El otro relato 33
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El calor de finales de julio no había dado tregua durante la noche.

Mario detestaba dormir con el aire acondicionado encendido, por mucho que las temperaturas aconsejara lo contrario, y había preferido dejar la ventana abierta.

No debían de ser ni las seis y media cuando los primeros rayos de sol se colaron por debajo de la persiana y fueron a darle de lleno en los ojos.

Renunció a apurar los últimos minutos antes de que sonara el despertador. Se levantó y, nada más abrir la puerta del dormitorio, el ruido de los cacharros en la cocina le hizo saber que Elena también estaba ya despierta.

Dudó un instante antes de salir al pasillo. Al volver a acordarse de la conversación de la noche anterior, no tenía claro con qué actitud iba a encontrársela.

Sin embargo, el ambiente durante el desayuno, aunque distaba mucho de ser distendido, resultó menos tenso de lo que había imaginado. Elena parecía decidida a mantener una cierta normalidad, y ninguno de los dos volvió sobre el tema, aunque ambos sabían que nada había quedado realmente resuelto.

Cuando salió a la calle, lo hizo convencido de que aquella calma no era más que una tregua. Antes o después tendrían que volver sobre todo aquello.

Durante buena parte de la mañana intentó concentrarse en el trabajo, pero le resultó imposible, algo que ya empezaba a convertirse en una molesta costumbre.

Varias veces estuvo tentado de volver a abrir los mensajes de vdelacruz.

Más que releerlos, sentía una necesidad casi imperiosa de comprobar, simplemente, que seguían ahí. Pero se contuvo.

La presencia de aquel sobre en su propia casa había desplazado cualquier otra preocupación.

Quienquiera que estuviera detrás acababa de cruzar una nueva línea al involucrar también a Elena en todo aquello.

Incluso había conseguido que Adela desapareciera por completo de sus pensamientos durante las últimas horas.

Pero esa ausencia duró poco. De forma repentina, su imagen entrando en la cafetería volvió a cruzársele por la mente con una claridad inusitada. Intentó apartar aquel pensamiento, obligándose, sin mucho éxito, a retomar las tareas pendientes.

A mediodía, un par de compañeros le propusieron bajar juntos a comer al restaurante de la esquina, pero rechazó la idea con una excusa vaga.

No tenía ganas de hablar con nadie. Esperó a que se marcharan y solo entonces salió del despacho.

Aun así, prefirió coger el coche y alejarse de la oficina.

No buscaba ningún lugar concreto. Le bastaba un restaurante cualquiera, con un menú del día aceptable, donde no tuviera que encontrarse con ningún conocido .

Mientras comía, apenas prestaba atención al plato.

A mitad de la comida, la impaciencia terminó imponiéndose.

Sacó el móvil y permaneció unos segundos mirando la pantalla, sin encontrar una forma de empezar que no resultara forzada.

No buscaba decirle nada en particular; le bastaba encontrar un pretexto para volver a hablar con ella. Finalmente escribió:

—Hola, Adela. ¿Qué tal estás? ¿Cómo llevas lo de Nadir? Yo he estado un par de días en San Sebastián y no he tenido mucho tiempo para pensar demasiado.

La contestación llegó rápido, pero apenas ocupaba una línea.

—Hola, Mario. Bueno, bien.

Dejó el móvil junto al plato y esperó unos segundos, convencido de que aparecería algún mensaje más. Pero la pantalla permaneció inmóvil. Reanudó la comida y, cuando ya casi había terminado el segundo, volvió a coger el teléfono.

—Últimamente tengo la sensación de que estás un poco más en otra parte. No sé si es impresión mía.

Esta vez la respuesta se hizo de rogar.

—Yo creo que estoy como siempre.

Para entonces el camarero ya le había dejado delante el postre, un tazón de natillas de un amarillo artificial que apenas probó. Dejó la cucharilla a un lado.

—Es que te noto rara desde hace días. No sé si desde que pasó lo de Nadir o desde antes .

El móvil vibró casi de inmediato.

—No me pasa nada, te lo aseguro. Pero ahora no te puedo atender, me tengo que ir.

Sabía que, si de verdad tenía que marcharse, probablemente Adela ya no leería lo que escribiera a continuación. Aun así, tecleó:

—Vale, sí, yo también tengo que volver al trabajo. Pero cuando quieras, tomamos un café y hablamos con calma.

Cuando salió, permaneció durante unos segundos junto al coche con las llaves en la mano, como si todavía estuviera valorando la posibilidad de ir a cualquier otro sitio antes que volver a la oficina. Al final arrancó.

El regreso a la editorial se le hizo más largo de lo que esperaba.

El tráfico en el breve tramo de autopista que debía tomar estaba parcialmente interrumpido por un accidente.

Al cabo de un rato, los coches empezaron a avanzar lentamente, de uno en uno, zigzagueando entre los restos esparcidos de dos vehículos colisionados y las indicaciones de la Guardia Civil.

