Capítulo 30 La verdad
Cuando salieron del café, Sofía se quedó de pie frente a Bellini durante varios segundos.
Cerró los ojos y una vez más una imagen se formó en su mente:
Dos cápsulas. Ahora podía ver que ambas eran color verde. Y algo más. Sus manos tomando dos manos de hombre. Y en la muñeca izquierda del hombre…
Abrió los ojos de repente.
—Bellini, rápido, deme su mano.
El inspector puso cara de confundido pero hizo caso del pedido. Extendió su brazo derecho y la apoyó sobre la mano derecha de Sofía.
—La otra mano, por favor.
Una vez más, el detective obedeció, extendiendo su brazo izquierdo esta vez.
Ella miró la muñeca de su brazo izquierdo, arremangó cuidadosamente la camisa del inspector, revelando su reloj.
Había sido un obsequio que sus padres le habían hecho la primera vez que dejó Italia rumbo a España. Era un objeto bastante característico, con la bandera de ambos países impresa bajo las agujas y una pequeña inscripción grabada en el metal: fugit irreparabile tempus.
Levantó su mirada y clavó sus ojos en los de Bellini. Inmediatamente, lanzó una carcajada. Pero había algo en su mirada que había cambiado. Ya no era solamente confusión.
Era certeza.
—¡Fue usted!
Él la miró sorprendido.
—Todo esto —continuó ella—. El hotel, el departamento, las fotografías, el expediente, la constante aparición del número 214. Todo.
—¿Qué le hace pensar eso?
—Recuerdo su reloj. Recuerdo haber tomado sus manos y haber visto su reloj al hacerlo. Es un reloj bastante particular. No creo que exista otro igual.
Hizo un pequeño silencio antes de continuar hablando.
—No sé cómo pero estoy segura de que lo conozco. O por lo menos, de que usted me conoce. Aún si no puedo recordar de dónde o desde cuándo.
El inspector no emitió respuesta a la acusación. Simplemente se quedó delante de Sofía, escuchándola.
—Usted siempre supo más de lo que me dijo. Pero no me había dado cuenta hasta ahora cuánto realmente sabía.
Hizo una pequeña pausa.
—Siempre pensé que usted sabía algunas cosas porque había sido usted quien llevó la investigación. Pero no. Me estuvo llevando de acá para allá, sabiendo exactamente dónde encontraríamos la próxima prueba, la nueva pieza del rompecabezas. Fue usted. Siempre usted.
Bellini sostuvo su mirada por un largo tiempo, como si estuviera eligiendo qué tipo de respuesta darle.
—Sí —dijo finalmente.
Ella sintió que el aire se le escapaba lentamente de los pulmones.
—Pero ¿por qué? ¿Por qué no pudo decirme todo desde un principio?
El inspector bajó la mirada durante unos segundos.
—¿Realmente quiere saberlo?
—Creo que me merezco la verdad.
Él sonrió con amargura.
—Entonces acompáñeme.
Ella no se movió.
—¿Adónde?
—A un lugar donde finalmente podrá entenderlo todo.
Ella lo observó con desconfianza.
—¿Y usted piensa que voy a confiar en usted?
Bellini levantó la mirada.
—No. No tiene motivos para hacerlo.
Hubo un silencio.
—Pero creo que va a venir de todas formas.
Ella se quedó pensando en eso. Dudando. Evaluando otras opciones. Pero finalmente, el inspector estaba en lo correcto. Comenzó a caminar hacia él.
El automóvil avanzó por Madrid en silencio. Ella, tal como lo había hecho cada vez que se desplazaron en el auto, miraba por la ventana.
Las calles le resultaban familiares y extrañas al mismo tiempo. Había imágenes que parecían pertenecerle y, sin embargo, no podía colocarlas dentro de ningún recuerdo completo.
El detective conducía sin decir una palabra. Hasta que Sofía rompió el silencio.
—Hay algo que sí recuerdo.
Bellini no apartó los ojos de la carretera.
—¿Qué cosa?
—Un restaurante.
El inspector se mantuvo en silencio.
