El otro relato 35
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Cuando llegó a casa, comprobó que Elena, efectivamente, ya se había acostado.

La puerta del dormitorio estaba entreabierta y, al asomarse, la vio dormida, con un libro aún abierto sobre el pecho y la luz encendida.

Le ocurría a menudo. Entró de puntillas, retiró el libro con cuidado, lo dejó sobre la mesilla y apagó la lámpara procurando no despertarla.

Él, sin embargo, no tenía sueño. La conversación con Alex y el doble trayecto a Madrid le habían despejado.

Su posición en la empresa le permitía evitar un horario rígido, de modo que al día siguiente se lo tomaría con tranquilidad, iría a media mañana o, incluso, diría que prefería trabajar desde casa toda la jornada. Antes de dormir, quiso saber si había habido alguna novedad.

El mensaje de Adela había llegado a media tarde.

—Mario, el otro día me propusiste quedar para tomar algo y hablar. Creo que sí, que deberíamos vernos un momento. Dime cuándo te venga bien.

No había saludo previo ni fórmula de cortesía innecesaria. Solo la frase, directa, como si hubiese sido redactada y enviada sin detenerse demasiado en el contenido ni en el tono.

Contestó de inmediato.

—Claro. Cuando quieras. Por mí, mañana mismo. Si quieres, quedamos a las siete en la puerta del Conde Duque.

La respuesta de Adela llegó apenas unos minutos después.

—OK, allí nos vemos.

No añadió nada más.

No podía negar su sorpresa por el mensaje.

Cuando la última vez que hablaron, al despedirse, le había dicho casi de pasada que, cuando quisiera, podían tomar un café, no esperaba que fuera a recoger aquella invitación.

Últimamente tenía la impresión de que se mostraba cada vez más distante.

Desconocía el motivo o, incluso, si aquello tenía algo que ver con él.

El que hubiera aceptado que se vieran era algo que le producía una cierta inquietud, aunque, al mismo tiempo, no podía negar que la idea era algo que le ilusionaba.

Al fin y al cabo, sería la primera vez que podrían hablar frente a frente, los dos solos.

Al día siguiente, Mario llegó antes de tiempo al lugar acordado.

El calor se dejaba sentir con ganas y, en lugar de esperar a pleno sol bajo el churrigueresco portón del antiguo cuartel, prefirió hacerlo a la sombra, en una de las terrazas de la plaza de enfrente, desde donde tenía plena visión del punto de encuentro .

Apenas diez minutos después, un taxi se detuvo junto a la plaza y Adela bajó de él con una elegancia casi cinematográfica.

Mario chistó y le hizo un gesto con la mano para que se acercara.

El gesto le resultó un tanto burdo, casi demasiado evidente, pero todas las mesas estaban ocupadas y temía que, si se levantaba, alguien ocupara su sitio en cuestión de segundos.

Adela se acercó caminando con calma. Llevaba una falda corta y una camiseta ajustada que acentuaban su figura con una naturalidad casi insolente, sin resultar por ello vulgar.

Al pasar entre las mesas, varias miradas masculinas, e incluso alguna femenina, se desviaron hacia ella de forma casi automática.

Ella no pareció advertirlo o, al menos, no dio ninguna señal de concederle importancia.

—Hola —dijo Mario, levantándose para darle un par de besos que ella devolvió sin especial entusiasmo, antes de sentarse frente a él.

—Hola.

—Me alegro de que al final pudiéramos vernos.

Adela asintió ligeramente, sin sonreír.

—Me dijiste que querías hablar.

Un camarero se aproximó para preguntar lo que iban a tomar. Mario ya estaba tomando una tónica. Ella pidió otra.

—No sabía muy bien si te apetecería… después de lo del otro día, cuando quedamos los cuatro.

—¿Por qué? ¿A ti no te gustó ?

—Bueno, no sé si «gustar» es el término adecuado. Digamos que me resultó un tanto… extraño.

—Sí… bueno. Supongo que sí.

Al cabo de unos instantes, el camarero regresó con la bebida y el aperitivo. Adela se echó ligeramente a un lado para dejarle sitio antes de continuar.

—¿Y de qué querías hablar exactamente?

—Pues no sé… de todo, del foro... de ti. Si te digo la verdad, de cómo han cambiado las cosas.

—¿Qué ha cambiado? ¿Qué cosas?

—Pues tú, Adela... tu actitud. No me negarás que de la Adela que me escribió hace unas semanas a la que tengo ahora delante hay bastante diferencia.

Ella dio un trago pausado a la tónica, como queriendo alargar el tiempo antes de responder.

—Vaya, sí que eres observador.

