El otro relato 21
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La posibilidad de que algunas cosas hubieran tenido para Vera un significado distinto del que él les había dado seguía rondándole la cabeza.

Podía aceptar que algunos gestos, algunas conversaciones o determinados silencios hubieran sido entendidos por él de una forma diferente a como los habría interpretado ella. Pero no todo.

Había episodios que, sencillamente, le parecían inmunes a cualquier reinterpretación.

Precisamente por eso no conseguía apartar de la cabeza la referencia concreta que vdelacruz había hecho a aquellas ocasiones en que se había ofrecido a acercarla a casa después del trabajo.

Le desconcertaba que hubiera elegido precisamente aquel episodio para presentarlo como una muestra de una conducta reprochable.

Para él, no había habido en aquellos trayectos nada que pudiera justificar una interpretación semejante.

Y, sin embargo, los había convertido en una prueba contra él.

Nunca había sido una persona especialmente inclinada a volver sobre el pasado, y siempre le había parecido más útil seguir adelante que detenerse a revisar una y otra vez lo ya vivido.

Quizá por eso le resultaba tan extraño verse haciendo precisamente aquello a lo que, de algún modo, parecían estar empujándolo .

Era consciente de que, en aquella época, había convertido el foro casi en una prolongación de su propia memoria.

Escribía allí sobre escenas cotidianas, pensamientos, conversaciones y hasta detalles que, vistos desde el presente, difícilmente habrían merecido tanta atención.

Por eso quiso comprobar si había dejado constancia de aquellos trayectos con Vera y, en tal caso, qué había escrito entonces sobre ellos.

Quizá releer sus propias palabras le permitiera descubrir algo que justificara, siquiera parcialmente, la importancia que parecía otorgarle vdelacruz.

Así pues, volvió a entrar en el foro. Abrió el navegador y comenzó a escribir la dirección, que se completó automáticamente. La página cargó casi antes de que terminara de pulsar la última tecla.

Pero, antes de llegar al histórico, algo llamó su atención: había dos mensajes nuevos.

—Victorio: Lleva tres días lloviendo sin parar en Buenos Aires. De ese tipo de lluvia que no molesta al principio, pero que te va apagando un poco sin darte cuenta. Yo soy muy susceptible a eso. Los días grises me deprimen. Me tienen totalmente hundido.

—Javier: Pues aquí en Madrid es lo contrario. No cae una gota desde hace meses. Esto parece ya la superficie de Marte y, con el asfalto a cuarenta grados, es inaguantable. No hay quien duerma.

Mario sonrió. El diálogo le pareció una de esas conversaciones de circunstancias en las que la gente habla del tiempo a falta de otro tema más interesante. Estuvo a punto de escribir una mínima broma cuando apareció un nuevo mensaje.

—LadyShadow: Es curioso cómo el clima te cambia el estado de ánimo sin pedir permiso. Ya veo que la lluvia no solo me afecta a mí. Hay lugares donde el agua, incluso, parece tener otra lógica… más inevitable.

—Marc: No sé si es el clima o la forma en que lo interpretamos. A veces todo parece más extremo cuando encaja con lo que ya estamos esperando.

El foro parecía tener vida propia. Mario observaba la pantalla, con los dedos apoyados en las teclas, sin decidirse del todo a intervenir, mientras se sucedían los mensajes.

No era habitual, pero había ocasiones en que varios parecían haberse puesto de acuerdo para entrar casi al mismo tiempo.

En esta ocasión fue Nadir quien intervino:

—Nadir: A veces no sé si es interpretación o simple repetición. Lo curioso es que, cuando una versión se repite lo suficiente, ya nadie recuerda qué cosas quedaron fuera.

Leyó los últimos mensajes dos veces. No entendía la deriva de la conversación, o al menos no entendía por qué estaba adquiriendo ese tono ni a qué se querían referir exactamente. En Marc era algo que resultaba habitual, pero le sorprendía encontrar el mismo registro en Nadir y LadyShadow .

Pasaron un par de minutos sin respuesta. Entonces fue Javier quien rompió el hilo otra vez, en un intento claro de normalizarlo, retomando el comodín del tiempo:

—Javier: Bueno, coincidencias o no, yo no me quejaría de un poco de lluvia. Aunque fuera de las fuertes. De esas que te obligan a quedarte en casa sin hacer nada.

