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La incomodidad de las sábanas aún húmedas le sacó de su ensimismamiento. Ni siquiera se habían secado tras salir de la ducha, y después de aquel inesperado arranque de pasión habían permanecido un buen rato abrazados, con el sudor pegado todavía a la piel.
Miró el despertador de la mesilla y vio que eran más de las doce. Se incorporó y salió de la habitación. Cruzó el pasillo y se dirigió a la suya, todavía con la sensación de estar ligeramente fuera de sitio.
Se vistió sin prisa, con un pantalón corto y una camiseta.
Bajó a la cocina y encendió la luz de la campana extractora —la luz fluorescente del techo siempre le resultaba demasiado agresiva—.
Abrió algunos armarios, sacó lo primero que encontró y empezó a preparar algo rápido para cenar, más por mantener un gesto de normalidad que por que tuviera verdadera hambre.
Mientras trabajaba en ello, se quedó unos instantes inmóvil, con el cuchillo en la mano, sin terminar de cortar lo que tenía delante.
No era ningún pensamiento concreto, sino una acumulación difusa de sensaciones: la forma en que todo había cambiado de tono sin que existiera una transición clara, la actitud de Elena, la ausencia total de fricción donde él habría esperado algún tipo de reproche o malestar.
No terminaba de asimilarlo del todo.
El sonido de pasos en la escalera lo sacó de ese estado.
Elena bajaba.
Llevaba esa bata de gasa casi transparente que no recordaba habérsela visto puesta en años. Y lo hacía con tal mezcla de naturalidad y cuidado que resultaba difícil saber si era simple comodidad o una elección consciente. No dijo nada al entrar en la cocina.
Se quedó un instante mirándolo, como si evaluara la escena desde un lugar ajeno, sin necesidad de intervenir en ella, y después se acercó a la encimera.
Sin mediar palabra, le besó.
Fue un beso breve, pero suficiente para apaciguar cualquier duda. Después empezó a ayudarle.
Durante unos minutos trabajaron en silencio.
Esta vez no había tensión entre ellos, aunque tampoco podía decirse que el silencio fuera del todo neutro.
Luego comenzaron a hablar de cosas cotidianas, sin importancia, como si existiera una regla tácita que les empujara a no detenerse demasiado en nada concreto que pudiera resultar problemático.
La siguió observando con una mezcla de curiosidad e incredulidad. Desde que había llegado, había algo en ella que no se correspondía del todo con la tensión acumulada el día anterior. Pareciera haber decidido, de forma no explícita, recolocar la forma en que se situaba frente a él.
Él dejó el cubierto sobre el plato.
—Por cierto —dijo—. ¿Qué era lo que querías decirme?
Elena levantó la vista despacio. Su expresión era distinta a la habitual, más jovial, incluso despreocupada. Era evidente que la pregunta no tenía la misma trascendencia que habría tenido el día anterior, ni siquiera unas horas antes.
—Nada importante —dijo al fin—. Solo que hoy me siento contenta.
No añadió nada más, volviendo a la comida con naturalidad, como si la frase no mereciera más comentarios.
Mario no respondió. Se quedó mirándola, sin poder evitar un punto de asombro y sin saber muy bien qué hacer ante aquella calma repentina. No sabía cómo relacionar esa actitud con lo que habían sido los últimos años, ni mucho menos con la conversación del día anterior. Pero no dijo nada.
La tregua, inesperada, tuvo continuidad en los días siguientes.
Y no solo en casa. Poco a poco, empezó a tener la impresión de que aquella extraña acumulación de tensiones que había marcado las últimas fechas comenzaba a remitir también en otros frentes, como si el mundo hubiera decidido recuperar una forma más reconocible .
Hasta el foro pareció retornar a su ritmo habitual, sin tensiones aparentes.
Incluso volvieron a dejarse ver ocasionalmente algunos de los miembros menos activos, como Antonio, un pianista de San Sebastián, que solo intervenía cuando la conversación derivaba hacia cuestiones estrictamente musicales.
Tampoco Alex ni Sofía parecieron volver a verse afectados por las intromisiones de vdelacruz, que parecía haber desaparecido también de su vida tras el último intercambio de correos.
Adela, por su parte, parecía situarse ahora en un tono intermedio, entre el voluntarioso intrusismo de sus primeros mensajes y aquel último, que parecía contradecir todo lo anterior.
Los días fueron transcurriendo sin sobresaltos. Los hábitos de siempre reaparecieron de forma natural, aunque, por alguna razón, Mario ya no los percibiera con la misma carga de rutina. Algo había cambiado.
