El otro relato 36
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Necesitaba despejar la cabeza antes de volver a casa.

Ni por un momento había pensado que el encuentro se desarrollaría de ese modo.

Echó a andar sin rumbo concreto, pero apenas había recorrido doscientos metros cuando notó cómo el sudor empezaba a empaparle la camisa.

El calor acumulado en el asfalto y las aceras durante todo el día parecía ascender en oleadas y, aunque el sol ya empezaba a ocultarse tras los edificios, dejaba tras de sí un bochorno difícilmente soportable.

Como no tenía intención de coger el coche de inmediato, decidió entrar en un bar cercano y pedir una cerveza.

Pensó que el frescor del local quizá le ayudara a aclararse un poco. No fue así.

Las palabras de Adela seguían reapareciendo de forma desordenada, mezcladas con su imagen alejándose entre las mesas de la terraza sin volver la vista atrás.

Había algo profundamente irritante en toda aquella conversación.

El tono de superioridad moral, la facilidad con la que había simplificado cosas que ni siquiera conocía, como si pudiera reducir años enteros de su vida a unos cuantos comentarios en un foro de internet.

«Eres un imbécil». Aquellas últimas palabras de Adela seguían resonando en su cabeza.

Menuda forma de terminar aquella conversación.

¿De verdad era esa la imagen que tenía de él?

¿Y cómo podía saber ella si su matrimonio estaba roto o no?

¿Qué sabía de su relación con Elena, de si tenían o no problemas, de lo que ocurría realmente entre ellos?

¿Y de Vera? ¿De todo lo que implicó aquello, de lo que ocurrió allí, en Montevideo?

Eso era lo que más le dolía. Que todo hubiera quedado reducido a una especie de relato turbio, casi culpable, como si pudiera explicarse desde fuera, sin haber estado allí.

Y eso era lo que le resultaba más inaudito, que pudiera hablar de aquello con tamaña seguridad, conociéndolo únicamente a través de lo que él mismo había contado en el foro.

Y, sin embargo, entre todo aquel malestar empezaba a abrirse paso una idea tan inesperada como difícil de apartar.

Al volver mentalmente sobre todo lo ocurrido con Vera, no podía evitar preguntarse cómo habría reaccionado Adela en su lugar.

Le resultaba fácil imaginar que ella sí habría entendido todo aquello.

Que habría sabido responder de otra manera a las expectativas que él había depositado, inútilmente, durante más de un año en aquella relación.

Al detenerse ante la barrera de seguridad de la urbanización, mientras el vigilante accionaba el mecanismo, se sorprendió recordando detalles completamente ajenos a la discusión: la forma en que se había apartado el pelo al sentarse, la manera en que había levantado el vaso mientras hablaba o el ligero contoneo de sus caderas al alejarse entre las mesas de la terraza. Y eso era, quizá, lo más turbador.

Llegó a casa pasadas las doce. El silencio era absoluto .

Se dio cuenta entonces de que no había avisado a Elena de que llegaría más tarde de lo habitual.

Desde luego, no era la primera vez que se retrasaba.

Su trabajo, con alguna frecuencia, le obligaba a alargar las jornadas más de lo previsto: alguna presentación, algún acto de la editorial...

y ella rara vez le hacía un reproche. Aun así, casi siempre le enviaba un mensaje.

Cerró la puerta con cuidado y subió las escaleras sin encender ninguna luz.

El dormitorio de Elena estaba entreabierto. Empujó la puerta apenas unos centímetros. Ya estaba dormida.

Como él, no era partidaria de dormir con aire acondicionado. Prefería dejarlo apagado, incluso en las noches de calor como esa. Su cuerpo desnudo brillaba ligeramente por la transpiración, iluminado por la luz tenue que entraba entre las rendijas de la persiana.

Se quedó unos segundos mirándola desde la puerta, sin entrar del todo.

Finalmente, dio dos pasos hacia la cama, movido por un impulso instintivo.

Sintió cómo el deseo se abría paso de una forma tan inesperada como inoportuna.

Pero se detuvo. Algo había cambiado en él.

