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Durante un par de horas consiguió avanzar en la selección de títulos para el catálogo de otoño. Era solo un primer esbozo, pero el trabajo le permitió recuperar, al menos en apariencia, una cierta sensación de normalidad.
Sin embargo, no podía quitarse de la cabeza el tono empleado por Nadir, extrañamente incisivo, casi impropio de él; esa insistencia en dar por hecho que había estado enamorado de Vera y, luego, para colmo, aquella pregunta, formulada casi de pasada al principio de la conversación, sobre si estaba realmente seguro de no haberle causado el daño del que ahora lo acusaban.
La conversación, desde luego, había discurrido por derroteros bastante distintos de los que cabría esperar.
¿De verdad había dado esa impresión?
Nunca había pensado en ello en esos términos. Pero la pregunta seguía ahí y, sumada a los correos de vdelacruz, abría una posibilidad que hasta entonces nunca se había planteado.
Intentó reconstruir de nuevo mentalmente aquel periodo. Los viajes, las jornadas de trabajo, las conversaciones… Todo le resultaba, en apariencia, normal. Nada que no entrara dentro de lo razonable, de lo correcto .
Y, sin embargo, al mirarlo ahora con cierta distancia, empezó a preguntarse si detrás de aquellas acusaciones podía haber algo de verdad. Quizá algún gesto, alguna palabra, alguna situación a la que él no había dado importancia y que otra persona podía haber vivido de una manera muy distinta.
Recordó algunas llamadas fuera de horario, algún mensaje que quizá no fuera estrictamente necesario, conversaciones que se prolongaban más de lo habitual.
Gestos que, en su momento, no le parecieron fuera de lugar ni respondían a ninguna intención que pudiera considerarse inapropiada.
Vera nunca se mostró incómoda; al contrario, siempre mantuvo un trato cordial, incluso cercano.
Al menos, eso era lo que él había percibido.
Por un instante, deseó que vdelacruz fuera realmente ella, para poder preguntarle sin rodeos y saber, por fin, si en algún momento había interpretado mal aquella relación.
Siempre había sido cuidadoso. Eso lo tenía claro. Nunca había dicho ni hecho nada que pudiera comprometerla abiertamente. Pero…
Cuando quiso darse cuenta, eran ya más de las cuatro. No recordaba en qué momento se le había ido la mañana. Ni siquiera había comido.
Escribió un mensaje rápido a Elena para preguntarle a qué hora volvería. La respuesta llegó casi al instante: saldría tarde del hospital y después tenía que pasar a comprar unas cosas. No estaría en casa antes de las diez .
Asintió para sí. Tenía toda la tarde por delante.
Bajó a la cocina, preparó algo sin prestarle demasiada atención y subió de nuevo al despacho.
Encendió el ordenador con la vaga intención de distraerse un rato en el foro y comprobar si había alguna novedad.
Pero no. El chat permanecía inmóvil. Tras la actividad de los últimos días —aquel debate que parecía haberle devuelto algo de vida—, todo había vuelto a apagarse de golpe.
Ni siquiera había aparecido uno de esos mensajes de circunstancias que, de vez en cuando, alguien dejaba caer para recordar a los demás que el viejo foro seguía vivo.
Abrió el correo casi por inercia y se encontró con un mensaje nuevo de Adela. Con todo lo ocurrido aquella mañana había olvidado por completo que había sido él quien le había escrito por última vez.
Lo abrió.
« Hola, Mario.
Sobre lo que me decías de mi beligerancia con el tema de la diferencia de edad… bueno, tengo mis motivos.
Y en cuanto a si revisar el histórico del foro ha cambiado la opinión que tenía sobre ti… tú sabrás si escribiste algo en él como para hacer que la cambiara.
Perdona, hoy no tengo ánimos para nada. Solo te escribo para que no pensaras que pasaba de tu último correo. Ya hablaremos.
LadyShadow. »
A Mario le sorprendió el mensaje. No tanto por lo que decía, sino, precisamente, por lo poco que decía.
Hasta hacía nada, ella había sido la más interesada en iniciar y alargar la conversación, en profundizar en cualquier tema.
Ahora, en cambio, parecía limitarse a cubrir el expediente, como si quisiera tomar distancia de golpe.
Y estaba también esa alusión a si habría escrito algo entonces que pudiera resultar reprochable o, al menos, cuestionable.
Permaneció un instante pensando en ello. La idea de revisar lo ocurrido en el pasado no era la primera vez que aparecía en las últimas horas. Nadir, de un modo u otro, también había apuntado en esa dirección.
Por algún motivo, todo empezaba a conducirle al mismo punto. Y tampoco podía obviar el detalle del nick: LadyShadow. Después de haber utilizado su propio nombre en los últimos mensajes, Adela había vuelto a utilizarlo en aquella despedida, como si con ello quisiera marcar de nuevo una distancia.
Necesitaba despejarse y salir. Llevaba toda la mañana encerrado entre noticias, mensajes y recuerdos.
No tenía ganas de mover el coche, pero tampoco le apetecía quedarse en casa.
El problema era que aquella urbanización no ofrecía muchas alternativas.
Una sucesión de calles vacías y chalets alineados con una regularidad casi mecánica, donde apenas algún vecino con perro se dejaba ver camino del parque.
Al pensar en ello, no pudo evitar echar de menos su antiguo piso, en el centro, donde bastaba bajar a la calle para que algo ocurriera .
