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Esa noche tuvo un sueño agitado, llegando incluso a levantarse en un par de ocasiones para beber agua.
En una de ellas estuvo a punto de recurrir a uno de los Lexatines que guardaba en la mesilla para cuando el sueño se resistía.
Finalmente decidió no hacerlo. Al día siguiente era domingo y no tenía necesidad de madrugar.
Elena ni siquiera le había llamado para preguntar cómo había pasado el día, y él tampoco había sentido la necesidad de contarle en qué había estado ocupado.
Las conversaciones entre ambos se movían desde hacía tiempo en un terreno cada vez más superficial, como si los dos evitaran acercarse a aquello que realmente pensaban o sentían.
No era algo inhabitual. Desde hacía ya casi tres años, una parte cada vez mayor de cuanto llevaba dentro parecía quedarse encerrada en él y, con frecuencia, era por la noche, en la soledad de su habitación o en el despacho, cuando todo aquello afloraba con más fuerza.
Quizá también por eso, el foro y, sobre todo, aquellas cartas habían terminado convirtiéndose en un espacio donde dar rienda suelta a sus pensamientos y preocupaciones, sabiendo que, en la mayoría de los casos, nadie llegaría a leerlas salvo él mismo .
A pesar de su intención de quedarse en la cama hasta tarde, el descanso no acababa de llegar.
Entre un sueño y otro, los pensamientos se habían ido sucediendo sin orden ni concierto: la conversación con Nadir, los correos de Adela, Elena...
Todo se mezclaba en una especie de murmullo continuo del que no había conseguido desprenderse.
Cuando volvió a mirar el reloj de la mesilla y vio que eran las siete y media, decidió no prolongar más el suplicio.
Se duchó, bajó a la cocina a prepararse un café bien cargado y, con el segundo en la mano, sin siquiera desayunar, subió al despacho para encender el ordenador.
Quería comprobar si había mensajes nuevos del día anterior —a veces aparecía, incluso, alguno durante la noche, enviado por Victorio, el forero argentino—, pero también repasar conversaciones anteriores en busca de algo que pudiera haber pasado por alto sobre Adela o sobre aquella extraña cercanía entre ella y Marc que Nadir había sugerido.
Marc era uno de los veteranos del foro y llevaba ya muchos años participando, aunque su papel había ido cambiando con el paso del tiempo. No sabría decir en qué momento exacto había empezado a percibirlo, pero sí recordaba con claridad que el cambio se hizo más evidente después de lo de Montevideo.
Habían pasado ya casi dos años de aquel viaje.
Era la primera vez que acudía a la Feria en su recién estrenada condición de director editorial adjunto y aquella experiencia habría de marcar un punto y aparte.
A su regreso, el foro dejó de ser aquel espacio casi exclusivamente centrado en debates musicales y empezó a derivar, poco a poco, hacia conversaciones más personales, más expuestas.
En buena medida, fue él quien propició ese cambio.
Sin proponérselo, muchas de las discusiones terminaron girando alrededor de las experiencias que había compartido durante aquellos días y de las consecuencias, no siempre fáciles de explicar, que aquel viaje había tenido en su vida.
Fue en ese contexto cuando empezó a percibir en Marc una actitud distinta, marcada por una creciente tendencia a interpretar cualquier asunto en clave de sospecha, buscando en casi todo lo que se tratara algún trasfondo oculto o alguna posible manipulación o interés encubierto.
Con el paso de los años, aquel espacio había acabado adquiriendo una naturaleza un tanto ambigua.
Era una especie de cápsula detenida en el tiempo y, a la vez, un lugar familiar.
Casi todos habían intentado en más de una ocasión animar a otra gente a participar, pero el resultado casi siempre había sido el mismo: los nuevos apenas duraban unos días y, al final, todo seguía girando alrededor del pequeño grupo de siempre.
A estas alturas, después de tanto tiempo, el foro ya no era sino un vestigio de los primeros tiempos de Internet.
En él primaba el texto por encima de la imagen; algo muy distinto a las redes sociales más recientes, donde lo inmediato y lo visual son casi la única moneda de cambio.
Allí seguían utilizando como avatares esos ridículos dibujillos con los que siempre se habían identificado, nunca su propia fotografía; como si eso mantuviera el misterio de quién estaba realmente al otro lado.
El de Mario, un dibujo cualquiera que había elegido casi por inercia de un banco de imágenes, no tenía para él ningún significado especial.
