El otro relato 40
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Permaneció sentado junto al ventanal, incapaz de moverse, aunque Adela y Sergio hubieran desaparecido entre la gente hacía ya varios minutos.

Poco a poco, el pulso de la plaza fue recuperando su ritmo habitual. Personas entrando y saliendo de los cines. Mesas que se llenaban y quedaban vacías. Conversaciones ajenas que llegaban amortiguadas desde la calle.

Todo seguía igual…

Excepto él.

Pidió otro café, aunque apenas llegó a probarlo. Tenía la sensación de que, si se levantaba demasiado pronto, si volvía al coche y empezaba a conducir, todo aquello podía desvanecerse como una sospecha absurda.

Pero no era solo una sospecha. Era algo peor. Era la posibilidad de que la respuesta hubiera estado delante de él durante todo ese tiempo sin que se hubiera atrevido nunca a mirarla de frente .

Sergio… El nombre volvía a su cabeza una y otra vez. No como una acusación, sino como una respuesta que había permanecido ante sus ojos durante meses.

Recordó la primera vez que habló con Nadir en el foro.

Desde el principio le sorprendió aquella forma de escribir, esa mezcla de conocimiento y distancia, la manera en que parecía saber siempre qué preguntas hacer y cuándo hacerlas.

Nunca supo explicar por qué, pero desde los primeros mensajes había sentido hacia él una cercanía difícil de justificar.

Después apareció vdelacruz. Nunca había establecido ningún vínculo entre ellos. Dos personas distintas. Dos voces distintas. Dos problemas distintos.

Ahora, sin embargo, la separación entre aquellos nombres empezaba a desvanecerse.

Nadir había entrado en el foro cuando Vera se fue. vdelacruz había aparecido casi justo cuando Nadir desaparecía. Y Sergio había estado allí durante todo el tiempo que Vera trabajó en la editorial. Siempre allí. A unos metros de distancia, escuchando, observando.

Pero lo que terminó de desarmarlo no fue descubrir quién se escondía detrás de aquellos nombres.

Fue comprender lo que significaban.

Durante todo ese tiempo había imaginado la marcha de Vera como un punto final.

La había visto salir de la editorial y desaparecer de su vida.

Al principio intentó encontrarla. Después terminó aceptando que nunca volvería a saber de ella.

Y, desde entonces, había llenado aquel vacío con conjeturas, reproches y recuerdos que, una y otra vez, acababan regresando al mismo lugar: él mismo.

Mientras él seguía reconstruyendo aquella historia desde su memoria, Vera había seguido viviendo la suya. Había tomado decisiones. Había buscado otros caminos. Había compartido sus dudas con otras personas. Había contado su versión de lo ocurrido.

Y alguien la había escuchado.

Solo entonces comprendió que el verdadero vacío nunca había existido. Había sido él quien, durante muchos meses, había contemplado únicamente una parte de aquella historia.

Recordó las palabras de Adela:

«Quizá el problema es que llevas demasiado tiempo interpretándolo todo únicamente desde tu punto de vista.»

Hasta entonces siempre había sentido aquella frase como una acusación. Ahora podía verla de otra manera: no era un juicio, sino una descripción.

Sintió un escalofrío.

Y, de pronto, vio con claridad lo que realmente significaba todo aquello.

No era una venganza improvisada. Era la acción de alguien que llevaba mucho tiempo observándolo. Alguien que conocía no solo lo que había ocurrido, sino también la forma en que él había decidido recordarlo.

Le vinieron entonces a la cabeza, una vez más, sus últimas conversaciones con Adela… Las preguntas. Las du das. La manera en que, poco a poco, había ido obligándolo a mirar desde un lugar distinto.

¿Había llegado Sergio hasta ella por casualidad? ¿O tampoco aquello había sido casual?

No lo sabía.

Y comprendió que probablemente nunca llegaría a saberlo.

Permaneció unos minutos más mirando la plaza antes de levantarse. Cuando salió a la calle, la tarde seguía exactamente igual que antes. Los cines continuaban llenándose de gente. Las terrazas seguían ocupadas. Madrid seguía siendo la misma ciudad.

Solo él era distinto.

Mientras caminaba hacia el aparcamiento comprendió que, a aquellas alturas, ya daba igual que fuera Sergio, Nadir o vdelacruz.

Ninguno de aquellos nombres importaba realmente.

Quizá todo aquello nunca hubiera sido una forma de castigarlo por algo que él apenas llegaba a comprender.

Simplemente, había encontrado la manera de obligarlo a escuchar, por fin… el otro relato.