El otro relato 30
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Los siguientes días transcurrieron con una sensación creciente de desubicación. Mario continuaba con su trabajo, mantenía las rutinas, pero todo parecía ir deslizándose lentamente hacia otro lugar que no acababa de definirse.

Adela seguía apareciendo en sus pensamientos. No de una forma obsesiva ni constante, sino en esos momentos de pausa en los que la mente parece seguir su propio camino. Surgía sin que él pudiera decidir cuándo empezaba a pensar en ella ni cuándo dejaba de hacerlo.

Fue en ese contexto cuando tuvo que desplazarse a San Sebastián.

Un viaje de apenas un par de días para cerrar con Anselmo Pérez Revuelta, uno de los escritores más prestigiosos —o, al menos, más vendedores— de la editorial, varios detalles relacionados con la presentación de su nueva y, previsiblemente, exitosa novela.

Un viaje que, en otro momento, apenas habría supuesto una interrupción menor en el curso de la semana, pero que ahora parecía adquirir una cualidad distinta incluso antes de producirse.

El tren llegó a Donostia a media tarde. Bajó con la sensación de haber pasado más tiempo del que recordaba sentado, sin hacer nada concreto, mirando por la ventanilla sin fijarse realmente en el paisaje.

Se instaló en un hotel funcional pero cómodo, situado a poca distancia del estadio de la Real Sociedad. Él apenas seguía el fútbol y aquella enorme estructura deportiva no le produjo más impresión que la de una mole moderna, algo desproporcionada para el entorno en que se encontraba.

Dejó la maleta en la habitación, se lavó la cara y permaneció unos minutos sentado sobre la cama, escuchando el rumor apagado del tráfico que llegaba desde la avenida. No tenía hambre todavía ni demasiadas ganas de hacer nada concreto, pero tampoco le apetecía quedarse encerrado en el hotel.

Terminó saliendo casi por inercia.

Fue caminando hacia el centro sin prisa, dejándose llevar por calles que no conocía bien y por esa sensación extraña, ligeramente irreal, que siempre le producían las ciudades ajenas cuando viajaba solo. A medida que se acercaba al mar, el aire comenzaba a sentirse más fresco.

Cuando llegó al paseo de La Concha empezaba a caer la tarde.

Se sentó en una de las terrazas frente a la playa y pidió una cerveza mientras la luz iba apagándose lentamente sobre la bahía.

Durante un rato permaneció allí sin hacer prácticamente nada, mirando el movimiento disperso de la gente que seguía paseando junto a la barandilla blanca, escuchando las conversaciones lejanas, contemplando el brillo cada vez más tenue del agua .

El bullicio de unos niños jugando al balón cerca de donde estaba le sacó de su ensimismamiento. Obligándole a levantarse. No es que tuviera excesivo apetito, pero tampoco quería regresar demasiado tarde al hotel, por lo que buscó algún sitio donde cenar que no estuviera muy lejos.

En el restaurante del Paseo del Muelle donde se sentó la actividad era constante, pero sin estridencias. Mesas llenas, conversaciones cruzadas, el sonido de platos y cubiertos y el murmullo del puerto entrando de fondo cada vez que se abría la puerta.

Pidió sin tener una idea preconcebida. Se dejó guiar cuando el camarero se acercó con la bandeja del pescado del día y fue enseñándole, con metódico detalle, las distintas piezas todavía frescas sobre el hielo.

El gesto de elegir tenía algo ligeramente teatral, como si en esa decisión mínima se condensara una lógica más antigua que el propio restaurante.

Comió despacio, observando el movimiento del local como quien observa una cuidada coreografía.

Cuando terminó, salió al exterior sin demorarse demasiado.

La temperatura había bajado y, en contraste con el bochorno de Madrid, echó en falta no haber cogido una chaqueta.

Paseó junto al puerto, ya bastante menos concurrido a esas horas.

Caminó dejándose guiar simplemente por su sentido de la orientación, y dejando que la distancia entre el restaurante y el hotel se resolviera por sí misma.

No pensaba en nada concreto, o al menos no en nada que pudiera ordenar con precisión. En esos momentos de suspensión, en ese tiempo sin exigencias inmediatas, la presencia de Adela no necesitaba justificación ni contexto. No interrumpía nada; simplemente volvió a aparecer.

Esta vez, ni siquiera era una imagen definida. No había conversación ni una escena concreta a la que aferrarse, solo la extraña facilidad con la que, en ese momento, podía imaginarla.

Era algo inocuo, casi inocente si se miraba de forma aislada. Pero precisamente por eso resultaba difícil de distinguir de cualquier otro pensamiento.

Cuando llegó al hotel, todo estaba ya en silencio.

Subió a la habitación y, sin encender la luz, se sentó un instante en la cama, iluminada tan solo por la luz de las farolas del exterior.

