El otro relato 17
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Resultaba imposible de creer, pero la evidencia era contundente: Vera había muerto en algún lugar de Filipinas medio año antes, apenas tres meses después de que desapareciera de su vida.

Se le vino entonces a la cabeza la agria discusión con Elena de la noche anterior.

Qué extraño pensarlo ahora: durante meses había seguido escribiendo cartas a una Vera que solo existía en su memoria y en su imaginación.

Y, sin embargo, la Vera real también había dejado de existir en ese mismo intervalo.

Ahora ambas coincidían en lo mismo: las dos estaban fuera del mundo. La que él había seguido inventando sin darse cuenta, y la que había fallecido en aquel accidente. Solo cambiaba la forma de la ausencia.

Dos imágenes que no encajaban en absoluto en su mente. No lograba imaginar cómo alguien como ella habría podido acabar en aquel país. Nunca le había hablado de nada parecido.

Sí, sabía de su dominio de idiomas y de su interés por trabajar en algún organismo internacional, pero nada de lo que conocía de ella la situaba en un contexto así .

De repente sintió un vacío extraño. Un sentimiento insólito, teniendo en cuenta que, si bien Vera había sido durante más de un año parte de su entorno cotidiano, su relación con ella se había apoyado más en una idea que en la persona real.

Una imagen incompleta, quizá incluso deformada en algunos aspectos, pero que le había resultado útil para sostenerse en determinados momentos, cuando todo a su alrededor parecía perder sentido.

Durante unos segundos, aquel pensamiento le inquietó.

No porque diera por buenas las acusaciones vertidas en esos correos de vdelacruz —seguía considerándolas absolutamente injustificadas—, sino porque quizá había algo más simple en lo que nunca se había detenido a pensar, aunque aún no lograra concretarlo del todo.

No siempre se había interesado por conocerla a fondo. Ni por preguntarse cómo podía estar viviendo ella algunas de las situaciones que, vistas ahora, quizá no eran exactamente como él había pensado.

No es que ahora viera las cosas de otra manera. Simplemente empezaba a intuir que quizá había algo que se le había escapado. Necesitaba saber más y, sobre todo, quería entender qué la había llevado realmente a tomar aquel rumbo y acabar en aquel lejano y, a la postre, trágico destino.

Con esa idea en mente, comenzó a buscar cualquier rastro que pudiera ayudarle a reconstruir los meses transcurridos desde que Vera dejó la editorial.

Probó con las redes sociales, rastreó posibles referencias y trató de encontrar algún dato que arrojara algo de luz sobre aquella etapa de su vida.

Pero no apareció nada relevante. Solo noticias que repetían el accidente y una escueta nota, publicada apenas un mes antes, en la que se anunciaba su incorporación a un programa internacional de respuesta humanitaria de la Cruz Roja como responsable de coordinación logística. Poco más.

Probablemente Vera nunca había sido especialmente activa en redes o, quizá, alguien se había ocupado de borrar cualquier huella digital tras su fallecimiento.

Lo único que encontró fue un perfil obsoleto de Facebook, con la misma fotografía que aparecía en la noticia: la imagen que él mismo había tomado.

Se quedó un momento fijándose en ese detalle.

¿Qué sentido tenía aquello? ¿Por qué conservar precisamente esa foto como imagen de perfil?

Era una instantánea tomada en un momento que para él había sido significativo, pero eso no explicaba nada.

O quizá sí, aunque de una forma inquietante: ¿y si también lo había sido para ella?

¿Y si lo había sido, pero por razones completamente distintas? No tenía forma de saberlo.

El impacto de la revelación había ido dejando paso, poco a poco, a una certeza. La fecha de la muerte de Vera convertía en imposible cualquier otra interpretación. Había muerto meses antes de que vdelacruz empezara a escribirle. Todo lo demás podía tener una explicación. Aquello, en cambio, no.

Y, sin embargo, eso no resolvía nada. Solo desplazaba el problema a otro lugar: ¿qué propósito podía tener alguien para hacerse pasar por una muerta ?

La momentánea inactividad hizo que la pantalla se apagara, dejando ver su rostro reflejado, tenuemente deformado por la luz ambiente de la habitación.

No tenía sentido seguir dándole vueltas él solo.

En el foro no iba a escribir nada sobre ese asunto. No, al menos de momento. Sentía que aquellos tiempos de confidencias habían pasado a mejor vida y, además, empezaba a desconfiar de todo lo que no pudiera sostener con algo más que intuiciones.

Pensó de nuevo en Nadir. Con él quizá pudiera poner un poco de orden en todo aquello.

La última vez que habían hablado por teléfono no había sacado mucho en claro y, además, notó algo extraño en su actitud.

Aun así, seguía confiando en su criterio.

Quizá una conversación cara a cara fuera diferente. Le propondría que se vieran.

Se levantó de la silla con una decisión que, a pesar de todo, no terminaba de ser firme del todo, como si aún no hubiera elegido realmente el camino a seguir, pero ya estuviera caminando por él.

