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Mario se tomó un tiempo antes de empezar a hablar. Tenía la sensación de que cualquier explicación estaba condenada al fracaso. Miró a Elena unos segundos, intentando calibrar su actitud y averiguar si aún cabía la posibilidad de que lo escuchara antes de juzgarlo.
—No sé muy bien por dónde empezar —dijo al fin.
Pero Elena no dijo nada. Se limitó a esperar, con una expresión que resultaba inescrutable.
Mario se echó hacia atrás en el respaldo, entrelazando las manos.
—Creo que… llevo mucho tiempo sin entender del todo qué me pasó con todo esto —empezó—. Y quizá entonces tampoco lo entendía.
Se detuvo un instante, dudando de si esa era la mejor manera de comenzar.
—En aquel momento había muchas cosas mezcladas. Trabajo, presión, rutinas… no sé. No era una situación fácil.
—No te estoy hablando de tu trabajo, Mario —dijo Elena, sin apartar la mirada .
—Ya. Ya lo sé —admitió—. No te dije nada porque pensé que era algo pasajero. Que no tenía importancia. Que se resolvería solo.
Elena frunció ligeramente el ceño, dando a entender que no comprendía de qué le estaba hablando, pero tampoco interrumpió.
—El viaje a Montevideo, hace dos años… fue importante. Más de lo que supe ver en ese momento. No sé si supuso una ruptura o si ya venía de antes. No sabría decirlo ahora con claridad.
La miró un instante, buscando alguna reacción, pero ella seguía sin decir nada.
—Creo que ahí me empecé a agobiar… probablemente sin motivo, pero todo se me venía encima y allí me sentí… diferente. De algún modo, volví a sentirme como cuando teníamos toda la vida por delante.
—Y con tanta vida por delante te liaste con esa tal Vera —dijo Elena, verbalizando al fin lo que llevaba tiempo pensando.
—No. Nada de eso. Te lo prometo. Ya te lo dije en su momento y te lo repito ahora. Entre Vera y yo no ha habido absolutamente nada.
—¿Entonces? ¿Qué pinta ella en todo esto? —preguntó Elena, entre desconcertada e incrédula.
—Pues ese es el núcleo del problema. Ni yo mismo lo sé del todo.
Creo que simplemente... estaba allí. Cuando regresamos a Madrid, cada vez que me cruzaba con ella por un pasillo o intercambiábamos unas breves palabras, me recordaba a aquello que había sentido en Montevideo y supongo que, de algún modo, me aferré a eso…
No a ella, a lo que representaba. Para seguir manteniendo… qué sé yo. No sé ni cómo explicarlo.
Elena soltó una exhalación leve.
—Inténtalo.
—En casa las cosas estaban… estables. O eso parecía. Pero yo no me sentía bien. No te lo dije porque pensé que no era necesario. Que no iba a ir a más. Que era solo una fase… Ya sé que suena absurdo.
La miró de nuevo.
Elena respondió por fin:
—No es absurdo, Mario. Es insuficiente.
Él apretó los labios, consciente de que ella tenía razón.
—Sí, ya lo sé, pero te repito que yo mismo no entiendo muy bien qué pasó. Y, si te sirve de algo, vuelvo a decirte que nunca llegó a haber nada entre nosotros. ¿Cómo habría de haberlo? Yo ni siquiera me planteé tal cosa.
—Pues no entiendo nada, Mario. ¿A qué vienen entonces estos papeles, este sobre?
—Pues eso lo entiendo yo aún menos. En aquellos meses, el foro… ya sabes… Empecé a escribir más. No sé por qué. Era como un sitio donde podía soltar cosas sin pensar demasiado.
Se detuvo .
—No eran mentiras. No en el sentido en que ahora parece sugerir todo esto. Eran… reflexiones, comentarios, cosas que salían sin pensar demasiado.
—Ya. Como tu viejo jueguecito de cartas —dijo Elena, con una mezcla de sarcasmo y escepticismo.
—Sí. Supongo que sí. Imagino que era una forma de escapar un poco de todo.
—Pero ¿escapar de qué? Eso es lo que no entiendo
—Pues de todo. Probablemente, sobre todo, de mí mismo. De esa persona que cada día veía más lejos de la que un día quise ser.