LadyShadow añadió, casi sin transición:

—LadyShadow: Depende del lugar. Hay sitios donde la lluvia no es solo agua. Fíjate en esos países del sudeste asiático, con esas lluvias torrenciales que dejan cientos de muertos.

Mario sintió un leve escalofrío. O estaba comenzando a parecerse a Marc en sus obsesiones paranoicas, o aquello no podía ser, bajo ningún concepto, otra coincidencia más.

Siguió con los dedos apoyados en el teclado. Había escrito algo y lo había borrado. No acababa de decidirse a intervenir. Tenía la sensación de estar entrando en una conversación que avanzaba sin él, pero en la que, de algún modo, algunos de los mensajes parecían estar pensados para él.

Entonces intervino Javier:

—Javier: Bueno, gente, tengo que dejaros que me reclaman cosas. Luego sigo leyendo lo que habéis puesto, si tengo un momento.

El hilo quedó en silencio.

Permaneció un momento más frente a la pantalla, expectante, pero la despedida de Javier pareció dar por cerrada la sesión.

Nadie volvió a escribir nada. Se quedó con esa extraña sensación de estar observando sin intervenir, como el Diablo Cojuelo, asomándose a vidas ajenas sin llegar a entrar en ellas. ¿O acaso el observado era él?

Tras unos minutos, cerró el hilo y retomó la búsqueda que se había propuesto. No fue especialmente rápida, pero tampoco le llevó demasiado tiempo dar con lo que estaba buscando.

Localizó por fin uno de los mensajes de entonces que se refería a uno de aquellos trayectos con Vera al salir del trabajo.

Lo que no esperaba era descubrir que había dedicado a eso un texto tan largo.

Se quedó unos instantes frente a la pantalla, sorprendido por el hallazgo.

En aquella época solía aprovechar algunas de sus intervenciones en el foro para dar rienda suelta a sus frustradas veleidades literarias, convirtiendo escenas cotidianas o pensamientos personales en pequeños ejercicios narrativos que, en las raras ocasiones en que volvía sobre ellos, le causaban cierto rubor.

Este, si duda, debió ser uno de esos casos.

Desplazó el cursor hasta el principio del mensaje y comenzó a leer.

«¿Se puede disociar el lenguaje del pensamiento? ¿Se puede estar hablando sobre un tema mientras se piensa en otro distinto?

Un breve trayecto en coche me basta para comprobar dicha posibilidad y la respuesta es: sí, sin paliativos.

Como si dos operarios manipularan cada uno de mis hemisferios de forma separada, ambos discursos llevan caminos divergentes que, solo en circunstancias ocasionales, se cruzan para contradecirse o potenciarse.

Entre medias. Entre el pensamiento y el lenguaje, mi demonio y mi ángel mantienen una discusión elevada de tono sobre la mayor o menor conveniencia de priorizar a uno u otro.

Mi demonio, que juega apostando por llevar a la práctica lo que se piensa (y se desea), no para de decirle a mi ángel que mantenga la boca callada, que deje de hablar de banalidades, y que actúe.

Mi ángel, por el contrario, argumenta que más vale seguir hablando de cualquier cosa que arrepentirse por haber dado curso a determinados pensamientos y deseos.

Afortunadamente, el llevar las manos sujetas al volante y la palanca de cambio hace que el resultado de ese debate sea estéril. En este caso, la obligación se impone.

Dios mío, qué mala es la tentación. La de ese demonio que me mal aconseja, diciéndome que dé curso a lo que me gustaría hacer. Aunque yo creo que no todo se debe a la injerencia de ese benefactor ángel, sino a la imposibilidad manifiesta, a la falta de capacidad.

En cualquier caso, no sé de qué me arrepentiré más, si de no haber hecho caso a mi demonio o de no haber encontrado el valor para decir lo que realmente pensaba.»

Mario no recordaba en absoluto haber escrito aquello.

Sin embargo, bajo todo aquel juego de ángeles, demonios y pensamientos enfrentados, la situación que describía resultaba inequívoca.

Lo era por mucho que entonces hubiera optado por envolverla en ese lenguaje barroco que ahora le parecía casi ridículo.

En su recuerdo, aquello había sido algo mucho más simple, casi funcional: aprovechar unos minutos, prolongar una conversación, poco más.

Pero lo que aparecía allí narrado era otra cosa muy distinta.

No era una cuestión de simple matiz. Incluso camuflado bajo aquella disertación, el texto recogía algo mucho más explícito. Demasiado explícito.

