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La casa quedó en silencio mucho antes de que alguno de los dos consiguiera dormirse.
Al otro lado de la pared, cada uno permanecía despierto, atrapado en sus propios pensamientos.
La distancia entre ambos ya no se medía en los escasos metros que separaban sus dormitorios.
Aún recordaba cuando, años atrás, el simple hecho de permanecer abrazados en la cama era suficiente bálsamo para curar cualquier herida.
Pero, tras la agria discusión, no había lugar para pensar en volver a dormir juntos.
La conversación había terminado de forma tan abrupta que ni siquiera habían hablado de lo que harían al día siguiente, ni de qué turno tendría Elena en el hospital.
Cuando se levantó, lo hizo sigilosamente.
La puerta del dormitorio de ella estaba cerrada y no se atrevió a asomarse para comprobar si aún dormía o si, por el contrario, se había levantado y marchado al trabajo antes de que él despertara.
No fue hasta asomarse a la ventana y ver que su coche no estaba cuando comprendió que se trataba de lo segundo.
Al percatarse de que estaba solo, decidió llamar a la editorial y avisar de que ese día trabajaría desde casa. No tenía ningún deseo de socializar con sus compañeros y, además, necesitaba aprovechar cada minuto para avanzar en el trabajo que tenía por delante .
Tras un desayuno rápido, subió al despacho y se puso con la tarea pendiente. Encendió el ordenador y abrió el correo entrante en primer lugar. Entre las decenas de mensajes aún sin abrir acumulados durante los últimos días, hubo uno que llamó de inmediato su atención. El remitente era vdelacruz.
Lo abrió y comenzó a leer. Al principio con impaciencia; después, con creciente incredulidad. El correo decía así:
«Hola Mario.
Cuánto tiempo, ¿verdad? Entiendo tu prevención, pero, francamente, no creo que en estos meses te hayas olvidado ya de mí ¿o sí?
Me resulta difícil pensar que después de todo el interés que mostraste durante más de un año, hayan bastado unos cuantos meses para que ya sea solo un fantasma... aunque a lo mejor lo soy.
No sé si eres consciente de hasta qué punto llegaste a hacerme la vida imposible, pero te puedo asegurar que no he olvidado todo lo que tuve que soportar durante más de un año, con tu actitud y tu presencia constante.
Por el tono de tu mail, intuyo que a tu hijo Alex le habrás contado alguna patraña y no habrás reconocido tu autoría en aquella carta que no tenías ningún derecho a entregarme. Al menos, ya has podido comprobar que no pienso frenarme ante nada.
Tu queridísima Vera» .
Mario, atónito, terminó de leer sin moverse. Luego volvió al principio. Más despacio esta vez, como si la repetición pudiera alterar el sentido de lo que tenía delante.
El correo no cambiaba. La firma seguía ahí: Vera.
Y, sin embargo, lo que decía no encajaba con nada de lo que él recordaba.
«Me hiciste la vida imposible». Aquella afirmación no admitía matices. Era categórica. Y, aun así, a Mario le costaba reconocer en ella su propia experiencia.
Había tratado de acercarse a ella, sí, de mantener una relación más estrecha, pero nunca había tenido la sensación de estar sobrepasando ningún límite, ni siquiera de que pudiera estar incomodándola.
Era cierto que ella solía mantener cierta distancia y, en ocasiones, responder con brevedad, aunque siempre con corrección.
Mario nunca interpretó aquella reserva como un rechazo.
La atribuía a su timidez, a una forma de prudencia; quizá también a la diferencia de posición entre ambos dentro de la empresa.
Además, siempre encontraba algún pequeño gesto en ella que interpretaba como una señal de que aquella distancia no respondía a una falta de interés por su parte, sino a las circunstancias que los rodeaban.
Por eso había intentado suavizar esa distancia, hacer que no se sintiera condicionada por ella.
No era posible que lo hubiera vivido de ese modo. No así. Esa no era, en absoluto, la versión que él recordaba.
Además, si era Vera… si aquello provenía realmente de ella, ¿por qué ahora? Después de tantos meses sin una sola señal, sin rastro alguno, sin continuidad posible entre lo que había sido y lo que de pronto reaparecía en su pantalla. El silencio de todo ese tiempo no encajaba con el mensaje.
Y, sin embargo, ahí estaba; escrito como si aquel silencio nunca hubiera existido. Como si todo hubiera seguido una continuidad que él no alcanzaba a comprender.
Pero si no era Vera… entonces ¿quién?
Y si lo era… entonces ese silencio no había sido ausencia, sino otra cosa que tampoco terminaba de entender.
Durante unos segundos, sus pensamientos quedaron atrapados entre hipótesis que resultaban incompatibles.
Volvió a fijarse en el remitente: vdelacruz. Si aquel correo era realmente de Vera, algo fallaba en lo más básico: la identidad. ¿Por qué no utilizar su nombre? Aun dando por sentado que la «v» fuera una inicial, su apellido era Martínez, no De la Cruz.
Aunque, como era lógico, siempre se había dirigido a ella por su nombre de pila, no albergaba ninguna duda sobre cuál era su apellido.
Aun así, quiso comprobarlo. Abrió el buscador del correo y empezó a rastrear conversaciones antiguas.
Efectivamente, en los mensajes que habían intercambiado durante la etapa en que ella estuvo en la editorial siempre aparecía la misma dirección: [email protected], la cuenta corporativa.
La discrepancia lo dejó pensativo. Se recostó en la silla, sin apartar la vista de la pantalla, como si la solución pudiera aparecer con solo mantener los ojos fijos en ese rectángulo iluminado.
Luego le vino una intuición. En algún lugar tenía los correos que le habían enviado desde el departamento de gestión económica con los documentos de la última comisión de viaje de toda la delegación. No tardó en dar con ellos.
En uno estaban las copias de los billetes de avión y las confirmaciones de reserva.
La explicación saltó a la vista: su nombre completo era Vera Martínez de la Cruz.
Se trataba de su segundo apellido. Por algún motivo, probablemente por lo común del primero, fuera del trabajo utilizaba solo el segundo.
Mantuvo la mano apoyada sobre el ratón, sin terminar de hacer clic en nada más. A pesar del dato, le seguía costando creer que aquel correo hubiera sido enviado por Vera. En cualquier caso, esa dirección era la única vía de comunicación que tenía para seguir tirando del hilo.