—No me seas sarcástica. Creo que es evidente.

Adela pareció dudar un instante.

—Pues mira, sí. Ha cambiado algo.

—¿Qué ha cambiado?

—Pues cosas que hacen que ahora vea todo de otra manera... incluso a ti.

—Me aclaras poco. Como no seas más explícita.. .

Ella parecía que iba a decir algo, pero fue Mario el que añadió:

—Mira, Adela, aunque solo sea la segunda vez que nos vemos en persona, creo que ya nos conocemos lo suficiente como para que dejes de hablarme con rodeos. ¿Qué demonios pasa?

—Pues mira, Mario, precisamente ese es el problema... que no sé si nos conocemos. Yo, al menos, no sé si te conozco.

Mario se echó hacia atrás en el respaldo, esperando que desarrollara aquella afirmación. Aquel «no sé si te conozco» le sonó inquietantemente familiar.

—Cuando entré en el foro, reconozco que me dejaste impresionada y, te lo aseguro, no soy alguien que se impresione fácilmente.

Mario estuvo tentado de verbalizar que no le extrañaba, visto cómo se comportaba, sabiéndose el foco de atención de todas las miradas. Pero se contuvo.

Tus comentarios —continuó Adela— siempre me parecieron inteligentes y atinados. Un punto por encima de los de todos los demás. Por eso me decidí a escribirte, para poder conocernos mejor al margen del foro.

—¿Pero...?

—Pero, poco a poco, a medida que releía antiguos comentarios y debates, empezaron a aparecer cosas que no me acababan de cuadrar. Al principio no sabía muy bien qué era. Simplemente había algo que me dejaba una sensación extraña.

—¿Extraña? ¿ En qué sentido?

—No lo sé. Era una impresión difícil de concretar.

Como si hubiera algo que no terminara de resultar auténtico.

Cuanto más releía todo aquello, más tenía la sensación de que, sin darte cuenta, habías ido construyendo una versión de las cosas muy centrada en ti.

Y entonces empecé a preguntarme hasta qué punto todo había ocurrido realmente como tú lo contabas.

—¿Cómo que no era como lo contaba? —saltó Mario, con un punto de indignación.

—Sí, Mario. Todo aquello de Vera, por ejemplo... Al principio parecía incluso bonito... romántico, no sé. Pero luego empecé a verlo con más distancia y me dio la impresión de que, en toda aquella historia, solo existías tú.

Mario arqueó ligeramente las cejas.

—No sé qué quieres decir con eso.

—Que nunca hablabas de ella como si fuera una persona real.

Solo de lo que tú sentías, de cómo te afectaban las cosas, de lo especial que era para ti.

Nunca explicabas quién era Vera realmente, qué hacía o qué decía para que fuera tan importante.

Y, por encima de todo, jamás pareció preocuparte lo más mínimo cómo podía estar viviendo ella todo aquello.

Mario hizo un leve gesto con la boca, como rechazando aquella interpretación.

—No creo que eso sea justo .

— Ojalá no lo fuera. Pero me has recordado a personas con las que me he cruzado en el pasado.

Gente que acaba utilizando toda su inteligencia para construir un mundo donde ellos eran la única referencia y los demás solo ocupaban el lugar que necesitaban para sostener ese relato.

Y... mira, Mario, no tengo nada contra ti, pero tengo que reconocer que se me ha caído un mito.

Mario ladeó ligeramente la cabeza y apretó los labios, en un gesto que parecía decir que no terminaba de aceptar aquello.

—Creo que estás interpretando todo eso de una forma completamente equivocada.

—Es posible, pero ¿sabes cuántas veces has mencionado a tu mujer en el foro en casi dos años?

—¿Mi mujer? ¿Ahora mi mujer? Pero bueno, ¿esto qué es? ¿Qué tiene que ver ella en esto? —replicó, ya visiblemente molesto.

—No, por favor, responde. ¿Cuántas?

—Yo qué sé. No las he contado.

—No hacía falta contarlas. Te lo digo yo... una. Solo una. Y fue para comentar que no podías seguir conectado ese día porque tenías que ir a comprar con ella.

—¡Joder! Sí que has repasado el foro a fondo. Veo que no te has dejado detalle.

—Ya te dije que lo iría mirando con calma

Mario negaba con la cabeza, incapaz de aceptar el rumbo que estaba tomando la conversación y, quizá más como una forma de defenderse que de rebatir realmente lo que Adela acababa de decir, optó por devolverle el golpe .

—¿Y no será que eres tú quien está haciendo exactamente eso de lo que me acusas?

Construir una historia sobre mí a partir de cuatro comentarios escritos en un foro.