Ambas versiones divergían con claridad, aunque no estaba seguro de cuándo había empezado a fijar una de ellas como la correcta. Y, sin embargo, no había duda de que aquello lo había escrito él, aunque ahora le resultara extraño.

Revisó algunos mensajes más de aquella misma época.

Intervenciones breves, comentarios dispersos, respuestas a hilos que ni siquiera recordaba haber seguido.

Pero no encontró nada que completara lo que acababa de descubrir.

Ninguna referencia posterior, ningún comentario sobre aquel texto.

Le sorprendió, sobre todo, la ausencia de reacción de los demás, como si aquellas palabras hubieran pasado por el foro sin dejar ninguna huella.

Aunque quizá no fuera eso. Quizá simplemente nadie había sabido muy bien qué responder ante algo así. Finalmente cerró el foro.

Dejó pasar el resto de la tarde sin centrarse demasiado en nada. Leyó algunas páginas del libro que estaba revisando, respondió algunos correos e intentó mantener a distancia al foro, a Vera, a Adela y a todo lo demás.

Tenía por lo menos diez discos comprados en los últimos meses a los que apenas había prestado atención. Decidió dedicarles por fin algo de tiempo y repasar algunas de aquellas novedades. Al fin y al cabo, la música siempre le había servido para evadirse de todo lo demás.

Lo consiguió solo a medias. En más de una ocasión se dio cuenta de que había perdido el hilo de lo que estaba escuchando y de que su atención derivaba hacia pensamientos ajenos a la música. Al final, cuando apenas había terminado el primer disco, optó por apagar el equipo.

Poco después, el ruido del portón del garaje al abrirse le hizo darse cuenta de que Elena había llegado.

No se movió de inmediato. Siguió un instante tumbado en el sofá, como si el significado de ese sonido no terminara de relacionarlo con el estado mental en el que había pasado buena parte de la tarde.

Solo se incorporó cuando escuchó la puerta de la entrada, los pasos en el recibidor y el sonido de las llaves al caer sobre el mueble.

Elena apareció en el salón con varias bolsas que dejó despacio en el suelo para quitarse el bolso, que colgó en el respaldo de una silla.

—He pasado por el centro comercial —dijo sin apenas dirigirle la mirada.

Mario asintió sin preguntar nada.

Elena volvió a coger las bolsas para llevarlas a la cocina. Mientras lo hacía, se volvió hacia él.

—Has estado aquí todo el día —dijo.

No era una pregunta, pero tampoco sonaba a reproche.

—Sí. Tengo mucho trabajo acumulado y he preferido quedarme aquí para que me cundiera más —mintió Mario.

Elena asintió de nuevo, como si esas palabras encajaran con alguna idea previa.

—Voy a darme una ducha y a cambiarme —dijo, mientras subía la escalera.

Ya casi desapareciendo, añadió:

—Luego hablamos.

Esta vez, no se quedó esperando en el salón. Se levantó poco después de oír cómo el agua empezaba a caer en el baño de arriba y subió al dormitorio sin una intención clara .

La puerta del baño estaba entreabierta. El sonido de la ducha llenaba el ambiente, y un ligero vapor empezaba a empañar el espejo.

Elena estaba dentro, detrás de la mampara. No parecía haber reparado en su presencia o, si lo había hecho, no le daba importancia.

Se quedó un instante quieto, sin atreverse del todo a entrar.

—¿Vas a quedarte ahí? —dijo ella, sin volverse.

Tampoco ahora había reproche en la voz, solo una constatación.

Empujó la puerta.

Elena abrió la mampara lo justo para mirarlo. El agua seguía cayendo por su cuerpo.

No parecía incómoda. Tampoco sorprendida.

—Ven —dijo.

Mario dudó apenas un segundo, antes de entrar. Le sorprendía la naturalidad con que Elena había reaccionado, como si aquel gesto no rompiera ninguna distancia previa, como si entre ambos siguiera existiendo una confianza que a él ya le costaba dar por descontada.

No pensó en la conversación del día anterior, ni en la carta, ni en el tono de la última discusión. Solo en la presencia de Elena, en cómo el paso del tiempo no había borrado del todo ciertos rasgos que seguían ahí, reconocibles incluso en la rutina y en la distancia acumulada.

Seguía siendo atractiva. No como una idea del pasado, sino como algo que, en ese momento concreto, se imponía con una claridad incuestionable.

Ella no dijo nada más. Simplemente se apartó un poco, dejando espacio para que entrara, como si su presencia allí no necesitara explicación.