Lo cierto es que aquel supuesto anonimato tenía ya poco sentido: la mayoría de los miembros se conocían en persona o habían compartido fotos en algún momento.
Sin embargo, Nadir, Adela y Marc seguían siendo una excepción.
El jeque árabe y el cuervo negro eran las únicas imágenes conocidas de los dos primeros, mientras que Marc se envolvía en el misterio de una caricatura del actor Vincent Price que utilizaba como avatar.
Mario recordaba que, en una ocasión, alguien le había preguntado por el motivo de aquella elección y él les había sorprendido al confesar que se debía a lo mucho que le había marcado, cuando era niño, su escalofriante risa al final del Thriller, de Michael Jackson.
Pensando en todo ello, se dio cuenta de que había otro rasgo que vinculaba a esos tres: todos vivían en Madrid.
Algo que, en este caso, compartían con Javier —otro miembro con quien tenía bastante confianza— y él mismo (si es que a lo suyo se le podía llamar realmente «vivir en Madrid»).
El resto estaban en Barcelona o San Sebastián, mientras que Victorio era el único miembro del grupo que residía fuera de España.
Javier también llevaba mucho tiempo participando en los debates y siempre había demostrado mesura y buen juicio.
Mario confiaba en su manera de ver las cosas y, a diferencia de Marc, no era alguien propenso a exagerar ni a dejarse arrastrar por interpretaciones extrañas.
La llamada a Nadir no había resultado todo lo clarificadora que esperaba y la idea de llamarle rondó su cabeza durante un rato; incluso pensó que, quizá, sería mejor hablarlo cara a cara .
Dudó un instante, sin acabar de decidirse a hacerlo, pero Elena no regresaría hasta la noche y no había hecho otros planes, de modo que finalmente optó por intentarlo para ver si le apetecía quedar para comer.
Sabía que no sería fácil: acababa de ser padre por segunda vez y un domingo resultaría complicado que pudiera escaparse de sus obligaciones familiares; aun así, marcó su número.
Como temía, Javier no podía ausentarse durante la comida —sus suegros iban, además, a comer a su casa—, pero propuso que se encontraran hacia las seis.
Vivía en un barrio periférico, fuera del centro, donde aparcar resultaba mucho más sencillo, y Mario quedó en pasar a recogerlo en la puerta de su casa para acercarse a un café cercano.
Hacía al menos año y medio que no se veían en persona y, cuando llegó, le costó reconocerlo.
Javier debía de tener unos diez años menos que él, pero esa diferencia parecía haberse difuminado en ese tiempo.
Su abundante barba, que antes le daba un aire un tanto outsider , había desaparecido; afeitarse lo hacía parecer más convencional…
y, de algún modo, también mayor de lo que era.
Cuando Mario y Javier llegaron al local, apenas había gente.
Era un café de barrio, tranquilo, de los que los domingos por la tarde suelen estar casi vacíos.
Se sentaron en una mesa alejada de la puerta, en una zona más resguardada, y pidieron algo de beber mientras el camarero tomaba nota con desgana.
Durante los primeros minutos de conversación, la impresión inicial que le había producido el reencuentro se fue confirmando: no solo por su aspecto, sino también por la manera en que Javier se desenvolvía, más instalado en lo cotidiano de lo que recordaba.
Al margen de algún comentario sobre el trabajo o el hecho de volverse a ver después de tanto tiempo, la charla giró sobre todo en torno a lo doméstico y, en particular, a sus hijos.
Poco a poco, Mario fue tratando de llevar la conversación hacia aquello que realmente le interesaba.
—Oye, Javier… ¿tú cómo estás viendo últimamente el foro?
—¿A qué te refieres?
—No sé. Desde que está LadyShadow… da la impresión de que todo es distinto.
—Sí —dijo Javier sin titubear—. Eso es evidente. La gente participa de otra manera. Yo mismo, supongo.
A Mario le sorprendió un tanto el comentario. No creía que Javier fuera, precisamente, de los que habían modificado su forma de participar por la llegada de LadyShadow.
—A ti… ¿te ha escrito alguna vez fuera del chat?
—¿Fuera del...? No. ¿Por qué?
—A mí sí.
—¿LadyShadow?
—Sí. Bueno… Adela. Al parecer, ese es su nombre verdadero.
—¿Y qué te decía ?
