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La alarma sonó, como siempre, a las siete y diez.
Al coger el móvil para apagarla, recordó que todavía no había contestado a Adela.
Su última pregunta lo había dejado desconcertado y había preferido no responder en ese momento.
Ahora seguía dudando si hacerlo siquiera.
Aquellos mensajes, que aparecían con una extraña sincronía respecto a sus propios pensamientos, comenzaban a resultarle no solo inexplicables, sino un tanto perturbadores.
Elena se levantaría tarde, así que se esforzó en no hacer más ruido del estrictamente necesario y optó por desayunar en el bar de la urbanización.
La jornada se presentaba especialmente intensa.
Tenía sobre la mesa varios informes de lectura pendientes, dos reuniones con autores —una de ellas especialmente delicada— y la revisión final de un manuscrito que llevaba semanas encallado en el comité editorial.
Además, el cierre del catálogo de otoño seguía sin resolverse del todo, y la dirección ya estaba empezando a impacientarse.
Se había llevado algunos de aquellos informes a casa para aprovechar el fin de semana, pero lo cierto era que apenas les había dedicado tiempo.
Había pasado las páginas sin prestarles la atención precisa, deteniéndose más en sus propios pensamientos que en lo que tenía ante los ojos.
A decir verdad, comenzaba a sentirse un poco agobiado por la acumulación de responsabilidades.
Además, en apenas dos meses, a finales de septiembre, tendría que acudir de nuevo a la Feria de Montevideo y, con agosto de por medio —mes en que la editorial permanecía cerrada por vacaciones—, debía dejar preparadas muchísimas cosas en las siguientes dos semanas.
Pensar en regresar allí le producía una sensación ambivalente: deseaba que llegara el momento y, a la vez, lo temía, porque sabía que esta vez todo sería distinto. Por primera vez, viajaría solo.
En las dos ocasiones anteriores lo habían acompañado Vera y Sergio, uno de los técnicos de la empresa, pero ambos dejaron su puesto poco después de regresar del último viaje.
Vera lo hizo apenas dos semanas después y la salida de Sergio quedó diluida entre los recortes y la reorganización interna que vivió la editorial durante aquellos meses.
Al final, solo fue otro de esos nombres que habían ido quedando atrás, sin que pudiera precisar del todo en qué momento habían dejado de formar parte de su entorno habitual.
Ahora, sin embargo, al pensar en el viaje que le esperaba, empezaba a darse cuenta de que iba a echarlos de menos.
En esta ocasión, su única compañía sería el responsable del equipo local, encargado del montaje del stand y de la coordinación de proveedores y transporte.
Ni siquiera se desplazaría el delegado de la editorial, algo poco habitual en una cita de aquella importancia.
Aunque sus estancias en la Feria solían limitarse a los días de reuniones y compromisos más relevantes, su presencia siempre le descargaba de buena parte de las responsabilidades institucionales que ahora tendría que asumir.
En la práctica, eso le convertiría esta vez en el único representante de la editorial durante toda la feria.
A pesar de ello, volver allí era algo que anhelaba.
Aunque le costara admitirlo, la perspectiva de regresar a Montevideo le ilusionaba bastante más que la escapada a Asturias que Elena había empezado a preparar para mediados de agosto con la idea de huir del calor.
Como ocurría casi siempre con las vacaciones, era ella quien llevaba la iniciativa.
Habitualmente, él se limitaba a revisar y dar su conformidad a las distintas propuestas que le mostraba, pero esta vez ni siquiera le había dedicado tiempo a aquello.
Y es que esos paréntesis vacacionales apenas suponían una leve interrupción en la rutina en la que vivía instalado.
Sus días se limitaban a ir y volver al polígono donde se encontraban las oficinas, como si se moviera dentro de un circuito cerrado.
Y los fines de semana no resultaban mucho más atractivos: una sucesión de tareas domésticas —la compra en el supermercado, limpiar la casa, pequeñas reparaciones siempre aplazadas— que se encadenaban sin dejar apenas espacio para otra cosa.
Todo parecía repetirse, como un bucle del que no podía escapar.
Las conversaciones en el foro y su juego de escritura eran, aunque efímeras, sus únicas distracciones.
Incluso sus más afianzadas aficiones, como escuchar música, ya parecían no provocarle tanta emoción.
Una cierta apatía empezaba a instalarse en él, lenta y constante, y Montevideo volvía a su mente con más frecuencia de la que le gustaría reconocer .
Allí regresaba una y otra vez, como a un refugio solitario. Un mapa mental y emocional de la ciudad donde cada lugar era un hito de su nostalgia, un atlas íntimo de lo que se había ido y aún seguía latiendo en su memoria.
Fue, en realidad, aquel viaje de apenas dos años atrás el que acabó por convertir a Montevideo en algo más que una ciudad. Cuando llegó, el stand ya estaba prácticamente montado. La comitiva de la editorial —el delegado, Sergio y Vera— se había adelantado unos días para prepararlo todo.
Él aún no conocía a Vera, pues ella se había incorporado a la empresa tan solo un par de semanas antes y en Madrid no habían tenido aún ocasión de coincidir.