No habría sabido decir si tenía que ver con la propia Elena o con el recuerdo, todavía demasiado cercano, de la conversación con Adela.

Permaneció aún quieto un instante, observando el lento ritmo de su respiración. Después retrocedió, cerró la puerta con cuidado y todavía permaneció unos segundos en el pasillo. No tenía ninguna gana de meterse aún en la cama. Acabó refugiándose en el despacho.

Encendió la pequeña lámpara que utilizaba para trabajar de noche. Odiaba hacerlo con la luz del techo, que siempre le resultaba demasiado hiriente.

Un simple vistazo bastó para comprobar que en el foro había habido más actividad de la habitual. Varios hilos se habían movido en pocos minutos y había respuestas recientes de algunos de los habituales.

Marc y Javier habían sido los más activos, pero, entre todos los mensajes, había uno, publicado apenas unos minutos antes, que destacaba sobre los demás y atrajo de inmediato su atención.

—Creo que se habló bastante de mí por aquí hace un tiempo y me ha dado por pasar a saludar.

Mario tardó unos segundos en reaccionar. No podía dar crédito a lo que estaba viendo. Quien lo había enviado era… vdelacruz.

Marc había respondido enseguida.

—Marc: ¿Quién eres? ¿Y a qué te refieres exactamente?

La respuesta había llegado casi de inmediato.

—vdelacruz: Creo que lo más sencillo será explicarlo desde el principio.

Cuando Mario llegó a ese punto de la conversación, el siguiente mensaje todavía no estaba escrito. Aún tardaría unos segundos en aparecer. Probablemente, fuera el único que no esperaba una explicación, sino el siguiente golpe .

—vdelacruz: No soy alguien desconocido para este foro, aunque probablemente muchos no me identifiquéis con este nick. Es la primera vez que escribo aquí. Me llamo Vera y trabajé durante un tiempo con Mario en la editorial.

En cuanto vio de quién se trataba, ya había supuesto que, de un modo u otro, aquello acabaría girando en torno a él.

Lo que no esperaba era que lo hiciera de una forma tan directa.

Cuando apareció su nombre, apartó las manos del teclado como si acabara de tocar una superficie al rojo vivo, sin acertar a escribir una sola palabra.

—Marc: ¿Vera? ¿La Vera de la que hablaba Mario?

—vdelacruz: La misma.

El hilo quedó en suspenso unos instantes, hasta que Javier intervino.

—Javier: Recuerdo perfectamente algunas de las historias que Mario contó hace tiempo sobre una compañera de la editorial.

—Marc: ¿Y qué fue de ti después de dejar la empresa?

Esta vez la respuesta se hizo esperar algo más.

—vdelacruz: Perdonad que irrumpa en el foro con algo que es, evidentemente, bastante personal. Creedme que habría preferido no hacerlo nunca. Pero durante mucho tiempo leí cosas que se escribieron aquí sobre mí. O, mejor dicho, sobre una versión de mí que apenas se parecía a la realidad .

—Javier: Perdóname, Vera, pero no sé si este es el mejor sitio para hablar de algo así. Quizá deberíais resolverlo entre vosotros.

Mario agradeció aquel intento de cerrar la conversación. Javier nunca se había sentido cómodo convirtiendo el foro en un confesionario y tampoco ahora parecía dispuesto a hacerlo. Pero vdelacruz continuó.

—vdelacruz: Lo entendería si esto hubiera quedado en el terreno privado. Pero fue precisamente aquí donde Mario convirtió toda aquella historia en algo público.

Apenas unos segundos después apareció otro mensaje.

—vdelacruz: Imagino que él contó las cosas tal y como las veía. O tal y como necesitaba verlas. El problema es que lo que yo viví fue completamente distinto.

Mario no quería ni imaginar qué impresión podían estar causando aquellas palabras en Marc y Javier.

Durante meses, él se había encargado de contar en el foro su versión de lo ocurrido, explicando cada detalle y lo que había supuesto para él.

Ellos conocían de sobra aquella historia.

Pero ahora alguien parecía dispuesto a contar otra muy diferente.

