El otro relato 3
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No era la primera vez que Elena se iba a pasar un fin de semana a casa de su hermana; de hecho, últimamente esas escapadas a Cádiz eran cada vez más frecuentes; algo que a él, en el fondo, no le desagradaba, porque le permitía moverse a su aire.

Desde el principio habían establecido como norma de convivencia no verse obligados a acompañar al otro a este tipo de visitas familiares.

A él no le caía mal su cuñada, y su marido —a quien apenas soportaba— solía estar siempre ausente; según ella, por trabajo, aunque él nunca había terminado de creérselo del todo.

En todo caso, procuraba evitar esas visitas protocolarias.

Si vivieran en Madrid, bastaría con un par de horas para cumplir con el compromiso; pero desplazarse hasta Cádiz implicaba pasar al menos dos o tres días conviviendo bajo el mismo techo, y eso le agobiaba.

Por la misma razón, nunca insistía en que ella le acompañara a casa de sus padres. Él mismo espaciaba esas visitas lo más posible, sobre todo para no chocar con la intolerancia de su padre, que en los últimos años afloraba con cualquier tema, por nimio que fuese .

Pero, en esta ocasión, la soledad de la casa y la perspectiva de disponer por completo del tiempo durante el fin de semana se le antojaban más una carga que un alivio.

La distancia de la urbanización al centro de la ciudad, que en otro momento había considerado una ventaja, empezaba a pesarle.

Sin embargo, la capital seguía ejerciendo sobre él una poderosa atracción, y prefería asumir la incomodidad de tener que desplazarse hasta allí antes que ceder a la pereza.

La tarde anterior ya se había acercado al centro para dar una vuelta, pero, aun así, terminó por coger de nuevo las llaves del coche después de comer.

Para evitar el tráfico, aparcó por la zona de Madrid Río.

Paseó hasta la calle Segovia y se detuvo bajo el Viaducto.

Siempre le impresionaba la espectacular arquitectura vista desde abajo, y un escalofrío lo recorrió al pensar en las decenas de suicidas que habían esparcido su vida en esos pocos metros de acera antes de que, arriba, en la calle Bailén, instalaran las mamparas protectoras.

Con todo, aquella zona seguía siendo de sus favoritas.

Las terracitas de los bares situados junto a la calle del Rollo —en realidad un simple callejón— le hacían creer que estaba en otra ciudad distinta de ese Madrid actual, ya permanentemente devorado por el turismo masivo y el consumo.

Sentarse allí a leer y tomar algo era uno de esos pequeños placeres que aún le daban sentido al tiempo que pasaba en la ciudad.

Pidió una cerveza y, con un gesto mecánico, sacó el móvil para revisar las páginas habituales.

El foro seguía languideciendo y casi todos los participantes permanecían ausentes.

A él tampoco le apetecía comentar nada nuevo.

Entonces vio varios WhatsApps de LadyShadow y se dispuso a leerlos.

Los dos primeros, breves y bastante protocolarios, confirmaban que habían abierto aquel nuevo canal de comunicación.

El tercero, sin embargo, era distinto. Su tono era más urgente; mostraba preocupación porque no hubiera respondido aún a los dos anteriores y, sobre todo, le emplazaba a abrir un nuevo correo que, al parecer, le había enviado.

Abrió el mail y, conforme avanzaba en la lectura, sintió cómo un escalofrío empezaba a recorrerle la espalda:

«Me has condenado… No sé si lo sabes, pero ya nada volverá a ser igual. Y, sin embargo, aquí estamos, atrapados en esto que tú mismo has empezado...

Se detuvo un momento, sin terminar de comprender del todo lo que estaba leyendo. Por un instante, la tranquilidad de la tarde se alteró. ¿A qué se refería LadyShadow con aquello? ¿A qué la había condenado exactamente?

Continuó leyendo:

Tal vez pienses que exagero. O que no tiene sentido decir algo así después de apenas unas conversaciones dispersas en un foro. Supongo que es lo lógico. Yo misma lo pensaría si estuviera en tu lugar.

Pero hay palabras que, cuando aparecen en el momento justo, tienen la extraña capacidad de abrir una puerta que, hasta entonces, permanecía cerrada. Y una vez que esa puerta se abre, ya no se puede fingir que no se ha visto lo que hay detrás.. .

Ya le había sorprendido que alguien que era, en la práctica, una desconocida, hubiera decidido, apenas unas horas antes, iniciar ese contacto más directo.

