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Mario pagó y se levantó de la mesa. Tenía intención de seguir paseando, pero apenas había dado unos pasos cuando la lluvia comenzó a caer con fuerza.
El aire llevaba toda la tarde cálido y pesado, pero el chaparrón estalló sin previo aviso.
Aunque al salir de casa ya se acumulaban negros nubarrones, no había tenido la precaución de coger un paraguas, y su coche estaba aparcado demasiado lejos como para regresar hasta allí andando.
Entró en el primer bazar que encontró: una tienda oscura y desangelada, atendida por un joven de rasgos orientales, que le vendió un paraguas plegable ridículo.
Apenas le cubría la cabeza y los bajos de los pantalones quedaban empapados cada vez que el viento azotaba la lluvia.
Una exigua protección que pronto se demostró completamente inútil cuando, al cruzar la plaza de Ópera, una ráfaga de viento, especialmente virulenta, hizo añicos el frágil aparejo.
La lluvia arreciaba y, tras echar los restos del paraguas en una papelera, se refugió en el cercano Café del Real, a la espera de que escampara.
Cuando amainó, se dirigió a su habitual «zona de cines» en la calle Martín de los Heros.
No pensaba entrar, pero se detuvo un instante a mirar los estrenos recientes.
Ninguno le llamó especialmente la atención.
Hacía tiempo que Elena y él habían perdido la costumbre de ir al cine cada semana, y ahora resultaba difícil encontrar alguna película que le atrajera de verdad.
Mientras observaba la cartelera y los horarios de los siguientes pases, reparó en las personas que, como suele ser habitual, aguardaban a la entrada del cine, convertida en permanente punto de encuentro.
Comenzaba a caer de nuevo una lluvia fina, apenas perceptible, y una joven que intentaba cubrirse el pelo con el bolso se acercó precipitadamente a uno de los grupos que esperaban bajo la marquesina.
Llevaba una camiseta clara, algo pegada por la lluvia, que contrastaba con la ropa más oscura de quienes permanecían al resguardo.
Al pasar junto a Mario, este apenas tuvo tiempo de apartarse para evitar chocar con ella.
Cuando volvió la vista, la joven ya se había perdido entre la gente que, en ese momento, salía de una de las salas
Al final descartó el cine y, dando un paseo, se encaminó a cenar a un restaurante tailandés en la plaza de las Comendadoras, donde él y Elena solían ir antes o después de una película, aunque ya ni recordaba cuándo fue la última vez que lo hicieron.
Al ser sábado, el local estaba más concurrido de lo habitual y le costó encontrar una mesa desde la que pudiera ver la calle.
El camarero tardó bastante en regresar para ofrecerle la carta.
Aunque no la necesitaba —siempre que iba allí acababa pidiendo el pad thai—, se puso a hojearla mientras esperaba a que le tomaran nota.
Cuando levantó la vista, vio al camarero acomodando a una pareja en una mesa situada en un rincón, parcialmente oculta tras una columna.
Desde donde estaba apenas podía distinguirlos: ella había quedado sentada de espaldas y a él ni siquiera alcanzaba a verlo.
Por algún motivo, la mujer atrajo fugazmente su atención, creyendo reconocer la camiseta clara que había visto poco antes a la entrada del cine.
En cualquier caso, el encuentro anterior había sido tan breve que, de ser ella, dudaba que pudiera reconocerla aunque la tuviera a dos palmos.
Como la comida se demoraba más de lo esperado, cogió de forma automática el teléfono que había dejado sobre la mesa.
Pensó en Adela. A pesar de lo que había decidido apenas un rato antes, sintió el impulso imperioso de hablar directamente con ella para aclarar aquel asunto —si es que realmente había algo que aclarar—.
Con todo, en un local tan concurrido, con el ruido de fondo y el trasiego constante de camareros y conversaciones, dudó un instante más antes de marcar.
Finalmente, se decidió a hacerlo; era la forma más directa de salir de dudas.
Pero justo cuando iba a pulsar la tecla para ver la agenda, el teléfono vibró en su mano.
La pantalla se iluminó, dejando ver el nombre de la llamada entrante: era ella, Adela.
Se quedó inmóvil unos segundos, sin reaccionar del todo. Miró alrededor, intentando asimilar la nueva coincidencia. Nadie parecía prestar atención a nada que no fuera su propia mesa.
Ni siquiera le dio tiempo a decidir si coger la llamada; se cortó tras apenas unos pocos tonos, coincidiendo con el momento en que el camarero le servía la comida. En un impulso, escribió un WhatsApp breve antes de ponerse a comer.
