38
Mario se demoró el resto de la mañana sin hacer nada concreto. Parecía que el tiempo no acabara de arrancar después de la conversación con vdelacruz. Su presencia seguía ahí, incluso después de cerrar el ordenador.
Deambuló por la casa sin un objetivo claro. Entró en la cocina y allí seguía la nota de Elena sobre la mesa, recordándole que el día parecía querer seguir su curso al margen de él.
Se sirvió algo de beber sin pensarlo demasiado.
Rara vez bebía alcohol a esas horas, pero hoy lo necesitaba.
Se puso unos cubitos de hielo en un vaso y abrió el mueble-bar para sacar esa botella de whisky que llevaba más de dos años sin desprecintar.
Durante unos segundos se quedó de pie, con el vaso en la mano, sin decidir qué hacer después.
El primer trago fue más seco de lo que esperaba. Dejó el vaso sobre la mesa y se quedó observando el hielo. Ya había empezado a fundirse, aunque aún conservaba su forma .
No había comido nada desde la mañana y todavía era algo temprano. Tampoco tenía hambre, pero menos aún ganas de ponerse a preparar nada.
Su cabeza era un torbellino en el que todo seguía mezclándose: Nadir, los mensajes, las acusaciones, Vera, Elena... Demasiadas piezas de una historia que durante un tiempo había intentado entender por separado y que ahora parecían formar parte de un mismo entramado.
Y entre todas aquellas ideas había una que regresaba cada vez con más frecuencia: Adela.
El encuentro había resultado poco menos que desastroso y, sin embargo, no podía negar la fascinación que aquella mujer había comenzado a despertar en él.
Una y otra vez regresaba su imagen, alejándose por la plaza del Conde Duque, con su mirada formando parte del coro de las de todos aquellos que la seguían.
Había algo en su forma de hablar, en la seguridad con la que se movía, que conseguía subyugarlo.
Y quizá lo más desconcertante era que aquella fascinación surgiera precisamente en un momento en que todo parecía desmoronarse a su alrededor.
Su situación con Elena, tras la recepción de aquel dichoso sobre, le pareció de repente mucho más crítica de lo que había supuesto, y la frialdad de la nota que le había dejado aquella mañana parecía confirmarlo.
Además, la conversación que había mantenido con Álex mientras lo llevaba a casa le había dejado claro hasta qué punto la tensión que se respiraba en casa era ya evidente desde hacía tiempo y había afectado también a sus hijos.
Al menos, todo aquello había servido para romper una distancia que hasta entonces nunca había logrado salvar. Por primera vez había sentido que hablaba con él de igual a igual, como dos adultos. Era un pobre consuelo, pero el único que lograba encontrar en medio de todo aquel derrumbe.
Pero aquello no acababa en Elena y los chicos.
Nunca habría imaginado que pudiera llegar a sentirse incómodo en la editorial.
Le gustaba su trabajo y, hasta entonces, pensaba que tenía buen trato e incluso buena reputación entre sus compañeros.
Sin embargo, desde el momento en que apareció la noticia de la muerte de Vera tenía serias dudas.
Más aún, había comenzado a experimentar un rechazo creciente a la idea de volver a ese espacio y soportar de nuevo aquellas miradas cruzadas que lo señalaban como responsable de vaya usted a saber qué.
Y, para colmo, estaba el foro. El que había sido su refugio durante tantos años aparecía ahora contaminado y lleno de recelos. Cualquier conversación sobre los temas habituales resultaba fuera de lugar y cualquier mención a lo ocurrido, imposible.
Sintió que se encontraba más solo que nunca.
Sin referentes a los que acudir. Adela le había dejado claro que en esos momentos sentía por él cualquier cosa menos admiración y, sin embargo, por algún motivo que no acertaba a entender, después de aquella conversación con vdelacruz, que no había hecho sino complicar aún más las cosas, seguía convencido de que, si quería llegar al fondo de todo aquello, el único camino posible pasaba por ella.
Después de comer un par de sobras que había en el frigorífico y tumbarse un rato en el sofá del salón a ver una película, de la que perdió el hilo a los pocos minutos, terminó marcando su número casi por impulso.
—¿Sí?
—Hola… soy yo.
—Ya.
No parecía sorprendida. Tampoco especialmente interesada en disimularlo.
—Espero no molestarte.
—Depende.
Mario percibió enseguida que algo había cambiado. Ya no sonaba enfadada, sino definitivamente distante.
—Solo quería hablar contigo un momento.
—Mario, no sé muy bien qué podría decirte ahora mismo.
Él respiró hondo antes de responder.
—Ni yo tampoco. Supongo que por eso te llamo.
