9
Cuando subió de nuevo a su despacho, le resultó imposible volver a concentrarse en el trabajo. Las tareas pendientes seguían acumulándose y la jornada avanzaba sin que lograra recuperar el ritmo habitual.
La conversación con Adela lo había dejado intranquilo.
Le preocupaba la posibilidad de que pudiera tener algún tipo de propósito, aunque, si era así, no terminaba de saber cuál.
Nunca había sido especialmente conspiranoico, pero la única alternativa, si no era casualidad, era que todo se tratara de una especie de juego por su parte.
Un juego del gato y el ratón en el que él parecía llevar la peor parte, y eso era algo que no le agradaba en absoluto.
Lo que realmente le inquietaba no era tanto lo que Adela hubiera podido leer en el foro hasta ese momento, sino la posibilidad de que estuviera buscando algo en aquellos mensajes o de que pudiera extraer conclusiones a partir de ellos.
Aquellos textos habían sido escritos al hilo de los acontecimientos, sin distancia ni filtro.
Los meses posteriores a su vuelta fueron auténticamente convulsos y, durante ese tiempo, se había dedicado a narrar cada detalle que pasaba por su cabeza, casi como si llevara un diario público.
La idea de que alguien pudiera volver sobre ellos ahora, no como una simple lectura, sino tratando de encontrar un sentido global a todo aquello, le resultaba extrañamente desagradable.
Si en aquel momento hubiera podido borrar todo lo que escribió entonces, lo habría hecho, pero esa potestad solo la tenía el administrador del foro y, a estas alturas, después de tantos años, ni siquiera recordaba quién era.
En cualquier caso, no podía borrar ni lo que había escrito ni lo que había ocurrido durante aquellos meses.
Y es que el regreso a casa, tras aquello, fue complicado. Reintegrarse a la rutina después de haberse sentido otra persona fue un duro ejercicio. Se encontró sin asideros a los que aferrarse. Y ahí es donde entró en juego Vera.
Ella fue lo único que le permitió mantener, en medio del día a día, la llama encendida de aquello que había descubierto al otro lado del Atlántico: la certeza de que el destino no estaba escrito y de que siempre era posible cambiar y ser aquello que realmente deseaba ser.
Su gratitud hacia ella era enorme; lo notó desde la primera semana tras tomar tierra.
De algún modo, la necesitaba. No tanto por quien era ella, o al menos no únicamente por eso, sino porque se había convertido en su único vínculo con todo aquello.
Por eso, unos días después de reincorporarse a la rutina, le escribió desde el ordenador de ese mismo despacho en el que ahora se encontraba.
Formalmente, se trataba de un correo de agradecimiento por el excelente trabajo que —justo era reconocerlo— había realizado durante la feria.
El tono era correcto, aunque dejaba entrever un matiz personal que quizá lo acercaba más de lo recomendable, teniendo en cuenta que, en pocos días, Vera iba a integrarse en su equipo.
Afortunadamente, no tuvo que arrepentirse de haberlo enviado porque, a las pocas horas, ella respondió educada y cordialmente, manifestando también su agradecimiento por haber tenido la ocasión de participar, recién llegada a la editorial, en un evento de tanta importancia.
Su mail lo cerraba con un: «Espero que este sea el comienzo de una gran amistad».
Para Mario, el guiño prestado de Casablanca no restaba un ápice de fuerza a la frase.
Al contrario, saber de dónde venía no hacía sino dotarla de un significado aún más especial.
Una frase tan simple y a la vez tan contundente que se le quedó clavada durante meses, convirtiéndose en el motor que le permitió atravesar aquel período sin hundirse.
Recordar ahora todo aquello le hizo sentirse, de algún modo, desnudo.
No podía evocar con exactitud cada palabra que había escrito en el foro durante aquellos meses convulsos que siguieron, pero sabía que habían sido mensajes absolutamente confesionales.
No quería darle a Adela la ventaja de conocer mejor que él lo que se había dicho entonces.
Por eso, en cuanto regresó al despacho, abrió el histórico y empezó a repasar algunas de las conversaciones de aquel período.
Leyéndolas ahora, después de tanto tiempo, le sobrevino una sensación extraña.
Volver a la intensidad de entonces lo removía por dentro.
La memoria es frágil y, aunque ni siquiera habían transcurrido dos años, muchos detalles se le habían borrado.
Al releer algunas de aquellas frases, no le extrañó que, en su momento, ciertos participantes se sintieran incómodos, acostumbrados como estaban a conversaciones más ligeras; algunos, de hecho, terminaron alejándose por completo.
Los debates sobre música y cultura quedaron en segundo plano, dando paso a reflexiones más íntimas en las que se hacía visible la insatisfacción de algunos con la marcha de sus vidas.
En su caso particular, aquellas conversaciones dejaban entrever, vistas ahora con distancia, la importancia que Vera había ido adquiriendo en su vida, aunque entonces él apenas empezara a intuirlo.
Afortunadamente, no había plasmado allí la mayor parte de los pequeños cambios que, de manera casi automática, fue introduciendo en sus rutinas para procurar coincidir con ella.
No había nada especialmente calculado en ellos; al contrario, eran gestos tan ingenuos que ahora, vistos con perspectiva, no podía evitar sentir un cierto pudor.
Recordaba, por ejemplo, cómo había incrementado la frecuencia de sus paseos hasta el aseo o la máquina de café, siempre buscando pasar por delante de su mesa y propiciar un saludo fugaz o intercambiar cuatro palabras.
En el fondo, a pesar de la incorporación de Vera a su equipo, el contacto diario con ella no era tan constante como le habría gustado.
Las múltiples obligaciones de su agenda hacían que su trato quedara reducido, la mayor parte de las veces, a breves reuniones de trabajo o a encuentros compartidos con el resto del equipo.
Luego hubo otras iniciativas, igualmente torpes, pero algo más deliberadas, como aquel par de veces en que se atrevió a invitarla a comer a un restaurante cercano y que ella declinó con cortesía.
El foro se transformó durante aquellos meses en un escenario de confesiones y emociones compartidas, un espejo de lo que él sentía pero que nunca llegó a revelar por completo —probablemente porque ni él mismo lo sabía con claridad—.
Leer aquellos mensajes ahora era como asomarse a su propio pasado: mostraban emociones genuinas, pero también dejaban al descubierto la fragilidad de los límites que él mismo se imponía.
Ahora, casi dos años después, la conversación con Adela lo había puesto en alerta.
Alguien había empezado a prestar atención a todo aquello, y la sola posibilidad de que siguiera leyendo y extrajera conclusiones le resultaba inquietante.
Sentía que una parte de aquel mundo, que siempre había vivido como algo íntimo pese a haberlo compartido en un foro público, ya no le pertenecía del todo.
Empezó a temer lo que alguien pudiera hacer con todo aquello, cómo podría interpretarse, cómo podría ser utilizado. Una punzada de ansiedad recorrió su pecho, y por primera vez en mucho tiempo se sintió vulnerable frente a la mirada ajena.