El otro relato 6
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Entró en casa y se quitó los zapatos. La maleta de Elena estaba aún en el recibidor, sin abrir; debía de haber llegado apenas unos minutos antes. Subió las escaleras y, al llegar al piso superior, vio que la puerta del baño estaba entreabierta; desde el interior llegaba el sonido de la ducha.

—Hola —dijo Mario, asomando la cabeza lo justo para distinguir, tras el viselado de la mampara, la silueta desnuda de su mujer—. ¿Qué tal el viaje?

—Bien… ahora te veo —respondió Elena—. Enseguida acabo.

Mario bajó al salón, abrió una cerveza, puso música suave y se acomodó en el sofá.

Se quedó así unos minutos, sin hacer nada en concreto.

Al poco, Elena apareció envuelta en un albornoz blanco, con el pelo todavía húmedo, secándoselo con una toalla.

Caminó hacia él y se sentó en el sillón de enfrente.

— Ya estoy aquí... —dijo, dejando la toalla sobre el respaldo y ahuecándose el pelo con los dedos—. ¡Qué cansancio !

—Se te nota. ¿Todo bien?

—Sí… todo bien —dijo ella lacónicamente—. Tranquilo. Lo de siempre. Pero… ¿y tú? ¿Qué has estado haciendo todo el fin de semana?

Mario vaciló. No tenía ningunas ganas de contarle lo que le había tenido ocupado. Tampoco le apetecía preguntarle por su hermana, su cuñado desaparecido o esos sobrinos a los que apenas conocía más que por foto.

—Ah, ya sabes… leyendo, salí a dar una vuelta, escribiendo algún correo, esas cosas —dijo, mientras dejaba la cerveza sobre la mesa—. Nada importante.

—Mmm... —dijo Elena, ladeando ligeramente la cabeza—. Últimamente me da la impresión de que siempre estás demasiado ocupado con... esas cosas.

Mario asintió, queriendo notar un ligero reproche en el tono de Elena. Dio otro trago a la cerveza, sin saber muy bien cómo responder.

—Sí… el trabajo me tiene absorbido. Son muchas las cosas que tengo que resolver, problemas que no acaban y que se van acumulando.

—Ya veo. Siempre el trabajo… Pero no creo que siempre se trate de cosas de trabajo, ¿no… o sí?

Mario se encogió un poco de hombros. La actitud de Elena le tenía un tanto desconcertado.

—Pues… casi siempre, la verdad. Ya sabes que no me deja mucho tiempo para hacer otras cosas; algún rato de lectura, cuando no estoy harto de leer cosas infumables de la editorial, y algún momento de distracción con el foro, poco más.

—Ah, ya salió... el famoso foro —replicó Elena, con media sonrisa, en un tono que parecía esconder cierto sarcasmo.

—¿Y por qué dices «famoso»?

—No sé. Desde hace bastante tiempo, parece que le prestas más atención a ese foro que a mí. Y tampoco es solo eso. Te pasas demasiado tiempo delante del ordenador como para que sea solo trabajo, ¿no?

—Bueno, no, no todo es trabajo. Ya sabes que me gusta escribir, pero tampoco creo que lo que hago merezca mucho la pena, de modo que…

—No me importaría ser yo quien juzgara alguna vez si merece la pena o no —interrumpió Elena—. Lo cierto es que nunca me dejas ver nada de lo que escribes. Y cuando, por una vez, se me ocurrió ver algo… en fin… mejor dejarlo estar.

Mario tragó saliva. Durante un instante pensó en responder, pero la mirada se le desvió sin poder evitarlo hacia lo que el albornoz de Elena, al moverse en la butaca, dejaba entrever.

Le recorrió un impulso físico, cálido y familiar, que en otro momento habría seguido sin dudar.

Esta vez, sin embargo, algo invisible parecía interponerse entre ellos.

El silencio que había dejado la frase de Elena seguía suspendido en el aire, y el momento, desde luego, no estaba para bromas. Se contuvo.