Adela no contestó.
—Antes de nada, quería pedirte disculpas por lo del otro día. No sé muy bien qué pasó, pero ciertamente no estuve muy fino.
—No, no lo estuviste —respondió ella, sin hacer ninguna concesión .
—Creo que todo esto que está pasando se me está yendo de las manos —continuó él—. Y empiezo a pensar que quizá los demás no estén tan equivocados como yo creía.
—¿Te refieres al asunto de la chica esa?
Mario dudó un instante.
—Me refiero a todo.
Al otro lado se oyó un ruido apagado, como si ella estuviera moviéndose de sitio.
—No sé, Mario… quizá el problema es que llevas demasiado tiempo interpretándolo todo únicamente desde tu punto de vista.
La frase le produjo un malestar inesperado. Ya la había oído muchas veces, casi con las mismas palabras. Quizá por eso mismo empezaba a asumir que algo de verdad podía haber en ella.
—¿Y tú también lo ves así? —preguntó, mientras bajaba la mirada hacia el vaso de whisky vacío, que seguía sobre la mesa.
Esta vez, Adela se tomó su tiempo antes de responder.
—Creo que empiezo a entender otras cosas.
—¿Qué cosas?
—Cosas que antes no entendía.
—No sé qué ha cambiado, pero empiezo a tener la sensación de que todo el mundo está llegando a las mismas conclusiones sobre mí .
—No es eso —dijo Adela—. No se trata de sacar conclusiones.
—¿Entonces?
—Simplemente empiezo a comprender algunas cosas de otra manera.
—Pues yo también empiezo a cuestionarme muchas. Por ejemplo, ya no sé en qué situación estoy con Elena, mi mujer. No sé si tenías razón cuando me dijiste el otro día que mi matrimonio estaba roto, pero...
—¿Pero?
—Pues que, desde luego, no está pasando por su mejor momento —se interrumpió un instante—. Tú, sin embargo, parece que ahora tienes las cosas más claras.
—¿Más claras? ¿En qué sentido?
—Por lo que me dijiste de que estabas empezando a conocer a alguien.
—Bueno, solo estamos empezando a vernos —dijo Adela, intentando quitarle importancia.
Mario se quedó unos segundos con esa frase.
—¿Desde cuándo?
—Solo unas semanas.
No dio más detalles.
—¿Y eso tiene algo que ver con esa forma distinta en que dices ver ahora las cosas? —preguntó él .
Al otro lado solo se oyó su respiración antes de que contestara.
—No creo. ¿Por qué tendría algo que ver?
—No sé. Supongo que a lo mejor habéis comentado algo.
—No te voy a negar que hemos hablado. Más que nada porque él pasó por algo parecido hace tiempo.
—¿Parecido a qué? —preguntó Mario, visiblemente incómodo.
—A nada, olvídalo. No creo que estemos aquí para hablar de él. Ese es asunto mío.
—Es cierto, pero tampoco me parece plato de gusto estar en boca de nadie. Bastante parece que se está hablando de mí ya estos días como para que tú ahora...
—Mario —lo interrumpió Adela—, no tengo que darte explicaciones sobre las conversaciones que mantengo con otras personas.
Iba a decir algo, pero fue ella quien se adelantó.
—Mira, creo que será mejor que lo dejemos aquí. Bastante raro fue ya lo del otro día y no creo que esta conversación esté ayundando a arreglar demasiado las cosas.
—No… supongo que no.
—Además, tengo que dejarte. He quedado dentro de un rato.
—¿Con él ?
—Sí, con él. ¿Pasa algo?
—No, claro que no. Queda con quien te dé la gana… Además, no quiero entretenerte. ¿Qué vais, al cine? —preguntó Mario, buscando una forma de suavizar el final de la conversación y evitar despedirse de ella con el mismo mal sabor de boca que la última vez.
—Pues no lo sé todavía. Hemos quedado a las siete en la plaza de los Cubos y luego ya veremos. Voy fatal de tiempo; todavía ni he empezado a arreglarme.
Cuando la llamada terminó, dejó el teléfono sobre la mesa, pensativo.
La plaza de los Cubos... Había sido el punto de encuentro habitual cuando Elena y él, siendo novios, quedaban para ir al cine. Miró el reloj. Aún faltaba hora y media.
Volvió a la cocina con intención de hacer cualquier otra cosa —prepararse otro café, meter unos cacharros en el lavavajillas, distraerse—, pero se quedó parado frente a la encimera sin llegar a decidirse por nada.
Le resultó imposible dejar de imaginar a Adela llegando allí. Buscando con la mirada entre la gente hasta encontrar a ese… alguien.