El otro relato 29
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Mario salió de la editorial más tarde de lo habitual.

Y eso que apenas había corregido dos o tres páginas, respondido un par de correos y fingido leer varios informes a los que, en realidad, le había costado prestar atención.

Cada cierto tiempo se descubría distraído, mirando por la ventana o con el móvil entre las manos, sin hacer nada concreto.

En la calle todavía hacía demasiado calor.

El aire denso seguía acumulado entre las naves industriales y los edificios, mientras el asfalto desprendía ese olor a goma recalentada tan propio de los días de calor extremo.

Caminó despacio hacia el coche, con la sensación persistente de seguir atrapado en algún punto indefinido.

Durante el trayecto hasta la urbanización intentó convencerse de que estaba exagerando, de que llevaba demasiados días dando vueltas a ese asunto y de que, probablemente, cualquier referencia a Vera había terminado adquiriendo un efecto desproporcionado sobre él.

Pero ¿cómo no iba a ser así? Vera estaba muerta. Y, sin embargo, alguien parecía empeñado en utilizar su voz para darle la vuelta a todo. Alguien que no solo conocía lo ocurrido, sino también el relato que él había construido desde entonces.

Detuvo el coche en un semáforo y, de nuevo, casi sin darse cuenta, la imagen de Adela se cruzó por su mente.

La facilidad con que su cabeza tendía a asociarla con Vera, cada vez que pensaba en ella, empezaba a resultarle algo bastante perturbador.

Volvió entonces a la tarde anterior, cuando regresaba a casa tras la reunión.

Estaba convencido de que Adela le había prestado una especial atención. No de un modo evidente, eso desde luego, pero cómo interpretar si no esas miradas sostenidas, esos silencios tras cada una de sus intervenciones…

Y, sin embargo, ahora ya no estaba seguro de nada.

Cuanto más intentaba fijar lo ocurrido, más se le desdibujaban los límites de lo que realmente había pasado.

Quizá no hubiera habido nada especial. O quizá ese interés que creía haber detectado en ella no fuera más que una interpretación suya, alimentada ahora por esa extraña asociación con Vera que no terminaba de comprender.

Cuando llegó a casa, Elena estaba en la cocina terminando de preparar la cena. La televisión sonaba baja en el salón.

—Pensaba que hoy llegarías más temprano —dijo ella al verlo entrar.

—Sí, yo también, pero al final me entretuve .

Subió a su habitación a cambiarse. Sacó el móvil casi de manera automática y echó un vistazo antes de dejarlo sobre la cama.

No había nada: ni mensajes nuevos, ni respuestas en el foro, ni, mucho menos, rastro de Adela.

Sintió una leve decepción que intentó rechazar al instante, porque no había ninguna razón para que esperara nada, y, aun así, mientras se cambiaba y se ponía ropa cómoda, tuvo la idea absurda de que su silencio también podía tratarse de una forma de atención.

Cuando bajó, Elena ya había terminado de poner la mesa.

La televisión seguía encendida, con el volumen apenas perceptible, como un ruido de fondo que llevaba tanto tiempo allí que ninguno de los dos parecía reparar ya en él.

Mario tomó asiento mientras Elena dejaba una fuente de macarrones sobre la mesa.

—He hecho pasta —dijo ella—. No sabía muy bien qué preparar.

—Está genial. Ya sabes que siempre me apetece la pasta.

Ella sonrió y ambos comenzaron a cenar.

Elena se mostraba más locuaz de lo habitual.

Le contó un par de anécdotas del hospital: la discusión entre dos residentes por un cambio de turno, una paciente que había terminado haciendo reír a toda la planta…

Historias cotidianas, sin demasiada importancia, que iba enlazando unas con otras con una soltura un tanto inusual, como si esa noche prefiriera pecar de habladora antes que dejar que el silencio se instalara entre los dos .

Mario tenía que hacer un esfuerzo para seguirla. Asentía de vez en cuando, sonreía cuando intuía que era el momento oportuno y añadía algún comentario breve. Pero, casi sin darse cuenta, la atención volvía a escapársele una y otra vez.

En un par de ocasiones sorprendió a Elena mirándolo. No había reproche en aquella mirada, solo la comprobación silenciosa de que seguía escuchándola.

