12
A pesar de la alta temperatura, decidió dar un paseo antes de volver a la oficina. No le apetecía encerrarse todavía en el despacho ni pensar en el resto de la jornada.
Caminaba sin un rumbo claro, bajo la exigua sombra de los edificios, con la mente volviendo una y otra vez sobre lo ocurrido.
Las coincidencias, la irrupción de Adela y, ahora, aquel correo enviado a Alex, formaban una secuencia que no terminaba de entender.
Más allá de la rareza de cada elemento por separado, era la forma en que parecían relacionarse, como si respondieran a una lógica que él no alcanzaba a ver.
Su primera reacción, tras releer aquella carta que él mismo había escrito diez meses atrás, fue, claro está, pensar en Vera. No podía ser de otro modo: era la única persona a la que se la había enviado. La única que podía tenerla.
Pero la idea empezó a hacer aguas casi de inmediato.
¿Por qué ahora? ¿Y por qué a Álex? Ni siquiera estaba seguro de haber mencionado alguna vez delante de Vera los nombres de sus hijos.
Y, aunque lo hubiera hecho, ¿qué sentido tendría dirigirse a Álex en lugar de hacerlo directamente a él? Aquello no tenía pies ni cabeza .
Aun así, no había muchas más opciones. No conocía a ningún —o ninguna— vdelacruz. Podía ser un nombre inventado, un perfil falso. Pero eso era secundario, porque lo importante era otra cosa: se trataba de su carta... aquella carta. De eso no había ninguna duda.
Y entonces, casi de golpe, apareció en su mente otra posibilidad: Adela.
La idea no resultaba natural, pero tampoco podía descartarla del todo.
Desde que había aparecido, su presencia parecía deslizarse por los márgenes de lo que ocurría, como si tuviera acceso a información que no le correspondía.
Pero, incluso así, algo no terminaba tampoco de cuadrar.
¿Cómo habría podido hacerse con ese texto? ¿Y con qué propósito?
Por más vueltas que le daba, no lograba llegar a ninguna conclusión.
Lo más directo habría sido llamarla para descartar definitivamente cualquier implicación, pero, si no tenía nada que ver, lo último que le apetecía era aumentar el grado de información que aquella mujer pudiera tener sobre él.
No sabía cuáles eran sus intenciones ni hasta dónde tenía intención de llegar.
Descartada, siquiera temporalmente, esa posibilidad, no le quedó más remedio que volver al punto de partida: Vera.
Sacó el teléfono casi por inercia y buscó su nombre en la agenda.
Aún conservaba su número, aunque hacía tiempo que había dejado de intentar ponerse en contacto con ella.
Más allá de cualquier sospecha, era el único hilo real que tenía.
Dudó un instante, como si aquel gesto pudiera reabrir algo que ya había dado por perdido, pero finalmente pulsó para llamar .
Tras unos segundos, la voz grabada repitió el mensaje de siempre:
« El número que ha marcado no existe ».
Guardó el teléfono en el bolsillo trasero del pantalón. En el fondo, tampoco esperaba otra respuesta.
Ante la imposibilidad de contactar con ella y descartada Adela, aún quedaba otra opción: responder a esa dirección, vdelacruz. Aunque tampoco allí albergaba demasiadas esperanzas de recibir respuesta.
Tras permanecer unos minutos a la sombra, sentado en uno de los bancos del único parque del polígono, intentó reanudar el paseo, pero el calor era excesivo. No tenía sentido seguir achicharrándose bajo el sol y, además, si iba a escribir ese correo, lo mejor era hacerlo cuanto antes.
Al entrar de nuevo en la editorial, se detuvo un momento en la máquina de la planta para sacar un café y llevárselo al despacho. Fue al baño para refrescarse la cara y, finalmente, se sentó frente al ordenador. Antes de abrir el correo, volvió a releer el mensaje recibido por Álex y la carta.
Después de esbozar y rechazar varios borradores, dio con un texto que, aun con alguna cautela, le pareció lo suficientemente prudente y meditado.
Evitaba cualquier mención a que él fuera el autor de aquella carta.
No podía fiarse y lo último que quería era que aquel mensaje terminara siendo reenviado de nuevo a su hijo —o a cualquier otra persona— como prueba inequívoca de su implicación .
Escribió:
« Hola, quien quiera que seas:
Como te puedes imaginar, no puedo expresar la sorpresa que me ha causado ver en el correo de mi hijo Alex esa carta relativa a Montevideo y dirigida no sé muy bien a quién.
Alex pensó que yo podría tener algo que ver, dada mi vinculación con aquella ciudad, y por eso me la remitió.
No sé si se trata de un error, pero, sea como sea, me gustaría saber de qué va todo esto.
Te ruego, por favor, que, si tienes algo que decir, me escribas a mí y no a él .»
Releyó el texto varias veces. Era lo bastante ambiguo y, al mismo tiempo, le permitía desvincularse de cualquier reconocimiento explícito. Incluso podría mostrárselo a Alex, llegado el caso, como una especie de coartada.
Finalmente lo envió.
