El otro relato 2
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Desde que se incorporó al foro, LadyShadow había llamado la atención por su forma peculiar de expresarse y relacionarse.

Quizás por el exceso de testosterona dominante, se convirtió en un foco de atención capaz de alterar la dinámica que hasta entonces había permanecido estable durante años.

Mario observaba cómo, con cada una de sus intervenciones, los comentarios y actitudes de los demás cambiaban, y se preguntaba si incluso las suyas propias no se verían de algún modo afectadas.

En el fondo, agradecía su irrupción. Su presencia había supuesto un pequeño revulsivo en aquel grupo de personas a las que durante mucho tiempo no supo si llamar «amigos».

Catalogar a quienes solo existían a través de internet siempre le había resultado difícil y, a veces, incluso dudaba de si la palabra «conocer» podía aplicarse a presencias únicamente virtuales.

Con el tiempo, algunos habían buscado algún tipo de contacto más directo, aunque fuera por teléfono, pero estaba claro que, fuera cual fuera el entramado de relaciones que se había creado, la aparición de LadyShadow había alterado la dinámica del grupo.

No faltaba quien, incluso, se permitía un velado flirteo con ella; algo sorprendente si se tenía en cuenta que nadie había visto jamás —o al menos eso pensaba él— su rostro.

Su avatar, un cuervo, solo añadía otra capa más al misterio que la rodeaba.

Desde luego, ya había renunciado a terminar aquella carta dirigida a Ricardo, aunque, después de aquel segundo correo, tampoco tenía demasiado claro si debía contestarle a ella de inmediato.

Con otros foreros, los contactos fuera del foro habían surgido casi por inercia, después de años de trato.

En esta ocasión, sin embargo, no terminaba de verlo igual.

Algo en aquel par de mensajes le producía una extraña cautela, aunque no acertaba a determinar exactamente qué era.

Tenía la sensación de que responder podía entenderse como algo más que un mero gesto de cortesía.

Se pasó la mano por la incipiente barba y, finalmente, decidió hacerlo.

Comenzó con una línea bastante insustancial, mencionando tan solo la casual coincidencia de los bares hawaianos y cómo, justo el día anterior, él mismo había entrado en uno de ellos.

No añadió nada más ni hizo referencia a aquella alusión a las cartas; prefería dejar que fuera ella quien marcara el rumbo de la conversación.

No tardó en llegar la respuesta. Si algo había aprendido ya de LadyShadow era que no se andaba por las ramas. No le extrañó, por tanto, que, obviando cualquier mención a los bares hawaianos, a la casualidad o a las cartas, el mensaje pareciera adentrarse de forma directa en terrenos más personales:

—Espero que no te molestara que ayer me entrometiera de ese modo en tu vida. Puede que no fuera el momento ni el lugar, pero hay cosas que, al menos ahora, parece que no tienen tanta cabida en el foro y me gustaría conocerte un poco mejor.

—Por ejemplo —continuaba—, no sé cómo afrontas ahora mismo el tema del trabajo.

¿Te sigue gustando lo que haces en la editorial?

Me da la impresión de que estás algo hastiado de ella.

¿Me equivoco? Supongo que eso tiene mucho que ver con la gente de la que te rodeas.

¿Qué tal te llevas con ellos? ¿Hay alguien especial?

Mario no acababa de entender a qué venía aquel cuasi interrogatorio sobre su trabajo, ni por qué parecía interesarle tanto todo lo relacionado con su entorno laboral.

Un interés que, sin embargo, contrastaba con la absoluta falta de curiosidad por su vida afectiva o familiar; algo que agradeció, porque no le apetecía tratar ese ámbito con ella o, al menos, no en aquel momento.

En todo caso, no pudo evitar preguntarse por los motivos de aquella omisión; quizás no fuera tanto por prudencia como por la posibilidad —algo inquietante— de que ya conociera sus circunstancias y, por ello, no necesitara preguntar.

Siguieron intercambiando algunos mensajes más durante un rato, pero, a medida que Mario iba respondiendo, tenía la impresión de que ella no estaba tan interesada en el contenido de sus palabras como en el modo en que contestaba.

Había algo medido en la forma de preguntar, una curiosidad que por momentos le parecía excesivamente precisa.

Llegó incluso a pensar que ella parecía partir de un conocimiento de él mucho mayor del que, en teoría, podía tener .

