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La mañana siguiente no trajo consigo la claridad que esperaba. Bajó a la cocina y se preparó otro café. Siempre le despejaba la mente, y ahora lo necesitaba más que nunca.
En medio de la vorágine de pensamientos, se filtró un rayo de luz.
De pronto, pensó que, en realidad, nada irreparable había ocurrido.
¿Qué le importaba a él esa Adela? ¿Qué mal había hecho a Vera en el pasado como para que ahora se preocupara de ello?
Que ella —o quien fuera que estuviera suplantándola— escribiera lo que quisiera y a quien quisiera… ¿en qué podía afectarle eso?
Subió de nuevo al despacho con un optimismo renovado. No sabía cómo había podido dejarse arrastrar por aquel absurdo episodio hasta el punto de hacerle perder la concentración.
Aun así, un atisbo de duda persistía. Y, antes de ponerse definitivamente manos a la obra, se le cruzó otra idea.
Hasta entonces siempre había buscado a Vera como Vera Martínez, el único nombre con el que la había conocido.
Ahora que sabía que fuera del trabajo probablemente utilizara el segundo apellido, pensó en hacer un último intento: buscar por Vera de la Cruz .
En cuanto tecleó el nombre y pulsó Enter, empezaron a aparecer resultados que nunca antes habían aparecido al hacerlo por «Vera Martínez».
Mario frunció el ceño. Le sorprendió que los primeros enlaces fueran noticias. No perfiles profesionales ni las habituales entradas en redes sociales. Noticias.
Se detuvo en el primer titular. Una frase tan extraña, tan ajena a la Vera que él había conocido y al mundo de la editorial, que tardó unos segundos en asimilarla. La leyó otra vez:
« Desaparecida cooperante española en Filipinas tras inundaciones.»
Hizo clic en el enlace, sintiendo un leve cosquilleo en la nuca mientras cargaba la página.
El artículo, publicado por un medio digital que reproducía un teletipo de agencia, comenzaba así:
« MANILA (FILIPINAS) — La Federación Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja (FICR) ha informado de la desaparición de un equipo humanitario desplegado en la provincia de Albay, en la región de Bicol, gravemente afectada por las inundaciones provocadas por el tifón Kairo (categoría 4).
Entre las personas desaparecidas figura Vera de la Cruz, de nacionalidad española, integrante del equipo de coordinación logística encargado de la distribución de suministros de emergencia en comunidades aisladas por el desbordamiento de ríos y el colapso de carreteras .
Según fuentes de la organización, el último contacto se produjo durante un desplazamiento terrestre entre los municipios de Guinobatan y Ligao, donde las lluvias torrenciales han provocado deslizamientos de tierra y cortes generalizados de comunicación.
Las autoridades locales han señalado que varias zonas permanecen inaccesibles y que las operaciones de rescate se ven dificultadas por la persistencia de condiciones meteorológicas extremas .»
Mario parpadeó, atónito. Ahí figuraba el nombre, pero… no podía ser ella. ¿Qué iba a pintar Vera en Filipinas, y en medio de aquel desastre? Tenía que ser otra persona. No cabía duda, pero…
Preso de impaciencia, volvió al texto buscando alguna información adicional. Releyó. No se decía la edad. Tampoco había ninguna fotografía.
El corazón empezó a latirle con fuerza.
Volvió atrás. Miró los resultados del buscador. Había otra noticia del mismo medio, fechada unos días después. El titular era igualmente corto.
« Confirmado el fallecimiento de la cooperante española desaparecida en Filipinas. »
Durante un instante, dudó en hacer clic. Sintió un rechazo físico, como si el simple gesto pudiera convertir aquella coincidencia en algo definitivo. Aun así, abrió el enlace.
Esta vez no solo había texto. Una fotografía encabezaba la noticia .
Sintió un vacío repentino al ver el rostro de Vera en la pantalla.
—No… —murmuró.
No había ninguna duda. Aunque la imagen estaba recortada y no era de cuerpo entero, la reconoció de inmediato. No solo era Vera. Era Vera en aquella fotografía que él mismo le había tomado durante el paseo hasta la escollera Sarandí, cuando ella le pasó su cámara y le pidió que la retratara.
Recordaba perfectamente el encuadre original, el mar al fondo, el viento desordenándole el pelo, que ella intentaba apartar llevándose una mano al rostro.
Y en la muñeca reconoció también la pulsera de hilo que él mismo había insistido en regalarle el domingo anterior, después de verla detenerse con deleite ante uno de los puestos de artesanía del mercadillo de Tristán Narvaja.
Leyó con avidez el texto, buscando lo que, en el fondo, ya sabía que era imposible: que la persona a la que se refería el titular y ella no fueran la misma.
« GINEbrA / MANILA — La Federación Internacional de la Cruz Roja ha confirmado hoy el fallecimiento de la trabajadora humanitaria Vera Martínez de la Cruz, desaparecida durante las operaciones de emergencia tras el paso del tifón Kairo en Filipinas en diciembre de 2025.
Según el informe preliminar de la organización, el vehículo en el que viajaba el equipo fue arrastrado por una riada repentina provocada por el colapso de un puente secundario en la provincia de Albay.
Las condiciones del terreno y la destrucción de infraestructuras habrían impedido cualquier operación de rescate inmediata.
‘El acceso a la zona fue extremadamente limitado durante días críticos, lo que imposibilitó localizar a parte del equipo a tiempo’, ha señalado un portavoz de la FICR en Ginebra.
La organización ha expresado sus condolencias a la familia y ha destacado el papel de la trabajadora en las primeras fases de respuesta a la emergencia, donde participó en la evacuación de cientos de personas en comunidades costeras. »
Mario se quedó inmóvil. No sintió una reacción inmediata, ni una emoción clara. Solo una especie de aturdimiento, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo de golpe. El zumbido del ordenador, el rumor lejano de la calle, incluso su propia respiración, parecían llegarle amortiguados.
Volvió al buscador. Escribió otra vez el nombre, ahora completo, con los dos apellidos. Añadió palabras: España. Cooperante. Filipinas. Cruz Roja.
Aparecieron más enlaces. Todos decían lo mismo.
Solo entonces lo comprendió.
La Vera que había ocupado sus pensamientos durante tanto tiempo, aquella a la que había estado semanas intentando localizar sin éxito tras su marcha, la misma que había vuelto a irrumpir recientemente en su vida… estaba muerta desde hacía meses .
Pero no. ¿Qué estaba diciendo? Aquello no podía ser. La persona que había enviado la carta a su hijo Álex, o aquella con la que había intercambiado un par de correos, no podía ser ella. Ahora estaba meridianamente claro que vdelacruz y Vera no podían ser la misma persona.
Se echó hacia atrás en la silla.
La pantalla seguía encendida frente a él. La fotografía permanecía allí, inmutable.
Era Vera.
Su queridísima Vera.