28
No recordaba con precisión en qué momento exacto había empezado a pensar en Adela de esa manera. Quizás la tarde anterior, cuando llegó a casa tras el encuentro, o a lo mejor esa misma mañana, tras otra noche en la que apenas había conseguido dormir.
No era una idea clara, ni mucho menos deliberada. Era más bien algo difuso que giraba sin control en su cabeza, mientras abría el correo, leía un libro o se detenía a hacer cualquier otra cosa.
El encuentro de los cuatro había sido extraño, sí, pero no había tenido en sí mismo nada que justificara esa insistencia.
No es que hubiera nada especialmente llamativo en lo que se dijo, aunque sí le llamó la atención el tono general con el que se había desarrollado.
En todos los años de vida del foro, las conversaciones sobre cualquier cosa que rozara lo personal, salvo en casos muy concretos, habían fluido con una facilidad que ahora, cara a cara con algunos de los habituales, parecía haberse esfumado.
Como si al encontrarse en persona, más que cruzar, hubieran levantado una frontera invisible .
Las palabras nunca dejan de ser palabras, pero en aquel espacio parecían tener menos importancia. Seguramente porque, en persona, ya no era tan fácil separar lo dicho de quien lo decía.
Intentó reconstruir la conversación, pero lo que le venía a la cabeza no eran frases completas, sino fragmentos sueltos y, sobre todo, la imagen de Adela: el modo en que había dejado la copa, la aparente indiferencia hacia Javier y, en especial, hacia Marc, y esas miradas que seguía recordando a intervalos, como si permanecieran ahí, incluso cuando no estaba seguro de haberlas recibido.
Había algo especial en la forma en que se movía, en que simplemente estaba, como si no necesitara intervenir ni hacer nada especial para ocupar todo el espacio.
Esa mañana se levantó temprano, sin dejar siquiera que sonara el despertador. Había pasado buena parte de la noche dando vueltas en la cama. Ni siquiera se paró a desayunar en casa y prefirió hacerlo en uno de los bares próximos a la editorial.
Una vez en el despacho comenzó con su rutina. Quería ver si la reunión del día anterior había tenido algún tipo de repercusión en el foro. Sobre todo, quería comprobar si había alguna reacción por parte de Adela. Pero no la había. Ni siquiera se había conectado o, al menos, no había dado señales.
Se resignó a leer el resto de los mensajes.
Solo Javier y Marc habían dejado algunos comentarios, breves, casi protocolarios, sin rastro de lo que él había sentido. Se limitaban a subrayar lo bien que había estado poder juntarse un rato, como si aquello no hubiera tenido más consecuencia que la de un encuentro agradable.
También Victorio y algún otro se habían sumado después al chat, congratulándose de que finalmente se hubiera producido la reunión y lamentando no haber podido asistir por vivir tan lejos, dando por sentado que no había sido otra cosa que un encuentro entre amigos, sin mayores implicaciones.
Nadie mencionaba a Nadir, ni siquiera de pasada, como si el motivo que originalmente los había llevado a quedar se hubiera diluido por completo en el propio hecho de haberse reunido.
Como todos los días, acto seguido abrió el correo. La bandeja de entrada estaba más despejada de lo habitual, así que su mirada tardó poco en detenerse en el mensaje de un remitente concreto: vdelacruz.
Sintió una reacción inmediata, casi física, de rechazo. Hasta el pulso se le aceleró ligeramente al ser consciente de que, por mucho que deseara que aquello se hubiera cerrado ya, seguía aguardándolo en el mismo sitio.
No se había olvidado de vdelacruz, claro, pero tras descubrir la muerte de Vera había terminado convenciéndose, quizá con demasiada facilidad, de que aquellas intromisiones no iban seguir repitiéndose.
Permaneció unos segundos, indeciso, antes de abrir el mensaje.
Durante un instante pensó en dejarlo para más tarde, pero sabía que hacerlo solo serviría para prolongar su inquietud.
Incluso llegó a plantearse borrarlo sin llegar a leerlo, aunque sabía que, en ese caso, acabaría reprochándose no haber sido capaz de enfrentarse a su contenido.
Al final, tragó saliva, hizo clic y empezó a leer.
« Hola Mario.
¿Recuerdas Montevideo?
Sí, claro, cómo no lo vas a recordar.
Tú en el hotel escribiendo aquel correo mientras todos los demás estábamos en la cena de despedida.
Nunca entendiste realmente lo que pasó aquella noche, ¿verdad?
Dejó de leer un instante. El recuerdo acudió a él de inmediato, nítido e intacto.
La habitación del hotel, el portátil abierto sobre la mesa, la calefacción demasiado alta, el murmullo lejano de voces que iban y venían por el pasillo.
