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Estuvo hasta cerca de las dos enfrascado con el ordenador. Además de revisar los correos y mensajes intercambiados con Adela, había estado repasando algunas notas de trabajo y avanzando tareas pendientes que no exigían demasiada atención.
Cuando finalmente se acostó, dejó la ventana abierta. La noche era todavía agradable y no le apetecía encender el aire acondicionado. No tuvo en cuenta el ruido del tráfico que, apenas unas horas después, se haría tan intenso como para acabar despertándolo antes de lo previsto.
Durante unos segundos permaneció desorientado, intentando entender de dónde procedía aquel sonido insistente y caótico. La luz de la mañana ya empezaba a entrar en la habitación.
Se levantó para cerrar la ventana antes de volver a la cama, pero ya se había desvelado y, aunque no había descansado demasiado, no tenía sentido insistir. Se duchó, bajó a desayunar y, poco después, sin prisas, se acercó dando un paseo hasta el lugar donde había quedado con Revuelta.
La entrevista resultó tan poco estimulante como había previsto.
Se trataba de uno de esos autores que, sin ser especialmente brillante, había logrado consolidar una posición destacada en el mercado gracias a una combinación eficaz de oportunismo y presencia mediática.
Su ego, en cualquier caso, estaba muy por encima de su obra.
Hablaba con una seguridad excesiva, como si cada una de sus frases estuviera destinada a ser recordada, aunque en realidad apenas dejaran otra cosa que un rastro de pedantería.
Mario lo escuchó con la paciencia automática que reservaba para ese tipo de encuentros, anotando más por inercia profesional que por verdadero interés.
Aun así, cumplía su función. La editorial seguía dependiendo de perfiles como el de Revuelta: autores capaces de garantizar un volumen de ventas estable, sin los cuales el margen para apostar por nuevos nombres —los que realmente daban sentido al catálogo— se reducía de forma peligrosa.
La empresa no atravesaba su mejor momento. No era una crisis abierta, pero sí una fase de equilibrio inestable, sostenida por unos pocos títulos que funcionaban como columna vertebral económica. En ese contexto, figuras como Revuelta, por muy irritantes que resultaran, eran necesarias.
El trayecto de vuelta en tren le ofreció, como de costumbre, esa sensación de tiempo suspendido que tanto le agradaba, una forma de distancia que le permitía ordenar sus ideas con una claridad que en otros lugares no siempre encontraba.
Abrió el portátil con la intención de escribir algunas notas sobre lo acordado con el autor, aunque parte de su atención seguía anclada en lo que había revisado la noche anterior .
Cuando acabó, abrió el correo electrónico, comprobando con alivio que no había ningún mensaje nuevo de vdelacruz.
Aun así, tardó muy poco en darse cuenta de que esa ausencia tampoco conseguía tranquilizarlo.
Nunca acababa de tener claro cuál era la dinámica de aquellos mensajes ni qué lugar ocupaba él en ellos.
Siempre resultaba extraño dirigirse a alguien de quien no conocía ni la identidad ni su verdadera intención.
Alguien que no era exactamente un interlocutor, pero tampoco un extraño cualquiera.
Sin embargo, había algo aún más inquietante: la imposibilidad de descartar por completo eso que ni siquiera se atrevía a formular.
Era evidente que Vera no podía estar escribiendo aquellos mensajes y tampoco existía ninguna prueba que lo sugiriera, pero, por inverosímil que resultara, esa posibilidad hacía que todo encajara de un modo que ninguna otra hipótesis conseguía explicar.
El último correo volvió a cruzársele por la cabeza.
Lo perturbador ya no era que alguien recordara todo aquello de un modo distinto —esa idea llevaba tiempo rondándole—, lo inquietante era comprobar hasta qué punto aquel otro relato no se limitaba a discutir el suyo, sino que parecía prescindir de él por completo.
Montevideo, la editorial, la carta, la marcha de Vera... Todo aparecía ahora reorganizado bajo una lógica distinta. Los mismos hechos seguían ahí, inalterados. Lo que cambiaba era la forma de enlazarlos .
Hasta entonces había interpretado los mensajes de vdelacruz como una sucesión de reproches dirigidos contra él.
Ahora empezaba a sospechar que todo aquello respondía a un propósito mucho más amplio.
Como si alguien estuviera reconstruyendo su pasado siguiendo un orden del que él solo alcanzaba a ver algunos fragmentos.
Pero ¿con qué finalidad? Porque el verdadero peso de aquella acusación ya no parecía limitarse a lo ocurrido durante el tiempo que ella había trabajado en la editorial ni a los motivos que la llevaron a marcharse.
Todo indicaba que quien estaba detrás de aquellos mensajes pretendía hacerle asumir una responsabilidad mucho mayor, aunque él todavía no alcanzara a precisar cuál.
El correo enviado a Alex volvió a cruzársele por la cabeza, igual que aquella extraña llamada a Sofía días atrás.
Cada vez le parecían menos episodios aislados y más movimientos sucesivos de un mismo plan.
Era cierto que, desde entonces, no había vuelto a ocurrir nada parecido, pero esa tregua no lograba tranquilizarlo.
Al contrario. Empezaba a parecerle una pausa cuidadosamente dosificada entre un movimiento y el siguiente.
