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No necesitaba comprobarlo otra vez, pero lo hizo.
La noticia seguía ahí, con la misma frialdad con la que la había encontrado aquella mañana: el nombre, la fotografía, los datos escuetos que no dejaban lugar a interpretaciones. Vera estaba muerta. No había margen para el error ni espacio para la duda. Era un hecho.
Y, precisamente por eso, todo lo demás resultaba aún más difícil de entender.
Porque alguien, desde hacía días, se estaba tomando la molestia de escribirle como si no lo estuviera. Y lo peor de todo no era que fingiera ser ella, sino que parecía querer imponer ahora una versión de los hechos, de todo lo que ocurrió, que no tenía nada que ver con la realidad.
¿Quién?
La pregunta no admitía una respuesta inmediata, pero las opciones tampoco parecían infinitas, y eso no le tranquilizaba en absoluto.
En el foro había hablado con frecuencia de todo lo que ocurrió.
Eso ya lo sabía, pero solo fue realmente consciente de hasta qué punto cuando, en los últimos días, volvió sobre aquellos mensajes.
Esas relecturas habían tenido algo de incursión en terreno ajeno, como si estuviera observando desde fuera a alguien en quien ya no terminaba de reconocerse del todo.
Y, precisamente por eso, el ejercicio también había resultado revelador.
Allí estaba todo: el viaje, la sensación de extrañeza al volver, el espacio creciente que Vera iba ocupando en su pensamiento. Incluso algunas de las situaciones que ahora reaparecían, deformadas, en los correos de vdelacruz.
Pero, pese a la mayor distancia con la que ahora leía aquellos mensajes, seguían reflejando, en lo esencial, cómo había vivido él todo aquello.
Aun asumiendo que quizá ningún relato constituye nunca una crónica totalmente objetiva de los hechos, aquel era un intento sincero de dar forma a una experiencia que, ya entonces, le había resultado difícil comprender.
Por eso, incluso aceptando ese margen de subjetividad, no podía entender cómo alguien podía llegar desde ahí a una lectura tan distinta, tan abiertamente hostil de lo ocurrido.
Y, además, ¿para qué?
La mayoría de los miembros del foro llevaban años compartiendo conversaciones, discusiones e incluso confidencias.
Eran, en su mayoría, gente con la que había construido una relación estable a lo largo de los años, donde las diferencias rara vez resultaban irreconciliables.
No tenía sentido pensar que alguno de ellos pudiera dedicar tiempo y esfuerzo a montar todo aquel teatro. No veía qué podía ganar con ello.
Marc, quizá, era el único que, en los últimos tiempos, había dejado entrever cierto cambio.
Una deriva extraña, cada vez más inclinada hacia interpretaciones forzadas y lecturas conspirativas ante cualquier asunto.
Pero incluso en su caso, la idea de que estuviera detrás de algo tan elaborado resultaba descabellada.
No le veía dedicando ese nivel de atención a algo que, en el fondo, no le concernía.
Nadir no llevaba tanto tiempo en el foro como la mayoría, pero había sabido integrarse, participar y ganarse la confianza de los demás.
Con él había mantenido en el último año y medio más contacto que con casi ninguno otro, incluso chateando o intercambiando correos fuera del foro.
Salvo por la extraña sensación que le había dejado aquella última conversación, no encontraba ningún motivo para asociarlo con algo así.
Adela sí era una incógnita mayor. Pero su irrupción había sido demasiado reciente como para encajar en una historia cuyo inicio se remontaba a casi dos años atrás.
Era cierto que había algo en su forma de escribir, en esa mezcla de cercanía y distancia, que nunca resultaba fácil de interpretar.
Pero, aun así, la idea de que estuviera jugando a dos bandas, manteniendo dos identidades en paralelo, le parecía excesiva, incluso como hipótesis.
No encontraba en ello un motivo claro ni una lógica que lo sostuviera.
Los demás le resultaban aún menos plausibles. Pero, si no era alguien del foro, ¿quién?
Sus relaciones en la editorial se circunscribían al ámbito estrictamente laboral.
Tras el traslado al chalet y el teletrabajo impuesto por la pandemia de 2020, el contacto con todos ellos se había enfriado aún más.
Ni siquiera la relativa vuelta a la normalidad sirvió para recuperar la costumbre de tomar ese vermut de los viernes, al terminar la semana, en algún bar cercano .
Pensó también en Elena. Pero ahí el razonamiento se desmoronaba casi de inmediato.
Ella sabía de la existencia de Vera, sí, pero solo como una compañera de trabajo más.
Estaba, claro, el asunto de la carta, aún latente entre ellos, pero incluso eso quedaba muy lejos de algo como aquello.
Aquí ya no se trataba de confianza, sino de naturaleza: simplemente, no iba con ella.
Era incapaz de imaginarse a Elena metida en semejante asunto.
El resto —sus amigos, sus hijos— encajaban aún menos en el perfil.
