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Salvo cuando tenía alguna reunión agendada a primera hora de la tarde, Mario solía alargar la jornada matinal y retrasar la comida.
Normalmente, cogía el coche y se alejaba de los restaurantes del polígono donde estaba la editorial, optando por otros cerca de los recintos feriales.
Aquel paréntesis fuera de la oficina le servía para despejarse antes de volver al trabajo y rematar los asuntos pendientes del día, antes de marcharse a casa.
Pero ese día no le apetecía alejarse demasiado ni complicarse con desplazamientos innecesarios.
Quería comer algo rápido y regresar cuanto antes al despacho.
Terminó decidiéndose por un restaurante asiático cercano, de esos que combinaban platos chinos, tailandeses y japoneses y que utilizaba a menudo como solución intermedia cuando no quería perder demasiado tiempo en ir y venir.
Hacía ya más de ocho meses que Vera había desaparecido definitivamente de su vida.
Apenas dos semanas después de regresar de la Feria de Montevideo, a la que habían acudido juntos por segunda vez, ella dejó la empresa de forma inesperada.
Mario no lo supo hasta unos días antes, a través de un breve mensaje en el que ella le comunicaba su decisión sin entrar en apenas detalles.
Aquel mismo día, desde el departamento de Personal, le confirmaron que, efectivamente, había solicitado la baja.
Nada más regresar, Vera se había tomado los días de vacaciones que aún le quedaban pendientes y, en la práctica, no volvió a aparecer por la oficina hasta el último día, cuando acudió a una copa de despedida con el resto del equipo.
Fue una despedida repentina y fría; un acto breve, sin margen siquiera para mantener una conversación en privado, sin posibilidad de hablar con ella a solas.
Mario se quedó con una profunda sensación de desconcierto, como si todo hubiera ocurrido demasiado deprisa para poder asimilarlo.
Toda esa historia que había ocupado su cabeza durante un año entero se cerraba así, de forma imprevista y brusca, sin explicaciones y dejando demasiadas cosas sin decir.
Después intentó buscarla, sin éxito. Su número de teléfono aparecía inoperativo y cualquier intento de localizarla en redes sociales resultó inútil.
Era inverosímil que alguien hoy en día no dejara rastro en internet, pero Vera parecía haberse convertido en un fantasma: ningún perfil activo, ninguna entrada reciente, nada.
Como si jamás hubiera existido en la red.
Comprendió que, salvo que ella decidiera contactar por algún motivo, cualquier acercamiento por su parte sería infructuoso.
Esa certeza, más que la ausencia en sí, era la que se iba abriendo paso en su día a día como una grieta silenciosa.
No podía evitar un malestar persistente al pensar en lo que había quedado sin cerrar entre ellos .
Cuando llegó al restaurante, el local estaba especialmente lleno, con los camareros yendo y viniendo sin parar. Se sentó, sin esperar a que se lo indicaran, en una de las dos únicas mesas que quedaban libres, y decidió tomárselo con calma.
Mientras esperaba a que le trajeran la carta, decidió aprovechar para llamar a Alex. Sofía seguramente estaría ocupada con su trabajo y los preparativos del viaje a Milán, y no quería incomodarla. Tras varios timbres, respondió la voz de su hijo.
—Hola, papá… ¿pasa algo? —preguntó Alex, con un tono algo más serio de lo habitual.
—Hola, Alex. No, nada. Solo quería saber cómo estabas.
—Bien —respondió escuetamente.
El camarero dejó la carta sobre la mesa. Mario le hizo un gesto de agradecimiento con la mano.
—¿De verdad? Te noto algo… no sé.
—No, no te preocupes, estoy bien. Es que ahora iba a acercarme a la biblioteca; tengo un examen el viernes y no lo llevo demasiado bien.
—Ah, vale. Es normal entonces que estés algo inquieto. No te quiero entretener.
—Sí, estas semanas son un poco complicadas… aunque, bueno, en realidad… hay otra cosa.
—¿Otra cosa…?
Alex dudó unos segundos antes de responder :
—Sí, no sé… esta mañana me pasó algo extraño. De hecho, había pensado en llamarte yo. Antes de salir para la escuela me entró un mensaje en el correo. No conocía la dirección del remitente: algo así como «vdelacruz…», no sé quién es.
—¿Y qué decía el mensaje?
—Pues algo bastante incomprensible. Creo que era algo como: «Hay cosas que no desaparecen, solo esperan». Y luego adjuntaba un archivo… una carta.
—¿Una carta?
—Sí. La leí por encima, la verdad. Hablaba de Montevideo…
no sé, era bastante extraña. Sonaba casi como un texto dirigido a alguien concreto.
No lo entendí muy bien, pero como tú habías estado allí varias veces, y además los dos nos apellidamos igual, pensé que quizá se había equivocado y que el mensaje era para ti.
Mario frunció el ceño.
—¿Para mí? No, no creo… pero, en fin, si puedes, reenvíamela.
—Claro. Te la envío enseguida.
Mario apenas tardó un minuto en recibir el correo reenviado. Durante ese breve intervalo, no pudo evitar que su inquietud fuera en aumento. A pesar de lo que le había dicho a Alex, su intuición le decía que aquel mensaje tenía que ver con él, aunque no alcanzaba a imaginar de qué modo.
Cuando lo abrió y vio la carta adjunta, la inquietud se convirtió en estupor. La reconoció al instante: era su propia carta, la que había escrito a Vera la última noche que pasaron en Montevideo, al finalizar su segunda estancia allí.
Se quedó mirando el teléfono, casi conteniendo la respiración.
No entendía cómo era posible que aquella carta hubiera llegado hasta su hijo.
Lo que hasta ese momento venía siendo una intriga difusa, a la que intentaba, aunque infructuosamente, no dar demasiada importancia, acababa de adquirir otra dimensión.
Seguía sin encontrar una explicación para aquel correo ni para la identidad de quien lo había enviado, pero lo que estaba claro era que ya no podía seguir pensando que todo aquello se debía únicamente a la casualidad.