—Estaba sentada en una mesa —continuó ella—. Había alguien conmigo.
—¿Quién?
Sofía cerró los ojos y durante unos segundos intentó reconstruir la imagen, haciendo uso de toda la fuerza que le quedaba disponible.
—Era un hombre.
Abrió los ojos.
—No puedo ver su cara.
Bellini no dijo nada.
—Pero sé que lo conozco. Estoy segura.
El inspector continuó conduciendo y ella volvió a mirar por la ventana.
—Y estoy convencida de que ese hombre era usted.
Él apretó ligeramente las manos sobre el volante pero siguió conduciendo.
El Cementerio de la Almudena estaba tranquilo.
El cielo comenzaba a oscurecerse cuando estacionaron junto a la entrada.
Sofía bajó detrás de él.
—¿Por qué estamos aquí?
Él señaló hacia el interior del cementerio.
—Porque hay algo que debe ver.
Comenzaron a caminar y el sonido de sus pasos se mezclaba con el viento que atravesaba los árboles.
Ella observaba las lápidas y los nichos mientras avanzaban.
No tenía idea de qué estaba buscando pero una sensación extraña comenzó a recorrerla, como si alguna parte de ella ya conociera aquel lugar.
Bellini siguió caminando hasta detenerse. Ella levantó la mirada y vio que el detective tenía su vista fijada en un nicho ubicado a pocos metros de donde se encontraban.
El número de nicho estaba frente a ellos. Opaco y sucio, pero todavía claramente legible: 214
Ella sintió que el alma se le caía al piso.
—Otra vez. El mismo número. ¿Qué trama Bellini? ¿Por qué me trajo hasta acá?
Antes de que el inspector pudiera responder, escucharon una voz.
—Inspector.
Ambos se volvieron. Había un hombre unos metros más adelante.
Sofía lo reconoció inmediatamente: era Alfredo Álvarez.
El hombre se acercó lentamente. Su rostro estaba cansado.
Pero esta vez no llevaba un arma. En sus manos sólo sostenía una hoja doblada.
Caminó unos pasos más hasta detenerse frente a ella.
No dijo nada. Sólo se quedó mirándola unos segundos, luego de los cuales extendió la mano.
—Esto es para usted.
Ella tomó el papel mientras miraba al inspector, quien permanecía callado y quieto en su lugar, frente al nicho 214.
Alfredo retrocedió unos pasos y Sofía entonces comenzó a leer.
“Alfredo:
Si usted está leyendo esto, significa que finalmente decidí dejar de esconderme detrás de las mentiras que construí durante los últimos once meses.
La mujer que está frente a usted se llama Sofía Álvarez. Pero también se llama Carolina Halmers.
Y sé que esas dos afirmaciones parecen imposibles. Sé también que ninguna de las dos mujeres que aparecen en esta historia tuvo la oportunidad de elegir lo que ocurrió durante este último año.
Yo sí tuve esa oportunidad. Y fallé.”
Sofía levantó la mirada para mirar a Bellini. El inspector continuó leyendo.
“Cuando su hija murió, yo debería haber ayudado a quien más necesitaba de mí. Debería haber buscado justicia para Sofía. Debería haber investigado e informado a sus seres queridos.
Pero mi orgullo, mi miedo y mi amor por mi esposa me hicieron tomar otra decisión.
Mi mujer se llamaba Carolina Halmers. Ella mató a nuestra hija, Mia.
Intenté proteger a Carolina de sí misma, de su propia arrogancia, de su orgullo. Fallé también.
Ella era todo lo que me quedaba en este mundo y quise entonces salvarla de su propio dolor y evitarle una vida tras las rejas, despojada de su libertad y de su dignidad.
Ella debería haber asumido las consecuencias de lo ocurrido, al igual que yo. Pero no lo hicimos. Fui un cobarde.
Escondí la muerte de nuestra hija. Hice desaparecer su cuerpo, al igual que hice desaparecer el cuerpo de otra mujer que había sido hallada muerta dentro de un vehículo en las calles de Madrid, y los sepulté clandestinamente en el nicho 214 del Cementerio de la Almudena.