Había escrito aquel correo como el náufrago que escribe una nota y la mete en una botella, para lanzarla al mar.
Solo cuando terminó de escribirla, casi sin pensarlo, puso la dirección de Vera y pulsó Enter .
Volvió a mirar la pantalla.
Recuerdo que al día siguiente me preguntaste si lo había leído.
¿De verdad pensabas que no sabía lo que buscabas con aquel correo?
Claro que lo había leído. Más de una vez.
Y no sabía cómo responderte .
Porque quizá tú pensabas que, al escribir aquello, solo estabas siendo sincero, que simplemente estabas poniendo en palabras algo que necesitabas decir. Pero nunca te planteaste lo que significaba para mí recibir algo así.
¿Qué querías que te dijera?
No era fácil responderte. Cualquier respuesta podía llevarte a entender algo que yo no quería decir o provocar una reacción que no sabía cómo afrontar.
La escena seguía viva en su memoria, igual que la decepción que había sentido.
A la mañana siguiente le había preguntado si le había gustado y Vera se había limitado a responder: «Sí, muy bonito».
Aquella respuesta lo dejó hundido. A medida que se había ido acercando el viaje a Montevideo, había alimentado la esperanza de que aquellos días, lejos de la editorial y de las rutinas de siempre, le permitieran alcanzar una cercanía que nunca había conseguido establecer con ella.
Al día siguiente regresarían a Madrid y sintió que aquella posibilidad se desvanecía definitivamente con aquella lacónica respuesta.
Por más que lo intentó, ni siquiera fue capaz de seguir interpretando su frialdad como un gesto de timidez.
Siguió leyendo.
Pero aquello no empezó con aquel correo. La carta solo fue el momento en que comprendí que ya no podía seguir restando importancia a algo que llevaba demasiado tiempo intentando contener.
Poco después dejé la editorial. Tú pensaste que simplemente había encontrado una oportunidad mejor. Nunca llegaste a preguntarte por qué me marchaba realmente.
Tú seguías creyendo que aquello formaba parte de una historia que podías controlar. Y nunca entendiste el cansancio que me provocaba tenerte siempre alrededor. Las llamadas a deshoras, los mensajes constantes, la necesidad de prolongar cualquier conversación.
Siempre encontrabas una forma de estar presente, incluso cuando nadie te había pedido que lo estuvieras.
Lo entendieras o no, aquella noche ya había terminado algo.
Tú nunca supiste reconocer cuándo alguien ya había dicho basta, y siempre encontrabas una explicación que te permitiera seguir creyendo que todo seguía igual.
Tu queridísima Vera.»
Ahora, después de leer aquellas palabras, aquel recuerdo adquiría un significado completamente distinto.
Ni siquiera era el reproche lo que más le inquietaba.
Mal que le pesara, había terminado aceptando que Vera nunca llegó a compartir las expectativas que él había depositado en todo aquello.
Pero ahora había algo aún más perturbador: descubrir que la misma historia pudiera ser contada de un modo tan... irreconocible.
En su cabeza, las imágenes empezaron a superponerse de forma confusa, deformadas por el efecto de aquellas palabras.
Le resultaba difícil conciliar dos maneras tan distintas de entender lo ocurrido.
Y, sin embargo, había algo en la seguridad de algunas de aquellas afirmaciones que también le resultaba extraño: no podía evitar preguntarse de dónde podía proceder tanta certeza sobre lo que él había pensado o dejado de pensar después de aquel viaje.
Ni siquiera él tenía claro haber interpretado las cosas de aquella manera.
Aunque quizá fuera cierto. Quizá, sencillamente, nunca se había planteado que él tuviera algo que ver con aquella marcha.
Fue entonces cuando, para su propia sorpresa, la imagen de Adela volvió a aparecer en medio de todo aquello. No entendía por qué. Acababa de leer un mensaje que removía todo lo que creía saber sobre Vera y, sin embargo, sus pensamientos se volvían otra vez hacia Adela.
En realidad, desde la tarde anterior no había dejado de pensar en ella, repasando mentalmente una y otra vez sus gestos, sus miradas, sus pausas, incluso esas frases que probablemente no tenían la intención que él les atribuía.
Cerró la tapa del ordenador de golpe, como si mantener el mensaje a la vista pudiera establecer una relación entre lo ocurrido con Vera y la cada vez más insistente presencia de Adela en sus pensamientos.
Pero el gesto no consiguió apartar una idea aún más difícil de asumir: aquel mensaje no era una interpretación general ni una reconstrucción vaga.
Había en él detalles demasiado concretos, demasiado situados en un tiempo y un contexto que no admitían una lectura genérica.
Detalles que solo Vera podía conocer con ese grado de precisión.
Y Vera estaba muerta.