El móvil seguía sin novedades. Ningún mensaje, ningún aviso, nada que interrumpiera la continuidad de la noche.

Pensó en el foro casi por inercia. Y se acordó de Antonio, ese forero donostiarra de largo recorrido que, sin embargo, solo participaba cuando la conversación derivaba hacia cuestiones musicales.

Lo hacía siempre en un tono preciso, casi técnico, lleno de nombres y datos, como si el resto le resultara accesorio.

Recordaba cómo, durante ese tiempo en que el foro se convirtió en un campo minado de confidencias, él fue desapareciendo de forma casi imperceptible.

Llegó a plantearse escribirle, o incluso proponerle quedar para comer al día siguiente, antes de coger el tren de regreso a Madrid. Pero la idea desapareció rápidamente. No había hecho mención alguna al viaje en el foro y, por tanto, no sentía la obligación de llamarle .

Se quedó un rato más tumbado sobre la cama aun sin deshacer, sin encender la luz. La claridad que entraba desde la calle era suficiente para recortar los bordes de los muebles y darle a todo un aspecto ligeramente suspendido, sin profundidad real.

No tenía aún demasiado sueño. Tampoco una necesidad clara de hacer nada. Aun así, cogió el móvil.

Escribió primero a Elena un mensaje breve, diciéndole que había llegado bien y que el viaje había sido tranquilo. Después pensó en sus hijos. Les envió otro mensaje corto, sin esperar respuesta inmediata. Probablemente ninguno de los dos sabía siquiera que estaba fuera de Madrid.

Dejó el móvil sobre la cama otra vez y se decidió a sacar el portátil. Lo colocó sobre el pequeño escritorio que quedaba a un lado de la habitación, mientras ponía a funcionar un calentador de agua que tenía a mano para prepararse una infusión.

Abrió la carpeta donde había ido guardando todos los correos y mensajes intercambiados con Adela. Desde el principio, como hacía habitualmente, los había ido incorporando a su viejo juego epistolar. La carpeta llevaba simplemente su nombre: «Adela».

Recordó entonces uno de los primeros correos, en el que ella le había dicho que estaría encantada de ser algún día la destinataria de una de aquellas cartas que nunca enviaba.

Todavía no había escrito ninguna. Hasta entonces, todo lo que había escrito pensando en ella había acabado formando parte de los mensajes que intercambiaban.

Quizá porque en ninguno había llegado a poner realmente por escrito lo que empezaba a ocurrirle con ella.

Sin un objetivo definido, comenzó a releerlos en orden cronológico, despacio, con una atención distinta.

De manera particular, se detuvo en aquel que durante varios días había sido incapaz de quitarse de la cabeza.

«Me has condenado…»

Recordaba perfectamente el efecto que le produjo entonces.

La sensación de que alguien había irrumpido en una zona de su vida que hasta entonces había mantenido separada del resto.

No era solo su tono, ni siquiera las coincidencias que se insinuaban continuamente.

Era la extraña naturalidad con la que parecía hablarle desde un lugar de cercanía que él no recordaba haber construido con nadie en el foro.

Siguió avanzando.

Los mensajes posteriores eran mucho más breves, también menos intensos en comparación, pero ahora le resultaba difícil leerlos de manera aislada. Cada frase parecía arrastrar todavía el eco de aquel primer desbordamiento.

«Empiezo a pensar que prefieres imaginar antes que saber.»

En aquel momento interpretó la frase como una provocación casi juguetona. Ahora, sin embargo, le costaba decidir si detrás había algo más serio que simplemente no había sabido, o querido, ver entonces .

Abrió después el correo en el que Adela, de algún modo, le remitía a revisar el histórico del foro.

«Tú sabrás lo que escribiste en él.»

No era una amenaza, ni siquiera una advertencia. Pero sí había en él algo distinto a los primeros mensajes, como si en algún momento se hubiera producido un desplazamiento que él no había sabido advertir cuando tuvo lugar.

Al releerlos todos seguidos, empezó a preguntarse si llevaba tiempo pasando por alto algo.

El cambio de Adela le resultaba evidente, pero no le había concedido demasiada importancia.

Al fin y al cabo, todos nos mostramos en algunas épocas más cercanos o afectuosos que en otras.

Sin embargo, vistas ahora una detrás de otra, aquellas variaciones empezaban a parecerle otra cosa.

Detrás de ellas parecía haber algo que no terminaba de comprender.

Aun así, continuó leyendo.

Y cuanto más lo hacía, más difícil le resultaba identificar a la Adela que le había escrito aquellos primeros correos con la mujer que había tenido delante durante la reunión tras la muerte de Nadir.

No parecían exactamente la misma persona, aunque tal vez el cambio no estuviera solo en ella.