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El descubrimiento acabó por difuminar las pocas ganas que, a pesar de la premura de los plazos, tenía de ponerse con el trabajo.
Hacía al menos un par de días que no se pasaba por el foro y sintió la necesidad de hacerlo en ese momento, aunque también aquel antiguo reducto de sosiego parecía haberse convertido ahora en un nuevo foco de incertidumbre.
Curiosamente, desde su última aparición, el chat parecía haber cobrado parte del vigor de antaño.
No menos de treinta mensajes se habían acumulado, con la participación de buena parte de los foreros habituales, incluidos LadyShadow y Marc.
Este último se prodigaba bastante poco últimamente y, de hecho, en algún momento había llegado a dársele casi por perdido tras sus crecientes episodios de ideación paranoide.
El tema de debate, al parecer, lo había planteado Victorio.
Era el único miembro de fuera de España y llevaba años intercambiando comentarios y confidencias.
Victorio le resultaba especialmente entrañable, ya que, durante sus viajes a Montevideo, por la coincidencia horaria con Argentina, era el único con quien podía chatear «en directo», mientras en España el resto dormía, siendo en muchas ocasiones el primer depositario de sus desvelos .
Aunque últimamente el foro había retomado, siquiera parcialmente, su planteamiento inicial y eran raros los temas que no tuvieran que ver con la música o la literatura, en esta ocasión la discusión había surgido a raíz de una noticia reciente sobre un actor porteño que había iniciado una relación con una actriz quince años mayor que él.
A partir de ahí, el hilo había ido derivando hacia una cuestión más amplia: hasta qué punto la diferencia de edad condicionaba realmente una relación.
Algunos defendían que, entre adultos, cualquier vínculo era legítimo; otros, en cambio, sostenían que ciertas asimetrías —no solo de edad, sino también de experiencia o incluso de posición— podían alterar el equilibrio sin que los propios implicados fueran plenamente conscientes.
Curiosamente, era LadyShadow quien más insistía en esta segunda postura, algo sorprendente si se tiene en cuenta que, por lo general, solía mostrarse mucho más tolerante en los temas sensibles.
Señalaba que ese tipo de relaciones desequilibradas implicaban casi siempre, aunque fuera de forma inconsciente, una relación de poder.
Esas diferencias —decía— acababan pesando más de lo que parecía.
A veces ninguno de los dos era realmente consciente, pero uno terminaba marcando el ritmo de la relación y el otro adaptándose casi sin darse cuenta.
Marc, como era de esperar, fue un paso más allá.
Dejaba caer la idea de que ese tipo de dinámicas rara vez eran aisladas o casuales, como si tendieran a repetirse con patrones demasiado consistentes como para ser simples coincidencias.
Según él, cuando uno empezaba a encontrarse una y otra vez con la misma historia, aunque cambiara de protagonistas o de circunstancias, llegaba un momento en que dejaba de creer en las casualidades.
Había que preguntarse si no había algo —o alguien— favoreciendo que esas situaciones volvieran a repetirse, siempre con pequeñas variaciones, pero con un desenlace sospechosamente parecido.
Marc tenía la rara habilidad de matar los debates.
Cuando introducía alguna de sus ideas, el hilo tendía a desviarse hacia terrenos cada vez más especulativos, hasta el punto de que pocos se atrevían a contradecirle.
No tanto por estar de acuerdo como por evitar el desgaste.
Discutir con él solía convertirse en una deriva interminable, en la que el único desenlace posible era la rendición por agotamiento.
Por una parte, aquella actividad del foro le resultaba a Mario casi reconfortante, como si la conversación colectiva hubiera recuperado una intensidad que hacía tiempo no percibía.
Pero, al mismo tiempo, no podía evitar una sensación de desasosiego.
Se sorprendía a sí mismo intentando no dejarse arrastrar por derivas conspirativas, como hacía Marc con tanta facilidad.
Y, sin embargo, había algo en el tono del debate que le resultaba inquietantemente familiar.
No sabía explicarlo con claridad, pero una parte de él insistía en que aquella conversación no le era del todo ajena.
Quizá por eso no pudo evitar reparar en un detalle que, en otro momento, seguramente habría pasado por alto: la sorprendente sintonía que parecía existir entre Marc y LadyShadow en aquella discusión.
Desde posiciones aparentemente distintas, ambos habían acabado coincidiendo en el fondo de la cuestión, como si llegaran al mismo lugar por caminos diferentes.
Entonces recordó lo que le había dicho Javier acerca de esa posible relación entre ellos; una idea que, contra toda lógica, le había producido cierta incomodidad
Iba a añadir algo al debate, pero finalmente optó por no hacerlo.
