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De camino a casa, volvió una y otra vez sobre las palabras de Óscar.
Ese «tú sabrás», acompañado de las miradas que se habían cruzado entre varios de los presentes, había conseguido alterarlo profundamente.
Hasta entonces siempre había pensado que el vínculo con la gente de la oficina terminaba donde acababa el trabajo.
Aquella tarde comprendió que, sin saber muy bien cómo, su vida personal también había empezado a abrirse paso entre ellos.
No podría asegurar qué era exactamente lo que parecían atribuirle con Vera.
No creía que pensaran que entre ellos había habido algo —eso habría sido casi más fácil de entender—, sino algo más difuso, y también más oscuro.
Además, la pregunta no era solo qué pensaban ellos, sino en qué momento esa versión de los hechos había empezado a construirse sin que él lo advirtiera.
En su cabeza también resonaba la frase de Laura sobre el correo enviado al equipo de redacción. Nadie sabía muy bien de dónde había salido. Pero a él no le hacía falta realizar ninguna indagación. Solo vdelacruz podía estar detrás .
Cuando llegó a la urbanización, redujo la velocidad por inercia, un gesto automático para evitar los resaltos que el ayuntamiento había instalado recientemente y que tanto le molestaban. Aparcó en la calle y entró en casa en silencio.
Mientras dejaba las llaves sobre el mueble de la entrada, percibió que algo alteraba el equilibrio habitual. Elena estaba en el salón, pero no estaba sola. Álex había venido y ambos estaban sentados en el sofá, conversando.
—Hombre, dichosos los ojos —dijo Mario desde la puerta.
Álex respondió con un gesto e hizo amago de levantarse, pero fue Mario el que se adelantó para darle un par de besos. Elena le dirigió una breve mirada y, por un instante, tuvo la sensación de que su aparición había interrumpido algo importante.
—Os veo muy entretenidos. ¿De qué hablabais?
Elena y Álex intercambiaron una mirada rápida.
—Bah, de nada —dijo Álex—. Tonterías.
Elena permaneció con el rostro más serio de lo habitual.
—Sí, nada importante.
La respuesta de ambos no tenía nada de extraño. Aun así, siguió con la impresión de haber llegado en mal momento.
Se sentó con ellos, intentando apartar aquella idea.
—¿Qué tal los exámenes? —preguntó a Álex .
—Bien. Me queda uno la semana que viene y ya está.
—¿El de Dibujo?
—No, el de Análisis de Formas. Pero todo está bajo control —dijo Álex, sonriendo—. ¿Y tú qué tal con el curro?
—Como siempre, ya sabes. Mucho lío.
Mario no dejaba de mirar con el rabillo del ojo a Elena, que permanecía inusualmente callada.
—Voy un momento a acabar de preparar algo para picar —dijo ella finalmente—. Entonces te quedas a cenar, ¿no, Álex?
—Sí, como algo con vosotros y luego me voy.
Aquello le sorprendió. Lo habitual era que Álex apareciera un rato a media tarde, tomara un café con ellos, comentara las novedades y se marchara. Que estuviera allí a esas horas y pensara quedarse a cenar no era lo normal.
Mientras Elena entraba y salía de la cocina, padre e hijo siguieron hablando con normalidad de asuntos cotidianos.
Pero Mario no dejaba de preguntarse si no se reduciría todo a que Álex le hubiera mencionado a Elena el episodio de la carta enviada por vdelacruz y ambos estuvieran hablando de ello cuando entró.
Estuvo a punto de preguntárselo directamente, pero la presencia constante de Elena, apareciendo una y otra vez desde la cocina con platos, vasos o cubiertos, hacía imposible encontrar el momento.
Él tampoco había considerado necesario incluir aquel episodio entre las confesiones de la noche anterior, y la posibilidad de que Elena lo hubiera conocido por boca de Álex era algo que le inquietaba.
Al cabo de un rato, Elena sugirió que se sentaran a cenar y encendió la televisión del salón, algo que rara vez hacían y que, cuando ocurría, solía quedar reducida a un simple murmullo de fondo.
Aquella noche, sin embargo, subió el volumen y, sin darse cuenta, los tres acabaron más pendientes de la televisión que de la cena.
Cuando terminaron, Elena y Mario comenzaron a recoger algunos platos mientras Álex seguía un momento más sentado, consultando el móvil. Mario le hizo un gesto para que no se levantara. Álex respondió con un leve asentimiento, sin dejar de mirar el teléfono.
—¿Te vas a quedar a dormir? —preguntó Elena desde la cocina.
Alex negó con la cabeza.
—No. Mañana tengo que madrugar bastante y prefiero estar ya en Madrid.
—¿Y cómo piensas volver ahora?
—Había venido en autobús… pero creo que ya no pasa ninguno a estas horas.
Lo dijo mirando un instante hacia Mario antes de añadir:
—Si no te importara acercarme…
—No, claro —respondió él.
Mientras Elena le preparaba a Álex un táper con comida para que tuviera algo al día siguiente, Mario subió un momento al baño. Al bajar de nuevo, su hijo ya esperaba, con la mochila al hombro, junto a la puerta.
—Llevad cuidado —dijo Elena mientras apagaba la luz de la cocina.
Alex se acercó para despedirse de ella con un beso.
—Yo me voy a subir ya —añadió Elena—. Estoy cansada. Me voy a dar una ducha y directa a la cama.
