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Afortunadamente, era sábado y Mario pudo quedarse en la cama sin estar pendiente del despertador. Cuando salió de la habitación, debían de ser más de las diez, pero la casa seguía en silencio. El dormitorio de Elena estaba vacío y la cama hecha.
En la cocina encontró una nota sobre la encimera:
«No me esperes a comer. He quedado con mi amiga Rosalía.»
El hecho no era extraño en sí mismo. Elena quedaba con sus amigas con cierta frecuencia, aunque casi nunca en fin de semana.
Ese detalle, más que la cita, fue lo que le llamó la atención.
El fin de semana solía ser territorio compartido, incluso aunque fuera para cosas tan poco atractivas como hacer la compra o encargarse de la casa.
Además, también le resultó algo inusual la forma de comunicárselo: esa nota escueta, sin más.
En condiciones normales no le habría dado mayor importancia, pero, a la luz de todo lo ocurrido, temió que encerrara algo más.
Le costaba entender cómo el veneno de vdelacruz podía haberse infiltrado de tal manera por todos los resquicios de su vida.
Desde el foro hasta la editorial, pasando por su familia, la sensación era la misma: un entorno que empezaba a mirarlo de otra manera.
Y lo peor de todo era que ni siquiera lograba poner una identidad clara detrás de todo aquello.
Solo Vera... Pero, por mucho que aquella idea regresara una y otra vez, seguía siendo imposible.
Ya ni siquiera se atrevía a intervenir en el foro.
¿Cómo hacerlo después de lo de la noche anterior?
Sencillamente, no sabría cómo actuar. Desde luego, no iba a entrar en ese juego, dando explicaciones para rebatir aquella disparatada versión de los hechos.
Pero tampoco se sentía cómodo entrando para hablar de cualquier otro tema, como si nada hubiera ocurrido.
Por si acaso, después de desayunar subió al despacho para ver las posibles reacciones. Nada. El foro estaba vacío, con el último mensaje de vdelacruz todavía colgando.
No era difícil imaginar al resto en su misma situación, sin saber cómo retomar una conversación que había terminado de una forma tan desconcertante.
A buen seguro también estarían preguntándose quién podía esconderse detrás de aquella supuesta Vera cuyo fallecimiento confirmaba el enlace que había adjuntado al final.
No acababa de bajar de nuevo al salón cuando sonó el teléfono. Era Javier, intrigado, como suponía, por todo lo ocurrido.
—No entiendo nada, Mario. ¿De qué va todo esto? ¿Quién es vdelacruz? —preguntó .
—Eso quisiera saber yo, Javier. No tengo ni idea.
Desde hace unas semanas no para de mandarme correos…
Bueno, a mí… y a todo el mundo. No solo entró ayer en el foro; antes había escrito a mi hijo y luego mandó un sobre a mi mujer con fragmentos de conversaciones antiguas del foro.
Ah, y hasta a la editorial ha mandado también ese enlace con la noticia de su muerte… bueno, de la muerte de Vera.
—Pero, ¿de verdad está muerta? ¿Tú lo sabías?
—No, no tenía ni idea hasta hace muy poco. Ya sabes que perdí todo contacto con ella cuando se fue de la editorial. Y sí, por lo que he podido comprobar en internet, es así, ha fallecido. Un desgraciado accidente, al parecer.
—Pues ya me contarás quién es entonces ese personaje… ¿Y no sabes qué quiere? —preguntó Javier.
—Está claro: hacerme la vida imposible. Al menos es lo que está consiguiendo, porque yo ya estoy de los nervios con todo este asunto.
—No me extraña —concedió Javier—. Yo estaría subiéndome por las paredes.
— Además, es que todo lo que está diciendo es falso. Yo jamás molesté a esa chica. Jamás. Bueno..., ya sabes lo que ocurrió. Lo conté con detalle en el foro.
—Ya, bueno. En todo caso se trata de un tema personal. Tampoco venía muy a cuento lo de ayer.
Mario dudó un momento, ante la tibieza del comentario .
—Sí… Pero tú me crees, ¿verdad? ¿Sabes que todo lo que dijo no eran sino una sarta de mentiras?
