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A pesar de la desagradable sensación que le dejó la lectura del correo y de las preguntas que inevitablemente le suscitó, estaba decidido a que la semana siguiera discurriendo en el mismo clima en que se habían venido desarrollando los últimos días.
Había en él una voluntad clara de no permitir que aquel mensaje alterara, al menos de forma visible, esa estabilidad.
Por eso, ni siquiera se planteó llamarle para pedirle explicaciones sobre lo que había querido decir exactamente con todo aquello y, sobre todo, por qué había decidido plantearlo ahora de ese modo, cuando nadie le había dado vela en ese entierro.
Vdelacruz seguía sin hacer acto de presencia y, por fin, se encontraba con el estado de ánimo necesario para avanzar con el trabajo acumulado y comenzar a planificar el cada vez más próximo viaje a la nueva edición de la Feria Internacional de Montevideo.
Durante unos días, había conseguido dejar a un lado su tendencia habitual a preguntarse los porqués de todo lo que ocurría a su alrededor.
La complicidad recuperada con Elena contribuía en buena medida a ello.
Le resultaba más fácil centrarse en lo inmediato que detenerse a analizar las razones de un cambio que, pese a todo, seguía pareciéndole extraño por lo repentino.
Durante esa semana, su vida pareció estabilizarse y entrar en una fase distinta. Avanzó con cierta rapidez en la revisión del manuscrito que tenía atascado, y las reuniones agendadas con varios autores le resultaron más estimulantes de lo que había supuesto.
En cuanto al foro, mantenía su actividad de forma pausada pero constante.
Los temas se sucedían con cierta fluidez y LadyShadow volvía a dar muestras de su capacidad para concitar la atención a su alrededor.
Curiosamente, en los días siguientes solo hubo una ausencia notable entre los habituales: la de Nadir, que desde ese inopinado correo no había vuelto a dar señales de vida.
Pero, si LadyShadow volvía a ser la de siempre en el foro, no parecía ocurrir lo mismo con Adela fuera de él.
De hecho, no había vuelto a hablar con ella desde aquel último correo, tan escueto como extraño, que le había enviado.
Durante unos días había pensado en retomar el contacto, quizás escribiéndole o, mejor aún, llamándola —más por curiosidad que por otra cosa—, pero los días habían ido pasando sin que acabara de hacerlo.
Aquella tarde, sin un motivo claro, marcó su número.
—¿Sí?
—Hola, Adela. Soy Mario .
—Sí, ya sé quién eres, lo veo en la pantalla —respondió ella, con una leve inflexión de voz que no dejaba claro si era ironía o simple constatación—. Qué sorpresa. No esperaba que llamaras.
—¿No? ¿Por qué? —preguntó Mario, tras una breve pausa.
—No lo sé. Intuición, supongo.
—Te llamaba por tu último correo. Me dejó un poco… no sé. No acabé de entender muy bien a qué te referías.
—No tenías mucho que entender. Solo era un comentario.
—Ya, pero… esa sugerencia de que quizá en el foro hubiera escrito algo que pudiera hacerte cambiar tu opinión sobre mí...
—Bueno… era una forma de hablar. ¿Qué pasa? ¿Revisaste lo que habías escrito?
—No especialmente —mintió Mario.
—Hiciste bien. Aunque, no te creas, a veces resulta interesante ver cómo cambian las cosas con el tiempo.
—¿Cambian las cosas… o simplemente las vemos de otra manera?
—Supongo que es lo mismo. O casi.
—En fin… —dijo Mario, pasándose la mano por la frente—. Me sorprendió un poco el mensaje. Me dio la sensación de que había algo más detrás .
—A veces lo hay. Y otras veces no.
—¿Y en este caso?
—No todo tiene que tener un significado especial, Mario.
—Ya… —asintió él.
—Además, tampoco creo que sea buena idea dar demasiadas vueltas a ciertas cosas.
—Puede ser.
—Veo que has vuelto a entrar en el foro —comentó Adela, cambiando de tema—. Últimamente habías estado algo ausente.
—En realidad no. Seguía leyendo con interés vuestros comentarios, pero no sabía muy bien qué escribir. Ahora sí, he vuelto a cogerle el gustillo.
—Me alegro.
Hablaron unos minutos más, sin tensión evidente pero tampoco de forma especialmente relajada, sobre asuntos sin importancia.
Al despedirse, tuvo la impresión de que, pese a mostrarse bastante más cercana que en su último mensaje, Adela sonaba más apagada que la vez anterior que habían hablado por teléfono, aunque no sabría decir si era algo real o simplemente imaginaciones suyas.