—Uy, qué poético —dijo ella, con seca ironía.
—No te rías. Estoy hablando muy en serio. Para mí fue un momento muy delicado y sí, lo reconozco, no lo hice bien. Debería haber hablado contigo y haber buscado otra manera de resolverlo en lugar de… bueno, de todo aquello.
—Pues sí, era lo mínimo.
—Tienes razón —admitió.
El caso es que Vera se fue de la empresa poco después de la feria del año pasado. Perdimos el contacto. No volví a saber nada de ella.
—¿Nada? Entonces…
—Pues ahí es donde ya no sé qué decirte, porque no sé a qué viene todo esto —Mario dudó—. Hace unas semanas empezaron a llegarme mensajes .
—¿Qué tipo de mensajes?
—Mensajes que hacían referencia a cosas de los viajes a Montevideo. Anécdotas simples, cosas cotidianas. Venían firmados por alguien que se hacía llamar vdelacruz.
—¿Y quién es vdelacruz? ¿Vera? ¿No decías que estaba muerta? Cada vez entiendo menos.
—A ver. Al principio pensé que era una broma. O alguien del foro. No sé. Yo no conocía a nadie con ese nombre. Pensé que se podía tratar de alguien que conocía parte de aquello porque yo mismo lo hubiera contado allí. Aunque lo cierto es que esos mensajes tenían un cierto tono… amenazante.
—¿Amenazante? ¿Cómo amenazante? ¿Con qué amenazaba?
—No, con nada concreto. Era más bien la manera en que reordenaba las cosas. Anécdotas simples aparecían ahora bajo una perspectiva muy diferente. No le di importancia hasta que un día me dio por averiguar cuál era el segundo apellido de Vera, que ni siquiera lo conocía.
—¿De la Cruz? —se anticipó Elena, ahora más atenta que incrédula.
—Exacto. Y eso me llevó a buscar en internet qué había sobre ella.
—¿Y lo había?
—Sí. La noticia de su fallecimiento en un accidente en Filipinas, hace unos meses .
—¿Estás seguro? ¿No podría tratarse de otra persona?
—Completamente. Había incluso una fotografía. Era ella.
—Entonces, ¿quién está detrás de vdelacruz? ¿y qué pretende?
—Eso es lo que yo quisiera saber. Desde entonces no ha parado de mandarme correos en los que dice ser Vera. Y en ellos ofrece detalles de cosas que solo ella y yo podríamos conocer.
Elena frunció el ceño.
—No te imagines nada raro—añadió él—. Son solo pequeños detalles. Lugares, anécdotas de los viajes de los dos últimos años... Solo que ahora están contados desde otra perspectiva.
—¿Qué quieres decir con «otra»?
—Que quien esté detrás parece empeñada… o empeñado en construir una versión de lo que ocurrió que yo no reconozco.
—Bueno —dijo Elena, muy despacio—, eso es fácil. A estas alturas yo misma ya no sé qué versión de ti conozco.
—¿De verdad no me conoces?
—No, Mario. No te conozco. O ya no sé qué parte de todo esto es lo que pasó y qué parte es lo que te estás contando ahora para poder explicarlo.
—No sé… todo esto empieza a resultarme demasiado confuso, demasiado… insistente —dijo al fin, evitando responder directamente al comentario .
Elena no insistió.
—Y luego está ese otro asunto —añadió, tras una breve pausa—: la muerte de Nadir. Tan de repente.
Elena marcó con las cejas un signo de interrogación, como preguntándose por la repentina inclusión de Nadir en la conversación.
—No digo que tenga nada que ver —se apresuró a matizar Mario—. Pero no sé… hay algo en todo lo que está pasando que me deja una sensación rara. Como si todo estuviera demasiado unido o, al contrario, como si todo se estuviera rompiendo en piezas que no van a ningún sitio.
Se detuvo.
—No sé si me explico.
—No sé qué decirte, Mario. Estoy en shock con todo esto. No sé si no creerme nada de lo que me estás contando, si preocuparme por esas amenazas o si simplemente pasar de todo e intentar olvidarlo.
Él no respondió y dejó que las opciones quedaran suspendidas en el aire.