Era una mujer joven, de presencia serena y segura.
Había en ella una forma de estar en el mundo que no necesitaba imponerse para hacerse notar.
No era únicamente su aspecto —aunque no habría sabido decir exactamente en qué consistía aquella impresión—; también influía la naturalidad con la que se movía en aquel entorno ajeno, resolviendo situaciones con una eficacia tranquila que parecía impropia de alguien que acababa de incorporarse a aquel mundo.
Había sido contratada personalmente por el delegado, en gran parte por su dominio de varios idiomas.
Como este se apresuró a señalar al presentarlos a su llegada, además del español hablaba inglés y francés con soltura, y tenía también algunas nociones de italiano, lo que la convertía en una pieza especialmente valiosa para la editorial en ferias internacionales, donde era necesario establecer contactos con colegas de distintos países.
En ese contexto, el delegado había previsto que, a su regreso a Madrid, se integrara en el equipo coordinado por Mario, encargado del desarrollo y la presencia de la editorial en las aues.
El delegado —cuyo nombre era Joaquín, aunque en su ausencia todos se referían a él por el cargo— era un hombre que intentaba, no siempre con éxito, rebajar la distancia que imponía su posición.
En los viajes insistía en mostrarse cercano, forzando a veces un tono informal que no terminaba de encajar con su manera habitual de comportarse en la empresa.
A Mario le llamó la atención la facilidad con la que buscaba incluir a Vera en cualquier conversación, como si necesitara comprobar a cada momento que seguía allí, escuchándole.
Sergio, por su parte, se mantenía siempre en un segundo plano, discreto, sin intervenir apenas en las conversaciones.
Sin embargo, en más de una ocasión tuvo la impresión de que estaba más pendiente de Vera de lo normal, como si hubiera algo en ella que le obligara a salirse, aunque fuera mínimamente, de ese papel de acompañante silencioso.
Durante aquellos días, ellos cuatro formaron un pequeño grupo que, al acabar la jornada, solía prolongar la noche.
A veces se les unían otros colegas de la feria, y entre todos iban descubriendo la ciudad, robándole horas al descanso.
Así conocieron el Café Brasilero, con sus mesas cargadas de historias; el Bar Fun Fun, entre jazz y risas; pequeños restaurantes improvisados; y, claro está, las calles de la Ciudad Vieja, que exploraban sin rumbo fijo, dejándose llevar por la curiosidad.
Con el paso de los días, empezó a percibir que aquella misma facilidad con la que Vera se integraba en el grupo se repetía también en otros contextos.
Bastaba con que alguien coincidiera con ella unos minutos para que, de forma casi imperceptible, la conversación terminara girando a su alrededor, como si su presencia introdujera un punto de atención del que resultaba difícil apartarse.
Pero, de todos los recuerdos que conservaba de aquel viaje, había uno que regresaba siempre con especial nitidez.
La penúltima jornada de la feria, como solía ser habitual, el grupo se reunió para celebrar el éxito con una cena en un restaurante típico del Mercado del Puerto.
Al terminar, casi sin darse cuenta, los demás se fueron retirando: primero uno, luego otro.
Al final, Mario y Vera se quedaron solos a la salida del restaurante, en esa forma un tanto imprecisa en la que a veces las situaciones se resuelven sin que nadie las decida del todo.
Durante unos segundos, dudó si aquello no era más que una coincidencia sin mayor importancia. Sin embargo, la forma en que Vera se detuvo, ajustándose el abrigo y mirando un momento a su alrededor, le hizo pensar que quizá ella tampoco tuviera demasiada prisa por volver al hotel.
Fue entonces cuando le propuso dar un paseo hasta la escollera Sarandí.
A esas horas, ya estaba desierta de los pescadores que, cada atardecer, se apostaban sobre las rocas por afición o necesidad.
Con el rumor de las olas como banda sonora, la brisa húmeda les envolvía mientras avanzaban, obligándoles a subirse el cuello del abrigo y a caminar con las manos en los bolsillos.
La luz del desvencijado faro, al final del camino, parecía guiarlos hasta ese punto en el que ya no parece haber nada más allá.
Desde allí, con la luna reflejada en el Río de la Plata y las luces de la ciudad al fondo, la escena le dejó sin aliento.
En la otra punta del mundo, lejos de Elena y de los chicos, con aquella bella casi desconocida a su lado, sintió que algo se abría en su interior.
Le vino el impulso espontáneo de acercarse, de compartir con ella aquella emoción silenciosa, como si ese instante exigiera una complicidad que no necesitaba palabras; pero se contuvo, dejándolo suspendido en ese territorio impreciso entre el deseo y la prudencia.
Le pareció, quizá solo lo imaginó, que también para ella aquello tenía algo de mágico.
No ocurrió nada entre ellos, y sin embargo esa experiencia tuvo para él algo de catarsis.
Por un instante se sintió otra persona, más ligera, más libre, quizá la persona que siempre había querido ser y que nunca se había permitido.
Desde entonces, cada recuerdo de Montevideo llevaba inevitablemente la huella de Vera. Y nunca volvió a ser solo un recuerdo.