27
Cuando llegó a la cafetería, cinco minutos antes de la hora acordada, Javier ya se disponía a entrar. Hacía demasiado calor en la calle como para quedarse hablando en la puerta, así que entraron juntos.
Una vez dentro, recorrieron el local con la mirada sin saber muy bien a quién buscaban. No conocían de vista a ninguno de los dos. Por eso, Adela había propuesto, para que pudieran reconocerla al menos a ella, recurrir a un sistema tan elemental como eficaz: llevaría una blusa roja.
Salvo un adolescente con una camiseta de la selección española, no vieron a nadie con ese color, así que se lo tomaron con tranquilidad. Se sentaron en una mesa bien visible y pidieron una cerveza mientras esperaban.
—Es raro esto —dijo Javier, dejando la mochila que llevaba colgada de un hombro en el respaldo de la silla.
Mario se limitó a asentir mientras observaba el local, como si aún necesitara una justificación más convincente que lo hablado con Adela para estar allí.
—Sí —dijo al final—. Es un poco… extraño .
Mientras esperaban, se limitaron a comentar cuatro trivialidades.
Quizás por primera vez, ante la inminencia del encuentro, Mario se aventuró decididamente a imaginar la apariencia de Marc y, sobre todo, de Adela.
Dos figuras inconcretas que, en cuestión de minutos, pasarían a tener un rostro definido.
La puerta del local se abrió, dando paso a una pareja. El acuerdo sobre la blusa roja se demostró completamente innecesario. En cuanto ella cruzó el umbral, varias miradas se volvieron hacia su paso, como si durante unos segundos el resto del local hubiera dejado de importar.
A su lado caminaba un chico delgado, con aspecto de joven profesor universitario, completamente eclipsado por su presencia.
Mario los vio avanzar entre las mesas sin apartar la vista de ella. Estaba convencido de que era Adela, pero, si no lo era, habría deseado que lo fuera. Además, había algo en su presencia, o quizá en la forma de moverse, que le resultó extrañamente familiar, aunque no habría sabido decir por qué.
Javier levantó ligeramente la mano para llamar su atención. Ambos se dirigieron directamente hacia donde se encontraban.
Cuando llegaron, Adela saludó primero a Javier y luego volvió la vista hacia Mario.
A este le pareció que su mirada se detenía en él un instante más de lo necesario.
Apenas fue un segundo, pero bastó para que, al levantarse, dudara un instante entre darle dos besos o tenderle la mano.
Al final, quizá torpemente, se decidió por lo segundo.
—Hola — dijo Mario.
—Hola —respondió ella.
Marc simplemente saludó con la mano y los cuatro se sentaron sin mayor ceremonia.
Durante unos segundos ninguno pareció encontrar una forma natural de romper el hielo. Habían hablado durante meses con absoluta facilidad a través de una pantalla y, sin embargo, ahora, sentados frente a frente, las palabras parecían resistirse.
—Resulta extraño —dijo Javier finalmente—. Después de tanto tiempo hablando en el foro… encontrarnos aquí sin más.
Nadie lo contradijo.
A Mario le costaba apartar la vista de Adela. Era la única que no daba la impresión de sentirse especialmente cohibida. Observaba a los demás con tranquilidad, como si aquel fuera un encuentro más y no la primera vez que se veían en persona. A Mario no dejaba de sorprenderle aquella naturalidad.
—Bueno, por fin os ponemos cara —continuó Javier, intentando mantener un tono distendido.
Marc hizo ademán de intervenir, pero Adela se le adelantó.
—La verdad es que es curioso —dijo ella—. Uno pasa meses leyendo a alguien y luego descubre que no se corresponde del todo con la imagen que se había formado .
La frase dejó a Mario ligeramente descolocado. No era una provocación, pero tampoco le pareció un comentario del todo inocente. ¿Lo decía porque la realidad había superado la imagen que se había formado de ellos o precisamente porque la había desmentido?
Javier se encogió ligeramente de hombros, sin que, al parecer, tuviera tampoco muy claro el sentido de aquella observación.
—Supongo que eso nos pasa a todos —dijo—. Al final, cuando llevas tanto tiempo hablando solo por escrito, acabas imaginándote a la otra persona de una manera determinada.
—O de la manera en que esa persona quiere que la imagines —corrigió Adela.
Durante algunos minutos fueron saltando de un tema a otro, como si ninguno terminara de atreverse a llevar la conversación hacia el motivo que los había reunido allí.
Marc observaba desde una posición discreta, mientras Javier, especialmente locuaz, iba enlazando unos temas con otros haciendo que la charla no decayera.
Adela, en cambio, se convertía sin proponérselo en el centro de atención.
Bastaba con que empezara a hablar para que los demás acabaran pendientes de ella.