Con la radio demasiado baja, apenas audible, casi podía escuchar el ir y venir de sus propios pensamientos, saltando de un asunto a otro sin orden ni concierto.

En uno de esos vaivenes, mientras estaba detenido en un semáforo, su cabeza volvió a la conversación de la noche anterior con Elena y, sobre todo, a lo que había quedado después de ella y a aquella frágil tregua que ambos habían mantenido durante el desayuno .

A pesar de la apariencia, temía que, lejos de disminuir, la tensión entre ambos hubiera adoptado una forma distinta tras lo ocurrido. Antes aún existía la posibilidad de fingir que todo seguía suspendido en alguna clase de malentendido difuso, algo desagradable pero todavía manejable. Ahora no.

Elena había dicho en voz alta que ya no sabía quién tenía delante.

Y desde entonces, no había dejado de preguntarse hasta qué punto él mismo sabía ya quién era.

Tampoco tenía claro en qué punto quedaban ellos dos como pareja.

Lo que sí sabía era que le costaba imaginar que su relación pudiera convertirse en otra cosa.

Aparcó el coche junto a la acera, cerca de la puerta de la oficina, sin demasiada prisa.

Permaneció unos segundos dentro, escuchando distraídamente el final de la canción que sonaba en la radio mientras observaba las evoluciones de un par de operarios descargando palés en la nave de al lado. Luego salió del coche y subió.

La planta, como era habitual, estaba más tranquila que por la mañana.

Varias mesas ya vacías, conversaciones dispersas, el sonido lejano de una impresora funcionando en algún lugar del pasillo.

Al pasar, saludó a un par de compañeros antes de entrar en su despacho para intentar retomar los asuntos que había dejado pendientes antes de salir a comer.

La tranquilidad duró poco. Apenas llevaba unos minutos revisando unos correos cuando empezó a oír varias voces fuera del despacho. No tenían un tono especialmente alterado; más bien el de una conversación que había ido ganando volumen a medida que se acercaba más gente .

Cuando salió, vio a varios compañeros arremolinados en un corrillo alrededor de un ordenador, en una de las mesas del fondo. Al acercarse para ver qué ocurría, notó cómo varias caras se volvían hacia él.

—¿Qué pasa? —preguntó.

Laura, una de las secretarias de dirección, lo miró directamente, con expresión de consternación.

—Nos acabamos de enterar. ¿Te acuerdas de Vera, la chica que estuvo aquí trabajando una temporada?

Mario notó un ligero nudo en la garganta.

—Sí, claro.

—Pues ha muerto. Al parecer hace unos meses, en Filipinas.

Laura señaló la pantalla del ordenador. En ella había una noticia abierta, ilustrada con la misma fotografía de Vera que ya conocía; la que él mismo había tomado.

—Creo que alguien ha enviado un correo al equipo de redacción para comunicarlo. Venía con varios enlaces y artículos sobre lo que se publicó en su momento, cuando ocurrió el accidente… No sé muy bien de dónde ha salido, la verdad.

Laura hizo un gesto vago hacia la pantalla.

—Qué pena. Pobre chica.

Durante un instante, Mario tuvo la sensación de que alguien había bajado ligeramente el volumen de todo lo que sonaba alrededor.

—¿Y cómo fue, se sabe? —preguntó, haciéndose el desentendido.

—Un accidente, parece —dijo Laura—. Una historia rara. ¿Qué demonios haría en Filipinas?

Óscar, el de maquetación, negó con la cabeza.

—¿Tú no sabías nada?

Mario hizo un gesto de negación.

—No. Desde que se fue no he vuelto a saber nada de ella.

Hubo un breve paréntesis, incómodo, apenas un par de segundos durante los que tuvo la impresión de que todas las miradas estaban fijas en él.

Fue el propio Óscar quien acabó rompiendo el silencio.

—Pues fíjate... Quién lo diría.

—¿Lo dices por algo? —preguntó Mario, molesto por el tono empleado.

Óscar no respondió enseguida. Miró un instante al resto, como calibrando hasta dónde convenía seguir.

—No, por nada —dijo al final, encogiéndose de hombros—. Da igual. Tú sabrás.

Mario advirtió entonces el rápido cruce de miradas entre varios compañeros y alguna sonrisa apenas contenida.

—Bueno —intervino otro, con intención de rebajar el ambiente—. Tampoco le deis más vueltas.

Cuando volvió a su despacho, no pudo evitar sentirse realmente incómodo.

Hasta ese momento nunca se había planteado que los demás hubieran reparado en la atención que él le pudiera haber dedicado a Vera.

Pero lo ocurrido hacía un momento le llevaba a preguntarse qué historia habrían ido construyendo a sus espaldas a partir de gestos que él nunca consideró importantes, qué habrían comentado entre ellos y qué imagen de todo aquello se habrían formado.

Por primera vez tuvo la impresión de haberse incorporado tarde a algo que llevaba mucho tiempo desarrollándose sin él. Con ello surgió otra sospecha, la de si la imagen que algunos tenían de él no distaría de la que siempre había dado por supuesta.