Pero que ahora se expresara en esos términos, como si entre ambos existiera ya una complicidad que él no recordaba haber propiciado en ningún momento, era algo que le descolocaba por completo.

Siguió leyendo hasta el final:

Puede que para ti no haya sido más que una conversación más. Un comentario sobre una canción, una frase escrita casi al azar, una de esas reflexiones tuyas que parecen lanzadas al aire sin esperar respuesta. Para mí no ha sido así.

No sé si eres consciente de la forma en que escribes.

De la manera en que te detienes en las cosas pequeñas, como si en ellas hubiera algo más que los demás no terminamos de ver.

Supongo que por eso decidí escribirte. Pensé que tal vez estabas hablando de música o de libros… pero también de otra cosa.

Y quizá me equivoqué. Es posible que todo esto solo esté en mi cabeza.

Pero si no lo está, entonces sabrás perfectamente a qué me refiero.

En cualquier caso, ya es tarde para fingir que no ha pasado nada. Las palabras tienen consecuencias, incluso cuando parecen insignificantes. Y las tuyas han tenido más consecuencias de las que imaginas.»

Mario permaneció inmóvil durante unos segundos, sin saber qué pensar.

El mensaje lo desconcertó, pero no solo por lo que decía, sino por la urgencia y la certeza con la que parecía haber sido escrito.

¿Qué significaba todo aquello? ¿Una exageración?

¿Una forma de llamar la atención? ¿O había algo que se le escapaba por completo?

Nunca se había considerado un gran escritor ni pensó que sus palabras pudieran generar un impacto semejante en nadie.

Que esa tal Adela afirmara haber percibido «algo más» en lo que él escribía era algo que le resultaba difícil de asimilar.

No sabía si aquello era fruto de una sensibilidad fuera de lo común o de una imaginación desbordada, pero le costaba aceptar que alguien hubiera podido llegar a esa lectura a partir de unos cuantos mensajes en un foro.

Fuera como fuese, aquel correo había conseguido alterar la calma que casi siempre encontraba en aquel rincón castizo.

Pidió la cuenta con la intención de levantarse y continuar su paseo.

No podía responder de inmediato. Antes de hacerlo —si es que finalmente se decidía—, necesitaba ordenar sus ideas.

Su primer impulso fue dar por terminado aquel intercambio con un mensaje escueto que no dejara lugar a dudas.

Sin embargo, no podía negar que aquello le intrigaba.

Ya no era solo el contenido del correo, sino el deseo de descubrir qué clase de persona se ocultaba tras LadyShadow.

¿Y si todo aquello no era más que una broma y tras ese nick se escondía alguien que quería burlarse de él? Pero no. Pasar semanas interactuando en un foro solo para gastar una broma de ese tipo le parecía demasiado elaborado y carente de sentido.

Podía optar por la vía más rápida. Ya tenía su teléfono, de modo que podía llamarla directamente y descubrir quién era en realidad y de qué iba todo aquello.

Pero no se atrevió. Hacerlo habría roto el misterio de algo que, aunque le inspiraba recelo, también le resultaba extrañamente atractivo.

Optó por la solución más cómoda. Mientras la camarera le dejaba la cuenta sobre la mesa, envió un simple WhatsApp diciendo que había recibido el correo, pero que en ese momento no podía contestar.

Pasaron apenas unos segundos antes de que llegara la respuesta. Mario sintió cómo, al leerla, la sorpresa inicial daba paso a la incredulidad.

—No te preocupes… No me voy a tirar por el Viaducto. Además, yo tampoco podría leerlo ahora; estoy a punto de salir.

No era posible. El mensaje era breve, inofensivo en su formulación y, sin embargo, encerraba una carga que no podía ignorar. Nadie podía saber que estaba allí, precisamente bajo aquella mole de hormigón. Y, sin embargo, aquellas palabras...

Además, si el contenido del mensaje ya era suficientemente inquietante, más aún lo era comprobar hasta qué punto su imaginación empezaba a enlazar hechos que probablemente no guardaban relación alguna entre sí.

Esa vieja expresión de «tirarse por el Viaducto» ya resultaba poco habitual en boca de los jóvenes; aunque, a decir verdad, él no tenía la menor idea de qué edad podía tener LadyShadow.

Pese a todo, y por extraño que pudiera parecer, prefirió convencerse de que no era más que otra coincidencia.

Un graznido seco lo obligó a alzar la vista. Sobre la cornisa del edificio de enfrente, una grajilla lo observaba inmóvil durante unos segundos antes de alzar el vuelo y perderse en el cielo encapotado de Madrid.