—Estoy en el cine, ahora no puedo hablar —mintió .
La respuesta apareció en la pantalla apenas un minuto después.
—Ah, vale. Si otra vez vas a ir solo, avísame con tiempo. Podríamos coincidir.
No acababa de entender en qué se basaba Adela para dar por sentado que estaba solo.
Era cierto que no habían hablado de su situación personal, pero eso no implicaba necesariamente nada.
La forma en que lo había expresado le sonó de nuevo extraña, casi como una afirmación; como si manejara una certeza que no tenía por qué tener.
No pudo evitar pensar si LadyShadow no sería en realidad alguien más próximo de lo que suponía, y si no se trataría de algún amigo o, quizá, de la propia Elena.
Pero, a poco que pensaba en ello, la idea no se sostenía.
Sencillamente, no encajaba. Con todo, lo que más le seguía inquietando era esa manera en que ella parecía anticipar cosas que él no le había contado o aludir a situaciones que ni siquiera había mencionado.
Por extraño e improbable que resultara, seguía convencido de que debía de existir una explicación razonable.
Quizá por ello, lo mejor sería contárselo a alguien.
No tanto para pedirle consejo como para comprobar cómo sonaba todo aquello al explicárselo en voz alta a una persona que no estuviera implicada.
Si, al hacerlo, las coincidencias dejaban de parecerle tan extrañas, probablemente conseguiría olvidarse del asunto.
Pensó en varios de los foreros. Finalmente, se decidió por Nadir .
Este llevaba participando algo más de año y medio, menos que la mayoría, pero desde el principio había sabido ganarse su confianza.
Además, por algún motivo, con él le resultaba más fácil hablar de ciertas cosas.
Quizá una conversación con él le permitiría tener otra perspectiva y, probablemente, la confirmación de que todo se trataba de algo sin la más mínima importancia.
Mario se conocía lo suficiente como para reconocer su tendencia a elucubrar en exceso y que, en ocasiones, necesitaba de alguien que le devolviera las cosas a su sitio.
Se dio cuenta de que, si le llamaba, sería la primera vez que hablaran directamente.
No eran pocas las ocasiones en que habían contactado al margen del foro, aunque siempre lo habían hecho por correo o a través de mensajes.
Pero ahora sintió que era hora de romper aquella barrera y necesitaba hablar con él directamente.
Al pensarlo, cayó en la cuenta de que ni siquiera sabía cómo era en realidad. Nunca había visto una fotografía suya. En el foro solo aparecía bajo aquel avatar de una especie de jeque árabe, quizá porque aquel nombre, Nadir, parecía pedirlo de algún modo.
Decidió, no obstante, esperar a terminar de cenar antes de hacer la llamada.
Cenó con calma, siguiendo el ritual de usar los palillos —y, de paso, demostrar su impericia— siempre que iba a un restaurante oriental.
Mientras lo hacía, echó un vistazo a través del cristal: estaba chispeando de nuevo. Otro motivo más para no darse prisa.
Cuando acabó con el postre, pidió un té tailandés y, mientras esperaba a que se lo trajeran, cogió el teléfono y marcó el número. En el restaurante ya apenas quedaban unas pocas mesas ocupadas. El local se había ido vaciando sin que se diera apenas cuenta.
—¿Sí? Diga.
—Hola… ¿Nadir? Soy Mario, el del foro. ¿Cómo estás?
La respuesta se hizo esperar un par de segundos.
—Ah… Mario. Vaya… no me lo esperaba.
Era la primera vez que escuchaba su voz. Le resultó más grave de lo que había imaginado, algo apagada, con un pronunciado tono nasal y una ligera aspereza al final de las frases.
—Perdona, no sé si te pillo en mal momento —dijo Mario.
—No, no… es que estoy con un resfriado de narices —respondió Nadir, interrumpiéndose un momento para toser—. Estoy un poco hecho polvo.
Mario asintió en silencio, aunque sabía que no podía verlo.
—¿Qué ocurre? —preguntó Nadir.
—Nada grave. Como este fin de semana ando solo y aburrido, pensé en llamarte un rato.
Hablaron unos minutos de cosas cotidianas: el trabajo, algún comentario sobre música, nada importante. Le sorprendió que Nadir fuera más reservado de lo que había imaginado. Tal vez fuera por el resfriado. O quizá hablar por teléfono no tenía nada que ver con intercambiar mensajes por escrito .
Mario agradeció la distracción, pero no podía quitarse de la cabeza el verdadero motivo de su llamada y, al final, decidió sacar el tema.
