El otro relato 25
63%

25

Durante los días subsiguientes, el trabajo siguió ocupando la mayor parte de su tiempo sin grandes sobresaltos, mientras el viaje a Montevideo iba tomando forma con la habitual combinación de previsión y ajustes de última hora.

Hubo varios intercambios con la organización de la feria, algunas dudas sobre la agenda definitiva y un par de reuniones internas para cerrar los títulos que finalmente se presentarían allí.

El hecho de viajar solo esta vez ya anticipaba, desde estos primeros momentos, que el trabajo iba a ser considerable.

Era evidente que la relevancia que Vera había adquirido a los ojos de Mario, por razones extralaborales, era muy distinta a la que podía tener Sergio, pero eso no restaba valor al papel que este había desempeñado ni hacía menos perceptible su ausencia ahora que se aproximaba el encuentro y que iba tomando conciencia de lo que se avecinaba.

También tuvo que dedicar un par de días a resolver un asunto pendiente con uno de los autores más renombrados de la editorial, que llevaba semanas retrasando la entrega de un manuscrito ya comprometido.

La conversación fue más larga de lo previsto, pero terminó encauzándose sin mayores complicaciones .

En casa, la relación con Elena se mantenía en ese punto de equilibrio en el que parecía haberse situado tras aquella cena.

No hubo nuevas tensiones, pero la incertidumbre tampoco había acabado de desaparecer.

Se instaló una rutina sin sobresaltos que contrastaba con el hecho de que ella se mostrara, en el día a día, más atenta y afectuosa de lo que había estado en mucho tiempo.

Esa renovada cercanía no terminaba, sin embargo, de despejar sus dudas sobre el verdadero alcance de aquel cambio.

Por momentos, tenía la sensación de estar con otra persona, sin que supiera muy bien qué rasgos definían esa nueva personalidad.

En el foro, la actividad continuaba con su ritmo habitual. Los temas se sucedían sin que ninguno llegara a imponerse sobre los demás y, en general, el tono se mantenía dentro de los márgenes conocidos.

Fue la ausencia de Nadir, en cambio, la que empezó a hacerse cada vez más evidente.

Durante unos días, su falta había quedado diluida entre las intervenciones de los demás, como si el espacio que solía ocupar pudiera repartirse sin que apenas se notara.

Pero, en un grupo con un núcleo tan estable y limitado de participantes, las ausencias prolongadas terminaban dejando un hueco difícil de ignorar.

Había hilos que quedaban suspendidos antes de tiempo, intervenciones que no encontraban réplica o surgían temas que, en otro momento, habrían dado lugar a alguna de sus habituales respuestas.

No era solo una cuestión de cantidad. En ocasiones, no podía evitar tener la sensación de que al foro le faltaba algo .

Lo advirtió sin concederle demasiada importancia al principio. No era la primera vez que alguien se ausentaba durante varios días; él mismo lo había hecho en ocasiones. No había motivos para pensar que esta vez fuera diferente.

Pero llegó un momento en que dejó de parecer algo circunstancial. Alguien acabó por preguntar por él, pero nadie parecía saber nada. Mientras tanto, los días siguieron pasando.

Pensó en escribirle en un par de ocasiones, pero siempre lo dejó para más adelante.

Evidentemente, le movía la curiosidad o, más aún, una cierta preocupación por su prolongada ausencia.

Pero la última vez que habían hablado no le había dejado un buen sabor de boca, y no terminaba de encontrar el momento de retomar el contacto.

El foro parecía haber asumido su ausencia sin necesidad de mayores explicaciones. Las conversaciones se encadenaban unas con otras y, salvo por esos pequeños vacíos, todo seguía funcionando.

Sin embargo, con el paso de los días, cada vez resultaba más difícil atribuir aquella ausencia a un simple alejamiento temporal. Sin que nadie lo expresara abiertamente, empezaba a extenderse una cierta inquietud.

Fue entonces, de improviso, cuando todo saltó por los aires.

Como todas las mañanas, había empezado la jornada en su despacho, revisando de forma casi automática los titulares de los principales periódicos y los últimos movimientos del foro antes de ponerse a trabajar.