—Bueno, ya te dejaré ver algo, no te preocupes —dijo finalmente, más por poner punto y aparte a ese asunto sobre el que tampoco él deseaba volver que por verdadera voluntad de hacerlo, aunque no pudo evitar sonreír para sí mientras pensaba que, al fin y al cabo, era ella quien acababa de enseñarle algo.

—A ver si es verdad —dijo Elena, cruzándose el albornoz bruscamente, al darse cuenta del descubierto y mostrando un rubor que, en otros tiempos, no habría existido.

—Por cierto, ¿has tenido alguna noticia de los chicos? —preguntó Mario, ya cambiando definitivamente de tema—. Yo solo he recibido un breve mensaje de Sofía, pero de Alex… ni señales.

—Sí, Sofía me llamó y me estuvo contando lo del viaje que estaba preparando.

Se la veía muy contenta. Con quien tampoco he hablado es con tu hijo, aunque me mandó un par de fotos por WhatsApp.

Al parecer, tampoco ha estado en Madrid: se fue a pasar el fin de semana con sus compañeros de piso y otros amigos, a hacer marchas por el Pirineo o algo así.

Mario asintió, consciente de lo poco que sabía ya de ellos.

Le costaba reconocer en aquellos dos jóvenes algún rasgo de los pequeñajos que se pasaban la vida correteando a su alrededor, demandando atención.

Pero menos aún entendía la distancia que se había abierto con Elena.

Una distancia cada vez más llena de silencios y reproches velados que no lograba descifrar.

Mientras la observaba, se dio cuenta de que él mismo llevaba meses ocupado en otros asuntos y otras personas, y que, en realidad, no tenía la menor idea de qué pasaba por su cabeza .

—¿No habrás cenado todavía, verdad? —preguntó Mario.

—No, la verdad es que no. Pero no tengo hambre.

Paré a mitad de camino para tomar algo y estoy tan cansada que creo que me voy a acostar ya mismo.

Casi voy a subir la maleta y en cuanto la deshaga me voy a la cama.

Eso sí, mañana no me despiertes, por favor.

Hasta mediodía no tengo que estar en el hospital y no me voy a poner la alarma.

—Vale. Yo me voy a preparar algo, pero tampoco tengo mucha hambre. ¿Te ayudo con la maleta?

—No, no hace falta. Hasta mañana. Me subo.

Mario se quedó un instante más en el salón.

Últimamente, cada nuevo episodio, cada conversación con Elena, le dejaba esa desagradable sensación de creciente distanciamiento.

No es que fuera algo definitivo, más bien lo percibía como una deriva lenta pero inapelable.

Y lo peor era que él, salvo por aquel instante de mera reacción física, tampoco parecía encontrar en sí mismo una urgencia real por revertir la situación.

De hecho, le producía una honda desazón pensar que el sexo, cada vez más infrecuente, fuera el único momento en que la barrera que se levantaba entre ambos parecía desvanecerse, dejando asomar algo de lo que antes había sido moneda corriente.

La sensación posterior era siempre de tristeza por lo perdido, más que de ilusión por recuperarlo.

No había duda de que Elena había notado que su distanciamiento venía de tiempo atrás.

Ella misma acababa de hacérselo notar y, al recapacitar sobre ello, no le resultó dificil ubicar con precisión el momento en que todo cambió: aquel viaje a Montevideo.

Y, al recordarlo, era inevitable que pensara en Vera.

Hacía ya meses que ella había desaparecido de su horizonte cotidiano, pero su nombre seguía emergiendo de vez en cuando en los lugares más inesperados de su memoria, como esa melodía pegadiza que uno cree olvidada y que, sin previo aviso, se descubre tarareando.

Lo curioso era que, si se detenía a pensarlo con frialdad, entre ellos casi no había ocurrido nada.

Apenas unos cuantos cruces en el trabajo, algunas conversaciones sueltas, momentos que cualquier otra persona habría considerado insignificantes.

Y, sin embargo, durante un tiempo habían adquirido para él una importancia especial, como si con ellos se hubiera abierto una posibilidad que el resto del mundo no alcanzaba a ver.

A menudo pensaba que todo había estado más en su imaginación que en la realidad.

