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Había otras, dedicadas a amigos, a compañeros de trabajo, a simples conocidos. Algunas —las menos— sí llegaban a enviarse y, cuando regresaban con respuesta, estas se incorporaban a aquel universo, donde lo real y lo imaginado se entremezclaban en un pequeño laboratorio de emociones.
Le gustaba pensar que, de algún modo, esas cartas eran un espejo de su vida.
Cada una era un mapa de sus deseos, de sus miedos y nostalgias; cada destinatario, un fragmento de él mismo, disperso y ordenado al mismo tiempo.
Aquí podía ser sincero sin riesgo, podía probar versiones de sí mismo que la costumbre y los años le habían prohibido.
A veces, sin embargo, se detenía frente a la pantalla del ordenador, preguntándose si todo aquello no sería más una forma de refugio que un entretenimiento creativo.
Repasaba los correos que había enviado, los borradores que nunca llegó a mandar, y le asaltaba la duda de si aquel universo escrito no sería, en realidad, una manera elegante de no tomar decisiones: escribir en lugar de actuar, ordenar en lugar de cambiar.
Decidió empezar la mañana escribiendo algo sencillo, casi intrascendente.
La tarde anterior, con Elena ya ausente, se había sacudido la pereza, había cogido las llaves del coche y se había acercado a Madrid a recorrer sus viejos barrios.
Quería dejar constancia por escrito de una pequeña anécdota que le había ocurrido y pensó en su antiguo amigo Ricardo como presunto destinatario.
En realidad, hacía años que no hablaban; fue la asociación con aquellos lugares la que le llevó a pensar en él.
Abrió un nuevo documento y comenzó a escribir uno de esos emails que a menudo terminaban en borrador y que, muy probablemente, jamás llegaría a enviar.
¿Te acuerdas de ese bar hawaiano al que íbamos cuando teníamos veinte años?
—tecleó—. Sí, el que estaba cerca de Plaza de España.
Ayer pasé por allí… hacía siglos que no iba, y seguía abierto, ¿te lo puedes creer?
Por supuesto, no iba a beberme uno de esos brebajes dulzones que solían preparar; me tomé solo una cerveza, pero…
De repente, el aviso de un correo entrante saltó en la pantalla y lo obligó a detenerse. No reconocía el nombre del remitente: adelajimenez.
No pudo evitar una absurda prevención. Desde que se había levantado arrastraba una vaga sensación de que todo estaba ligeramente desplazado de su lugar habitual y, de algún modo, aquella impresión parecía acentuarse ahora ante la llegada de aquel mensaje.
Lo abrió y comenzó a leer:
—Hola, Mario. Soy LadyShadow. Bueno, en realidad me llamo Adela.
LadyShadow era el nick de una chica que se había incorporado hacía pocos meses al foro de internet en el que Mario venía participando desde hacía años.
Un espacio que, al principio, estaba dedicado casi exclusivamente a debatir sobre música y discos, pero que con el tiempo había derivado en algo mucho más personal.
Apenas seis o siete habituales seguían entrando casi a diario por pura inercia, y la presencia femenina siempre había sido escasa, por no decir inexistente.
Desde el principio, LadyShadow se había mostrado como una figura extraña, jugando al despiste con los demás participantes.
Era de las pocas personas que seguían utilizando un nick .
Si bien, en los inicios, todos los habían usado, con el tiempo la mayoría había optado por identificarse con su nombre real.
Su irrupción inesperada rompió la monotonía y, de algún modo, devolvió vida a aquel espacio olvidado y ya un tanto mortecino.
—Perdona que te moleste —continuaba el mensaje—, pero tenía ganas de hablar contigo al margen del foro.
Por algún motivo, siempre he sentido una especial afinidad contigo, por todo lo que sueles contar y por la forma en que lo haces.
Buscando en internet encontré tu dirección de correo electrónico.
Espero que no te moleste. Hoy no tenía ganas de pasarme por allí.
He preferido quedarme leyendo y escribirte mientras me tomaba un zumo de piña…
No sé por qué, pero es algo que siempre me recuerda a esos viejos bares hawaianos a los que solía ir hace tiempo.
Releyó despacio aquella última frase. Debajo del correo, todavía abierto en segundo plano, seguía visible el comienzo de lo que acababa de escribir a Ricardo: «¿Te acuerdas de ese bar hawaiano al que íbamos cuando teníamos veinte años?»
Qué casualidad, pensó.
Cerró el borrador de la carta a Ricardo sin terminarlo.
El correo seguía abierto .
Leyó de nuevo la primera línea: Hola, Mario. Soy LadyShadow. Bueno, en realidad me llamo Adela».
Al margen de la coincidencia, resultaba curioso lo fácil que era que alguien que hasta entonces no había sido más que un nick en un foro de internet pasara, por efecto de un simple correo, a convertirse en alguien con nombre y apellido, una persona que de repente sentía algo más cercana.
Estaba todavía pensando en esa circunstancia y en cómo contestarle cuando apareció un segundo correo. Lo abrió sin saber muy bien qué esperaba encontrar y, al leerlo, la sorpresa por la coincidencia inicial dio paso a otra aún mayor:
—Por cierto, estaría encantada de ser algún día la destinataria de una de esas cartas que nunca envías.