En todo caso, echó en falta la iniciativa de sus correos iniciales, cuando se presentó ante él al margen del foro.
De aquella supuesta condena de la que le hablaba entonces no parecía quedar ya gran cosa.
Todo había derivado hacia un tono correcto, algo distante, como si la conversación hubiera pasado a ocupar un lugar más previsible y, en todo caso, mucho menos estimulante.
Le llamó la atención, de nuevo, la referencia a que las cosas pudieran verse de otra manera con el tiempo. Nadir ya había insistido en esa misma idea, y la repetición empezaba ya a resultarle más que cargante.
Sea como fuere, había algo en Adela que había cambiado... y no tenía claro si eso era, en el fondo, un alivio.
Aquella tarde Elena no tenía turno en el hospital y andaba entretenida arreglando unas plantas en el jardín. Al terminar la llamada, bajó a reunirse con ella y, sin pensarlo demasiado, le propuso retomar una de sus viejas costumbres: ir al cine entre semana.
Durante años habían mantenido ese hábito de intercalar alguna salida entre semana, normalmente los martes o los miércoles.
No era tanto un plan como una manera de cortar la semana, de introducir una pequeña discontinuidad en la rutina que les permitiera llegar al viernes con menos cansancio acumulado.
Siempre que podían, evitaban el multicine del centro comercial y preferían acercarse a Madrid, a su zona habitual de cines, donde todo parecía más estimulante.
No era extraño que después de la película cenaran en algún restaurante de la zona, sin prisa, prolongando así ese paréntesis de ocio en mitad de la semana.
Esa noche, tras unos minutos revisando la cartelera, eligieron una película francesa.
Era una de esas comedias ligeras que, sin ser especialmente memorables, solían dejarles un buen sabor de boca.
A la salida, a propuesta de Elena, se dirigieron a un pequeño restaurante que habían abierto recientemente en el paseo del Pintor Rosales.
Aunque la oscuridad que lo rodeaba imponía siempre una cierta prudencia, el Templo de Debod, iluminado a lo lejos, seguía ejerciendo esa mezcla de atracción y misterio que lo convertía en un punto inevitable del paisaje nocturno de la zona.
Al pasar cerca, se quedó un instante mirando en dirección al monumento. Pensó en desviarse, en hacer el pequeño rodeo de otras épocas, cuando la falta de luz se convertía en aliada, pero siguió caminando sin decir nada, dejándolo atrás mientras se dirigían directamente al restaurante.
El local tenía una iluminación cálida, íntima, con mesas suficientemente separadas como para que las conversaciones no se mezclaran.
Aun así, no pudo evitar la sensación de estar en uno de esos restaurantes más pendientes de la decoración y de la puesta en escena que de lo que finalmente llegaba al plato.
Desde su mesa se veía, a través del ventanal, la silueta oscura del parque del Oeste.
La carta, con una oferta bastante limitada y precios un tanto hinchados, parecía confirmar su primera impresión. Pidieron sin detenerse demasiado en ella. El camarero se retiró y, durante unos segundos, quedaron en silencio.
—Te has quedado muy callado. ¿Te preocupa algo? —preguntó Elena .
—No… nada. Estaba pensando en la película.
Elena lo miró sin insistir.
—¿Y?
—La verdad es que ha sido un poco aburrida, ¿no te parece?
—Sí. No ha sido de las mejores, desde luego —dijo ella, deteniéndose un instante antes de añadir—. ¿Solo eso?
—No, no me pasa nada, de verdad. Bueno… sí, pero es una tontería.
—Dime.
—Pues… que esta mañana he recibido un correo de Nadir, uno de los del foro.
La desagradable intromisión volvió a cruzársele por la cabeza y, quizá por primera vez en mucho tiempo, sintió que no quería dejar a Elena al margen de sus preocupaciones.
Aun así, se lo contó con cierta cautela, temiendo que reaccionara como otras veces ante cualquier mención de algo que tuviera que ver con el foro.
Pero esta vez la actitud de Elena fue diferente.
—¿Nadir? —preguntó simplemente—. ¿No lo conozco, verdad?
—No, qué va. De hecho, yo mismo tampoco le he visto nunca. Es más, aunque es una de las personas con las que más trato tengo dentro del foro, hasta hace unos días ni siquiera habíamos hablado por teléfono .
—¿Y qué decía?
—Pues no te creas que lo sé muy bien, pero me dejó… pensando.
—Eso no es necesariamente malo.
—Depende de lo que te haga pensar.