Releía antes de enviar cada respuesta. Borraba una frase, la reescribía, cambiaba un matiz y volvía atrás. En más de una ocasión, dejó el cursor parpadeando mientras reflexionaba sobre la última pregunta. Sin apenas advertirlo, el intercambio empezaba a exigirle más atención de la esperada.

Al cerrar el último mensaje, recordó una de las preguntas que le había formulado casi al principio: ¿Hay alguien especial?

Quizás no tuviera nada de particular, pero ¿a qué se refería exactamente con aquello?

¿Especial en qué sentido? Dudó un instante, tratando de precisar qué era exactamente lo que le incomodaba.

No era ya solo aquella pregunta en concreto, sino la sensación que había ido acumulando durante toda la conversación.

Finalmente, optó por minimizar la ventana del correo sin llegar a una conclusión clara.

Se levantó y se acercó hasta la ventana.

Observó el jardín de la entrada: todo en calma, como siempre.

Apoyó las manos sobre el alféizar y dejó que la mirada recorriera las copas de los árboles y los senderos del parque al otro lado de la calle.

Había contemplado aquel paisaje cientos de veces, pero, quizás por el efecto de aquella conversación, tuvo la impresión de que la luz que se filtraba entre las ramas esa mañana también lo hacía de una forma ligeramente distinta.

Pensando que el intercambio había concluido allí, dejó que sus pensamientos se desviaran hacia otros asuntos.

Echó un vistazo al par de estantes donde se acumulaban los libros pendientes de lectura.

Como lector voraz, rara vez dejaba transcurrir mucho tiempo entre la finalización de un libro y el comienzo del siguiente; sin embargo, en esta ocasión, el recién terminado era una de esas novelas que dejan al lector con una cierta sensación de orfandad, hasta el punto de que resulta difícil tomar entre las manos una nueva historia sin pensar que difícilmente estará a la altura de la anterior.

Estaba tratando de decidir cuál sería esa próxima lectura cuando el aviso de un nuevo correo volvió a reclamar su atención.

Se apartó de la ventana y regresó al ordenador.

En el nuevo mensaje, Adela le pedía su número de teléfono para poder continuar hablando con mayor fluidez por WhatsApp.

Al menos, no le proponía hablar directamente con él —ni por teléfono ni por videollamada—.

En ese momento no le apetecía dar ese paso.

Aun así, la invitación le suscitaba cierto recelo.

Los correos le permitían mantener una distancia que le resultaba cómoda, y que dejaría de existir en una conversación directa.

Al mismo tiempo, le pareció que aquel mensaje tenía la precisión de alguien que ya había anticipado el momento exacto para hacer aquella petición.

Finalmente, y a pesar de las dudas, escribió su número y lo acompañó de una pequeña excusa. Dijo que estaba a punto de salir a montar en bicicleta y que no podría continuar la conversación en ese momento. Sabía que tarde o temprano acabarían hablando de forma directa, pero aún no era el momento.

Se recostó ligeramente en la silla, dejando que la luz del mediodía que entraba por la ventana incidiera sobre la pantalla recién apagada.

La conversación con Adela había despertado su curiosidad y un ligero desconcierto, pero, sorprendentemente, también un extraño alivio: algo parecía moverse, aunque fuera ligeramente, en medio de su rutina .

Se puso de pie, salió del despacho y recorrió la casa con la mirada.

El chalet, silencioso y ordenado, le pareció inusualmente ajeno.

Pasó frente a las habitaciones de sus hijos.

En la de Sofía aún seguían algunos pósters en las paredes; en la de Alex, Elena había ocupado los huecos de las estanterías con algunos juguetes de cuando era niño.

En el salón, las fotografías de cumpleaños y viajes familiares permanecían donde siempre habían estado.

Nada había cambiado realmente, y sin embargo todo parecía pertenecer a una etapa ya clausurada de su vida.

Salió al porche. El verano había dejado los árboles con un verde apagado.

Allí seguía la barbacoa —sin encontrar ya ocasión de encenderse— y la caseta de Tobby, convertida en un mausoleo desde el día en que desapareció.

Cuando los chicos vivían allí, todo parecía caótico y luminoso; ahora, en la quietud, era como si aquel hogar se hubiera transformado en un lugar habitado solo por ecos de lo que había sido: demasiado grande para los dos solos, demasiado pequeño para contener el peso de los recuerdos.