Los pocos amigos que mantenía, en su mayoría antiguos compañeros de la universidad, ni siquiera tenían conocimiento de todo aquello, y sus hijos, evidentemente, no jugaban ningún papel en esa historia, más allá de que Alex hubiera sido receptor de ese mensaje y de que, quizás, aquello que recibió Sofía pudiera guardar también relación con este asunto.
Y, sin embargo, alguien lo estaba haciendo.
Alguien que conocía detalles concretos, gestos menores, situaciones que ni siquiera él había llegado a integrar en una narración coherente, pero que ahora reaparecían con un sentido diferente. No como recuerdos compartidos, sino como algo más cercano a una acusación.
Volvió, casi sin querer, a releer los últimos correos de vdelacruz. Había en ellos referencias a episodios que él apenas recordaba como tales, pero que, formulados de aquella manera, parecían adquirir una importancia que nunca les había concedido.
La forma en que estaban planteados transformaba por completo su sentido, como si dejaran de ser simples gestos aislados para convertirse en parte de un comportamiento deliberado, cargado de una intención que él nunca había albergado.
Repasó las opciones una vez más y, cuanto más lo hacía, menos encontraba a alguien capaz de encajar en aquello.
Y entonces se le cruzó por la cabeza una posibilidad que rechazó de inmediato. La más absurda de todas: Vera. No tenía sentido. Vera estaba muerta. Y, sin embargo, durante unos segundos fue incapaz de apartar del todo aquella idea.
Intentó reducirla a eso: una asociación sin sentido, nacida del cansancio y la confusión. Aquellos mensajes, en sí mismos, desprendían una distancia, una manera de interpretar lo vivido que no podía proceder de ella. O, al menos, no de ella tal y como la recordaba.
Aunque, en el fondo, ese era el problema: ¿qué recordaba realmente de Vera?
Su relación con ella había descansado, en buena medida, en su propia interpretación de lo ocurrido. Quizá más en todo lo que había ido construyendo a su alrededor que en lo que ella había mostrado de forma explícita.
¿Y si él había rellenado silencios que en realidad no lo eran? ¿Y si había dado sentido a gestos que, vistos desde fuera, no significaban nada en particular? ¿Y si él había convertido su frialdad en timidez, su reserva en interés contenido, su ambigüedad en señales que solo existían en su cabeza?
Es verdad que con Vera siempre parecía haber algo que impedía que la confianza entre ambos terminara de consolidarse por completo.
Pero él nunca lo vivió como un rechazo. Al contrario.
Siempre pensó que aquella reserva era solo una barrera que acabaría cediendo con el tiempo.
En el fondo, todo lo que hacía —las conversaciones, los pequeños gestos, la atención que pudiera prestarle— perseguía precisamente eso: llegar algún día a esa relación abierta y sincera que siempre creyó intuir detrás de aquella actitud contenida.
Además, tampoco era siempre así. Volvió a recordar aquella mañana en que ella apareció en la puerta de su despacho completamente descompuesta.
Le habló de la enfermedad de su padre, del miedo que sentía, de la incertidumbre que la acompañaba desde hacía días.
Hubo momentos en los que creyó que iba a echarse a llorar.
¿Por qué había acudido precisamente a él para compartir algo tan íntimo?
Durante mucho tiempo pensó que aquella escena era la confirmación de que la confianza entre ambos iba creciendo, de que, poco a poco, empezaba a abrirle un espacio al que muy pocos tenían acceso.
Ahora, sin embargo, ya no estaba tan seguro de que aquella fuera la única explicación.
Quizá simplemente necesitaba desahogarse con alguien.
Quizá él había dado un significado especial a un gesto que nunca lo tuvo.
O quizá no. Lo inquietante era que, por primera vez, ya no conseguía distinguir una posibilidad de la otra.
Al pensar en todo ello, se sorprendió preguntándose qué sabía realmente de Vera.
La respuesta no era fácil. Si eliminaba las capas que él mismo, quizá de forma inconsciente, había ido añadiendo, apenas quedaban un puñado de datos biográficos, fragmentos de conversaciones y situaciones puntuales en la oficina o en los viajes de trabajo.
Una sucesión de momentos aislados que, a lo mejor, él había conectado como si formasen parte de una misma línea coherente, hasta construir una figura que quizá nunca había estado ahí… o quizá sí.
Y, si eso era así, la pregunta cambiaba de naturaleza: ¿cuánto de «su» Vera era Vera y cuánto era una versión elaborada por él?
La idea le produjo un profundo desasosiego.
Porque, en ese caso, el problema dejaba de ser únicamente quién estaba detrás de vdelacruz.
También empezaba a serlo la confianza que siempre había depositado en su propia manera de entender lo ocurrido.
Quizá no existiera una única explicación capaz de imponerse a las demás.
Quizá solo hubiera distintas interpretaciones de unos mismos hechos.