Capítulo 29 El otro nombre #8
El silencio que siguió fue denso y largo.
—Quiero saber dónde está mi hija.
Bellini apretó ligeramente los dedos contra el escritorio.
—Estamos intentando encontrar información que nos lleve a…
Alfredo soltó una risa amarga, interrumpiendo al detective.
—Eso me lo dijiste durante once meses.
El inspector no respondió, pero el cambio en la forma del trato era evidente. El hombre sentado frente a él había llegado a su límite.
—Me mandaste a direcciones que no llevan a ninguna parte.
Me dijiste que esperara y esperé. Me dijiste que estaban revisando archivos y me enteré de que nunca fue así.
Me dijiste que a lo mejor estaba en otro lugar, en otro país, pero me enteré de que nadie tiene información ni tampoco investigó al respecto.
Hizo una pausa para respirar. Tomó aire con fuerza y lo que dijo a continuación lo dijo casi gritando.
—Pero mi hija no está viviendo en otro lugar. Mi hija está muerta.
Bellini sintió un nudo en la garganta.
—Entiendo lo que me dice pero no puedo confirmar eso.
—¿Por qué?
El detective no respondió.
—¿Por qué no puede confirmarlo?
El hombre avanzó unos pasos hacia adelante.
—Si está muerta, alguien tiene que pagar por eso.
—¿Qué quiere que haga yo, Alfredo?
—Quiero justicia. ¿No es esa su función, Inspector? ¿No es eso a lo que usted se dedica supuestamente?
La frase quedó flotando en el aire, tan liviana que parecía no terminar de caer nunca.
El padre de Sofía se levantó lentamente.
—No quiero que me sigas dando explicaciones. No quiero que me des otra dirección. No quiero otra posibilidad.
Se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la puerta pero antes de abrirla, se detuvo.
—Quiero saber dónde está mi hija. Eso es todo lo que quiero.
—Entiendo, Alfredo. Se lo prometo.
—¿Qué? Más promesas. Más mentiras.
—Voy a conseguir toda la información que pueda.
Alfredo sostuvo su mirada durante unos segundos. Detrás de sus ojos había furia. Una furia causada por la desesperación de haber perdido lo que más amaba y no tener una mínima idea siquiera de dónde empezar a buscar.
—Eso ya me lo prometiste —dijo en un tono elevado de voz.
Después de eso, salió de la oficina del detective, cerrando la puerta detrás de él.
El inspector se quedó mirando la puerta en silencio y, durante varios segundos, no hizo nada.
Después de un largo rato, miró el expediente que estaba sobre su escritorio y algo se rompió dentro de él. Algo que pensaba que había cerrado para siempre.
De repente, sintió que ya no podía seguir haciéndolo. No podía seguir mintiendo.
Había visto en primera persona el daño que había hecho y había visto las consecuencias de sus acciones a la cara.
Sabía sus motivos, pero la mentira empezaba a ser demasiado pesada para seguir sosteniéndola.
Ver a aquel padre sufrir por una hija que él sabía que estaba muerta…
Tomó una decisión. Había una sola forma de seguir adelante. Iba a intentar traer a Carolina de regreso. Haría justicia como sea.
No sabía si funcionaría, ni sabía qué ocurriría si ella recordaba.
Pero estaba dispuesto a aceptar las consecuencias. Era su responsabilidad después de todo.
No la muerte de Mia. Eso era Carolina. Arrogante y orgullosa. Ella era la culpable de la cadena de eventos de los últimos once meses.
Pero no podía negar su propia responsabilidad.
Había sido él quien había hecho desaparecer dos cuerpos, quien había manipulado una investigación y quien había creado una identidad falsa. Había sido él quien había construido una vida sobre una mentira.
Y si para hacer justicia tenía que perder su carrera, su libertad o terminar en prisión, lo aceptaría.
Pero necesitaba saber si Carolina podía recordar. Después de todo, ya había vivido como Sofía Álvarez por casi un año y no parecía haber recuerdo alguno de su vida como Carolina Halmers.