Eran unos minutos que utilizaba como transición, mientras se tomaba un café de la máquina antes de incorporarse definitivamente al ritmo habitual.

Aquel día, sin embargo, el foro presentaba una actividad inusual.

Varios mensajes seguidos, todos ellos marcados por la consternación y la incredulidad, reaccionaban a uno que Javier acababa de publicar pocos minutos antes:

«Nadir ha muerto.»

Mario abrió los ojos de par en par para volver a leer la frase.

Durante unos segundos no hizo nada. Eran solo tres palabras, pero tardó en asimilarlas como algo real.

La idea no solo le resultaba absurda en sí misma, sino también fuera de lugar, como si perteneciera a un ámbito que no guardara relación con el foro, ni con las conversaciones de los días anteriores, ni con el recuerdo que conservaba de alguien a quien, en realidad, nunca había conocido en persona.

Sobre todo, le era difícil asociar algo tan tajante con la imagen impersonal y ridícula de aquel dibujo de un jeque con turbante, el avatar que utilizaba desde el principio y que, a la postre, era la única imagen que tenía de él.

Solo entonces volvió a fijarse en el resto de los mensajes.

Javier explicaba que, al ver prolongarse la ausencia de Nadir, había intentado escribirle un correo privado para comprobar si todo iba bien.

La respuesta había llegado de inmediato: un mensaje automático indicando que la cuenta estaba desactivada por fallecimiento.

Después había tratado de llamarlo, pero el número ya no estaba operativo.

También había buscado su rastro en las redes sociales.

Los perfiles habían sido eliminados o aparecían sustituidos por un escueto aviso que confirmaba su muerte.

No había causa. No había contexto. Solo la noticia, cerrada en sí misma.

En el foro, las reacciones se sucedían con rapidez, mezclando incredulidad, desconcierto y esa torpeza inevitable de quien no sabe muy bien qué decir en una situación así.

Se puso de pie y dio unos pasos por la habitación, sin acabar de apartar del todo la vista de la pantalla. Tampoco encontraba una forma de intervenir que no sonara vacía ni repitiera exactamente lo mismo que estaban diciendo todos los demás.

Al final escribió algo breve, casi automático, tan carente de sentido como el resto de los mensajes que llenaban el hilo.

Lo envió sin releerlo y sin encontrar en ello ningún alivio.

El único que desentonó del coro fue Marc, que, como siempre, parecía querer buscar una explicación que se moviera fuera de lo estrictamente lógico.

—Marc: Esto no encaja con una simple desaparición. Cuando alguien se borra así de repente, sin rastro previo, suele haber algo más detrás .

Durante unos segundos no hubo respuesta. Todos conocían a Marc y, en este caso, nadie parecía interesado en profundizar en su razonamiento. Finalmente, fue Javier quien, quizás por simple cortesía, preguntó:

—Javier: ¿«Algo más» en qué sentido?

—LadyShadow: Por favor, Marc. No sé si es el momento de empezar con tus teorías.

—Victorio: ¿Pero alguien tiene alguna información más o estamos especulando?

—Marc: No es que esté especulando por gusto. Es que a mí todo esto me resulta muy extraño. No sé... tengo la sensación de que hay algo más.

—Javier: He vuelto a comprobarlo. No hay ningún dato adicional. Solo la noticia del fallecimiento. No hay circunstancias ni explicación alguna.

Tras aquellas palabras, el hilo quedó detenido durante unos minutos y sobre el foro pareció caer un velo de silencio.

Releyó todo lo escrito hasta ese momento, sin encontrar tampoco nada que añadir. No tenía ningún elemento de juicio para pensar en nada extraño. Y, sin embargo, la forma en que todo se cerraba —tan rápido, tan limpio, sin rastro de información— tampoco a él acababa de parecerle del todo natural.

Seguramente Marc estaba haciendo lo de siempre, buscando fantasmas donde no los había. Aun así, por segunda vez en poco tiempo, a Mario no le resultaba del todo fácil descartar lo que acababa de insinuar.