—Nada concreto. Preguntas sobre mi trabajo, lo que hacía… Pero luego… —Mario se detuvo un instante—, hubo algún mensaje más raro.
—¿A qué te refieres?
—No sabría explicarlo. Como si… —negó con la cabeza—. No sé. Como si ya supiera cosas.
Javier le escuchaba con atención mientras daba un sorbo a su café con hielo.
—Además, ayer estuve hablando por teléfono con Nadir —añadió Mario— y me dijo que tenía la impresión de que entre Marc y ella había algo distinto. Como si se conocieran de antes.
Javier no respondió de inmediato.
—Eso… —dijo al fin—. Puede ser.
—¿Tú también lo has notado?
—Bueno… —titubeó—. Mejor dejarlo ahí.
—Ya, pero —insistió Mario, notando en Javier cierta incomodidad— a mí también me dio esa sensación cuando lo dijo.
—Mira… esto prefiero que no lo comentes.
—¿El qué?
—Yo tengo entendido que se conocen… Más que eso.
Mario frunció el ceño.
—¿Cómo que más ?
—Que fueron pareja… o algo parecido. Hace algún tiempo. Aunque tampoco te lo puedo asegurar —añadió Javier, bajando un poco el tono.
Mario se quedó callado un momento.
—Vaya… —dijo al fin—. Eso sí que no me lo esperaba.
—De todos modos, tampoco tiene por qué significar nada.
—No, claro. Es solo que me sorprende. Cuando me dijo Nadir que podían conocerse de algo, me hizo recordar algunos comentarios que sí, podían casar con eso, pero nunca supuse que hubieran podido ser pareja.
—Ya.
—¿Y qué piensas de Marc? —preguntó Mario.
—Pues... No sabría decirte. Al principio me caía bien, sin más. Pero poco a poco... —se detuvo— ha cambiado.
—Está raro, ¿verdad?
—Sí. Como si todo tuviera una explicación detrás. No hay tema que salga sin que acabe viendo algún tipo de conspiración.
—Eso mismo pienso yo. Siempre hay algo oculto, según él.
—Y luego está lo de los ovnis, los extraterrestres… ese tipo de cosas —añadió Javier, con una media sonrisa—. No sé muy bien cómo tomármelo.
— Ya. Hay cosas que, a ciertas edades… chirrían un poco.
—Sí. Y no es solo eso. Últimamente da igual el tema que salga: siempre acaba viendo conexiones raras detrás de todo.
—Exacto. Eso es lo que me resulta más... —Mario dudó— no sé si decir inquietante o simplemente agotador.
Javier asintió.
—Y cada vez participa menos.
Ambos dieron un sorbo al café antes de que Javier continuara.
—No sé. Igual es una fase.
—Puede ser.
—En fin… tampoco deja de ser un foro.
—Ya.
Durante el trayecto de vuelta, fue repasando la conversación sin conseguir apartarla del todo de la cabeza.
Había quedado con Javier precisamente porque confiaba en su manera de ver las cosas, y, en el fondo, esperaba que aquella conversación terminara devolviendo todo a una dimensión más simple, más razonable.
Pero la conversación había acabado por derivar hacia otros asuntos. Al igual que le había ocurrido con Nadir, no había conseguido encontrar la respuesta que buscaba y, lejos de aclarar sus dudas, solo había añadido nuevas incógnitas.
El que Javier hubiera comentado lo de la posible relación entre Marc y Adela era algo que no dejaba de extrañarle.
Javier nunca se había sentido cómodo hablando de asuntos personales.
Mario ya había tenido ocasión de comprobarlo tiempo atrás.
Él siempre participaba activamente en conversaciones sobre música, literatura, cine o, incluso, política, pero tendía a cerrarse en banda en cuanto estas se acercaban demasiado a lo emocional o a la vida privada.
Y, sin embargo, alguien le había contado aquello.
Había estado a punto de preguntarle cómo lo sabía, pero prefirió no hacerlo. Había percibido cierta desazón en él desde que salió el tema y no quiso forzarlo más.
Con todo, la idea de que tal vez el foro no fuera únicamente aquel lugar tranquilo y previsible que siempre había imaginado se iba reforzando.
No porque ocultara necesariamente nada concreto, sino porque empezaba a intuir que entre algunas de las personas que participaban allí existían vínculos, historias o tensiones que hasta entonces habían permanecido fuera de la pantalla… al menos para él.