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El sonido del móvil le sobresaltó. Estaba en el despacho de la editorial, inmerso en su trabajo, cuando la pantalla se iluminó. De nuevo era Adela. Leyó el breve mensaje:
—Empiezo a pensar que prefieres imaginar antes que saber.
Era apenas una frase, pero tuvo la impresión de que su tono era ligeramente distinto al de los mensajes anteriores.
Quizá solo era una percepción suya. Tal vez por eso, o quizá porque la distracción del trabajo le había permitido restar importancia a todo aquello, volvió a plantearse llamarla directamente.
Bajó a la calle para poder hablar sin interrupciones mientras aprovechaba, de paso, para tomar un café.
Cuando cogió el móvil, instintivamente lo miró con cierta prevención, temiendo que, como la vez anterior, ella se anticipara y anulase su iniciativa.
En el fondo, confiaba en que todo terminara siendo una broma de alguno de los foreros.
Incluso llegó a preguntarse si detrás de aquello no podrían estar Elena o alguno de sus hijos, que cuando eran adolescentes parecían disfrutar especialmente poniéndolo en pequeños aprietos, aunque no le parecía que esa fuera su forma de proceder.
Pero esta vez no ocurrió. El tono de llamada sonó repetidamente y ya estaba a punto de colgar cuando, al fin, alguien respondió al otro lado.
Durante un instante esperó reconocer la voz o escuchar alguna frase que desvelara la broma.
Pero la voz le resultó completamente desconocida.
Se trataba de una voz de edad indeterminada, cálida y con un punto de sensualidad.
—Hombre, Mario. Ya era hora de que te dignaras llamarme —dijo Adela, con una familiaridad que le hizo detenerse un momento antes de hablar.
—Bueno, supongo que no es ninguna sorpresa que hablaríamos tarde o temprano.
—Está claro, pero parece que te ha costado decidirte a dar el paso.
Bastó el intercambio de unas cuantas frases para que Mario descartara definitivamente que Adela fuera una jovencita impresionable. Ya lo había intuido por algunas de sus intervenciones en el foro, pero, al escucharla hablar, su aplomo y sofisticación resultaban difíciles de pasar por alto.
—Bueno, ¿y a qué debo el placer? —preguntó Adela.
—Pues a que no podía soportar la curiosidad por más tiempo —reconoció él sin ambages—. Tu mail me sorprendió muchísimo, pero sobre todo no he podido dejar de preguntarme qué explicación poder darle a todas esas coincidencias.
—¿Coincidencias ?
—Sí, bueno, coincidencias… o lo que sea —Mario mencionó algunas, dando por hecho que ella sabía perfectamente a qué se refería.
—Será que tengo trabajando a destajo a alguno de mis espías —dijo ella, bromeando, sin añadir nada más.
Mario se quedó algo descolocado. No sabía si ella realmente ignoraba de qué estaba hablando o si simplemente no quería dar explicaciones. No pudo evitar cierta decepción por la facilidad con que parecía querer desentenderse de algo que a él llevaba preocupándole varios días.
—Bueno, dejemos eso aparte. ¿Qué te parece si me cuentas algo de ti? —dijo, consciente de que no iba a obtener más explicaciones sobre el asunto y cada vez más intrigado por conocer detalles sobre la persona que tenía al otro lado de la línea.
—Sí, claro, ¿qué quieres saber?
—Pues, no sé… Para empezar, quién eres realmente. ¿A qué te dedicas? ¿Trabajas? ¿Estudias?
—Uy, qué gracioso, parece que estuvieras intentando ligar en una discoteca a la vieja usanza —dijo ella en tono burlón.
—Sí, perdona. Es que todo esto me resulta un tanto extraño —admitió Mario, asumiendo que no iba a ser fácil leer sus intenciones.
—Bueno, ya lo sabes… me llamo Adela, escribo en el foro… Trabajo en una empresa de cosmética. Soy la responsable de organizar eventos. Algo muy poco glamuroso .
—Según se mire. Imagino que tendrás que tratar con mucha gente.
—Más de la que me gustaría. Pero también tiene su lado interesante, es cierto. A veces aprendes cosas que no esperabas… sobre todo cuando escuchas.
Mario no supo muy bien qué contestar. Había algo en esa última frase y en la manera en que la había dicho que sonaba a doble sentido.
—Por cierto, hablando de tratar con gente —añadió Adela con aparente despreocupación—, ¿también irás a Montevideo este año?
Mario se quedó en silencio. Durante unos segundos pensó que había oído mal.
—¿Cómo dices?
—Que si vas a repetir lo de Montevideo. Creo recordar que te gusta bastante ir.
—…¿A Montevideo?
—Sí, vamos, Mario. No me digas que has olvidado lo que ibas contando en el foro sobre aquellos viajes.
Hablaste mucho de todo aquello. Con bastante detalle, por cierto.
Se notaba que estabas… entusiasmado. A los demás les hiciste partícipes de lo que supuso todo aquello, especialmente después de tu regreso de aquel viaje, el de hace un par de años.
—Pero eso fue mucho antes de que tú entraras en el foro —respondió él, indeciso—. ¿Cómo sabes… ?
—¿En serio? —interrumpió ella, dejando escapar una ligera risa—.
En un foro como ese las cosas no desaparecen tan fácilmente…
sobre todo cuando alguien empieza a resultar interesante.
Aunque tampoco creas que te tengo tan estudiado.
De momento solo me he topado con algunas cosas sueltas de entonces; lo de Montevideo aparecía mencionado varias veces y me llamó la atención.
Pero no te preocupes, ya iré mirando con más calma.
Mario no respondió. Hasta ese momento apenas había pensado que todo aquello siguiera allí, acumulado en el histórico del foro, al alcance de cualquiera con la paciencia suficiente para recorrerlo. Y, por algún motivo que no acababa de precisar, aquella idea no le hizo ninguna gracia.
—Pero es comprensible —añadió ella—, hay viajes que te cambian la vida… y otros que te la destrozan.
Mario tragó saliva. La frase le resultó extraña.
No sabía si con ese tipo de comentarios Adela trataba de hacerse la interesante o si había algo detrás.
Recordó que en el foro ya había mostrado en alguna ocasión esa misma tendencia a lo enigmático, aunque entonces no le había dado demasiada importancia.
—No entiendo… —dijo titubeando, sin saber muy bien a qué atenerse.
—La vida está llena de enigmas —replicó Adela, abundando en el misterio—. Y hay veces que las cosas llegan sin previo aviso.
Se abrió un nuevo silencio, breve y, esta vez, algo más tenso. La conversación se prolongó aún unos instantes más antes de que ella se despidiera, alegando que estaba a punto de entrar en una reunión.
Con el teléfono ya mudo en la mano, respiró hondo mientras se sentaba en un banco. Había algo en aquella conversación que lo había descolocado más que cualquier coincidencia anterior.