Cuando el tren entró en Chamartín, no podía quitarse de encima una difusa sensación de indefensión.
Mientras avanzaba por el andén con el resto de pasajeros, sintió que aún no sabía qué forma podía adoptar aquello, pero cada vez era más consciente de que comenzaba a escapar por completo a su control.
Cuando llegó a casa, Elena estaba en el salón.
No se levantó al principio. Permaneció sentada, sin apenas intercambiar un saludo, con una calma que a Mario le resultó extraña, como impostada. Sobre la mesa había un sobre grande abierto y varias hojas impresas desordenadas junto a él.
—Ha llegado esto esta tarde —dijo ella sin dramatizar y sin preguntar siquiera qué tal había ido el viaje.
Mario dejó la maleta de mano junto a la entrada sin apartar la vista del sobre.
—¿Qué es?
Elena tardó un instante en responder, como si la pregunta no fuera realmente necesaria.
—No lo sé exactamente. Pero imagino que tú sí.
—¿Yo? ¿Por qué? ¿Quién lo ha traído?
—Qué más da. Un mensajero.
Mario se acercó despacio. Cogió el sobre. Estaba vacío. Le dio la vuelta. No había remitente. Solo el nombre de Elena y la dirección de la casa en el anverso.
Después cogió algunas de las hojas esparcidas sobre la mesa.
En ellas aparecían fragmentos de mensajes, correos y textos extraídos del foro.
Algunos estaban subrayados con rotulador amarillo; otros, simplemente aislados y separados de su contexto original, como si alguien hubiera querido seleccionar y reorganizar deliberadamente el sentido de todo aquello.
Mario reconoció algunas frases. Eran comentarios de muchos meses atrás, posteriores al primer viaje a Montevideo.
Los había escrito él mismo; no eran anotaciones inocentes ni reflexiones superficiales, sino parte de aquel espacio en el que, en su momento, había permitido que ciertas cosas se volvieran más personales de lo que quizá habría admitido fuera del foro.
Ahora, además, bastaba un somero vistazo para darse cuenta de que, reunidas de ese modo, sacadas de su contexto y reordenadas bajo una lógica ajena, adquirían una trascendencia mayor: intimidades extraídas de un espacio protegido y expuestas a una lectura que él jamás había previsto.
Sintió un vacío repentino en el estómago.
Elena observaba las hojas sin tocarlas ya, como si hubiera dejado de intentar entenderlas hacía rato.
—¿Vera otra vez?
Mario no respondió de inmediato.
Ella lo miró con ese tipo de mirada que solo admite respuestas.
—¿Ahora me vas a volver a decir que Vera era solo una compañera de trabajo o alguien… ficticio?
Mario sintió que cualquier explicación llegaría ya demasiado tarde para reparar lo que aquellas hojas habían abierto.
—Te expliqué aquello —dijo al fin.
—Sí —respondió Elena—. Y te creí... o quise creerte. Que era un juego, que escribías cosas que no enviabas, que no había nada detrás. Eso fue lo que me dijiste .
Mario bajó la vista hacia las hojas.
La palabra Vera aparecía repetida, subrayada en varios fragmentos. No era solo el nombre: era la forma en que había quedado fijado allí, como un centro de gravedad que parecía reorganizar todo lo demás a su alrededor.
Cogió una de las hojas. Una frase suya aparecía subrayada:
«Hay personas cuya presencia altera silenciosamente el lugar donde uno creía estar.»
—No puedes prestar atención a esto. Son cosas que están sacadas de contexto —dijo finalmente.
Pero incluso mientras hablaba comprendió que la excusa era inútil.
—¿Y cuál era el contexto, Mario? —dijo Elena.
Él abrió la boca para decir algo, pero no encontró una respuesta inmediata que no sonara parcial o directamente absurda.
El silencio se prolongó unos segundos más. Luego, como si las palabras se le hubieran adelantado, dijo:
—Créeme que no sé a qué viene todo esto, Elena… Pero Vera está muerta.
Elena se quedó inmóvil.
—¿Cómo que Vera está muerta?
Mario tragó saliva .
—Murió hace unos meses.
La frase no sonó como una explicación. Lo dijo porque necesitaba oírlo él mismo antes de intentar dar sentido a todo lo demás.
Elena no respondió al principio. No había enfado en su rostro, sino una forma de desconcierto mucho más honda. Todo aquello desbordaba por completo las explicaciones que él le había dado hasta entonces y que ella, con más esfuerzo que convicción, había terminado aceptando.
Por primera vez desde que Mario había llegado, bajó la vista hacia las hojas de la mesa.
Las miró despacio y tomó un par de ellas entre las manos.
Hasta ese momento no habían sido más que un conjunto de fragmentos de algo que no acababa de entender.
Ahora empezaban a componer un relato con una lógica propia; una lógica que, probablemente, ya ni siquiera dependía únicamente de la explicación que Mario pudiera darle.
Finalmente habló.
—Mario… creo que ya está bien —dijo, levantando la mirada hacia él—. Creo que ha llegado el momento de que me cuentes, de verdad, qué demonios está pasando. Con todo detalle, por favor. Sin versiones, sin atajos.