—Claro… bueno, yo sé lo que tú contaste en su momento, pero… no sé, Mario, es que a mí todo este tema me hace sentir muy incómodo. Se trata de una cuestión entre vosotros… o entre tú y… quien quiera que sea. No sé. A mí todo esto me viene grande, la verdad.
Hubo un pequeño silencio al otro lado, como si Javier dudara de si debía añadir algo más.
—No es que no te crea —continuó al fin—. Es que no sé cómo situarme en todo esto. Y cuanto más lo pienso, menos claro lo veo.
Mario no pudo evitar sentirse decepcionado con la respuesta de Javier.
—Está claro que me equivoqué cuando confundí el foro con un confesionario…
o con un grupo de amigos. Es evidente que no lo era.
Y lo siento, Javier, te tengo que dejar porque ahora mismo me pillabas saliendo —mintió Mario, para zanjar precipitadamente una conversación que, de repente, no deseaba seguir manteniendo.
—Espera —dijo Javier, con cierta rapidez—. No es eso.
Mario se detuvo, sin decir nada.
—Lo que quiero decir es que yo, en todo este asunto, no tengo nada que ver. Y tampoco sé qué pensar, Mario. No sé de qué va todo esto... no sé.
La frase quedó flotando entre ambos .
Mario se despidió y colgó. Aquella conversación le dejó claro que con Javier iba a poder contar poco en todo aquel asunto y, con ello, que el propio foro había perdido definitivamente el carácter que había tenido para él durante tanto tiempo.
La única salida posible parecía pasar por llegar hasta quien estaba detrás de todo: vdelacruz.
Ya lo había intentado otras veces, sin demasiado éxito, pero necesitaba entender qué pretendía realmente. Quién era. Y, sobre todo, por qué había decidido convertir su vida en el centro de esa especie de juego enfermizo.
Abrió el correo y escribió casi sin pensar.
—Mira, ya está bien. Todo esto tiene que acabar. No sé quién eres ni qué pretendes exactamente, pero, por lo pronto, no estaría de más que me dijeras de una vez por todas quién eres realmente. Tu verdadero nombre.
Se quedó esperando una respuesta, pero esta no se produjo hasta casi pasada media hora. De nuevo en ese tono ambiguo y exasperante.
—¿Un nombre? Ya tienes uno: vdelacruz. Vera, si lo prefieres.
Mario apretó los dientes antes de contestar.
—Vera está muerta.
La réplica, esta vez, sí fue inmediata.
—Sí. Igual que Nadir. Todos muertos.
Mario releyó el mensaje sin acabar de entenderlo .
—¿Y qué demonios tiene que ver Nadir con todo esto?
—Más de lo que imaginas. Hubo un tiempo en que Nadir formó parte de tu vida. Ahora lo hago yo.
—¿De qué estás hablando?
—Durante un tiempo, fue él quien estuvo. Mensajes, conversaciones, decisiones. Ahora estoy yo. Solo cambia el nombre.
—No sé de qué estás hablando. Me parece muy irrespetuoso que te refieras a Nadir como si sólo hubiera sido un nombre. Deja ya de hablar como si todo esto fuera una novela o un juego raro porque empieza a resultar bastante macabro.
—¿Estás seguro de que Nadir no fue solo un nombre?
Yo no lo estaría tanto. Y, además, ¿no es precisamente eso lo que hiciste tú durante años?
Convertir personas reales en personajes de una historia escrita únicamente desde tu punto de vista.
Reconstruir conversaciones, interpretar silencios ajenos y darles un sentido que siempre acababa llevándote al mismo sitio.
Mario notó cómo empezaba a irritarse de verdad.
—Mira, déjate de historias. Esto ha ido demasiado lejos. ¿Qué quieres de mí?
—Ya te lo dije. Que pasaras por todo lo que yo pasé.
La absoluta sensación de indefensión de saber que nada depende de ti.
La carta me hizo comprender que tenía que marcharme.
