El otro relato
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Durante mucho tiempo, su vida avanzó con una regularidad tan perfecta que parecía imposible que algo pudiera alterarla.
No era algo que Mario hubiera decidido conscientemente; simplemente ocurrió, poco a poco, hasta convertirse en un engranaje invisible que lo mantenía en movimiento…
aunque, de vez en cuando, algo extraño se colaba entre sus rutinas y le recordaba que no todo estaba bajo control.
Los días laborables el despertador sonaba a las siete y diez.
En la cocina comenzaba a salir el primer café del día, mientras en el pasillo se oían pasos apresurados, puertas que se abrían y se cerraban, alguna discusión sobre un asunto banal que, sin embargo, siempre parecía ser de vida o muerte.
Durante unos minutos, todo se movía al mismo tiempo, de forma acelerada: mochilas, libros, uniformes.
Luego llegaba el momento de salir. Elena reunía a los niños, hacía una última comprobación para que no faltara nada, dejaba un beso rápido en su mejilla y los tres desaparecían por la puerta, camino del colegio.
Entonces llegaba el silencio. Un silencio breve. Apenas el tiempo necesario para apurar el café, recoger la cocina y vestirse antes de salir él también hacia su trabajo en la editorial .
Mario vivió así durante años, instalado en ese esquema cotidiano, como en un compás de espera discreto y tolerable.
Algo que aceptaba porque no parecía haber otra alternativa, con la vaga esperanza de que algún día, cuando los hijos crecieran y las cosas fueran distintas, él y Elena pudieran recuperar una parte de aquella vida que había quedado suspendida en algún lugar del pasado.
Pero, ahora que ese día había llegado, no estaba tan seguro de haber ganado nada con el cambio. En casi veinte años, la rutina había echado unas raíces tan profundas que volvía a brotar, aunque el tallo hubiera sido cortado de raíz.
La mañana en que todo comenzó a desmoronarse, Mario se despertó sin prisas. Permaneció tumbado mirando el techo, con la mente aún atrapada en esa zona borrosa que delimita el sueño de la vigilia, intentando identificar algún sonido en la casa.
Incluso siendo sábado, todo parecía más silencioso de lo habitual.
No se oía el rumor de pasos en el pasillo ni el agua corriendo en el baño.
Por un instante, todavía adormilado, sintió que algo faltaba, aunque aún no atinara a precisar qué.
Entonces cayó en la cuenta: Elena se había marchado la tarde anterior a Cádiz para visitar a su hermana y no volvería hasta el domingo a última hora.
Desde hacía ya bastante tiempo, cada uno dormía en su propio dormitorio; no lo hacían por nada en particular, era simplemente más cómodo para ambos.
Ella llegaba agotada al final de cada jornada, después de tantas horas de pie en el hospital, y se acostaba enseguida, mientras que a él le gustaba quedarse todavía un rato leyendo, a veces en el despacho y otras ya directamente en la cama, sobre todo cuando el trabajo se le acumulaba .
Los fines de semana, en cambio, ella solía levantarse antes que él. Por eso, cuando abría los ojos, casi siempre había algún indicio de su presencia: una puerta que se abría temprano, el ruido de la cisterna, el leve rumor de sus pasos al ir y venir por la casa.
Se levantó con parsimonia, se dirigió al baño para su ritual matutino y luego bajó a la cocina.
Puso la leche a calentar y apoyó las manos sobre la encimera, escuchando los primeros gorgojeos del café.
Como siempre que Elena se iba, gozaba de plena libertad para organizar el fin de semana a su antojo, sin tener que adaptarse a los hábitos que ella solía imponer.
De pronto, el móvil vibró sobre la mesa, rompiendo la quietud. Era un mensaje de voz de Sofía.
Apenas llevaba tres meses viviendo en Turín, y su hija ya hablaba con ese entusiasmo ligeramente acelerado y cantarín de los piamonteses.
Parecía contenta con su recién conseguido trabajo de traductora y con aquel pequeño viaje a Milán que, al parecer, estaba preparando para el siguiente fin de semana con unos amigos.
Mario escuchó el mensaje hasta el final y respondió con una breve frase:
—Me alegro mucho. Cuídate. Besos.
Con Alex todo era distinto. Nunca había sido fácil anticipar qué haría a continuación y, desde que había empezado Arquitectura, todavía menos.
Hacía al menos dos semanas que no pasaba por casa.
A veces aparecía de improviso, dejaba una bolsa de ropa sucia en el tendedero y desaparecía otra vez al cabo de unas horas .
Decía que la carrera le quitaba mucho tiempo y que así, viviendo cerca de la Escuela, evitaba tener que recorrer todos los días cincuenta kilómetros de ida y otros tantos de vuelta.
Esa era, al menos, la explicación oficial para haberse mudado a aquel pequeño apartamento cerca de Moncloa, que compartía con un par de compañeros.