Era el cuerpo de Sofía Álvarez. Su Sofía Álvarez.
Alteré documentos. Mentí. Y durante once meses permití que usted creyera que su hija simplemente había desaparecido.
Alfredo permanecía unos metros más atrás. Sofía levantó brevemente los ojos hacia él. Luego volvió a la carta.
Mi dolor se convirtió en una enfermedad que fui transmitiendo a todos los que quedaron cerca de mí.
A Carolina, a usted, a su nieta, que nunca supo el verdadero destino de su madre, y a Santiago, que debió aprender a perdonar a su ex esposa y madre de su hija, desaparecida de su vida de un día para el otro sin previo aviso.
Herí a todas las personas que esperaron respuestas que yo deliberadamente no les di.
El dolor que sentí por perder a mi hija se extendió como un incendio. Y fui yo quien permitió que continuara ardiendo.”
Sofía sintió que sus ojos comenzaban a llenarse de lágrimas. Juntó fuerzas para continuar.
“No puedo recuperar a mi hija, así como tampoco puedo devolverle los once meses que perdió, sufriendo sin saber qué pasó con la suya.
Pero puedo hacer una cosa. Puedo asegurarme de que tanto Sofía Álvarez como Mia Bellini tengan finalmente un nombre, una historia y un lugar donde descansar.
Ninguna de las dos merece permanecer escondida en un nicho clandestino. Ellas merecen justicia.
Tanto yo como Carolina también deberemos responder por lo que hicimos.”
Sofía dejó de leer durante unos segundos. Respiró profundamente, se secó las lágrimas de los ojos y continuó leyendo.
“La información que encontrará a continuación corresponde a mi investigación original sobre la muerte de Sofía Álvarez, realizada once meses atrás.
La investigación fue archivada y posteriormente desaparecida. Algo sobre lo cual asumo total responsabilidad.
Ahora la he incorporado nuevamente al expediente.
La información disponible indicaba que su hija fue hallada en un vehículo alquilado, junto a evidencia de haber ingerido una mezcla suficiente de medicamentos antidepresivos y alcohol como para causarle un paro cardiorrespiratorio.
Si bien nunca se realizó una autopsia completa, porque el cuerpo desapareció antes de que pudiera ser examinado adecuadamente, los estudios médicos de los meses anteriores revelaron que su hija había sido diagnosticada con una dolencia degenerativa conocida comúnmente como el Mal de Parkinson.
La hipótesis que quedará registrada es que se quitó la vida mezclando los medicamentos recetados por su propio médico especialista con una bebida de alta graduación alcohólica.
Los médicos a los que consulté estos últimos días me informaron que su hija no sufrió a la hora de su fallecimiento.
Sepa que, si bien la falta de información fue consecuencia de mis propias acciones, he restaurado su nombre en el expediente y he adicionado la suficiente información para que se pueda continuar la investigación y llevarla a cabo tal como debería haber sido desde el comienzo.
Su muerte volverá a existir oficialmente y, si así lo desea, podrán realizarse los correspondientes estudios forenses para confirmar cualquier teoría manejada al día de la fecha por la Policía.”
Sofía sintió que una lágrima descendía por su mejilla. Entonces llegó a la última parte y reconoció inmediatamente el cambio en la escritura. Bellini había dejado de escribirle a Alfredo y había comenzado a escribirle a otra persona.
“Carolina:
No sé quién estará leyendo esto. No sé si eres Carolina Halmers o si continúas siendo la mujer que cree llamarse Sofía Álvarez.
Pero si estás leyendo estas palabras, quiero que sepas la verdad.
Tú mataste a nuestra hija. Fue una muerte accidental.
Sé que no lo hiciste porque quisieras hacerlo ni porque no amaras a Mia.
Ahora sé que lo hiciste intentando salvarla.”
Sofía cerró los ojos y una imagen apareció de repente:
Una pequeña mano, un rostro infantil, una voz diciendo “Mamá”.