A lo mejor eres tú quien necesita que todo encaje en una determinada explicación.

Además, tú tampoco has dicho nunca nada de Marc en el foro.

—Te aseguro que no, Mario. No necesito construir ninguna historia sobre ti, ni sobre nadie. Y respecto a lo de Marc, sencillamente no había nada que contar. Apenas salimos dos fines de semana. Nada serio. Es más, él ni siquiera sabía que yo era LadyShadow hasta hace unas semanas.

—Bueno, tampoco creo que le resultara muy difícil acabar imaginándolo.

Una ligera ráfaga de aire hizo revolotear una de las servilletas de papel. Mario la atrapó antes de que saliera volando.

—Por cierto, ahora que lo dices... ¿se puede saber por qué entraste en el foro? —preguntó, en parte intrigado y en parte intentando llevar la conversación hacia otro terreno.

—Simple curiosidad. Marc me había hablado mucho de él, de lo interesante que era. Y pensé que lo mejor sería comprobarlo por mí misma.

—Y lo hiciste de incógnito. ¿Acaso no es eso también una forma de engaño?

—Para nada. ¿A quién? Cuando entré, Marc y yo casi ya ni teníamos relación. Además, los foros funcionan así. Mucha gente entra de forma anónima.

Aquella última observación hizo que Mario volviera a pensar en Nadir y en lo fácil que era desaparecer detrás de un nombre en el foro.

—Ya. Y así pasa luego, que alguien muere, como Nadir, y para el resto es como un fantasma que nunca hubiera existido.

—Puede ser. Pero eso no cambia lo que estábamos hablando. Ya te digo que mi relación con Marc, si es que puede llamarse así, no tiene nada que ver con lo tuyo.

Mario dejó escapar un suspiro de cansancio.

—¿Y qué era exactamente «lo mío»? A ver.

—Pues eso. La forma en que contabas las cosas. Como si la historia que habías construido acabara sustituyendo a la realidad.

—¿Qué realidad? —dijo con un deje de hastío.

Adela respiró hondo, consciente de que necesitaba medir cuidadosamente las palabras.

—Que tu matrimonio llevaba tiempo roto y te construiste toda aquella historia sentimental sin preguntarte nunca qué quería realmente la otra persona.

Mario dejó lentamente el vaso sobre la mesa.

— ¿Y tú sí lo sabes, verdad? Venga ya. Tú no tienes ni idea de cómo era Vera.

—No, claro que no. Pero sí sé cómo te mostrabas tú cuando hablabas de ella .

—Vera era una persona muy tímida. Muy reservada. Tú no sabes cómo era aquello.

Comenzaba a sentirse cada vez más molesto ante aquel cuestionamiento constante. Tenía la sensación creciente de que, a esas alturas, cualquier explicación que diera solo serviría para confirmar lo que Adela ya había decidido pensar.

—Precisamente por eso. Eras su jefe. Ella acababa de entrar en la empresa y tú estabas pendiente de ella constantemente. Si hubiera querido algo contigo, probablemente te lo habría hecho saber de alguna manera. ¿No crees?

—Genial. ¿Y a esa conclusión has llegado tú sola o te ha ayudado alguien? Ahora resulta que conoces perfectamente cómo era Vera y que, además, eres una experta en relaciones de pareja. Seguramente por eso estás felizmente casada y con hijos.

Adela lo miró con una mezcla de decepción y desaprobación.

—Eso, además de bastante machista, es una estupidez. Y tú no tienes ni idea de cuál es mi situación sentimental.

Mario sostuvo la mirada unos segundos.

—Ahora me dirás que tienes pareja.

—Lo cierto es que no te importa si la tengo o dejo de tenerla... pero sí, mira, ahora que lo dices, he conocido a alguien.

Mario esbozó una sonrisa incrédula .

—Acabáramos. Ahora se entiende todo. Antes querías ligar conmigo y ahora, como hay otro, ya soy poco menos que un monstruo.

Adela lo miró durante unos segundos, incrédula.

—Mario... eres un imbécil.

Se incorporó despacio y cogió el bolso.

—Ya me habías decepcionado bastante, pero creo que esta conversación ha resuelto cualquier duda que pudiera quedarme.

Mario abrió la boca, como si fuera a responder algo, pero ella no le dio tiempo.

—Adiós, Mario.

Se estiró ligeramente la falda y se marchó atravesando la terraza sin volver la vista atrás.

Mario permaneció inmóvil, sentado frente a los vasos casi vacíos y el aperitivo intacto, mientras la atención de la terraza se alejaba con ella, dejándolo solo otra vez entre el murmullo sordo de la plaza.