Se le ocurrió que a lo mejor podría exponerla poco a poco a elementos de su antigua vida. Quizá algo despertaría, quizá recordaría. Quizá podría descubrirse la verdad.
Y si finalmente recuperaba la memoria, tendría que enfrentar las consecuencias de lo que había hecho.
Al mismo tiempo, él podría ayudar a Alfredo a encontrar los restos de su verdadera hija.
Y también traer los de Mia, su propia hija, nuevamente a la luz de la justicia.
Era ridículo. El daño ya estaba hecho y lo sabía. Pero en ese momento, era la única forma que se le ocurría para intentar hacer lo correcto. Por Mia Bellini y por Sofía y Alfredo Álvarez.
Rápidamente ideó un plan. Uno que recordaba al sistema que Sofía Álvarez realmente estaba muerta.
Planeó todo prestando atención a cada detalle.
Sabía que necesitaba provocar una situación que obligara a Sofía Álvarez a enfrentarse con la verdad oficial sobre su propia identidad.
Para eso consiguió que fuera invitada a un congreso de marketing de moda en Londres.
Le envió un boleto de avión, hizo una reserva de hotel en esa ciudad y envió el itinerario del congreso, usando la información de un congreso de años atrás que halló en línea como modelo
Todo parecería legítimo. Sofía no sospecharía nada.
El plan estaba listo. Pero había una última pieza. Sofía debía olvidar los últimos once meses.
Nada de eso funcionaría si la mujer seguía recordando esos últimos meses de su vida.
Bellini necesitaba que ella olvidara la vida que llevó durante esos últimos once meses, su casa, su vecina, su trabajo, todo. O sería prácticamente imposible intentar ganarse su confianza o hacer que creyera las cosas que le sucederían en los próximos días.
La mañana del viaje, Sofía llevaba su equipaje, caminando tranquilamente por el aeropuerto de Barajas, que comenzaba a llenarse de gente.
Bellini la observaba desde cierta distancia. No parecía un detective siguiendo a una sospechosa.
Era simplemente un hombre caminando por una terminal, posiblemente preparándose para algún viaje, como tantos otros en ese lugar.
Esperó con paciencia. La siguió hasta que encontró el momento adecuado.
Pasó junto a ella y su movimiento fue casi imperceptible.
Su mano pasó por encima del vaso del que ella bebía el agua que había comprado minutos atrás.
Sólo un instante y luego continuó caminando.
Dentro de la bebida había introducido el contenido de una sola píldora verde. Una concentración que Bellini creía que era lo suficientemente alta para provocar una pérdida significativa de memoria. Eso debía bastar.
Él no se detuvo ni miró hacia atrás inmediatamente.
Simplemente siguió caminando. No sabía exactamente lo que ocurriría. No sabía si una memoria ya borrada anteriormente podría volver a ser borrada. Carolina era la experta.
Pero si todo salía como planeaba, la mujer comenzaría a olvidar. No todo y definitivamente no de inmediato.
Idealmente, perdería el acceso a buena parte de la vida que había vivido durante casi un año.
El inspector estaba convencido de que había pensado en todas las posibilidades y resultados.
Ella podría con suerte recordar el nombre que figuraba en sus documentos o la Policía Aeroportuaria arrestaría a una mujer con amnesia que llevaba el pasaporte de una mujer fallecida hace casi un año.
En el mejor de los casos, no recordaría con claridad todo lo ocurrido desde la noche anterior. No recordaría su apartamento. No recordaría el hotel. No lo recordaría a él. No recordaría las preguntas. No recordaría el camino que la había llevado hasta allí.
Y, sobre todo, no sabría por qué su nombre aparecía registrado como perteneciente a una persona fallecida.
El detective esperó, y comenzó a seguirla nuevamente hasta que finalmente llegó el momento.
Sofía Álvarez fue detenida tal como él había planeado, y fue llevada a la estación de policía donde él ya había hecho todo lo posible para asegurarse de ser quien se hiciera cargo personalmente del caso.
Cuando finalmente se presentó, comprendió que el plan había comenzado. La mujer que estaba frente a él todavía creía llamarse Sofía Álvarez. Pero no tenía idea de quién era él.