13
Mario tragó saliva. Sabía que esta vez no le valdría con una evasiva.
No le quedaba otra que afrontar de nuevo aquel espinoso asunto.
No quería verse obligado a dar más explicaciones a Elena, pero tampoco sabía cómo responder sin reabrir una herida que ella, claramente, no había terminado de cerrar.
Todo se remontaba a unos meses atrás, a un incidente lamentable derivado de aquel juego suyo con los correos electrónicos.
Desde que Vera se había despedido de la editorial, sintió la necesidad de apoyarse aún más en esos escritos dirigidos a personajes imaginarios o reales, casi siempre sin intención de enviarlos, como si al hacerlo pudiera evitar que determinadas cosas quedaran definitivamente atrás.
Había sido un período convulso —como lo habían venido siendo los dos últimos años—, en el que su vulnerabilidad estaba a flor de piel y la escritura, aunque a veces torpe, se convirtió en su único refugio.
En aquel juego íntimo incorporaba a veces a amigos lejanos como destinatarios de sus cuitas y, por supuesto, también a Vera.
Aunque ya no estuviera presente, seguía apareciendo una y otra vez en aquellas cartas, ocupando un espacio mayor del que él mismo era capaz de reconocer .
Una tarde, mientras Elena aún no había regresado del hospital, él se encontraba en el despacho.
Acababa de terminar de escribir unas notas y, en lugar de cerrar el ordenador, abrió una nueva ventana.
Sin pensarlo demasiado, comenzó a escribir una carta a Vera en la que, a diferencia de otras veces, se permitía reconocer sin demasiados rodeos la fascinación que seguía ejerciendo sobre él.
Tan absorto estaba en lo que hacía que no oyó llegar a Elena. Solo se dio cuenta de su presencia cuando ella abrió la puerta de la habitación para saludar y avisarle de que debía bajar al supermercado a comprar algunas cosas antes de que cerraran, mientras ella adelantaba la cena.
Mario dio un respingo, sorprendido y visiblemente azorado. De inmediato, minimizó la ventana que tenía abierta, con un gesto tan brusco e impropio de él que Elena no pudo evitar fijarse. Sin apenas añadir nada más, cogió las llaves y salió.
La escena la dejó desconcertada, con la intuición clara de que intentaba ocultar lo que fuera que estuviera haciendo en el ordenador.
Elena se quedó en el umbral, aún dándole vueltas a aquel gesto. Había algo en la reacción de Mario que no terminaba de cuadrarle.
En cuanto oyó el motor del coche alejarse, se acercó al ordenador y, movida por la curiosidad, no pudo reprimir el gesto de rozar una tecla del teclado. La pantalla volvió a iluminarse, mostrando la ventana minimizada de lo que Mario estaba escribiendo .
Ella nunca había sido dada a fisgonear en las cosas de los demás, y menos aún en las de su marido. Sin embargo, algo en la forma precipitada en que este había cerrado el documento antes de marcharse le había dejado una sensación que no consiguió apartar. Casi sin pensarlo, restauró la ventana.
Lo que apareció ante sus ojos no era un cuento ni uno de los relatos breves que Mario escribía de vez en cuando. Desde la primera línea, algo llamó su atención, aquel tono no tenía nada de ficción. Era demasiado directo, demasiado cercano.
Siguió leyendo y, a medida que lo hacía, el malestar fue creciendo.
Era una carta… emocionada y sincera, escrita para alguien.
No sobre alguien, sino para alguien. El texto estaba inacabado, pero Elena no necesitaba conocer el resto para sentir que acababa de asomarse a una parte de él que desconocía por completo.
Cuando Mario regresó, dejó las bolsas en la cocina y subió al despacho despreocupado. Allí encontró a Elena hecha un manojo de nervios, con los ojos vidriosos y las lágrimas contenidas.
—¿Esto qué significa, Mario? —logró preguntar ella, con un hilo de voz.
Se quedó paralizado unos segundos. Sabía que no podía esquivar la situación. Tenía que darle alguna explicación sin entrar en aquello que llevaba más de un año tratando de ocultarse incluso a sí mismo.