Sacudió la cabeza y trató de concentrarse en planificar el resto del fin de semana.

Sin embargo, la imagen del cuervo negro que Lady Shadow utilizaba como avatar acudió a su mente de forma inesperada.

Recordó haber oído alguna vez que aquellas aves eran consideradas portadoras de malos augurios.

Una superstición absurda, se dijo. Pero la imagen todavía permaneció allí unos segundos.

Entró de nuevo y se dejó caer en uno de los sillones del salón.

Repasó mentalmente los últimos años, tratando de entender cómo había llegado hasta allí.

No era solo la distancia que los hijos habían impuesto ni la rutina que parecía devorar cada instante; era más bien la sensación de que Elena y él llevaban tiempo deslizándose hacia una convivencia cada vez más distante.

Dos adultos atrapados en un día a día que ya no siempre implicaba complicidad, y en el que la pasión o el deseo aparecían cada vez más esporádicamente.

Algunas noches, cuando coincidían en el sofá para ver una película, creía percibir cómo Elena lo miraba de reojo y, aunque su inexpresividad podía interpretarse como un reproche silencioso, nunca terminaba de estar seguro.

Quizá aquel gesto no decía nada concreto y lo único que compartían en esos momentos era un vacío que ninguno de los dos terminaba de saber cómo atravesar o, siquiera, expresar.

Durante años pensó que la situación sería transitoria, pero ahora la idea de intentar cambiarla o simplemente expresar su malestar en voz alta le resultaba cada vez más lejana.

Cada día contribuía a incrementar un poco más la sensación de estar instalado en un espacio estable solo en apariencia, sostenido más por hábito que por verdadero entendimiento mutuo.

Fue entonces cuando recordó, de manera difusa, los primeros años con Elena. Cuando todo parecía aún por hacer y la vida se organizaba alrededor de proyectos que daban por descontado que compartirían para siempre.

En aquellos años, la ciudad parecía abrirse ante ellos como un territorio inagotable.

Podían perderse durante horas entre calles y bares, con la sensación de que nada los retenía en ningún lugar concreto.

El pequeño piso en el centro, las conversaciones interminables sobre el futuro, los planes para hacer grandes viajes que muchas veces se quedaban en simples ideas o se veían sustituidos por escapadas más modestas…

Todo parecía formar parte de un tiempo donde cada día parecía traer consigo nuevas posibilidades.

Qué lejos quedaba ya todo aquello. Pero para Mario aún había un respiro, una vía de escape más allá de su juego de cartas: los viajes de trabajo que, de vez en cuando, tenía que realizar y, en particular, ese viaje anual a Montevideo para asistir a la Feria Internacional del Libro.

Dos semanas intensas de reuniones, conferencias y compromisos profesionales que llenaban su agenda de principio a fin, aunque siempre encontraba algún momento para, más allá de las obligaciones, descubrir la ciudad a otro ritmo.

Algunos días, al amanecer, la bruma y el silencio del Río de la Plata le envolvían y le llenaban de calma mientras caminaba por la Rambla.

A veces se dirigía a la Ciudad Vieja y recorría sus calles sin rumbo fijo.

En el fin de semana intermedio, cuando disponía del tiempo a su antojo, se acercaba a Pocitos al atardecer, contemplando cómo la luz del sol se reflejaba sobre los edificios frente al mar.

Cada paseo, cada instante robado al trabajo, le devolvía la sensación de libertad de aquellos primeros años con Elena; una evasión que le recordaba que la vida todavía podía sorprenderle y que aún era posible recuperar la ilusión que, casi sin darse cuenta, había ido perdiendo en la rutina diaria.

Montevideo se había convertido, sin haberlo buscado, en su pequeño refugio anual. Allí nada estaba definido por obligación ni por inercia; cada día podía ser distinto y tras cada esquina podía esconderse algo inesperado .

Y, como siempre ocurría, al evocar aquellos paseos surgía un recuerdo por encima de todos los demás, nítido, inexcusable, que ejercía sobre su memoria una presión extraña y persistente.

Cada vez que lo traía a la mente no era una idea abstracta lo que aparecía, sino una escena concreta, casi física: el mar golpeando la piedra, el viento en la cara, una conversación interrumpida…

Y la sensación de que algo aún pendiente aguardaba se hacía entonces más intensa.

Sin saber muy bien por qué, aquella misma sensación se le mezcló con el recuerdo del reciente intercambio con Adela.