Elena lo miró un momento con mayor atención, como si intentara leer algo en su expresión.
—¿Y en qué te ha hecho pensar?
Mario dudó. Sabía lo que quería decir, pero no encontraba una forma sencilla de explicarlo.
—Pues… en si las cosas fueron como las recuerdo.
—¿Como las recuerdas o como las contaste?
Mario la miró, sin acabar de entender si la pregunta era retórica o no. No esperaba aquella precisión. Hasta ese momento, la conversación había discurrido por un terreno mucho más superficial, y aquella distinción encerraba exactamente la duda que llevaba días intentando apartar de su cabeza.
—¿Crees que hay mucha diferencia?
—Normalmente sí. Uno suele reelaborar lo que ocurre hasta convertirlo en algo que tenga sentido para uno mismo.
—No, pero yo no me refiero exactamente a esa diferencia. Hablo de lo que uno mismo cree haber vivido .
—En ese caso, sí creo que la frontera entre una cosa y otra puede ser mucho más frágil de lo que nos pensamos.
—¿Ah, sí?
—No es que lo crea. Es que lo veo.
El camarero llegó con el vino. Sirvió ambas copas y se retiró. Mario hizo girar la copa entre los dedos sin llegar a probarla.
—El problema —continuó Elena— no es que las cosas cambien. Es que uno siempre acaba quedándose con la versión que mejor soporta.
—No sé si eso es algo que se decida así, de forma tan clara.
—No digo que se decida. Digo que pasa.
Mario no acababa de entender porque la conversación estaba tomando esos derroteros. Miró hacia el exterior. La oscuridad del parque seguía allí, fija, indiferente.
—No sé… cuando releo cosas que escribí hace tiempo en el foro, hay ocasiones en que ahora me parece que no encajan con lo que recuerdo.
Elena no pareció sorprendida.
—¿Del foro o de ti?
—Del foro.
—¿Y no puede ser que el foro no sea el problema?
—¿Qué quieres decir ?
—Que quizá el problema no es lo que ves allí, sino la posición desde la que lo miras ahora.
—Eso suena a que todo es interpretable.
—Seguramente lo es.
—Uhhh… No todo.
—Casi todo —corrigió ella, sin énfasis.
El camarero volvió a acercarse con los primeros platos y los dejó sobre la mesa, interrumpiendo la conversación. Cuando quedaron solos otra vez, Mario la retomó.
—No sé. En todo caso, hubo una época… en la que escribí cosas allí y ahora, al releerlas, me resultan extrañas.
—¿Extrañas cómo?
—Como si las hubiera escrito otra persona.
—Bueno, supongo que eso le pasa a mucha gente con lo que escribe —dijo finalmente.
—No es eso.
—¿Entonces qué es?
Mario pareció buscar las palabras.
—Es el tono. La intención. Incluso la forma de pensar.
Elena bajó la mirada hacia el plato sin tocarlo aún.
—¿Y si entonces estabas pensando cosas que no querías reconocer ?
La frase no era agresiva. Pero tampoco era inocente.
—No me refiero a eso.
—¿A qué te refieres, entonces?
—A que hay cosas que parecen distintas con el tiempo, aunque sigan siendo las mismas.
Elena asintió lentamente.
—Eso sí es posible.
—¿Y no te parece extraño?
—Me parece humano.
El vino seguía intacto en los vasos. Elena, por fin, se dispuso a probar el plato.
—Lo que te está pasando —dijo ella, tras degustar el primer bocado— es que estás intentando que todo encaje en una sola explicación y que no tenga consecuencias.
—¿Y a qué consecuencias te refieres? —preguntó él, sorprendido por el diagnóstico.
—No sé. A veces hacer que algo encaje también tiene un precio.
Mario bajó la mirada hacia la mesa, desconcertado por el rumbo que Elena había dado a la conversación.
—No sé hacia dónde quieres ir, Elena… antes no eras así.
Elena lo miró.
—¿Cómo era ?
—No sé. Para empezar, más directa.
Elena dejó el cubierto sobre el plato.
—Quizá antes no necesitabas que fuera así.
Elena continuó con el plato un instante después, como si no hubiera dicho nada que requiriera respuesta, y la frase quedó suspendida sin que él supiera si era una acusación, una observación o ninguna de las dos cosas.
Cuando salieron a la calle, ella le cogió del brazo, recostando la cabeza ligeramente en su hombro. Caminaron así un instante, sin hablar. La silueta del Templo de Debod seguía ahí, como si no tuviera nada que ver con ellos.