Abrió los ojos de golpe y volvió a la carta.
“Yo te amé tanto que intenté evitar que tuvieras que vivir con ese dolor.
Intenté borrar lo ocurrido. Intenté borrar tu identidad.
Y durante once meses pensé que estaba haciendo lo correcto.
Pero estaba equivocado. No te estaba protegiendo de tu dolor. Me estaba protegiendo a mí mismo.
De mi propio dolor, de mi odio hacia ti. De la necesidad de que pagaras por lo que hiciste.
Nunca dejé de amarte. Porque amar a alguien no significa impedirle pagar el precio de sus actos. Eso lo sé ahora.
Y Mia merece que sus padres hagan exactamente eso. Que finalmente seamos los padres que siempre debimos ser: padres responsables.”
Sofía lloraba ahora sin intentar contenerse.
“No sé qué quedará de nosotros cuando esto termine.
No sé si alguna parte de mi esposa seguirá existiendo dentro de Sofía Álvarez.
Pero quiero que quien sea que lea esta carta sepa que te amé. Y que todavía te amo.
Lo suficiente como para haber arriesgado mi carrera, mi libertad y mi vida intentando salvarte.
Y lo suficiente como para aceptar ahora que no debo seguir evitando la verdad.
Mia es nuestra hija y ambos tenemos la obligación de dejarla descansar en paz.
Lo siento, Carolina.
Lo siento por no haber sido suficientemente fuerte cuando más me necesitabas.
Lo siento por haber convertido mi dolor por la muerte de Mia y mi amor por ti en una mentira que terminó destruyendo tantas vidas.
Y espero que algún día puedas perdonarme.
Lorenzo.”
Bajó lentamente la carta. Intentó decir algo pero no podía hablar. Las palabras no aparecían.
Los recuerdos, las imágenes, todos los eventos de los últimos dos días. No había lugar a duda. Lo que la carta decía era cierto. Lo sabía en su corazón.
Las lágrimas continuaban cayendo por su rostro.
Se giró para mirar a Alfredo.
—Lo siento.
La voz apenas le salió y dio un paso hacia él.
—Lo siento muchísimo.
Se acercó y lo abrazó.
El hombre se quedó duro en su lugar y dudó durante unos largos segundos. Pero después cerró los ojos y permitió que el abrazo continuara.
Ella lloró contra su hombro.
—Lorenzo y Carolina… digo… y yo... —dijo entre lágrimas—. Lo que hicimos hace once meses... Lo siento. Ojalá pudiera devolverle a su hija. Ojalá pudiera hacer algo para que usted pudiera tener paz. Pero no puedo.
El llanto se hizo más intenso.
Alfredo finalmente levantó los brazos y la abrazó también.
Cuando se separaron, ella volvió la mirada hacia Bellini, que aún estaba a unos metros de distancia observándola.
Algo en su mirada hizo que el inspector no supiera quién estaba frente a él. No podía decir con seguridad si estaba mirando a su esposa o a Sofía Álvarez.
Ella caminó lentamente hacia él.
Él tragó saliva.
—Carolina...
La mujer se detuvo, lo miró a los ojos y sonrió.
Pero antes de que pudiera decir una palabra, se escucharon vehículos acercándose a gran velocidad.
El inspector cerró los ojos durante un instante. Habían llegado.
Varios automóviles policiales se detuvieron cerca de la entrada del cementerio.
Los agentes comenzaron a bajar.
—¿Llamó a la Policía? —preguntó Alfredo.
El detective llegó a asentir con la cabeza justo en el preciso momento en que los agentes se acercaron.
Levantó lentamente las manos.
—No oponga resistencia —dijo uno de ellos.
—No lo haré.
Otro agente se acercó a la mujer que se encontraba parada solo a unos metros del inspector.
Bellini la miró por última vez mientras los agentes les colocaban los brazos detrás de la espalda y le colocaban las esposas.
Él fue llevado hacia uno de los vehículos primero.
Alfredo permaneció junto al nicho 214, mirando cómo los autos que los transportaban desaparecían algunas calles más adelante.