La llamada tardó unos segundos en ser atendida.

—¿Sí? ¿Quién es? —dijo Nadir con voz clara.

—Hola… Soy Mario.

—Ah… Mario —respondió tras una breve pausa—. No esperaba que llamaras ahora.

Le pareció que la voz de Nadir cambiaba ligeramente, adquiriendo el tono reconocible de su anterior conversación .

—Perdona si te pillo en mal momento.

—No, no, tranquilo, dime.

—Bueno, lo primero, ¿qué tal sigues del catarro? Veo que continúas con la voz congestionada.

—Sí, más o menos. Esto parece que se está haciendo crónico.

—Vaya, lo siento. Te llamaba porque sigo preocupado… más de lo que ya lo estaba cuando hablamos la otra vez.

—¿Por lo del foro? —preguntó Nadir.

—Por lo del foro… y por más cosas. Además de lo de LadyShadow, hay otro asunto que me afecta más directamente. No sé si te acuerdas de Vera.

—¿Vera?... Claro que me acuerdo. ¿Cómo no me iba a acordar? Entré en el foro precisamente cuando no dejabas de hablar de ella y de aquel viaje a Uruguay.

—Sí, vale. Pues verás: hace unos días alguien, haciéndose pasar por ella, escribió a mi hijo y le adjuntó una carta que yo mismo le había escrito a Vera.

Respondí a la dirección desde la que se había enviado y quienquiera que fuese me respondió en un tono amenazante, acusándome del daño que, supuestamente, le había causado.

—¿Y tú estás seguro de que no fue así? No sé... Por lo que contabas entonces, quizá tú lo viviste de una forma, pero ella pudo percibirlo de otra.

—¿Tú crees? —preguntó Mario, sorprendido por el comentario .

—Bueno… no sé. Yo entonces estaba recién llegado al foro y tampoco sé muy bien qué relación teníais o dejabais de tener.

—No sé muy bien por qué dices eso, pero en fin… el caso es que —dijo Mario, tras detenerse unos instantes— hoy me acabo de enterar de que Vera ha muerto

—¿Ha muerto?

—Sí. Y, fíjate, debía de tener solo treinta y uno o treinta y dos años. Al parecer estaba trabajando en tareas humanitarias en Filipinas y murió en un accidente provocado por un tifón o no sé qué.

Nadir no dijo nada, esperando que Mario continuara.

—El caso es que, si Vera está muerta, evidentemente la persona que escribió a mi hijo y con la que yo he intercambiado un par de correos no puede ser ella.

—Ya.

—No sé… Estoy hecho un lío. Lo de que haya muerto me ha sorprendido, claro, pero casi me preocupa más quién puede estar detrás de esos correos.

Ya te digo que las amenazas estaban ahí.

Ha implicado a mi hijo y, probablemente, también está detrás de un mensaje que recibió mi hija.

No me gustaría que esto acabara salpicando a mi mujer; bastante tensas están ya las relaciones en casa como para que alguien venga a echar más leña al fuego.

—Claro, porque a ti lo que más te interesa ahora mismo es la estabilidad, ¿no ?

Mario se quedó callado unos segundos. Esa respuesta, el tono, le parecía del todo improcedente.

—Mira, Nadir, no sé qué quieres decir con eso, pero no creo que tengas ningún derecho a juzgar…

—No, no. Perdona, Mario. No quería juzgar nada —lo interrumpió Nadir con rapidez—.

Seguramente lo dije en un tono equivocado.

Lo que quería decir es que, sí, que entiendo lo que me cuentas.

En todo caso, me ha chocado que, con todo lo que contaste entonces en el foro sobre Vera y lo enamorado que estabas de ella, ahora digas que casi te importa más eso que el hecho de que haya fallecido.

—Yo no dije nunca que estuviera enamorado de ella.

—Vale, pues perdón de nuevo. Es la idea que yo saqué entonces y que, por lo que dices, era equivocada.

Comenzaba a estar más que molesto con las intervenciones de Nadir. Le había llamado para pedirle consejo sobre cómo actuar y parecía que estuviera actuando como fiscal en un tribunal. Decidió acabar la conversación, renunciando a su objetivo inicial de proponerle un encuentro.

—En fin, Nadir, que te llamaba porque… bueno, por comentártelo. Supongo que nadie del foro te habrá dicho nada que pueda guardar alguna relación con todo esto, ¿verdad?

—No, nada. Primera noticia.

—Sí, ya lo suponía. Venga, no te molesto más. Solo te pediría, por favor, que no escribieras ahí nada sobre esto. No me apetece que se comente sobre este tema .

—Claro, no te preocupes, seré una tumba. Adiós, Mario.

—Adiós, Nadir. Y cuídate ese catarro.

Se quedó unos segundos con el teléfono en la mano, decepcionado y con la sensación de que aquella conversación no había sido lo que esperaba.