Su posicionamiento, en realidad, se inclinaba claramente hacia la idea de que, entre adultos, cualquier vínculo era legítimo, aunque no supo bien por qué terminó reprimiéndose de participar en ese momento.
Había algo en el conjunto del hilo que le hacía mantenerse al margen, impidiendo que se implicara más de lo necesario.
En su lugar, escribió un único mensaje, anecdótico, con el exclusivo ánimo de dejar constancia de su presencia y de que había leído lo escrito:
—Anda que no le habéis dado a la tecla estos días. Voy a tener que hacer un curso.
Lo envió sin añadir nada más.
Al menos, el tiempo que había pasado leyendo en el foro le había servido de distracción, alejándole momentáneamente de la preocupación provocada por ese mensaje de Vera —o quienquiera que lo hubiera remitido—.
Sabía desde el principio que responder era la única opción que tenía, pero solo ahora, tras la pausa, encontró el ánimo necesario para ponerse manos a la obra.
Tras esbozar, modificar y borrar varias veces el texto, acabó por enviar lo siguiente:
« Querida Vera (o quien quieras que seas, porque tengo serias dudas de que lo seas realmente),
Voy a asumir por un momento, no obstante, que lo eres, y responderte en esos términos .
No puedes hacerte idea de lo sorprendido que estoy con tu correo. No solo por el hecho de que sea la primera noticia tuya que tengo desde hace meses, sino porque no sé exactamente a qué te estás refiriendo con todo lo que dices en él.
Vaya por delante que, si en algún momento algo de lo que hice pudo molestarte, te ruego que me disculpes. Desde luego no era mi intención. Pero, francamente, no creo que nada de lo que hiciera o dijera durante el tiempo que pasaste en la editorial pudiera haber herido a nadie, y mucho menos a ti.
Si, como me temo, no eres Vera y todo esto es tan solo una broma, has de saber que, al menos para mí, no tiene ninguna gracia. En ese caso, te rogaría, seas quien seas, que dejaras de molestarme a mí y, por supuesto, a mi familia.
Atentamente, Mario.»
Cuando terminó de escribir, estaba ya casi convencido de que Vera no podía estar detrás de aquello.
Lo más probable era que todo fuera una especie de juego absurdo por parte de alguien empeñado en mantener una ficción que había llevado demasiado lejos.
Y, si era así, con su correo había dejado claro que no estaba dispuesto a participar en él.
Enviarlo le produjo una sensación de alivio, como si, al haber respondido, el problema hubiera dejado de pertenecerle.
Pero aquella tranquilidad duró poco. Ni siquiera habían transcurrido tres cuartos de hora, en los que había conseguido concentrarse lo suficiente como para revisar uno de los informes pendientes, cuando un nuevo correo de vdelacruz apareció en pantalla:
« Querido Mario:
Puedes estar seguro de que soy yo, Vera.
Seguramente, una Vera distinta de la que tú conociste.
Aquella que no se atrevió a plantar cara a toda aquella presión a la que me vi sometida.
A toda aquella humillación por no poder ponerte en tu sitio por miedo a perder el empleo o, qué se yo, quizá por simple temor ante alguien que estaba muy por encima de mí.
No puedo creer que me digas que no eras consciente de que, con tu comportamiento, podías herirme. Era mucho más que una herida lo que sufría; era una agresión constante por tu parte. Algo que me avergonzaba ante el resto de compañeros.
No soportaba más y por eso me fui en cuanto pude. Eso sí, no te preocupes: ahora vas a saber cómo se siente.
Tu queridísima Vera ».
Leyó el mensaje dos veces, con una sensación creciente de desconcierto.
El tono era más duro que el anterior, más directo, menos matizado.
Aquella referencia a que ahora iba a saber cómo se siente convertía lo que antes podía leerse como un reproche en algo mucho más cercano a una advertencia, incluso a una amenaza.
No entendía nada. Bajo su punto de vista, nunca había actuado de forma incorrecta con ella.
Al contrario, siempre había intentado hacer que se sintiera cómoda, ganarse su confianza y tratarla con la mayor naturalidad posible.
¿Cómo podía interpretarse aquello como una agresión?
¿Cómo podía hablar de humillación? Era absurdo .
Durante unos minutos pensó en responder de inmediato, rebatir punto por punto lo que consideraba una acusación no solo injusta, sino inverosímil. Pero algo le hizo detenerse. Tenía la sensación de que cualquier respuesta precipitada solo contribuiría a enredar aún más la situación.
Cerró el mensaje sin responder. Decidió dejarlo para más adelante, cuando pudiera ordenar sus ideas con más claridad.
Fue entonces cuando, casi sin proponérselo, recordó la última conversación con Adela. Había algo en aquel diálogo —en sus alusiones a Montevideo, en ese tono ambiguo que no terminaba de descifrar— que ahora parecía querer adquirir un matiz diferente.