Y cuando, nada más aterrizar en Barajas, mientras esperábamos para recoger el equipaje, me amenazaste con que, si no iba a cenar contigo, podía darme por despedida, ya no me quedó ninguna duda de que estaba haciendo lo correcto.
Mario no daba crédito a lo que estaba leyendo.
—¿Pero qué estás diciendo? Yo jamás amenacé a nadie.
Y si alguna vez dije algo parecido —que ni siquiera recuerdo— sería en tono de broma.
Probablemente algo en plan «ya estamos en Madrid, tendremos que quedar un día para cenar y celebrar lo bien que ha ido todo.
Y como no vengas, te puedes dar por despedida», o una tontería por el estilo.
¿Cómo es posible que alguien entendiera algo así en serio?
—Ya… todo era en broma. Medio en broma, medio en serio.
Medio real, medio imaginado. Supongo que para ti era una broma —seguramente lo fuera—, pero de lo que no te dabas cuenta, y veo que ahora tampoco, es de que aquello era un ejercicio de poder.
Un recordatorio de quién estaba por encima y quién por debajo.
Lo que sí tenía claro era que ya no podía seguir allí.
Y no lo hice. Tras mi marcha, durante un tiempo no supe muy bien qué hacer.
Iba de un sitio a otro, intentando recomponerme.
Finalmente, semanas después, acabé aceptando el proyecto de Cruz Roja en Filipinas. El resto ya lo sabes.
Mario necesitó unos segundos para asimilar lo que acababa de leer.
—¿De modo que era eso? ¿Me estás culpando de lo que ocurrió en Filipinas?
—Si no hubiera sido por ti, yo seguiría trabajando en la editorial. Nunca habría tenido que marcharme. Nunca habría acabado allí... de ese modo .
Mario respiró hondo, con la sensación de que cualquier frase que escribiera a partir de ahí iba a quedar atrapada en una lógica que ya no controlaba.
—No puedo creer que esto me esté pasando. Estoy aquí, escribiéndome con alguien que se hace pasar por una persona que ha muerto y que está intentando convencerme de que soy responsable de ello. Es alucinante.
La respuesta llegó de inmediato, como si la conversación no necesitara ya pausas entre mensajes.
—No tienes por qué creerlo. Solo tienes que recordar lo que ocurrió. O aceptar que hay distintas formas de recordarlo. Tú recuerdas una versión. Yo recuerdo otra.
Mario apartó la silla de un golpe y cruzó el despacho hasta la ventana. Permaneció allí unos segundos antes de regresar al ordenador.
—Esto no va de versiones. Va de hechos. Yo no amenacé a nadie. No provocé ninguna decisión como la que estás describiendo. Y desde luego no soy responsable de lo que hiciera otra persona después.
—Ese es exactamente el problema, Mario. Que para ti solo existe la versión de los hechos que encaja contigo.
Todo lo demás lo conviertes en un malentendido, en una exageración o en una interpretación equivocada de los demás.
Pero las consecuencias no funcionan así.
Las consecuencias no dependen de la intención.
Mario comenzó a sentir que estaban entrando en un bucle irresoluble.
—¿Qué quieres exactamente de mí? —escribió .
—Nada que no sepas ya. Solo que entiendas que aquello terminó porque yo no pude soportarlo más. Y a partir de ahí ya sabes el resto de lo que ocurrió. Pero, por si acaso, te lo recuerdo.
Al cabo de unos segundos apareció un enlace, que ni siquiera abrió. Ya sabía lo que iba a encontrar. La noticia de la muerte de Vera. Otra vez. Cerró el correo sin responder.
Aún permaneció unos minutos sentado, sin moverse. El silencio y la tenue luz de la lámpara del escritorio volvieron a ocuparlo todo.
Seguía sin saber quién estaba detrás de vdelacruz. Y ahora ni siquiera tenía claro si Nadir había sido alguna vez alguien real o si formaba parte del mismo entramado de identidades que parecía haber estado acompañándolo desde hacía tiempo.
Lo único que empezaba a comprender, con una claridad dolorosa, era otra cosa: que no se trataba solo de nombres ni de versiones, sino de una forma de devolverle algo que alguien había vivido como una herida.