La única alternativa era el centro comercial, en la desviación de la autopista. Apenas tres kilómetros de distancia que, sin embargo, obligaban a coger el coche: treinta y cinco grados a pleno sol y ni un tramo de sombra hacían inviable cualquier otra opción. Terminó saliendo.
El centro no ofrecía nada distinto de lo que cabía esperar.
Las mismas tiendas, las mismas cadenas, la misma disposición previsible.
Aparcó sin dificultad en un parking casi vacío —muy distinto del bullicio de los sábados— y entró sin detenerse.
Subió por las escaleras mecánicas hasta la planta de restauración, dudando dónde sentarse.
En el fondo, daba igual dónde pidiera, el café era igual de malo en todos los sitios.
Terminó decantándose por una tónica, que se llevó a una de las mesas del pasillo central.
El aire acondicionado y la falta de gente, al menos, hacían el lugar soportable.
Sacó de la bolsa uno de los libros de la editorial que estaba revisando y dejó el móvil sobre la mesa.
Intentó concentrarse en la lectura, pero no pasó de las primeras páginas.
Terminó cerrando el libro y lo apartó a un lado.
Cogió el móvil. Dudó un instante antes de desbloquearlo.
Le llamó la atención el gesto. No hacía tanto que reprendía a Álex por esa necesidad de mirar el teléfono cada pocos minutos, y ahora era él quien apenas conseguía estar un cuarto de hora sentado sin sentir el impulso de encender la pantalla.
Sacudió la cabeza con una media sonrisa, consciente de la contradicción, y, casi por inercia, volvió a abrir el foro.
Como era de esperar, apenas había novedades desde la última vez que había entrado.
Un par de mensajes intrascendentes y poco más.
Terminó desplazándose hacia los hilos antiguos.
Hacía poco que los había revisado con cierta atención, tratando de reconstruir aquel periodo desde la distancia, y, aunque era verdad que le habían resultado más intensos de lo que recordaba, no había encontrado nada especialmente llamativo.
Con todo, después de la conversación con Nadir y del mensaje de Adela, sintió la necesidad de volver sobre ellos.
Quizá, leyéndolos desde otra perspectiva, podría comprobar si había algo en lo que antes no hubiera reparado.
Fue bajando sin un orden claro, deteniéndose aquí y allá para leer varios comentarios sucesivos.
Nada era realmente distinto, pero algunos mensajes que en su momento le habían pasado desapercibidos empezaban ahora a adquirir otro sentido.
No era tanto lo que decían como la forma en que, leídos en conjunto, parecían encadenarse unos con otros.
Por supuesto, muchos de esos mensajes se referían a Vera y, de forma casi inesperada, enfrascado en su lectura, se sorprendió pensando en la distancia con la que había encajado la noticia de su muerte.
No había sido la reacción que cabría esperar ante la desaparición de alguien que, durante aquel periodo, había ocupado un lugar tan insistente en sus pensamientos.
Pero tampoco era fácil explicar qué había representado realmente Vera para él.
Durante mucho tiempo había sentido que aquella relación —o lo que hubiera sido aquello— le había permitido salir de una rutina en la que empezaba a sentirse atrapado.
Pensar en ella o esperar cualquier respuesta suya había terminado convirtiéndose casi en una forma de sostenerse .
Ahora, al releer aquellos mensajes, empezó a preguntarse si, sin proponérselo, no habría ido dejando entrever algo que nunca llegó a formular de manera explícita.
No es que hubiera pretendido forzar ninguna situación, pero quizá nunca se había planteado cómo podía haber interpretado Vera algunos de sus gestos.
En uno de esos mensajes, escrito tras su primer viaje a Montevideo, se detuvo con mayor detalle.
Recordaba haberlo releído anteriormente, pero no de aquella manera.
La seguridad con la que hablaba, la forma en que ordenaba las ideas, le resultaba ahora algo distorsionada, como si perteneciera a alguien ajeno que estuviera tratando de convencerse de algo, más que de explicarlo.
Siguió bajando, sin dejar de leer, aunque cada vez con más interrupciones.
Algunos de los comentarios en los que mencionaba a Vera, que entonces le habían parecido simples anotaciones sin mayor importancia, empezaban a adquirir otro color.
Había en ellos una especie de vacío que ahora le resultaba más que evidente, como si alrededor de lo no dicho se hubiera construido todo lo demás.
No era una idea clara, ni mucho menos una conclusión. Más bien algo difuso que le transmitía una sensación de extrañeza, algo que no terminaba de cuadrar del todo con la imagen que conservaba de aquel periodo.
Un camarero que limpiaba las mesas aledañas se acercó para preguntarle si deseaba tomar otra cosa. Pidió un café con hielo. Unos niños, gritando y empujándose, le sacaron momentáneamente de la lectura.
Apartó un momento el móvil y levantó la vista al techo.
Sobre él se extendía una bóveda acristalada sostenida por molduras, cornisas y columnas que evocaban vagamente las grandes galerías comerciales decimonónicas del norte de Italia.
Aquí, sin embargo, todo aparecía cubierto por una pátina kitsch , como si aquellas arquitecturas hubieran sido reinterpretadas por alguien que hubiera aprendido su oficio diseñando hoteles temáticos en Las Vegas.
Entonces el móvil vibró sobre la mesa, interrumpiendo el hilo de sus pensamientos. Acababa de entrar un nuevo correo de vdelacruz.