—Bueno... En realidad, te llamaba sobre todo porque quería comentarte algo del foro.
—Dime.
—Es sobre LadyShadow. Me ha escrito por WhatsApp y un par de correos, y hay cosas que me han dejado un poco... descolocado.
—¿Qué tipo de cosas? —preguntó Nadir antes de volver a toser.
—No sé, detalles... Lugares en los que he estado, situaciones muy concretas. Seguro que no es nada, pero me ha resultado raro.
—Pero raro... ¿por qué?
—Pues no sé. Extrañas coincidencias, casualidades que no sé si están solo en mi cabeza o tienen algún significado.
—Lo más probable es que no signifiquen nada. Ten en cuenta que, a veces, sin darnos cuenta, dejamos por ahí más de esos «detalles» de los que imaginamos.
—Puede ser.
—Aunque... —continuó Nadir— no puedo negar que desde que llegó ella tengo la sensación de que el foro está un poco distinto.
—¿A ti también te lo parece? ¿En qué sentido ?
—No sé... Es normal que cuando entra alguien nuevo en un grupo la gente le preste más atención durante un tiempo. Al principio todos quieren saber quién es, cómo escribe, qué cuenta... Pero con ella creo que alguno muestra algo más que simple curiosidad.
Hasta entonces apenas había pasado de monosílabos y respuestas breves. Ahora, al desarrollar un poco más su respuesta, Mario percibió con mayor nitidez el esfuerzo que parecía exigirle mantener la voz.
—¿Lo dices por alguien en concreto?
Nadir pareció pensárselo antes de responder.
—No pienso en nadie en concreto, pero son cosas que uno percibe cuando lleva tiempo leyendo a la misma gente.
Mario se preguntó fugazmente si aquella observación también lo incluía a él.
—Ya...
—Igual son imaginaciones mías.
Mario decidió dejarlo ahí y volver a lo que realmente le interesaba.
—¿Y nadie sabe quién es realmente?
—No que yo sepa. Aunque... a veces me da la impresión de que con Marc tiene más confianza que con el resto.
—¿Por qué dices eso ?
—Es difícil de explicar. Quizá sea la forma en que hablan algunas veces. Como si compartieran referencias que los demás no terminamos de entender.
Mario recordó algunas conversaciones entre ambos, pero nunca les había dado importancia.
Nadir pareció dudar antes de añadir:
—Y… contigo también parece comportarse de una manera un poco distinta.
—¿Conmigo? —preguntó, frunciendo el ceño.
—Sí. Tampoco sabría explicarlo. Es solo otra impresión.
—¿En qué sentido?
—No lo sé. Da la sensación de que contigo busca más conversación. Como si estuviera especialmente pendiente de lo que escribes.
Mario no respondió. Aquellas palabras no hacían sino confirmar lo que, de un modo u otro, la propia Adela ya le había transmitido en aquel correo, pero le sorprendió oírlo ahora en boca de un tercero.
—Tampoco me hagas mucho caso. Igual estoy viendo cosas donde no las hay —concluyó Nadir—. En este tipo de foros es fácil acabar interpretando gestos que en realidad no significan nada.
Al cabo de un rato, se despidieron. La conversación no le había ayudado como preveía; más bien al contrario, le había dejado una sensación de extrañeza aún mayor.
Esa intuición de que existía una cercanía especial entre Marc y Adela le había llamado especialmente la atención.
Hasta ese momento nunca le había dado demasiada importancia —ni siquiera era plenamente consciente de ello—, pero ahora que lo pensaba más detenidamente, quizás sí había algo distinto en la forma en que se dirigían el uno al otro, algo apenas perceptible que podría sugerir una confianza distinta.
Durante años, había pensado en aquel espacio como un lugar transparente, incluso previsible, donde ya nadie esperaba descubrir nada nuevo de los demás. Pero tal vez no era así. Tal vez, bajo esa superficie aparentemente tranquila, se producían movimientos que él aún no alcanzaba a ver.
Pidió la cuenta. El camarero apenas tardó unos segundos en regresar con el datáfono.
Mientras se levantaba y enfilaba la salida, siguió dándole vueltas a aquel asunto, con una sensación persistente que no terminaba de disiparse.
Ya junto a la puerta, echó un último vistazo al local. Solo quedaba un grupo de cinco jóvenes, cuyas voces resonaban con claridad en el recinto ya casi vacío. La pareja ya no estaba; ni siquiera se había dado cuenta de cuándo se habían marchado.