En cuanto lo hizo, intentó retomar el trabajo durante un rato, pero apenas consiguió avanzar. La cabeza seguía demasiado ocupada con todo aquello. Finalmente, decidió no alargar más la jornada. Apagó el ordenador y se dispuso a salir de la oficina.
Ya en la calle, al cruzar la acera para coger el coche, tuvo la sensación de que alguien lo observaba.
Fue algo breve, casi una impresión más que una certeza.
Giró ligeramente la cabeza, pero no vio nada fuera de lo habitual entre el movimiento de una hora en la que todo el mundo se aprestaba a regresar a sus casas.
Sacudió la cabeza, restándole importancia, y siguió caminando. Al menos, desde que había decidido escribir aquel correo, tenía la sensación de haber dejado de limitarse a dar vueltas al asunto. Había dado el primer paso, aunque ignorara por completo a dónde podía conducirlo.
Cuando llegó a casa, Elena aún no había regresado. Probablemente no tardaría en hacerlo. Subió a su habitación para cambiarse y ponerse cómodo. Luego bajó a la cocina y, sin muchas ganas, se puso a preparar algo de cena. Al menos así se mantenía ocupado.
Elena todavía tardó un rato en llegar. Eran cerca de las once cuando lo hizo, visiblemente cansada.
Las jornadas en el hospital basculaban entre agotadoras y extenuantes.
Dejó los zapatos en un rincón del recibidor y se acercó hasta la cocina, donde Mario acababa de dar el último toque a una tortilla de patatas.
—Caray, qué tarde se te ha hecho —dijo él al verla entrar—. Se te ve cansada.
— No te puedes hacer una idea de cómo estoy. ¡Vaya día! Menos mal que has preparado la cena; si no, creo que me habría ido a la cama con un simple yogur. Voy a darme una ducha y ahora bajo.
A pesar del cansancio, a Mario le pareció detectar en ella algo menos de frialdad que el día anterior, aunque persistía una cierta reserva, como si midiera cada gesto.
No tardó demasiado en regresar. Ni siquiera se había lavado el pelo y, esta vez, en lugar del albornoz, llevaba una camiseta y un pantalón corto de estar por casa.
A Mario le llamó la atención ese pequeño detalle; le recordó el momento, ligeramente incómodo, de la noche anterior y pensó que, quizá, Elena simplemente había preferido evitar otro descuido.
—Venga, que ya está la mesa puesta. Vamos a cenar —dijo él, mientras acercaba la tortilla y un plato con ensalada.
Se sentaron frente a frente. Durante unos minutos apenas hablaron, concentrados en la comida y en sus respectivas preocupaciones. El tintinear de los cubiertos llenaba unos silencios con los que Mario no terminaba de sentirse cómodo.
—Qué tal en el hospital? —acabó preguntando.
—Lo de siempre. Mucho trabajo. Y hoy especialmente complicado. ¿Y tú?
—Normal. Bastante movido también.
Mario vaciló un instante. La imagen de la carta volvió a cruzar por su cabeza y sintió un leve desasosiego al pensar que Álex pudiera anticiparse y contarle a Elena algo de todo aquello antes de que él tuviera ocasión de explicarlo.
No le hacía ninguna ilusión sacar el tema, pero, por si acaso, decidió adelantarse.
—Por cierto, he hablado con Álex.
—¿Y qué tal andaba?
—Muy liado. Tenía un examen el viernes y estaba algo apurado... Además, me comentó una cosa un tanto extraña que le había pasado esta mañana .
—¿Cómo «extraña»? —preguntó Elena, con un interés repentino.
—No sé. Le llegó un mensaje de alguien que no conocía, con una frase un poco rara.
Y además venía con un archivo adjunto...
una carta en la que se mencionaba algo de Montevideo.
Como sabe que suelo ir allí, pensó que a lo mejor era para mí y que se la habían enviado a él por error.
El apellido, ya sabes. —añadió, encogiéndose ligeramente de hombros.
—Y no era así, claro —dijo Elena, con un tono más seco de lo esperable.
—Pues no. No lo era. No sé por qué lo dices así.
—Bueno... digamos que no sería la primera vez que surge algo extraño que, al final, sí termina teniendo que ver contigo.
Mario sostuvo su mirada unos segundos. Sabía perfectamente a qué se refería, pero no le apetecía lo más mínimo volver sobre aquello.
—Lo que tú digas. El caso es que he escrito a esa dirección para confirmar si se trataba de un error. No espero que respondan, pero, por si acaso.
Elena dejó los cubiertos sobre el plato y permaneció unos segundos en silencio antes de volver a hablar.
—En serio, Mario... creo que ya va siendo hora de que dejes todo eso atrás —negó levemente con la cabeza—. No puedo olvidarlo. Lo intento, de verdad, pero me cuesta. Y cada vez me cuesta más .
Mario bajó la vista hacia el plato. No respondió.
Permaneció unos instantes en silencio. Sabía que cualquier explicación sonaría, una vez más, a excusa.
No era el momento de volver sobre aquello.
Bastante tenía ya con intentar entender lo que estaba pasando ahora, pero era evidente que Elena seguía sin haberlo dejado atrás.