Lo dijo con naturalidad, sin rastro de tensión, pero Mario volvió a percibir aquella distancia extraña que parecía haberse instalado entre ellos desde la conversación de la noche anterior.
—No tardaré —dijo él.
Ella asintió antes de dirigirse hacia la escalera. Mario la observó unos segundos mientras subía al piso de arriba, hasta que Alex abrió la puerta y ambos salieron al porche.
El trayecto comenzó en silencio. Alex apoyó la cabeza un instante contra la ventanilla mientras salían de la urbanización y tomaban la carretera en dirección a Madrid.
Durante unos minutos ninguno de los dos habló hasta que Álex rompió el silencio.
—Por cierto, ¿llegaste a averiguar algo más de aquella carta?
Mario siguió con la vista fija en la carretera .
— Pues no demasiado —respondió, sin muchas ganas de extenderse en explicaciones sobre aquello.
—¿Pero crees que alguien tenía intención de mandármela a mí aposta? —insistió.
—No lo sé. Lo más probable es que fuera un error.
—¿Un error? —repitió Alex, mirándolo de reojo.
—Sí. Alguien que se equivocaría. El mismo apellido… no sé. En todo caso, no tengo ni idea de a qué se refería todo aquello.
Se encogió ligeramente de hombros.
—De hecho, escribí a ese remitente.
—¿Y?
—No contestó. No creo que fuera para nosotros. No tiene sentido.
Alex asintió, aunque no parecía del todo convencido.
El coche siguió avanzando unos kilómetros más. A lo lejos, sobre el perfil oscuro de la ciudad, empezaba a recortarse la silueta de las Cuatro Torres. La luna, alta y limpia, quedaba suspendida sobre ellas, como un foco anaranjado.
Desde que habían salido de casa, una pregunta le rondaba la cabeza con insistencia, pero Mario no encontraba el momento de formularla en voz alta. Al final, la dejó caer:
—¿Le has contado algo de esto a tu madre ?
—¿De lo del correo?
—Sí.
—No, nada.
La respuesta lo dejó, en parte, aliviado, aunque no terminó de desprenderse de la extraña sensación que le acompañaba.
—Antes, cuando llegué… estabais hablando los dos. Parecía que era de algo importante.
—No, nada en particular—respondió Alex.
Mario asintió, pero no soltó el tema.
—Pensé que quizá hablabais de lo de la carta.
—No, qué va. No era eso.
Mario esperaba que continuara, pero Alex no añadió nada más.
—Entonces, ¿de qué? —insistió.
Alex dudó antes de responder.
—Es que… bueno… ella estaba un poco preocupada.
Mario giró ligeramente la cabeza.
—¿Preocupada?
—Sí. Pero no por la carta.
—¿Y por qué, entonces ?
—Por… vosotros —respondió Álex tras dudar unos segundos—. Mamá estaba preocupada. Más que eso.
Mario lo miró de reojo sin decir nada.
—Mira, papá… yo no quiero meterme en vuestros asuntos —continuó—, pero la verdad es que hace tiempo que las cosas se veían ya… no sé, raras.
—¿Cómo «raras»?
—No sé cómo explicarlo. Es como si desde hace tiempo tú estuvieras distinto, más lejos… como si, en ocasiones, estuvieras en casa por obligación.
Alex se interrumpió un instante antes de continuar.
—Y no es algo de ahora, ya lleva tiempo ocurriendo. Sofía y yo lo comentábamos a veces… era como estar en medio de algo que no acabábamos de entender.
Las luces de una ambulancia cruzaron en sentido contrario, interrumpiendo momentáneamente la conversación.
—Como si cada uno de vosotros estuviera a lo suyo, sin terminar de coincidir en nada… al final era un poco incómodo para todos… también para nosotros.
Mario se quedó unos instantes sin saber muy bien qué decir.
No era solo lo que Álex acababa de contarle, sino descubrir que sus hijos llevaban tiempo percibiendo algo que él nunca había llegado a ver.
Le sorprendía que hubieran hablado de ello entre ellos, que hubieran construido esa impresión sin que él sospechara nada.
Pero, sobre todo, le desconcertaba estar escuchando todo aquello de boca de Álex, alguien con quien apenas había compartido hasta entonces conversaciones que fueran más allá de los estudios, la universidad o cualquier otro asunto cotidiano.
La serenidad con la que estaba expresando algo tan delicado le produjo una mezcla extraña de sorpresa y tristeza.
—Es raro oírte decir eso, Alex —dijo al fin—. No me lo esperaba.
Se permitió una sonrisa leve, mientras Alex seguía mirando al frente.
—Supongo que sí… en parte es verdad —continuó—.
He estado un poco disperso últimamente, con demasiadas cosas en la cabeza.
El trabajo, sobre todo. Pero tampoco es algo muy dramático.
Una etapa rara, supongo. Será la crisis de la mediana edad —bromeó—.
Lo que me sorprende es oírlo así… dicho por ti.
Y también estar teniendo esta conversación contigo.
Aunque, bueno… la verdad es que me gusta que sea así.
Cuando llegaron a Madrid, Mario dejó a Alex frente a su apartamento. Este bajó del coche, se inclinó ligeramente hacia la ventanilla para despedirse y desapareció tras la puerta del edificio.
Esperó un instante antes de arrancar. Sabía que Elena probablemente estaría ya dormida cuando llegara. Y, si no lo estaba, tampoco le parecía el mejor momento para continuar con aquella conversación pendiente.
Encendió la radio y retomó la carretera sin prisas.