Mario tuvo la impresión de que sus miradas se cruzaban con demasiada frecuencia. Aunque no sabría decir si era ella quien lo buscaba o si era él quien acababa encontrándola una y otra vez .
—No sé... —dijo ella, pasando distraídamente el dedo por el borde del vaso—. Cuando se me ocurrió que quedáramos tampoco tenía muy claro para qué. Simplemente me pareció raro enterarme de algo así y seguir cada uno por su lado como si no hubiera pasado nada.
Marc y Mario asintieron, sin intervenir.
—Es verdad. Llevábamos bastante tiempo hablando con él —continuó Javier— y, sin embargo, me di cuenta de que yo no sabía casi nada de quién era realmente. Quizá ninguno lo supiéramos.
—Eso pasa mucho en internet —dijo Marc—. La gente acaba construyéndose una especie de personaje.
—Sí, claro. Pero aun así… no sé. Después de tanto tiempo leyendo a alguien casi todos los días, enterarte de algo así y que no haya nada más… me dejó muy mal sabor de boca. Aunque, bien pensado, quizás es lo que ocurre siempre que fallece alguien —concluyó Javier.
—Yo hablé alguna vez con él fuera del foro —dijo al final Mario—. Por teléfono, un par de veces... estos últimos días.
Los tres lo miraron.
—¿Y qué impresión te dió? ¿Le notaste algo raro? ¿te dijo si se encontraba mal o algo? —preguntó Javier.
—No, nada. Además, desde que entró en el foro siempre me dio la sensación de que era fácil conectar con él.
Mario hizo una pausa breve.
—Aunque tengo que reconocer que las últimas conversaciones fueron… distintas.
—¿Distintas? ¿En qué sentido? —preguntó Marc.
—No sabría decirlo. Un tono diferente… Como si hubiera empezado a reinterpretar ciertas cosas.
Se hizo un breve silencio, marcado por cierta expectación.
—¿Qué tipo de cosas? —volvió a preguntar Marc.
—Pues… no sé. Comentarios sobre cosas que habían pasado hacía tiempo. Conversaciones del foro que yo ya casi tenía olvidadas.
Adela intervino entonces, con un tono demasiado preciso para parecer casual:
—¿No te estarás refiriendo a lo que contabas sobre Vera?
Mario la miró sorprendido. Le extrañaba que hubiera sacado aquel tema así de pronto, pero, sobre todo, le dió la impresión de que era algo que ya tenía preparado.
—Bueno… sí —dijo—. Supongo que algo de eso había.
—Es raro cómo algunas conversaciones del foro acababan mezclándose con cosas personales —dijo Adela—. A veces daba la sensación de que Nadir conocía mejor a la gente de lo que parecía.
—O de que escuchaba más de lo que decía —añadió Marc.
Mario asintió sin mirar directamente a ninguno de los dos.
—Sí. Esa era exactamente la impresión que daba —concluyó.
—Al final, lo que saco en conclusión de todo esto es que ninguno sabía gran cosa de él —dijo Marc—. Ni siquiera cómo se apellidaba, dónde trabajaba o si tenía familia...
—Bueno... del todo no —dijo Javier—. Sabemos que era de Madrid y que su apellido era Ridan. Al menos, eso es lo que figuraba en la dirección de correo que tenía de él y a la que escribía.
—¿Ridan? —preguntó Adela, esbozando una sonrisa al mirar a los otros y darse cuenta de que, al parecer, era la única que reparaba en ello—. Pero si eso es «Nadir» al revés. No creo que fuera su apellido de verdad.
Mario se sintió avergonzado al darse cuenta de que tampoco él había reparado en ello.
Javier frunció el ceño.
—Pues es verdad. No se me había ocurrido. Qué tonto.
Durante unos segundos ninguno dijo nada y la conversación pareció haber llegado, momentáneamente, a un punto muerto.
Pero, poco a poco, Javier, Marc y, en menor medida, Mario comenzaron a recuperar pequeñas anécdotas, comentarios dispersos y recuerdos compartidos con Nadir.
Mientras tanto, Adela parecía preferir escuchar antes que participar.
Algo lógico si se tenía en cuenta que su incorporación al foro era mucho más reciente.
—Al final, es curioso —murmuró Javier—. Entre los cuatro hemos hablado de él durante casi una hora y seguimos sin poder decir apenas cuatro cosas objetivas.
Adela dejó la copa sobre la mesa con suavidad .
—En cualquier caso, lo único cierto es que ninguno sabíais mucho de él. Y, aun así, me da la impresión de que habéis venido aquí a intentar reconstruirlo.
Javier frunció el ceño. La frase casi resultaba ofensiva.
—No lo estamos reconstruyendo —respondió—. Solo estamos hablando.
Adela lo miró un segundo, como si aceptara la respuesta sin acabar de creerla del todo.
—Vale —dijo al fin.
Y no añadió nada más.