El Otro Nombre Capítulo 31 Tres años después
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Capítulo 31 Tres años después

Lorenzo Bellini terminó de cumplir su condena.

El juez lo había condenado a tres años de prisión por adulteración de expedientes y otros delitos relacionados con la manipulación de la investigación.

También había quedado inhabilitado para ejercer funciones policiales durante un período no menor a doce años.

Cuando finalmente recuperó su libertad, Madrid seguía siendo la misma.

Pero él no.

Durante un tiempo no supo qué hacer con su vida.

No estaba seguro de querer siquiera volver a trabajar dentro del ámbito policial.

Pero pronto se dio cuenta de que eso era lo que más disfrutaba y lo que mejor sabía hacer.

Se dio cuenta de que no tenía demasiado sentido ir a la guerra consigo mismo por ese motivo.

Poco tiempo después, comenzó a trabajar como investigador privado.

No tenía el prestigio que había tenido antes, ni la autoridad. Pero tenía experiencia.

Y poco a poco comenzaron a llegar casos. Algunos interesantes, otros no tanto.

Algunos casos eran extremadamente fáciles, aunque otros le recordaban que todavía podía hacer algo útil.

Poco a poco estaba reconstruyendo su vida.

Por supuesto que no era la vida que había imaginado años atrás. Pero era una vida.

Y, en la medida de lo posible, estaba aprendiendo a vivirla.

Continuó yendo todos los días al mismo restaurante, sentándose en la misma mesa junto a la ventana. La misma silla, la misma vista de esa pequeñísima porción de Madrid.

Y, todas las noches, el mismo pedido:

Tortilla, merluza y una copa de vino.

Durante la mañana de un miércoles, Lorenzo estaba sentado allí, cuando María, la camarera, se acercó.

Llevaba dos sobres en la mano y una sonrisa en su rostro.

— Ispettore Bellini.

Él levantó la mirada.

—¿Sí?

La mujer le entregó el sobre.

—Estas llegaron para usted.

—Muchas gracias, María.

—Oiga, viene todas las mañanas y todas las noches. Pasa más tiempo aquí que en su casa. A ver si se consigue una oficina, ¿no?

La camarera lanzó una pequeña carcajada.

El detective tomó la primera carta con la mano. La giró para poder identificar quién se la había enviado.

María, que aún estaba junto a su mesa, le preguntó:

—¿Casos nuevos?

—Algo así.

La mujer señaló la línea con la información del destinatario.

—¿Qué es ILTBC?

El hombre apoyó el sobre en la mesa y levantó la mirada.

—ILTBC: Inspector Lorenzo Tommaso Bellini Conte.

—Entiendo. La sigla es más fácil de recordar.

Lanzó una pequeña carcajada, se dio la vuelta y regresó al mostrador.

El detective apoyó la primera carta sobre la mesa, tomó el segundo sobre, miró el remitente y notó que no había ningún nombre escrito. Sólo una indicación:

Centro Penitenciario de Mujeres.

Sintió que algo se detenía dentro de él.

Permaneció mirando el sobre durante varios segundos, juntando el coraje necesario. Finalmente se decidió a abrirlo.

La primera línea confirmó que la carta era para él:

“Lorenzo:

No sé si tendría que llamarlo así, pero es el nombre que recuerdo.”

Continuó leyendo.

“Como usted sabe, previo a mi condena, me mostraron todos los documentos de Carolina Halmers. Aunque el sistema penitenciario ahora los tiene guardados en un archivo, sé perfectamente que esa mujer, su esposa, existe. Que está viva.

Me mostraron su título universitario, sus estudios de posgrado, su pasaporte, sus registros. Incluso me mostraron el certificado de nacimiento de Mia Bellini.

A lo largo del proceso, pude llegar a aceptar que todos los documentos son reales. Que Carolina Halmers es real y sé que, de alguna extraña manera, yo soy ella.

Pero no tengo sus recuerdos.

No recuerdo cuándo nos conocimos, ni recuerdo nuestro matrimonio. No recuerdo cuándo nos mudamos a Madrid ni recuerdo nuestra casa.