—Estás muy callado esta noche—dijo al final.

Mario levantó la vista del plato.

—No, estoy… cansado. Mucho trabajo estos días.

—Ya —respondió ella, antes de levantarse para ir a la cocina a rellenar la jarra de agua.

El resto de la cena transcurrió por los mismos derroteros, con ella lanzando frases que no terminaban de llevar la conversación en ninguna dirección clara y Mario esforzándose por no resultar descortés.

En un momento dado, ella comentó que quizá el sábado podrían acercarse al centro comercial para visitar un par de tiendas que habían abierto pocos días antes y, si les apetecía, aprovechar para ir luego al cine.

Lo dijo con la misma naturalidad con la que, desde hacía años, organizaban esos pequeños planes para el fin de semana, como si bastara con seguir haciéndolo para que las cosas continuaran ocupando el lugar de siempre.

—Sí... claro —respondió Mario, sin añadir nada más.

Elena empezó a recoger los platos .

Él permaneció sentado unos segundos, observando distraídamente la mesa mientras ella terminaba de recoger.

—Voy a darme una ducha —dijo al fin, levantándose.

—Vale —respondió ella desde la cocina—, pero podías haberme ayudado algo. He hecho la cena y me ha tocado recogerlo todo a mí sola.

Subió las escaleras con cierta  parsimonia. Mientras lo hacía, lamentó haber estado tan distante con Elena, consciente de que ni siquiera había llegado a participar plenamente en la conversación.

Cuando salió de la ducha ni siquiera hizo ademán de bajar al salón. La casa estaba ya prácticamente a oscuras. Solo la luz del dormitorio de Elena permanecía encendida.

Estaba tumbada en la cama, leyendo.

—¿No te vas a acostar? —preguntó al verlo aparecer.

—Dentro de un rato. Quiero mirar unas cosas antes.

—Ah, vale. Yo voy a acabar las cuatro páginas que me quedan de este libro y apago la luz, que estoy molida.

Mario entró en el despacho y encendió el ordenador.

No buscaba descubrir nada nuevo. Al contrario. Pero un par de minutos antes, bajo la ducha, había sentido la necesidad casi imperiosa de comprobar que el mensaje de vdelacruz no hubiera conseguido alterar el sentido de aquella carta que conocía casi de memoria .

Podía localizarla en el mensaje que le había remitido Alex, pero prefirió buscarla en la carpeta correspondiente. Sabía que no había diferencia entre ambas, pero, aun así, prefirió hacerlo de ese modo. Le costó poco encontrarla.

La leyó de principio a fin sin detenerse. Casi podía recitarla de memoria.

El texto seguía siendo exactamente el mismo. No había una sola frase que no recordara y que ahora le pareciera fuera de lugar. Seguía reconociéndose en cada palabra de un escrito que solo pretendía traducir sus emociones a flor de piel en algo que resultara, incluso, poético.

Aquella carta hablaba de una ciudad, del paso del tiempo y de la necesidad de aceptar que algunos lugares dejan de significar lo mismo. También hablaba de Vera, claro, pero nunca había pretendido exigirle nada, ni mucho menos hacerla sentir atrapada.

Sin embargo, esta vez, casi sin proponérselo, algunas frases comenzaban a sonar con una melodía ligeramente distinta.

Es agradable asociar tu presencia a esta ciudad.

Ambas aparecerán indeleblemente unidas en mis recuerdos.

Ojalá recuerdes que, en algún instante, compartiste ese espacio conmigo.

Hasta entonces siempre las había considerado, precisamente, las líneas más logradas de la carta. Las más delicadas. Las que mejor expresaban aquello que había intentado transmitir .

Ahora, en cambio, empezaba a entender cómo podían haber sido recibidas al otro lado.

No porque dijeran algo diferente a lo que él había querido decir, sino porque todas ellas parecían partir de una misma certeza: la de que ambos compartían una historia que quizá solo existía en su cabeza.

La carta seguía pareciéndole sincera. No habría cambiado una sola palabra. Pero ya no era capaz de afirmar con la misma seguridad que solo pudiera leerse de una manera.