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No lo abrió de inmediato.
Era el primero que recibía desde que había sabido que Vera estaba muerta.
Hasta entonces siempre había dado por hecho que quien se ocultaba tras vdelacruz no podía ser ella.
Ahora, sin embargo, aquella intuición había dejado de ser una simple deducción para convertirse en un hecho incontestable.
Quien le escribía estaba utilizando la identidad de una mujer que había muerto meses atrás.
Finalmente lo abrió. Esta vez se trataba de un correo más breve que los anteriores:
« Veo que no te has dignado contestar.
No sé por qué sigues empeñado en negar lo que no entiendes. Pero está bien. Si necesitas una versión cómoda de la historia, aférrate a ella.
Lo importante no es lo que crees que ha terminado, sino lo que nunca supiste ver.»
Leyó el mensaje con cierta fatiga. En esta ocasión no había amenazas ni reproches directos, pero, tras estas obtusas palabras, volvía a insinuarse que seguía sin comprender algo esencial.
Y eso era, precisamente, lo que empezaba a irritarlo.
Después de la conversación con Nadir, del mensaje de Adela y del tiempo que había pasado revisando el foro, él mismo había llegado a preguntarse si habría algo que entonces no supo entender.
Pero aquella continua apelación a una verdad que nadie terminaba de explicarle empezaba a resultarle exasperante.
Respondió sin detenerse demasiado a pensarlo:
« Mira, no sé quién eres, pero esto ha terminado.
Ahora sé que Vera murió hace unos meses. No sé qué pretendes haciéndote pasar por ella, pero sea lo que sea, por mi parte se ha acabado.
Déjanos en paz de una vez, a mí y a mi familia.»
Envió el mensaje.
Durante unos minutos no ocurrió nada. Luego llegó la respuesta.
« Es curioso que te acuerdes ahora de tu familia.
Y no, lo siento, pero no ha terminado nada. Ni para ti ni para mí. No hasta que admitas lo que realmente ocurrió.
No te será fácil alejarme de tu vida, igual que a mí me resultó casi imposible alejarte de la mía.»
Mario negó con la cabeza. Empezaba a estar más que harto de aquella manera de retorcerlo todo, de convertir cualquier respuesta suya en una prueba más de que seguía sin comprender lo ocurrido.
Escribió:
« Te vuelvo a repetir que no sé quién eres ni qué estás intentando, pero esto se ha acabado .
Vera está muerta. Y, aunque no lo estuviera, tampoco creo que tuviera nada que reprocharme. Lo siento, pero no voy a seguir con este juego. »
Lo envió y se quedó a la espera, consciente de que, pese a su intención de dar por zanjado el asunto, la respuesta no tardaría en llegar.
Pero se equivocó. Hubo de pasar un buen rato antes de recibirla. Cuando la abrió, comprobó que no se trataba de una réplica breve como las anteriores, sino de un correo que no cabía entero en la pantalla.
« Sigues repitiendo lo mismo como si eso cerrara algo. Como si pudieras borrar lo demás. Y claro que tienes cosas que reprocharte: ¿qué hay, por ejemplo, de las veces que insististe en acercarme a casa en coche al salir del trabajo, incluso cuando yo te decía que no era necesario?
No era cortesía, Mario. Era insistencia.
Por supuesto que recordaba aquellas veces. En alguna ocasión se había ofrecido a acercarla a casa después del trabajo. Le había parecido una forma sencilla e inofensiva de alargar unos minutos su compañía. Nunca se le ocurrió que aquello pudiera interpretarse de otro modo.
Pero el mensaje lo convertía en otra cosa. Ya no era un gesto sin importancia, sino la prueba de una conducta que él no reconocía como propia.
Siguió leyendo.
Siempre te resultaba fácil provocar situaciones incómodas como si no fueran contigo. Como si pudieras quedarte al margen de lo que hacías .
Y aun así, te empeñabas en no ver nada raro en ello. Como si yo tuviera que aceptar y adaptarme sin decir nada.
No era tan difícil de entender. Otra cosa es que te interesara hacerlo.»
Empezaba a tener la impresión de que cualquier cosa que dijera acabaría volviéndose contra él. La conversación parecía diseñada para eso: cualquier explicación acababa convertida en una confirmación de la culpa que la otra persona ya había decidido atribuirle. Se limitó a teclear:
« Ya basta. Vera está muerta. No sé quién eres ni qué pretendes, pero deja de utilizar su nombre.»
La respuesta volvió a llegar casi de inmediato.
« Eso es lo que te has repetido para poder seguir adelante. No porque sea verdad, sino porque te resulta más fácil que lo contrario.»
Sintió de pronto un profundo cansancio, más mental que físico. La conversación había dejado ya de ser un intercambio para convertirse en algo pesado y agotador. Cuanto más intentaba cerrarla, más parecía encontrar la manera de prolongarse.
« No es algo que me repita. Es un hecho.» — respondió .
Pero vdelacruz parecía no haber dicho aún la última palabra.
« Los hechos también dependen del lugar desde donde los mires… y de quién los recuerde. No todo termina cu ando tú decides que ha terminado, y yo estoy aquí para recordártelo.
Tu Queridísima Vera.»
Mario lanzó el móvil sobre la mesa. Sabía que la repetición de aquella fórmula final no era una despedida, sino una simple forma de cerrar momentáneamente el pulso. Un punto y aparte.