Se dio cuenta de que, desde aquella conversación telefónica, no había vuelto a tener noticias suyas de forma directa. Ni un mensaje privado, ni un correo, ni ningún otro contacto personal fuera del foro, aunque sí había seguido participando activamente en este.
No creía probable que fuera ella quien estuviera detrás de aquellos supuestos correos de Vera, pero ya no sabía bien a qué atenerse.
La realidad parecía superar siempre a cualquier ficción, y su particular juego de cartas imaginadas comenzaba a quedarse pequeño frente a un entramado de mensajes y comunicaciones cruzadas que escapaba a toda lógica.
Que Adela hubiera contactado con él al margen del foro en esos términos ya resultaba extraño, pero que Vera reapareciera con aquellas acusaciones después de tantos meses sería ya una coincidencia difícilmente asumible.
Otra más. Si ambas cosas estaban unidas de algún modo, no lograba entender qué relación podía existir entre ellas.
Estaba hecho un lío. Sentía casi una necesidad física de volver a hablar con Adela, pero ¿para qué?, ¿en qué términos? Hablar directamente de nuevo con ella empezaba a provocarle cierta inquietud. Prefería algo más neutro, menos comprometido.
Abrió de nuevo el correo y comenzó a escribir:
« Hola, Adela.
Desde que hablamos no he vuelto a saber de ti, aunque ya he visto que has estado bastante activa en el foro. Yo he estado liado y no tuve ocasión de entrar en ese debate tan interesante que mantuvisteis.
Por cierto, me llamó la atención tu postura, tan beligerante con el tema de la diferencia de edad y todo eso.
Me comentaste en su momento que habías estado revisando el histórico del foro. Espero que eso no te haya hecho cambiar la opinión que tuvieras sobre mí.
Bueno, en realidad solo quería saludarte y saber cómo estabas.
Un saludo. »
Ni siquiera sabía por qué había escrito aquello. Era, en el fondo, una forma de mantener el contacto y tantear el terreno sin exponerse demasiado. Necesitaba saber más sobre Adela, pero, sobre todo, entender si podía existir alguna relación entre ella y esa reaparición de Vera .
El móvil vibró antes de que pudiera seguir dándole vueltas al asunto.
Era Sofía, su hija.
Le sorprendió. No solía llamarle directamente —casi todo lo que sabía de ella últimamente le llegaba a través de su madre o mediante esporádicos mensajes de voz—, y menos ahora que estaba especialmente atareada con su trabajo y los preparativos de su viaje de fin de semana.
—¿Sí?
—Hola, papá.
—Hola, hija, qué sorpresa… ¿cómo estás?
Sofía respondió casi sin pausa, atropellando un poco las frases, como si tuviera demasiadas cosas que contar a la vez.
Habló de su trabajo, de los compañeros y del nuevo proyecto en el que estaba metida, con un entusiasmo que apenas le dejaba margen para interrumpirla.
Mario la escuchaba con una sonrisa involuntaria, sorprendido por esa energía desbordada, intentando seguirle el ritmo.
—Estoy bien, de verdad, muy bien —dijo ella al final, tras una breve risa—. Perdona, es que voy como loca estos días.
—Vaya, me alegro. Se te ve contenta.
—Sí, lo estoy. Y… por cierto, también quería comentarte una cosa rara que me ha pasado.
Mario frunció el ceño.
—¿Qué pasa ?
—He recibido un mensaje desde un número desconocido y me ha extrañado.
—¿Por? ¿Qué decía?
—Pues no sé. Normalmente borro este tipo de mensajes sin abrirlos, pero en este caso lo abrí antes, porque como últimamente estoy con tanta gente nueva por el trabajo, pensé que podía ser alguien relacionado con todo eso…
Hizo una breve pausa.
—Solo ponía: «Dale recuerdos a tu padre».
Mario se quedó mudo.
—No sé quién puede ser —añadió ella—. ¿Se te ocurre alguien?
—Uhm… ni idea —atinó a decir al fin—. Sin número concreto, quién sabe. Además, vete a saber si se refería a mí. ¿El mensaje estaba en español?
—Sí, estaba en español.
—Pues no sé, hija. No le des más importancia. Si no vuelven a mandar nada, seguro que es un error.
Tras intercambiar algunas frases más, Se despidió de su hija con la certeza de que aquello no era un simple error.
Estaba convencido de que tras aquel mensaje no podía estar sino la misma persona que había remitido la carta a su hijo y que parecía empeñada en cruzar la frontera de su vida privada.
Pese a esa seguridad, se obligó a no darle más vueltas, al menos de momento.