Con todo, era evidente que la transformación más notoria era la de Elena, que, lejos de ser progresiva, se había producido de manera súbita.
Los reproches, los silencios y la distancia habían dado paso a una cercanía sostenida, sin demanda de explicaciones ni referencias al pasado reciente.
Sonrisas, gestos compartidos y una complicidad que Mario reconocía, pero que le costaba aceptar ahora con naturalidad.
Pese a ello, tampoco hizo nada por rechazarla.
Incluso habían vuelto a dormir juntos .
Y, por primera vez en mucho tiempo, le pareció que todo volvía a encajar. Que el mundo recuperaba, poco a poco, un orden que ya creía perdido.
Durante algunos días llegó a creer que aquella sensación tendría continuidad. Que, después de los últimos vaivenes, las cosas empezaban por fin a asentarse en una especie de equilibrio, pero… se equivocaba.
Una noche, mientras Elena ya se había retirado a la habitación para leer antes de dormir, decidió dedicar unos minutos a revisar el correo de trabajo acumulado durante la tarde. Había un par de asuntos que prefería dejar resueltos antes de acostarse. Subió al despacho y encendió el ordenador.
Apenas se había puesto manos a la obra cuando apareció un nuevo correo en la bandeja de entrada. Esta vez era de Nadir.
« Hola Mario,
He estado un par de días algo desconectado del foro. No ha sido por nada concreto, no te preocupes. Lo que pasa es que me quedé dando vueltas a la conversación que tuvimos el otro día por teléfono y acabé relacionándola con algo que se comentó después en el foro.
No sé si leíste una intervención de Marc. Dijo algo así como que las cosas parecen más extremas cuando encajan con lo que ya estamos esperando. Yo respondí que hay historias que, de tanto repetirse, terminan dejando fuera todo aquello que no encaja en ellas .
Mario se acordaba perfectamente de aquello. Ya entonces tuvo que releer aquellas intervenciones un par de veces sin llegar a entender del todo su significado ni por qué le habían dejado una sensación tan extraña. Siguió leyendo:
Después de aquello me acordé de la época en que me incorporé al foro. Entonces hablabas a menudo de lo que había supuesto para ti aquel viaje a Montevideo y de todo lo que te preocupaba por entonces. Por supuesto, yo no conocía los hechos y solo tenía la forma en que tú los ibas narrando.
Con el tiempo empecé a tener la impresión de que, a medida que ibas contando más y más cosas, todo parecía conducir siempre hacia una misma dirección, con una coherencia que, en mi opinión, resultaba casi excesiva.
Supongo que es algo que hacemos todos. Cuando una experiencia nos afecta de verdad, intentamos darle sentido.
Construimos una explicación que nos permita entenderla y convivir con ella.
El problema es que, después de un tiempo, resulta difícil distinguir entre lo que ocurrió realmente y la forma en que hemos aprendido a recordarlo.
Quizá por eso, cuando hablamos el otro día, por primera vez me pregunté si aquella versión, la tuya, era realmente la única posible.
O incluso si era la correcta.
No hablo de mentiras, Mario, pero creo que hay cosas que terminan cambiando cuando se recuerdan demasiadas veces. Y algunas cambian precisamente porque necesitamos que lo hagan.
No te escribo para reabrir nada. Tampoco creo que discutir sobre ello sirviera de mucho.
Perdona si te he molestado con todo esto, pero sentía que tenía que decírtelo.
Nadir. »
El mensaje suponía un golpe directo a su recién recuperada estabilidad. No acababa de entender el significado último de algunas frases, pero tenía claro por dónde iba Nadir. Y, desde luego, era algo que le molestaba. Le molestaba profundamente.
Nadir había sido siempre, dentro del foro, una presencia razonable, prudente, de las que intervenían sin levantar el tono y con cierta habilidad para apagar tensiones cuando las conversaciones se complicaban.
Precisamente por eso le resultaba difícil entender el giro que parecía haber dado en los últimos tiempos y, en particular en este mensaje, esa forma de situarse ahora en un plano que, a su juicio, no le correspondía en absoluto.
Por lo pronto, le desagradaba que volviera a incidir en cuestiones sobre las que él mismo ya había empezado, muy a su pesar, a hacerse algunas preguntas.
Pero, sobre todo, lo que más le irritaba era esa insistencia, esa voluntad de empujarlo una y otra vez hacia el mismo lugar, como si hubiera asumido una posición desde la que se creyera con derecho a cuestionar su manera de entender lo ocurrido.
Para Mario, con ello, Nadir había cruzado una línea roja que jamás tendría que haber cruzado.