Aquello resultaba incluso más incómodo que cualquier otra intromisión previa.

Era cierto que vdelacruz había cruzado límites que nunca debió cruzar, enviando aquello a sus hijos o, incluso peor, aquel sobre remitido a Elena a su propia casa.

Pero ninguno de ellos estaba al tanto de lo ocurrido.

No, al menos, con el nivel de detalle con el que él se había encargado de contar aquella historia en el foro .

El siguiente mensaje, más largo, apareció poco después.

—vdelacruz: Al principio pensé que simplemente estaba siendo amable conmigo.

Yo acababa de llegar a la empresa, estaba bastante perdida y él era una de las personas con más peso allí dentro.

Lo más difícil fue comprender que él ni siquiera parecía darse cuenta de lo que estaba ocurriendo.

Yo sí. Y cada vez me resultaba más difícil saber cómo salir de aquella situación sin enfrentarme a él.

Mario dejó escapar el aire lentamente. No era la primera vez que leía ese tipo de reproches por parte de vdelacruz.

Pero aquello tenía una dimensión distinta.

Hasta entonces había interpretado aquellas irrupciones como el desahogo de alguien herido que exigía explicaciones a quien consideraba responsable.

Ahora ya no intentaba que él entendiera esa otra versión, sino que la estaba exponiendo directamente ante las personas en las que Mario llevaba años depositando su confianza.

Había, además, algo que seguía escapando a cualquier explicación razonable. Aquella persona no solo conocía los hechos, sino que parecía moverse con una seguridad absoluta al hablar de cómo había vivido Vera todo aquello. Y, sin embargo, Vera estaba muerta.

Un nuevo mensaje apareció a continuación.

—vdelacruz: Recuerdo especialmente el último viaje a Montevideo.

Creo que fue allí donde tomé conciencia de que ya no había vuelta atrás.

La gota que colmó el vaso fue aquella carta que quizá alguno recuerde, porque Mario tuvo la desfachatez de transcribirla en este mismo foro.

Supongo que a muchos os pareció una carta preciosa.

Incluso romántica. Pero no tenía absolutamente nada que ver con lo que él quiso haceros creer, os lo puedo asegurar.

Victorio acababa de conectarse.

—Victorio: Llevo un rato leyendo todo esto y estoy alucinando.

No sabía si intervenir, pero creo que esto ha ido demasiado lejos.

Siento de verdad lo que cuentas y no voy a entrar a valorar quién tiene razón.

Pero tampoco creo que el resto debamos asistir a una conversación tan personal.

Si tenéis algo pendiente, por favor, habladlo entre vosotros.

La respuesta llegó enseguida.

—vdelacruz: Quizá tengas razón, Victorio.

Y lo último que querría es molestar a nadie.

Os pido disculpas si lo he hecho. Pero tampoco podía permitir que os quedarais únicamente con una versión que no tiene nada que ver con lo que ocurrió en realidad.

Dejadme añadir solo una última cosa. No dejé la editorial por voluntad propia.

Me marché porque acabé sintiéndome atrapada en una situación que ya no sabía cómo manejar.

Victorio pareció pensárselo antes de volver a escribir.

—Victorio: Disculpas aceptadas. Pero, por lo que a mí respecta, sería mejor dejar aquí el tema. Si te parece, cuéntanos qué fue de ti después de dejar la editorial. Qué hiciste luego.

—vdelacruz: De acuerdo, lo dejamos aquí.

Y gracias por el interés. Cuando dejé la editorial, pasé una temporada bastante mala.

Necesité tiempo para recomponerme y alejarme de todo aquello.

Unos meses después acepté un trabajo en un proyecto de Cruz Roja en Filipinas.

Era la única forma que encontré de empezar de nuevo.

Nadie añadió nada.

—vdelacruz: Supongo que el resto es fácil de encontrar.

Debajo apareció un enlace. Poco después, un último mensaje.

—vdelacruz: Lamento haberos molestado con todo esto. De nuevo mis disculpas. Ha sido un placer.

Mario pulsó el enlace.

Ya sabía lo que iba a encontrar.