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Tras abandonar el chat, Mario hizo también por su cuenta la búsqueda en internet. Al igual que Javier, apenas encontró una escueta constatación del fallecimiento y de la desaparición de los perfiles.
La antigua duda sobre hasta qué punto conocía realmente a las personas con las que se relacionaba a través del entorno digital reapareció con fuerza. ¿Quién era realmente Nadir? ¿Qué sabía de él?
A pesar de los correos que habían intercambiado y de las contadas conversaciones directas que habían mantenido, apenas le había dado pistas sobre su situación familiar o sentimental.
De hecho, ni siquiera sabía si estaba casado o tenía hijos.
En aquellas semanas en las que el foro se convirtió en una especie de ágora de sentimientos compartidos, él acababa de llegar y, probablemente por timidez, había adoptado más el papel de observador atento que el de participante activo.
Después, los temas habituales —la música, el cine o los comentarios de actualidad— volvieron a imponerse, dejando a un lado las cuestiones más personales.
En alguna ocasión, se había preguntado qué ocurriría con los perfiles en redes sociales y con toda esa huella digital que las personas iban dejando tras de sí cuando morían.
Suponía que alguien —quizá algún familiar— se encargaría de resolver ese penoso asunto.
O quizá no. Quizá bastaba un simple cruce automático de datos para que las plataformas comenzaran a mostrar aquellos avisos mecánicos e impersonales, como si incluso la muerte pudiera quedar reducida a un proceso automático.
Sea como fuere, Nadir había muerto y el único rastro accesible de él eran las conversaciones mantenidas y los mensajes dispersos que había ido dejando en el foro durante el tiempo que había permanecido en él.
Pensando en ello, sintió la tentación de revisar todos aquellos mensajes y trazar a partir de ellos una especie de recorrido por su presencia en el foro, quizá incluso reconstruir una figura completa a partir de aquellos fragmentos dispersos.
Por un momento, se sorprendió imaginando todo aquello como materia para algún tipo de relato.
La idea se desvaneció casi de inmediato, como tantas otras veces en las que había albergado ese tipo de ambiciones literarias sin terminar de confiar en su propia capacidad para llevarlas a cabo.
Además, en esta ocasión, la ocurrencia le pareció incluso de mal gusto.
Cerró el ordenador y salió a dar una vuelta.
Necesitaba que le diera el aire, aunque fuera ese aire caliente y dulzón que ya se había adueñado de Madrid desde el amanecer.
Si no hubiera dejado de fumar diez años atrás, además, habría encendido un cigarrillo.
Aun así, permanecer encerrado entre cuatro paredes le apetecía todavía menos .
Deambuló por algunas calles cercanas, en un polígono pensado para cualquier cosa menos para el paseo, y se sentó en un banco cuyo mayor atractivo era ver aparecer los primeros coches que iban ocupando el aparcamiento del cercano centro comercial.
Tan sumido estaba en sus pensamientos que apenas se percató del móvil vibrando en el bolsillo del pantalón. Al sacarlo y mirar la pantalla, vio que era Adela. En aquel instante no le apetecía demasiado hablar con nadie, pero aun así descolgó.
—¿Sí?
Al otro lado, la voz de ella sonó algo diferente a otras veces.
—Perdona que te llame así... Es que... vaya noticia lo de Nadir.
Mario no supo qué contestar. Seguía sin procesar del todo lo ocurrido y tampoco estaba por la labor de repetir ahora en una conversación telefónica los mismos comentarios vacíos que se habían sucedido en el foro.
—Sí —dijo finalmente—. Vaya palo.
—No sé. Me ha dejado descolocada. Es raro… Yo no le conocía desde hacía tanto tiempo, porque, bueno, ya sabes que llevo poco en el foro, pero...
—Ya, a mí me pasa igual —dijo Mario, al ver que no continuaba—. Yo también me he quedado paralizado.
Adela soltó un leve suspiro, casi imperceptible .
—Se me ha ocurrido algo —dijo—. No sé si os parecerá una tontería. Javier creo que también lo comentó por ahí… Podríamos quedar. Los que estamos en Madrid, al menos. Tomar algo y hablar un rato.
—¿Hablar de qué?
—Pues… de nada en concreto. O de esto. De lo que ha pasado. No lo sé. Me parece raro dejarlo así... como si no hubiera ocurrido nada.
Mario apoyó el codo en la rodilla, mirando el suelo.
—Vale, por mi parte no hay problema —dijo al final—. Quizás no sea mala idea.
—Se lo voy a preguntar a los demás, a ver qué opinan. Si les parece bien, te escribo y concretamos. ¿Te parece?
—De acuerdo.
Ninguno de los dos parecía atreverse a colgar. Finalmente, lo hizo ella.
Mario se quedó dudando. Por algún motivo, siempre se había mostrado reacio a los encuentros cara a cara con otros miembros del foro, como si de ese modo pudiera preservar cierta separación entre el mundo virtual y el real, una frontera que, por otra parte, le atraía tanto como le incomodaba.
