sensación de haber tomado la A-1 sin recordar exactamente cuándo había decidido hacerlo.
Como si el coche hubiera empezado a moverse por voluntad propia.
El tráfico era el habitual de un sábado por la tarde.
Retenciones intermitentes, frenazos sin motivo aparente, largas hileras de coches que avanzaban a trompicones.
En algún momento volvió a preguntarse qué demonios estaba haciendo.
Aquello no tenía ningún sentido. Pero el pensamiento apenas lograba mantenerse unos segundos antes de desvanecerse otra vez.
La plaza de los Cubos y Adela seguían allí, ocupándolo todo.
Al llegar a Madrid se encontró con cierta retención en la M-30. Aun así, seguía teniendo tiempo de sobra .
No pensaba acercarse a ellos. Ni siquiera tenía claro qué iba a hacer allí. Sólo sabía que necesitaba verlo con sus propios ojos.
Dejó el coche en el aparcamiento de Las Descalzas. Estaba algo más lejos que el situado bajo la plaza, pero así evitaba el riesgo de que Adela pudiera reconocerlo.
Bajó caminando por la Gran Vía. Le habría gustado que fuera invierno. Poder esconderse tras el cuello del abrigo o bajo alguno de aquellos sombreros que Elena llevaba años insistiendo en que se pusiera y con los que él nunca había conseguido sentirse cómodo.
Cuando llegó a las inmediaciones redujo el paso. Miró alrededor con disimulo, más pendiente de no ser visto que de buscar a alguien.
Entró en una de las cafeterías situadas frente a los cines y escogió una mesa junto al ventanal. Desde allí dominaba todo el entorno.
Apenas faltaban diez minutos para las siete y media.
Pidió un café con hielo.
Mientras el camarero lo dejaba sobre la mesa, una figura cruzó por delante del cristal con paso firme en dirección al punto de encuentro.
Era Adela.
En las dos ocasiones anteriores en que la había visto llamaba la atención por su elegancia natural. Aquel día, sin embargo, se había arreglado con un cuidado especial. Nada llamativo. Quizá era solo una mayor atención a los pequeños detalles.
Se detuvo justo frente a la entrada de los cines y miró el reloj. Después recorrió distraídamente la plaza con la vista, ajena a las miradas que, como siempre, parecían dirigirse hacia ella.
Mario permanecía inmóvil al otro lado del cristal.
Los minutos comenzaron a hacerse extrañamente largos.
Notó cómo algo iba tensándose poco a poco en su interior. No era algo que pudiera relacionarse con los celos. Tampoco simple curiosidad. Era otra cosa. La sensación de estar a punto de asistir a algo que, de algún modo, le concernía mucho más de lo que alcanzaba a comprender.
Entonces apareció él y sintió que el aire se detenía durante un instante.
Era Sergio.
Avanzaba hacia Adela con la misma discreción de siempre. La misma forma pausada de caminar. La misma expresión serena que Mario recordaba de la editorial.
Durante unos segundos las imágenes comenzaron a atropellarse unas a otras. Montevideo. Las cenas en la Ciudad Vieja. Los pasillos de la editorial. Y, entre todas ellas, la figura de Sergio unos metros más allá, discreto, casi siempre en segundo plano.
Ahora, sin embargo, volvía a aquellas escenas con una mirada distinta y empezaba a reparar en detalles que hasta entonces había dejado pasar.
Como la forma en que seguía cada conversación entre Vera y él.
Aquella atención silenciosa que, en aquel momento, había atribuido simplemente a su carácter reservado, a esa timidez que parecía mantenerlo siempre al margen de todo.
Después, Vera se marchó y, poco tiempo más tarde, también él abandonó la editorial. Hasta aquel instante siempre había guardado ambos hechos en compartimentos separados, absorbidos por el caos de aquellos meses. Nunca había sentido la necesidad de relacionarlos.
Ahora, sin embargo, empezaban a acercarse lentamente uno al otro.
Recordó entonces cómo, poco a poco, la relación entre Vera y Sergio había ido haciéndose cada vez más cercana.
No le había dado importancia. Había supuesto que se trataba simplemente de una confianza nacida del trabajo, de esa facilidad que tenía Vera para conectar con las personas.
Nunca imaginó que, detrás de aquella cercanía, hubiera una parte de la vida de Vera a la que él nunca había tenido acceso.
Adela levantó una mano para saludar y Sergio le devolvió una sonrisa. Ella dijo algo. Él respondió con absoluta naturalidad.
Y fue precisamente aquella naturalidad la que hizo que algo terminara de quebrarse dentro de Mario.