Que había sido él quien, sin darse cuenta, había ido construyendo alrededor de aquella presencia una especie de territorio propio, un lugar donde refugiarse cuando la vida cotidiana empezaba a volverse demasiado estrecha.

Y, aun así, nunca había logrado aclararse del todo sobre si, en algún momento, ella no habría dado pie —aunque fuera de forma involuntaria— a esa interpretación.

Sí, aquel viaje lo cambió todo.

Con frecuencia le asaltaba la idea de que los momentos decisivos de una vida rara vez se presentan como tales. Muy al contrario, llegan disfrazados de episodios corrientes, sin ninguna señal que permita distinguirlos de tantos otros. Aquel viaje había sido uno de ellos.

Los demás miembros del foro lo sabían bien. A su regreso, no dejó de hablar de ello, relatándoles, día sí y día también, todo lo que estaba pasando en su interior. Ese espacio, en aquellos meses, fue para él una especie de confesionario donde volcaba a diario sus inquietudes y sus ilusiones.

Tenía la sensación de que aquellas semanas habían marcado un punto sin retorno en su vida y que, probablemente, uno de sus primeros efectos había sido el enfriamiento de su relación con Elena; algo de lo que se sentía, en parte, responsable, por haberla dejado voluntariamente al margen de todo aquello que pasaba obsesivamente por su cabeza.

Pero ¿cómo hacerla partícipe de algo que ni él mismo era capaz de explicar con claridad?

La vibración del móvil lo sacó de su ensoñación. Al mirar la pantalla, vio el nombre: era Adela.

No había tenido noticias suyas en todo el día y, hasta ese momento, se había ocupado más en intentar entender los motivos por los que se habría decidido a entrar de ese modo en su vida y en analizar las extrañas coincidencias que se venían dando que en pensar cómo retomar la conversación con ella.

Abrió el mensaje y leyó:

—Veo que no das señales de vida. Espero que no te hayas asustado con lo que te dije ayer. ¿Qué tal el cine ?

Mario no sabía qué contestar. Era absurdo seguir poniendo excusas, como también lo era continuar respondiendo con meros mensajes de cortesía.

Resultaba sorprendente que algo tan aparentemente intrascendente le comenzara a provocar ese nivel de inquietud.

Y, sin embargo, sentía que aquella intromisión de Adela en su vida podía ser la grieta que acabara por romper el débil equilibrio en el que se encontraba.

Quién era realmente, qué relación podía tener con Marc, qué corrientes apenas visibles se movían bajo la superficie del foro… incógnitas que, sin tener mayor importancia, comenzaban a entrelazarse en su cabeza de forma imprecisa pero recurrente.

Sea como fuere, aún no había decidido qué camino seguir, así que optó por la prudencia y contestó:

—Lo siento, he estado todo el día ocupado haciendo chapuzas en casa.

Decidió no mencionar a Elena. Podría haber dado cualquier excusa que la implicara —que habían estado fuera o ocupados con tareas domésticas—, pero, por algún motivo, prefirió no hacerlo.

Mientras escribía, cayó en la cuenta de que aquella omisión no era algo nuevo.

Los miembros más antiguos del foro ya conocían perfectamente cuál era su situación familiar, pero no recordaba haber hablado apenas de su mujer ni de sus hijos en los últimos meses, quizá incluso más.

Era algo que no se había detenido a pensar hasta ese momento.

Mientras enviaba el mensaje, le surgió la duda de si, por mediación de otros o por conversaciones cruzadas de las que él no tenía noticia, Adela sabría que estaba casado.

Él mismo, hasta ese día, no se había enterado —por boca de Javier— de que Adela había sido, o quizá aún era, pareja de Marc.

Quizá ella tampoco supiera que tenía esposa e hijos.

Tras enviar la respuesta, se echó hacia atrás y reposó la cabeza en el respaldo del sillón. Al pasar un par de minutos sin contestación, pensó que la conversación había quedado suspendida. Pero el teléfono vibró de nuevo. Lo cogió con cierta cautela y leyó el mensaje de Adela:

—¿Ya ha regresado tu mujer?