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«El olvido está lleno de memoria.»
(Mario Benedetti)
Aquel penúltimo día en Montevideo había transcurrido con una creciente sensación de desencanto.
Después de un año intentando acercarse a Vera, había depositado en aquel viaje unas expectativas que ahora empezaban a desmoronarse.
Los momentos de cercanía que, de algún modo, había esperado que surgieran entre ellos nunca acababan de producirse.
Cada ocasión que parecía insinuarse se desvanecía antes de concretarse, y Mario empezaba a sentir que la realidad se alejaba, poco a poco, de aquello que había imaginado desde que se confirmó el nuevo viaje.
El grupo se reunió en el vestíbulo del hotel para ir todos juntos al restaurante donde se iba a celebrar la cena de despedida organizada por la feria, pero él no estaba para celebraciones y se excusó alegando que no se encontraba del todo bien.
Cuando todos desaparecieron entre risas y saludos, se quedó solo.
Salió a la calle y, despacio, caminó hasta ese punto donde, un año antes, había creído encontrarse consigo mismo .
El lugar era el mismo, pero todo lo demás había cambiado.
Aquella sensación de plenitud ya no estaba.
Ahora solo quedaba una melancolía persistente, difícil de sacudirse.
Dejó que la memoria volviera sobre aquellos instantes y sobre todo lo ocurrido desde entonces, y por primera vez el desencanto se le hizo tan evidente que casi podía sentirlo como un dolor físico.
Esa noche, de regreso al hotel, subió a la habitación sin siquiera detenerse a cenar.
Abrió el portátil y empezó a escribir sin pensar, como si todo lo que llevaba dentro necesitara salir de golpe.
Cada frase era un intento de fijar algo que ya empezaba a deshacerse, también una forma de aceptar la renuncia, y sobre todo de dar forma a aquel instante antes de que se desvaneciera para siempre en la memoria.
Y ahora, sin saber cómo ni por qué, esa carta estaba de nuevo delante de sus ojos, enviada por alguien desconocido a su hijo Álex. Al releer aquel texto, la emoción de aquellos momentos volvió de golpe, con una claridad que lo descolocó:
«Hoy he vuelto a escribir, sin saber del todo a quién. No por tristeza —no sería exacto—, sino por esa forma más silenciosa de desencanto que aparece cuando uno vuelve a ciertos lugares creyendo que siguen intactos.
Durante mucho tiempo pensé que algo se había quedado esperándome. No en el aire, ni en la memoria, sino en un punto muy concreto: allí, en la escollera Sarandí, donde la ciudad se adentra en el agua, como si quisiera comprobar hasta dónde puede llegar.
Hoy regresé .
Caminé despacio, respirando el aire y la sal.
El Río de la Plata estaba igual: extendido, opaco, interminable, con esa manera suya de parecer mar sin dejar de ser otra cosa.
Las olas seguían llegando con paciencia, repitiendo un gesto antiguo que no necesita testigos.
Me quedé un rato, quizás más del necesario, esperando que algo —lo que fuera— regresara.
Pero no ocurrió.
El agua no escondía nada. O, tal vez, era yo quien esperaba encontrar algo allí que ya no estaba.
Entonces entendí que no era el lugar el que había cambiado.
Montevideo sigue teniendo esa forma suya de demorarlo todo: la luz, las conversaciones, incluso el paso del tiempo. Pero basta un instante para que la mirada se vuelva otra. Y cuando eso pasa, las calles dejan de ser las mismas, aunque no se hayan movido un centímetro.
La ilusión, que antes surgía casi sin esfuerzo, ahora resulta esquiva. Y, sin embargo, no todo es distinto, hay cosas que permanecen.
Ahí siguen esos interminables paseos por la Rambla, con el viento obligando a encogerte dentro del abrigo.
Como ahí sigue ese antiguo café de la Ciudad Vieja, parado en el tiempo, donde, resguardados del frío, siempre pareces detenerte un instante antes de decir algo, como si midieras el peso exacto de las palabras.
Y no puedo negar que me alegra .
Es agradable asociar tu presencia a esta ciudad. Supongo que, lo quiera o no, de ahora en adelante, ambas aparecerán indeleblemente unidas en mis recuerdos… y eso es algo que me gusta.
No sé si volveré. O cuándo.
Pero si lo hago, sé que no buscaré lo que ya no está. Me bastará con reconocer los lugares, sabiendo que una vez fueron escenario de algo que sí existió.
Y quizá, si algún día vuelves tú también a ese borde donde la ciudad se entrega al agua, si te detienes un momento en la escollera y dejas que el viento te envuelva, recuerdes que, en algún instante, compartiste ese espacio conmigo.»
Había escrito aquellas frases casi como una confesión, sin intención real de compartirlas con nadie. Pero, cuando acabó, en algún punto entre la emoción y el impulso, algo cedió y terminó enviándolas. Un último gesto de cierre, sin ser plenamente consciente de ello.
Al día siguiente, el silencio de Vera contrastaba con su impaciencia. Apenas había dormido, dándole vueltas a si había hecho bien en enviárselo o si había cruzado una línea innecesaria. Sentía también una inquietante necesidad de saber qué efecto habría tenido en ella.
Cuando ya partían hacia el aeropuerto, no aguantó más y le preguntó si lo había recibido. Tras un breve silencio, su educada pero lacónica respuesta dejó a Mario desarmado y hundido, anulando las pocas expectativas que aún conservaba .
En el avión, Vera se sentó junto a Sergio. Mario viajó unas filas más atrás. Apenas volvieron a intercambiar una palabra. Él regresó a Madrid con una sensación de vacío como no recordaba haber sentido nunca; ella, convencida de que no podía permanecer ni un minuto más en la editorial.