Mario cada vez estaba más convencido de que se había equivocado al insistir tanto, años atrás, en que toda la familia se trasladara a Cotos de Monterrey, aquella urbanización de la sierra norte de Madrid que tan buena idea le había parecido entonces.
Con todo, sospechaba que ni la distancia ni los estudios eran los únicos motivos de la marcha de Alex.
Mientras daba el primer sorbo al café, pensó en lo extraño que resultaba acostumbrarse a la ausencia de quienes durante tanto tiempo habían ocupado una parte tan visible de la casa…
y de su vida. La independencia de los hijos, que había esperado con una mezcla de ilusión y cierto temor, se había transformado en una sensación de vacío y en la confirmación de que gran parte de su vida familiar había quedado atrás.
No era una sensación nueva, pero aquella mañana todo tenía un leve aire distinto que no podía atribuir únicamente a la ausencia de Elena.
Mientras se sentaba a la mesa de la cocina, no pudo evitar echar un melancólico vistazo al pequeño jardín trasero que se abría al otro lado de la ventana.
Curiosamente, aquel espacio había sido uno de los elementos que más le habían convencido a la hora de decidirse por el chalet, pero ahora aparecía descuidado, ocupado por trastos que no encontraban mejor acomodo.
La bicicleta, abandonada en un rincón desde hacía años, seguía allí, cubierta por una lona.
Durante un momento pensó en sacarla y probarla, comprobar cómo respondían sus piernas y sus pulmones, pero no estaba dispuesto a dedicar media mañana a ponerla a punto después de tanto tiempo sin usarla.
Tras meter en el lavavajillas la taza, subió a su despacho.
Siempre le producía una íntima satisfacción contemplar su nutrida biblioteca.
Vivía rodeado de libros. Su amor por la lectura y su trabajo en la editorial le recordaban a diario la importancia de las palabras, de la literatura y de las historias; y, sin embargo, al pasear la vista por aquellos estantes, no podía evitar una cierta decepción al considerarse un escritor frustrado.
Nunca había conseguido llevar sus propios relatos más allá de meros esbozos.
Aun así, escribir seguía siendo un placer secreto al que no estaba dispuesto a renunciar, un refugio que le pertenecía únicamente a él, donde no tenía que dar explicaciones ni rendir cuentas a nadie, ni siquiera a Elena.
Por eso, cuando se sentó ante el ordenador, lo hizo con la intención de retomar aquel peculiar «juego de cartas» —emails, en realidad, aunque él seguía llamándolos cartas por costumbre— que había empezado a crear años atrás, y dejarse llevar un rato por la imaginación.
Dejó que los dedos descansaran unos segundos sobre el teclado antes de posar la mano derecha sobre el ratón y abrir las carpetas donde guardaba sus cartas.
Entrar allí era como adentrarse en un universo propio, donde no había prisas ni conversaciones intrascendentes. Solo estaban él y su mundo inventado .
Abrió la primera carpeta: « Familiares ».
Allí había cartas a Alex, a Sofía, a Elena, incluso a sus padres.
Algunas estaban terminadas, otras apenas empezadas y olvidadas, pero él siempre había sentido la necesidad de archivar todo lo que escribía.
Cada carta era un intento de capturar momentos cotidianos, pensamientos pasajeros o emociones que, de otro modo, habrían caído en el olvido.
Casi nunca elegía los destinatarios de manera deliberada.
Bastaba una idea o un recuerdo para que algún nombre acudiera a su cabeza y la carta encontrara un interlocutor.
No se trataba de una decisión consciente ni, desde luego, implicaba que aquello fuera realmente para esa persona.
Precisamente, el hecho de saber que casi ninguna de ellas llegaría a enviarse les confería un carácter más íntimo, más personal del que probablemente habrían tenido si hubieran estado destinadas a ser leídas.
Se detuvo un momento en una de las cartas a Alex.
Ni siquiera recordaba haberla escrito. Cuando empezó a releerla, lo que más le sorprendió fue el tono.
Había algo en aquellas palabras que le resultaba extrañamente ajeno.
No era que no se reconociera en ellas, pero sí tenía la sensación de estar leyendo a alguien que ya no era exactamente él.
Luego estaban las carpetas con nombres inventados; personas que, en este caso, existían solo en su imaginación, aunque a veces les diera matices de alguien que había conocido, alguien que había cruzado por su vida, aunque fuera fugazmente.
Era un juego delicado, una mezcla de memoria y ficción, donde la frontera entre lo real y lo imaginado podía llegar a difuminarse.
Al revisar algunas de aquellas cartas, tuvo la extraña sensación de asistir a una conversación privada entre dos desconocidos que, sin embargo, hablaban de asuntos inquietantemente familiares. Tras detenerse un instante, cerró la carpeta.