«Al menos los que estamos en Madrid», había dicho Adela. Ahora ya solo eran cuatro y solo a Javier lo conocía personalmente. De ella y de Marc ni siquiera sabía qué aspecto tenían. Además de responder a aquel propósito indefinido en torno a Nadir, el encuentro le permitiría por fin ponerles cara.
Apenas había regresado a la oficina, recibió la confirmación. Los demás estaban de acuerdo y proponían quedar a las siete de la tarde del día siguiente en la cafetería del Reina Sofía.
Aquella noche, mientras terminaban de recoger la cocina, le comentó a Elena lo de Nadir.
—Hoy ha ocurrido algo en el foro que me ha dejado bastante tocado.
—¿En el foro? ¿Qué ha pasado?
—¿Te acuerdas de Nadir? Del que te hablé hace unos días.
—Sí, claro. ¿Qué pasa con él?
—Pues que ha muerto.
Elena dejó el plato en el escurridor y se volvió hacia él, visiblemente sorprendida.
—Joder... ¿Cómo?
—Eso es precisamente lo peor. No lo sabemos. Hace unos días dejó de entrar en el foro y esta mañana Javier ha descubierto que había fallecido. Nada más. Ni una explicación, ni una causa… nada.
—Qué raro, ¿no?
—Muchísimo. Llevábamos hablando con él casi todos los días desde hacía casi dos años y ahora, así... de repente. Y lo peor... bueno, no sé si lo peor, pero lo más chocante es que ni siquiera sé cómo era o quién era realmente.
Elena dejó el paño sobre la encimera, tras secarse las manos.
—Me imagino que debe de ser una sensación extraña. Aunque, quizás eso hace las cosas más fáciles, ¿no? Probablemente, cuando no conoces del todo a alguien, también es más fácil imaginarlo.
Mario hizo una leve mueca de escepticismo.
—No sé si es eso.
—Bueno, no lo decía por él en concreto. Es lo que tiene internet y todas estas cosas. Nos relacionamos con gente que son casi como fantasmas.
Él no contestó.
—¿Y entonces no habéis podido averiguar nada sobre cómo ha sido? —continuó ella al cabo de unos segundos.
—No demasiado. Javier encontró una esquela o algo parecido. Han desaparecido también sus perfiles. Seguramente, es lo que dices: de pronto es como si una persona se convirtiera en un fantasma.
—Sus perfiles… ¿en las redes?
Mario asintió
—Sí, en Instagram y Facebook al menos. Yo también lo he intentado buscar luego y lo único que aparece es un aviso genérico diciendo que la cuenta ya no está disponible. Supongo que alguien se habrá encargado de borrar o dar de baja todo eso. No sé.
—Te veo afectado.
Mario levantó la vista.
—Bueno… ya te digo que al final era alguien con quien hablaba casi todos los días.
Elena asintió lentamente.
—Ya.
Después siguió recogiendo la cocina, como si la conversación hubiera terminado, aunque Mario tuvo la sensación de que ella seguía pensando en ello.
Y, sin embargo, fue aquella observación aparentemente trivial —que cuando no conoces del todo a alguien también es más fácil imaginarlo— la que continuó rondándole la cabeza durante el resto de la noche.
No tanto por la idea en sí, sino por una palabra concreta: imaginarlo.
Había pensado que Elena se refería a que, al no conocer realmente a alguien, también resultaba más fácil olvidarlo, dejar que su ausencia se diluyera.
Pero no había dicho «olvidarlo». Había dicho «imaginarlo».
Y no estaba seguro de que fuese una elección casual.
Le recordó demasiado a aquella otra conversación que habían tenido días atrás, al salir del cine, cuando habían hablado de cómo uno termina quedándose con una versión de las cosas que puede asumir.
¿Qué había querido decir exactamente Elena con aquel «imaginarlo» ?
Aunque, en el fondo, quizá tenía razón. Porque ¿acaso no era eso lo que él había hecho durante todo aquel tiempo con Nadir?
Había construido una imagen a partir de pequeños fragmentos: sus mensajes, sus opiniones, sus silencios, la forma en que escribía.
Una imagen que con el tiempo había acabado pareciéndole real.
En cierto modo, había acabado imaginando a alguien que nunca había llegado a conocer.
Pero al día siguiente tendría la oportunidad de corregir esa carencia con otras dos personas con las que llevaba meses hablando casi a diario. A diferencia de lo ocurrido con Nadir, esta vez, al menos, podría ponerles un rostro.
Al pensar en ello, no pudo dejar de extrañarse por el hecho de que nunca se hubiera preocupado demasiado por atribuirles uno en concreto.
Como si, dentro del foro, una fisonomía precisa resultara innecesaria o incluso estorbara.
Tendía a pensar en aquellos con los que compartía ese espacio de una forma esquemática, asociados a una forma de escribir, a determinadas expresiones o a la impresión general que dejaban sus mensajes.
En el caso de Adela, muchas veces, al pensar en ella, no le venía otra imagen a la cabeza que la de aquel cuervo oscuro que utilizaba como avatar.