No recuerdo las cosas que hicimos juntos para hacer de esa casa un hogar.

No recuerdo a Mia. No recuerdo su nacimiento ni dormirla en mis brazos. No recuerdo haberla cuidado ni recuerdo haberla matado.

Y, sin embargo, sé que existió. Sé que vivió pocos años y sé que murió.

A pesar de no tener esos recuerdos, sé que ella era mi hija. Nuestra hija.

No sé cómo lo sé. No tengo una imagen concreta de ella en mi cabeza. No puedo recordar con claridad su voz, ni sus manos, ni la forma en que me miraba.

Pero sé que lo era. Sé que la perdí. Y sé que fue mi culpa.

Sigo presentándome como Sofía Álvarez. Supongo que es la única identidad que puedo reconocer como propia, aunque ahora sé que detrás de ese nombre hubo otra mujer y otra historia.

En prisión me tratan correctamente. La vida aquí no es tan terrible como cualquiera podría imaginar. Pero tal vez tengo esa sensación porque ya no tengo demasiadas cosas que perder.

No recuerdo haber sido Carolina Halmers, Lorenzo. Pero entiendo la deuda de justicia que tiene esa persona. Una deuda con la sociedad, con la familia de la verdadera Sofía Álvarez, y con Lorenzo y Mia Bellini.

Es extraño. En mi cabeza no siento que esté pagando por algo que yo hice. Pero entiendo que, aunque no pueda recordar nada de todo eso, de todas maneras es a mí a quien le corresponde pagar.”

Lorenzo bajó los ojos. Una lágrima cayó sobre la mesa, pero continuó leyendo.

“Quiero que sepa que el hecho de que no lo recuerde como parte de mi vida no significa que no lo valore.

Usted hizo algo terrible. Pero también hizo algo extraordinariamente humano.

Intentó salvar a la mujer que amaba sin importar que hubiera hecho algo terrible. Algo imperdonable.

Y más importante todavía, tuvo el valor de aceptar que había llegado el momento de dejar de salvarla y priorizar algo más importante.

No sé si Carolina habría podido hacerlo, pero yo estoy orgullosa de usted por haber elegido finalmente la verdad, por haber elegido la justicia por encima de todo lo demás.

Debe intentar vivir. No se quede atrapado en la memoria de la vida que perdió.

Las memorias son un regalo. Incluso las dolorosas. Incluso las que nos hablan de personas que ya no están.

Mia no desaparecerá mientras alguien la recuerde. Tampoco Carolina.

Y alguien tiene que recordarlas, y sé perfectamente que ese alguien debe ser usted.

Viva la mejor versión de su vida que pueda.

Fugit Irreparabile Tempus”

Bellini dejó de leer durante unos segundos y miró hacia la ventana.

Madrid continuaba moviéndose al otro lado del cristal. Había personas caminando, automóviles yendo y viniendo y luces de todos los colores alumbrando las calles de esa gran ciudad. Una ciudad que no sabía nada de ellos. Nada de su historia.

Volvió a la carta.

“No sé si algún día recuperaré mis recuerdos de Mia o si volveré a ser Carolina Halmers.

Pero creo que quizás eso ya no sea lo importante.

Lo importante es que tanto Mia como Carolina existieron.

Que fue su hija, que fue amada. Y que alguien la recuerda.

Espero que encuentre una vida nueva, Lorenzo. Una que no esté únicamente construida alrededor de sus recuerdos.

Creo que Carolina habría querido eso para usted.

Me llevo su dolor conmigo.

Adiós, Lorenzo.

Sofía Álvarez.”

Lorenzo se quedó sentado en su lugar mirando por la ventana unos minutos.

Volvió a leer las últimas líneas varias veces seguidas.

Finalmente dejó la carta sobre la mesa y volvió a mirar hacia la ventana.

Y entonces comprendió que, quizás esa misma noche, Sofía Álvarez moriría por segunda vez.

Y esta vez, probablemente, para siempre.