Tomó aire y trató de presentarlo como un ejercicio personal de escritura: una especie de laboratorio privado en el que mezclaba experiencias propias con elementos ficticios y utilizaba nombres reales o imaginarios como punto de partida para sus textos.
Le contó que, a veces, incluso se inspiraba en personas de su entorno laboral, como Vera —a quien Elena apenas conocía por alguna fotografía y por lo poco que Mario le había contado de ella—, sin que eso significara que lo que escribía reflejara hechos o sentimientos reales.
No era, en esencia, una mentira. Todo cuanto le estaba diciendo era cierto, aunque dejaba fuera una parte de la historia que ni él mismo terminaba de comprender.
Y, sin embargo, era consciente de que aquella explicación, precisamente por ser cierta, resultaba más inverosímil que cualquier mentira que hubiera podido inventar.
Elena lo escuchó con atención, pero también con un escepticismo cada vez más tenso.
Quería creerle de verdad, pero algo no terminaba de convencerla.
Aquella carta —real o ficticia— le había removido demasiado.
Era lo más hermoso que había leído en mucho tiempo, cargada de una emoción y una poesía que hacía años no encontraba en Mario.
Y eso le provocaba una amarga mezcla de celos y rabia; celos al sentir que aquellas palabras no iban dirigidas a ella, y rabia al constatar que solo recordaba una intensidad semejante en las cartas del principio, cuando todo era nuevo y aún se buscaban en cada frase.
Mario solo atinó a insistir en esa idea: un ejercicio de escritura, algo sin consecuencias, una forma de escribir sin intención de envío.
Añadió, con cautela, que, en ocasiones, Vera formaba parte de ese ejercicio, pero no como una presencia activa en su vida, sino como figura literaria, como un fantasma al que seguía recurriendo en sus escritos .
Elena, finalmente, cedió en apariencia, más por deseo que por convicción.
Dijo creerle, pero algo en su voz dejó claro que no lo hacía del todo.
Comprendió que aquella explicación, aunque aceptada en superficie, no había cerrado nada.
Solo había fijado un problema que, desde ese momento, quedaba instalado entre ambos.
Y ahora, meses después, todo aquello volvía a emerger con fuerza, justo en el peor momento, cuando alguien parecía empeñado en traer a la luz escenas del pasado sin que él alcanzara a entender con qué propósito. Mario levantó de nuevo la vista hacia Elena.
— Te lo dije entonces y te lo repito ahora. Todo aquello no era más que un divertimento —dijo, procurando restarle importancia—. Una forma de pasar el rato y salir de la monotonía. Mi vida es bastante aburrida, ya lo sabes.
Elena lo miró durante un instante largo, como si sopesara si aquella frase merecía siquiera una respuesta.
—No, no lo sé. Creía que tu vida… nuestra vida tenía ya de por sí suficientes alicientes, pero, en fin, ya veo que conmigo te aburres constantemente —respondió, con una sonrisa breve, completamente forzada.
Mario tomó aire. Sabía que tenía que hacer o decir algo que les permitiera salir de aquel bucle, pero no se le ocurría cómo. Al final, no eligió precisamente la mejor salida.
—Por cierto… —añadió, con un tono forzadamente casual—. ¿Tú no habrás recibido también algo extraño últimamente? Alguna otra carta de remitente desconocido o algo así.
Elena alzó la mirada de inmediato.
—¿Por qué? —preguntó, sin rodeos.
—No, por nada —se apresuró a decir Mario—. Lo digo porque, como has sacado ahora ese tema, pensé que quizá…
Elena dejó los cubiertos sobre el plato con un gesto seco.
—No, Mario. No he recibido ninguna carta anónima —dijo, marcando cada palabra—. ¿Debería haberla recibido?
La pregunta quedó suspendida en el aire.
—No, para nada — respondió él, quizá con excesiva rapidez—. Solo ha sido una ocurrencia. Pensaba que todo aquello ya estaba aclarado.
Elena lo miró con una mezcla de cansancio y desconfianza que no necesitaba explicación.
—Porque tú crees que está aclarado —dijo finalmente—. Pero eso no significa que lo esté.
Mario no contestó. Porque, en el fondo, sabía que tenía razón. Le bastaba con ponerse en la situación de Elena para darse cuenta de que ni entonces ni ahora él habría creído fácilmente una explicación así.